Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 19. LA DECISIÓN QUE NO ERA SUYA
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CAPÍTULO 19. LA DECISIÓN QUE NO ERA SUYA

La oferta de Rovira Patrimonio estaba encima de la mesa desde el lunes.

Había leído dos veces el resumen de funciones y una tercera las condiciones económicas.

El incremento salarial del quince por ciento era importante, pero lo que más le interesaba seguía siendo la posibilidad de organizar una línea completa de rehabilitación patrimonial.

Llevaba años coordinando equipos sin disponer siempre de autoridad para modificar sus prioridades.

Ahora podía cambiar eso.

Abrió la tabla que había preparado la tarde anterior y añadió una columna: Consecuencias prácticas.

No quería aceptar un cargo cuyo nombre sonara mejor que sus condiciones reales.

La primera cuestión era la distribución del equipo. Laura le había propuesto coordinar funcionalmente a tres profesionales, pero Clara necesitaba saber qué ocurriría si dos proyectos requerían simultáneamente al mismo técnico.

La segunda era presupuestaria. Podía responsabilizarse de identificar desviaciones y proponer soluciones, siempre que existiera un procedimiento claro para autorizar los cambios.

La tercera afectaba a la presencialidad.

Cuatro días semanales en Barcelona durante noviembre y diciembre.

No era una exigencia absurda para poner en marcha un equipo. Pero Clara quería saber qué reuniones exigían realmente su presencia, cómo se evaluarían los resultados y quién decidiría sobre la organización a partir de enero.

Redactó sus preguntas con el mismo cuidado con que preparaba un informe técnico.

A las once recibió una llamada relacionada con la obra de la escalera. El responsable de ejecución necesitaba confirmar el procedimiento para documentar las medidas antes de fabricar la pieza de refuerzo.

Clara compartió el plano actualizado y acordó una comprobación con fotografías, mediciones y firma del técnico responsable.

Después regresó a su tabla.

Había aprendido que las decisiones importantes rara vez se resolvían únicamente con entusiasmo.

Y entusiasmo no le faltaba.

* * *

A media tarde, Daniel la llamó cuando ella estaba terminando de revisar un correo.

—¿Te pillo trabajando?

—Estoy cerrando unas preguntas para Laura. Dame un minuto.

Daniel esperó mientras Clara guardaba el documento.

—Ya está. ¿Cómo ha ido la entrega?

—Bien. El cliente ha quedado satisfecho, que es casi una noticia.

Clara sonrió.

Hablaron del taller y del encuentro que no habían conseguido organizar aquella semana. Daniel tenía compromisos con Lucía y Clara debía terminar el inventario de Teresa.

—Podemos tomar algo el viernes —propuso él.

—Si termino pronto, sí.

—Me escribes cuando sepas.

Clara le contó que estaba preparando una contrapropuesta sobre las condiciones del nuevo cargo.

—Laura quiere bastante presencia en Barcelona al principio —explicó—. Estoy intentando distinguir qué es imprescindible de lo que podría organizarse de otra manera.

—¿Y ya tienes alguna alternativa?

—Varias. Pero dependen de los proyectos y de cómo funcione el equipo.

—Conozco a alguien que hace trabajos de rehabilitación por esta zona —dijo Daniel—. A veces colabora con estudios de Barcelona.

—Puede ser útil conocer proveedores, pero ahora mismo estoy valorando mi organización laboral.

—Claro.

La conversación cambió de tema.

Clara no volvió a pensar en aquel comentario.

* * *

El jueves, Clara recibió un correo de Laura a las diez y cuarto.

El asunto decía: Coordinación de colaboradores externos.

Clara lo abrió pensando que se referiría a alguno de los proyectos previstos para noviembre.

Laura había incluido un mensaje que acababa de recibir de Mateo Sanz.

El proveedor ofrecía su disponibilidad para determinadas visitas y levantamientos de información técnica en la zona valenciana.

