CAPÍTULO 20. APRENDER A ESCUCHAR
Había decidido ordenar el armario del pasillo de casa de Teresa. Encontró manteles, fotografías de unas vacaciones en las que apenas se reconocía y una bolsa llena de cables que no sabía a qué aparatos pertenecían.
La caja que buscaba estaba encima de una silla, cubierta por su propio abrigo.
—Muy profesional, Clara —murmuró.
La llevó al salón y empezó a guardar las fotografías que había separado el domingo anterior. Había algunas de su infancia y otras de años mucho más recientes, cuando visitaba Puerto Alba durante las vacaciones.
Teresa aparecía sonriendo en casi todas.
Clara apartó una fotografía en la que ambas habían salido con los ojos cerrados. Su madre había insistido en conservarla porque, según decía, era la única en la que ninguna intentaba salir favorecida.
La dejó sobre la mesa para llevársela a Barcelona.
Después abrió las ventanas y preparó café.
El móvil estaba junto al ordenador. No tenía mensajes de Daniel.
No le sorprendió.
Le había pedido espacio y él estaba respetándolo.
Aun así, varias veces durante la mañana se sorprendió pensando en contarle algo: el hallazgo de una fotografía, una observación absurda sobre los cables o la noticia de que había encontrado un transportista para los últimos muebles del establecimiento.
Le molestó echarlo de menos.
No porque creyera que estuviera haciendo algo equivocado, sino porque habría preferido que las cosas fueran más sencillas.
Daniel se había disculpado el jueves. Clara sabía que no había pretendido perjudicarla. También sabía que, si no hubiera establecido un límite, podría haberse acostumbrado a justificar pequeñas intromisiones por el afecto que sentía.
Terminó de cerrar la caja y se obligó a dejar de pensar en ello.
Tenía otras cosas que hacer.
* * *
A media mañana fue a El Buzón de Teresa para comprobar las dimensiones de los muebles que quedaban.
La empresa de retirada había confirmado que podía recoger el archivador grande y la impresora el jueves 22, por la mañana. El presupuesto incluía el traslado y la gestión de ambos objetos, sin necesidad de que Clara encontrara otro destinatario.
Llamó para confirmar el servicio.
—El local está a pie de calle —explicó—. Pero el archivador pesa bastante.
—Llevaremos medios para moverlo —respondieron.
Clara anotó la hora y archivó la confirmación.
Después llamó a Rosa.
—Ya tengo fecha para sacar los últimos muebles. El jueves veintidós.
—Perfecto. Así podremos comprobar el local antes del cierre.
—¿El electricista mantiene la visita del lunes?
—Sí. Me lo confirmó ayer.
Repasaron brevemente el acceso a la zona de la antigua impresora y acordaron comprobar la instalación cuando terminaran los trabajos.
Quedaban dos carpetas privadas pendientes de entregar. Una propietaria había confirmado que pasaría el lunes. La otra no había respondido todavía, de modo que Clara preparó un nuevo aviso sin abrir su contenido.
Al mirar alrededor, comprobó que ya podía recorrer casi todo el local sin apartar muebles.
El espacio le resultó extrañamente grande.
Se quedó unos segundos observando el lugar donde Teresa solía sentarse a revisar documentos.
Luego cerró el establecimiento.
* * *
A primera hora de la tarde pasó por La Orilla.
Eva estaba colocando una pila de novedades en una mesa próxima a la entrada. Levantó la vista cuando la vio.
—Necesito saber qué opinas del final.
—Me gustó —respondió Clara.
—Eso no es una opinión. Es una frase para salir del paso.
Clara dejó el bolso en una silla.
—Me gustó el desenlace, pero creo que el autor hizo trampas con una pista.
Eva sonrió.
—Ahora sí podemos hablar.
Discutieron durante unos minutos sobre la novela. Clara defendía que un misterio debía proporcionar al lector la posibilidad de llegar a la solución. Eva opinaba que, en ciertos casos, la sorpresa podía justificar alguna omisión.
—No si el detective encuentra una prueba que nadie ha mencionado —insistió Clara.
—Te tomas los libros como si fueran expedientes de obra.
—En los dos casos quiero que las piezas encajen.
Eva se echó a reír.
Preparó café y se sentaron en una mesa del fondo.
—¿Y cómo va el cierre? —preguntó después.
Clara le contó lo de la retirada del jueves y las últimas devoluciones.
—Ya casi has terminado.
—Eso parece. Aunque siempre aparece alguna cosa.
Eva asintió. Después la miró con más atención.
—Hoy tienes cara de llevar otra conversación pendiente.
Clara sostuvo la taza entre las manos.
—Discutí con Daniel.
—Vaya.
—Se metió en un asunto de mi trabajo sin consultarme.
No necesitó explicar toda la cadena de correos para que Eva comprendiera lo esencial.
—¿Lo hizo para ayudarte? —preguntó.
—Eso dice. Y le creo.
—Pero te molestó.
—Mucho.
Eva se quedó pensativa.
—¿Y qué quieres hacer?
—Todavía no lo sé.
—Entonces será mejor que no te dé una solución maravillosa.
Clara sonrió.
—Te lo agradezco.
Eva miró hacia la puerta, donde una mujer acababa de entrar.
—Solo te diré una cosa: a veces cuesta distinguir entre que alguien haya entendido un límite y que simplemente esté esperando a que se nos pase el enfado.
Clara no respondió inmediatamente.
—Eso es lo que necesito saber —dijo al fin.
Eva se levantó para atender a la clienta.
Clara terminó el café y se marchó con una idea más clara, aunque ninguna decisión tomada.
* * *
El domingo 18, Clara salió a caminar después de desayunar.
No fue al puerto. Eligió las calles que conducían hacia la parte alta del pueblo, donde había edificios que recordaba de su adolescencia y otros que habían cambiado tanto que apenas reconocía su ubicación.
Se detuvo frente a una fachada restaurada y observó las juntas de los sillares.
Había trabajo bien resuelto y detalles que ella habría abordado de otra manera. Sacó el teléfono para fotografiar una solución de drenaje que le pareció interesante.
Mientras guardaba el móvil, vio la conversación con Daniel entre los mensajes recientes.
Seguía sin haber novedades.
Le gustó comprobar que él no había buscado una excusa para escribirle.
Eso no significaba que todo estuviera solucionado.
Significaba que había escuchado, al menos, una petición concreta.
Volvió a casa, preparó la comida y revisó la agenda del lunes.
A media tarde decidió escribirle.
Hola. He estado pensando en lo del jueves. ¿Te parece que hablemos mañana? Sin prisas.
La respuesta llegó unos minutos después.
Sí, claro. Mañana termino en el taller sobre las seis. Podemos quedar después, donde prefieras.
Clara examinó su calendario.
¿A las seis y media en la plaza de la Higuera? Podemos sentarnos un rato.
Me parece bien. Gracias por escribirme.
Clara dejó el teléfono sobre la mesa.
No esperaba que aquella conversación resolviera todas sus dudas. Pero tampoco quería continuar evitando a alguien con quien, unas semanas antes, había empezado a sentirse cómoda.
* * *
El lunes 19 fue una jornada de trabajo bastante más ocupada de lo que había previsto.
Por la mañana, Clara revisó con un técnico de Rovira Patrimonio la programación de las visitas de obra previstas para noviembre. Después preparó la documentación que llevaría a la reunión del martes con Laura.
Seguía teniendo preguntas concretas sobre el cargo ofrecido: cómo se autorizarían los cambios de recursos, qué capacidad tendría para reorganizar el equipo y qué indicadores permitirían revisar la presencialidad después de diciembre.
El incremento salarial del quince por ciento continuaba siendo atractivo. También lo era asumir la coordinación de tres profesionales y de una nueva línea de proyectos.
Pero no pensaba aceptar sin conocer el funcionamiento real del puesto.
A mediodía, una de las propietarias recogió su carpeta personal en El Buzón de Teresa. Clara comprobó su identidad y obtuvo la firma correspondiente.
Quedaba una devolución pendiente.
Después confirmó la entrada del electricista para revisar la conexión antigua y dejó preparada la zona de trabajo.
Cuando salió, faltaban pocas horas para encontrarse con Daniel.
No tenía ensayado lo que iba a decirle.
Prefería escuchar primero cómo había interpretado él los últimos días.
* * *
Daniel estaba sentado en uno de los bancos de la plaza cuando Clara llegó a las seis y media.
Se levantó al verla.
—Hola.
—Hola.
Se quedaron un momento frente a frente.
—¿Nos sentamos? —preguntó Clara.
Daniel asintió.
Eligieron un banco apartado del paso principal. Un hombre cruzó la plaza con un perro que intentaba detenerse junto a cada árbol.
Clara dejó el bolso a su lado.
—Gracias por darme estos días.
—Me pediste espacio. Era lo que necesitabas.
—Sí.
Daniel miró hacia la fuente.
—He pensado bastante en lo que hablamos.
Clara esperó.
—El jueves seguía convencido de que solo había hecho una pregunta a Mateo —continuó—. Me costaba entender por qué aquello era tan importante. Después me di cuenta de que estaba pensando más en lo que yo había querido hacer que en lo que ocurrió.
Clara bajó la mirada hacia sus manos.
—Tuve que explicarle a Laura que no había encargado aquella gestión.
—Lo sé.
—No fue un problema grave. Pero me incomodó.
Daniel asintió.
—Y eso debería haber sido suficiente para que te escuchara sin intentar convencerte de que no era para tanto.
Clara lo miró.
—No necesito que estés de acuerdo conmigo en todo.
—Yo tampoco quiero eso.
—Pero sí que podamos decirnos cuándo algo nos molesta. Y que ninguno intente arreglarlo antes de entenderlo.
Daniel tardó unos segundos en responder.
—A veces me cuesta no hacer algo cuando veo un problema.
—Lo sé.