Añadía que Daniel Ferrer le había comentado que Clara estaba estudiando una organización del nuevo puesto con mayor presencia en Puerto Alba y que quizá aquello pudiera facilitarle los desplazamientos.

Clara leyó el párrafo dos veces.

Daniel Ferrer.

Su nuevo puesto.

Puerto Alba.

Una alternativa de organización que ella todavía no había planteado formalmente.

El mensaje de Laura era breve:

Clara, me ha llegado esta propuesta de Mateo. ¿Forma parte de las alternativas que estás estudiando? Prefiero aclararlo antes de incluir a un colaborador externo en la planificación.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

No había nada ofensivo en el correo. Mateo ofrecía un servicio que podía resultar útil para algún proyecto. Laura tampoco parecía molesta.

Pero Clara se encontraba de pronto aclarando una conversación sobre su futuro laboral en la que no había participado.

Respondió con cuidado:

Gracias, Laura. No he encargado a Mateo ninguna propuesta ni he autorizado gestiones sobre mis condiciones laborales.

Estoy preparando personalmente mis observaciones al documento del martes.

Las recibirás mañana. Si valoramos apoyo externo para proyectos concretos, podremos estudiarlo por los cauces habituales.

Envió el mensaje y se quedó mirando la pantalla.

No era un desastre profesional.

Era algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, más difícil de explicar sin que pareciera una exageración.

Daniel había decidido que una alternativa podía convenirle y había puesto en circulación información que ella le había contado en una conversación privada.

Clara llamó a Mateo.

—Hola, soy Clara Vidal, de Rovira Patrimonio. Laura me ha reenviado tu correo.

—Ah, estupendo. Daniel me comentó lo de vuestra reorganización y pensé que quizá necesitabais apoyo por aquí.

—Te agradezco el ofrecimiento. Pero no estamos solicitando colaboración para organizar mi puesto.

Mateo tardó un segundo en responder.

—Entendido. Pensé que era una opción que estabais explorando.

—Estamos definiendo responsabilidades internas. Si necesitamos presupuestar trabajos externos, te contactaremos directamente.

—Por supuesto. Siento la confusión.

—No pasa nada. Gracias por aclararlo.

Colgó.

Mateo había interpretado razonablemente lo que Daniel le había contado.

Eso no mejoró su humor.

* * *

Clara pasó la siguiente hora revisando planos. Consiguió terminar una comprobación y dejó marcada una discrepancia para la reunión del viernes.

Después escribió a Daniel.

¿Puedes hablar conmigo esta tarde? Prefiero que sea en persona.

La respuesta llegó enseguida.

Sí. Termino en el taller a las seis. ¿Ha pasado algo?

Quiero aclarar una conversación que has tenido sobre mi trabajo.

Daniel tardó unos minutos en contestar.

De acuerdo. Podemos hablar aquí cuando cierre.

Clara llegó al taller poco después de las seis.

Daniel había recogido las herramientas de la mesa principal. La puerta estaba abierta y quedaba luz suficiente para ver el patio interior.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Daniel la observó un instante.

—Es por Mateo, ¿verdad?

Clara se detuvo.

—Entonces sabes de qué estoy hablando.

—Me ha llamado hace un rato. Dice que te ha incomodado su correo.

—Me ha llegado a través de Laura.

—No pensé que fuera a escribirle.

—¿Qué le contaste?

Daniel dejó un trapo sobre el banco de trabajo.

—Que estabas valorando el puesto nuevo y que quizá habría proyectos que se pudieran coordinar desde aquí. Le pregunté si él había trabajado alguna vez de esa manera con estudios de Barcelona.

—¿Le dijiste que yo quería coordinar desde Puerto Alba?

—Le dije que estabas intentando reducir desplazamientos.

—Eso es una parte de mi propuesta. No es una decisión tomada.

—Lo sé.

—¿Y por qué lo hablaste con alguien que trabaja para mi empresa?

Daniel abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Pensé que podría servirte conocer una opción.