—En el taller estoy acostumbrado a encontrar soluciones. Si una pieza no encaja, busco otra manera de colocarla.
—Las personas no somos piezas de madera.
Daniel soltó una risa breve.
—Eso parece.
La respuesta le arrancó una sonrisa a Clara.
—Además, puede que yo no considere un problema lo mismo que tú.
—Ahí es donde tengo que aprender a preguntar.
Clara se volvió hacia él.
—¿Y si te digo que prefiero solucionarlo sola?
—Pues tendré que aceptarlo. Aunque crea que tengo una idea estupenda.
—Sobre todo entonces.
Daniel sonrió.
No hubo un abrazo ni una disculpa solemne. Clara agradeció que no intentara convertir aquella conversación en una escena más importante de lo que era.
* * *
Se quedaron un rato mirando la plaza.
Daniel le preguntó por el establecimiento.
Clara le contó que el jueves retirarían el archivador grande y la impresora. Después quedarían algunas comprobaciones y la última devolución de documentos.
—El veinticuatro cierro —dijo—. El veintiocho entrego las llaves.
—Ya queda poco.
—Sí. Aunque todavía me cuesta imaginar el local vacío.
Daniel no respondió inmediatamente.
—¿Quieres hablar de eso? —preguntó.
Clara agradeció que no cambiara de tema ni intentara consolarla demasiado deprisa.
—Creo que no hoy. Todavía estoy ordenándolo.
—De acuerdo.
La conversación derivó hacia cuestiones más sencillas. Daniel le habló de una entrega del taller que había conseguido terminar antes de plazo y Clara le contó que Eva estaba empeñada en defender el final de una novela que ella consideraba tramposo.
—Me gustaría escuchar esa discusión —dijo él.
—Te arrepentirías a los cinco minutos.
—Probablemente.
Clara notó que empezaba a relajarse.
No se trataba de olvidar lo ocurrido, sino de comprobar que podían compartir tiempo sin que toda la relación quedara reducida a una discusión.
Después mencionó la reunión con Laura.
—Mañana tengo que hablar con ella sobre las condiciones del puesto. Estoy considerando viajar a Barcelona para alguna de las siguientes reuniones si necesitamos revisar los proyectos en persona.
Daniel asintió.
—¿Quieres que te dé mi opinión o prefieres pensarlo tú primero?
Clara lo miró.
La pregunta le produjo una mezcla de ternura y cautela.
—Todavía prefiero pensarlo yo.
—Perfecto.
No añadió ninguna sugerencia.
Clara tomó aire.
—Gracias.
Daniel sonrió apenas.
—Me está costando un poco no preguntarte qué alternativas estás valorando.
—Eso sí puedes preguntármelo.
—Entonces, ¿qué alternativas estás valorando?
Clara se rio.
Le explicó que estaba estudiando cómo agrupar las visitas y las reuniones técnicas, pero que necesitaba escuchar primero qué condiciones consideraba imprescindibles Laura.
Daniel hizo un par de preguntas sobre los desplazamientos. No ofreció contactos ni soluciones.
Clara terminó de hablar sin sentirse obligada a defender cada decisión.
* * *
Cuando empezó a refrescar, se levantaron.
Caminaron juntos hasta la esquina donde se separaban sus caminos.
—Me ha gustado hablar contigo —dijo Clara.
—A mí también.
Daniel se quedó quieto, esperando.
Clara decidió acercarse y le dio un abrazo breve.
No fue una reconciliación definitiva. Todavía había cosas que necesitaría comprobar con el tiempo.
Pero le gustó que Daniel la abrazara sin intentar prolongar el gesto.
Al separarse, él le preguntó:
—¿Te puedo escribir esta semana?
—Sí. Me gustaría.
—Entonces hablamos.
—Hablamos.
Clara continuó hacia casa de Teresa.
No habían decidido nada sobre su relación, ni sobre noviembre, ni sobre el lugar en el que viviría después de cerrar el establecimiento.
Pero aquella tarde había podido hablar sin tener que pelear para que la escucharan.
* * *
Ya en casa, Clara abrió el ordenador.
La reunión con Laura estaba prevista para el martes 20. Revisó las preguntas sobre distribución de recursos, autorizaciones presupuestarias y presencia en Barcelona durante noviembre y diciembre.
Añadió una última observación sobre la revisión organizativa de enero: quería que se definieran criterios verificables antes de comenzar el nuevo puesto, si finalmente lo aceptaba.
Después comprobó la confirmación de retirada del archivador grande y la impresora para el jueves 22.
En la agenda figuraban también el cierre del sábado 24 y la entrega de llaves del miércoles 28.
Guardó los documentos, preparó una carpeta para la reunión del día siguiente y dejó el ordenador cargando.
Antes de irse a dormir, vio un mensaje de Daniel.
Gracias por esta tarde. Que vaya bien mañana con Laura.
Clara contestó:
Gracias. Te contaré cómo ha ido.
Dejó el teléfono en la mesilla y apagó la luz.