—Podías habérmela contado a mí.

—Sí.

—Pero primero llamaste a Mateo.

—Es alguien con quien trabajo. No pensé que estuviera haciendo una gestión formal.

Clara cruzó los brazos, más para mantenerse quieta que para marcar distancia.

—Daniel, no importa que lo consideraras formal o informal. Le contaste que estoy negociando unas condiciones personales y profesionales. Él entendió que podía intervenir y le escribió a mi directora.

—No le pedí que lo hiciera.

—Ya lo sé. He hablado con él.

Daniel pareció aliviado durante un segundo.

—Entonces sabes que fue un malentendido.

—Sé que Mateo entendió algo que tú le diste a entender.

El alivio desapareció.

—No intentaba decidir por ti —dijo Daniel—. Solo pensé que, si había una forma de evitarte tantos viajes, merecía la pena preguntarlo.

—No te había pedido que buscaras esa forma.

—Quería ayudarte.

—Y a mí me habría gustado decidir si necesitaba esa ayuda.

Se quedaron callados.

Desde la calle llegó el ruido de una persiana metálica que alguien estaba bajando.

* * *

Daniel se apoyó en el borde del banco.

—Entiendo que te haya molestado que Laura recibiera el correo. Pero lo que pregunté a Mateo era bastante general.

—No fue general cuando mencionaste mi oferta.

—No le di cifras ni detalles del contrato.

—No estoy hablando de cifras.

Clara respiró antes de continuar.

No quería convertir la conversación en una discusión sobre quién tenía derecho a sentirse ofendido.

—Mira. Puedes decirme que te preocupa que pase cuatro días por semana en Barcelona. Puedes pensar que hay alternativas que no he considerado. Incluso puedes decirme que te gustaría que estuviéramos más cerca.

Daniel levantó la mirada.

—Me gustaría.

La sinceridad de la respuesta la desarmó durante un instante, pero no cambió lo que necesitaba decir.

—Entonces dímelo a mí. No se lo cuentes a alguien que tiene relación profesional con mi empresa para intentar encontrar una solución.

—No estaba negociando nada.

—Para Laura ha sido necesario preguntarme si esa gestión la había encargado yo.

Daniel miró hacia la puerta.

—No había pensado que te pondría en esa situación.

—Ese es el problema.

Clara sintió el impulso de suavizar las palabras. No lo hizo.

—Otra vez has decidido lo que podía convenirme antes de preguntármelo.

Daniel dejó de mirar la calle.

Durante unos segundos pareció buscar una respuesta, pero acabó negando con la cabeza.

—No es lo mismo que entonces.

—No. No lo es. Ahora puedo venir y decírtelo.

—Y te estoy escuchando.

—Sí. Pero me has escuchado después de hacerlo.

Daniel bajó la vista.

—Tienes razón en eso.

Clara se sentó en una silla junto a la pared. Se encontraba cansada. Había pasado el día ocupándose de un malentendido que no había creado y ahora estaba teniendo una conversación que ninguno de los dos había previsto.

Daniel permaneció de pie.

—Cuando me hablaste de la oferta —dijo—, pensé que podías acabar teniendo que irte más de lo que querías. Y que, si Mateo conocía otra forma de trabajar, quizá te serviría.

—¿Y si esa forma no me interesa?

—Entonces no la utilizarías.

—Pero ya has presentado ante otra persona una idea sobre lo que quiero.

Daniel se pasó una mano por la cara.

—Ahora lo veo. Antes no lo vi así.

No fue una disculpa impecable. Clara agradeció, al menos, que dejara de defender el gesto por sus buenas intenciones.

—No quiero que vuelvas a hablar de mis condiciones laborales con nadie sin consultármelo —dijo.

—No lo haré.

—Ni con Mateo ni con cualquier otro colaborador.

—De acuerdo.

Daniel se sentó enfrente.

—Siento haberte colocado en esa situación. Pensé que podía encontrar información útil. Tendría que haberte preguntado primero.

Clara asintió. La disculpa no borraba el correo recibido aquella mañana.

Tampoco quería fingir que no la había escuchado.

—Gracias por decirlo.

* * *

Daniel miró el reloj.

—Habíamos hablado de vernos mañana.

—Lo sé.

—¿Prefieres que lo dejemos?

Clara necesitó unos segundos para contestar.

—Sí. Prefiero que no quedemos mañana.

Daniel asintió.

—Está bien.

—No quiero pasar de esta conversación a hacer como si no hubiera pasado nada.

—Lo entiendo.

Clara se levantó.

—Voy a seguir hablando con Laura sobre la oferta. Necesito hacerlo sin que nadie intente resolverlo por mí.

—No volveré a intervenir.

No hubo abrazo ni beso de despedida.

Daniel la acompañó hasta la puerta del taller y Clara regresó caminando a casa de Teresa.

Le dolía haber terminado la tarde así. Había disfrutado de las últimas semanas con él y esperaba volver a hacerlo.

Pero aquella ilusión no convertía su enfado en algo irrelevante.

* * *

El viernes 16 de octubre, Laura la llamó después de recibir su respuesta sobre Mateo.

—Clara, no le he dado mayor importancia —aclaró—. Los proveedores ofrecen servicios continuamente. Solo quería saber si procedía de ti.

—Gracias por consultármelo. No había encargado ninguna gestión.

—Perfecto. Entonces lo dejamos ahí.

Pasaron a hablar de la propuesta profesional.

Clara había terminado el documento de observaciones. Incluía una matriz para distribuir recursos entre los tres proyectos, un procedimiento de autorización de cambios presupuestarios y una revisión de las necesidades reales de presencialidad durante el arranque.

—Lo que más necesito aclarar —explicó— es hasta dónde llega mi capacidad para reorganizar el equipo cuando aparecen incidencias.

—Tiene sentido —dijo Laura—. Prefiero dejar eso definido antes del cambio de funciones.

También hablaron de cómo revisar la presencialidad en enero. Laura mantuvo la previsión de al menos cuatro días por semana en Barcelona durante noviembre y diciembre, pero aceptó estudiar la propuesta de seguimiento que Clara había preparado.

—¿Te parece que revisemos tus observaciones la semana que viene? —preguntó.

—Sí. Puedo conectarme el martes.

—Lo agendo. Y no quiero que creas que el puesto depende de resolver hoy todas estas cuestiones.

—Lo sé. Necesito conocer bien las condiciones antes de responder.

La oferta seguía abierta: el mismo cargo, el incremento salarial del quince por ciento, el equipo inicial de tres profesionales y la incorporación prevista para el 2 de noviembre si alcanzaban un acuerdo.

Nada se había retirado.

Al terminar, Clara envió el documento completo por correo.

* * *

Esa tarde pasó por El Buzón de Teresa.

La retirada del archivador grande y la impresora estaba pendiente de una confirmación de fecha. El archivador pequeño ya figuraba como entregado al centro juvenil. También seguían pendientes las recogidas de dos carpetas privadas.

Clara comprobó que los sobres continuaban cerrados, registró un nuevo intento de contacto y revisó con Rosa por teléfono el acceso del electricista.

—Nos queda poco —comentó Rosa.

—Todavía unas cuantas cosas.

—Pero van saliendo.

Clara miró el espacio vacío donde antes había estado la mesa.

—Sí. Van saliendo.

De vuelta en casa abrió su agenda.

Anotó la reunión del martes con Laura, la posible retirada del mobiliario y los plazos para entregar la documentación pendiente.

Daniel no le había escrito.

Tampoco ella había intentado ponerse en contacto con él.

Era una distancia que había pedido y que él estaba respetando.

Clara comprobó por última vez el correo enviado a Laura y archivó la versión de sus observaciones junto al resto de los documentos del proyecto.

Después cerró el ordenador y empezó a preparar la cena.