CAPÍTULO 18. LA OPORTUNIDAD QUE NO ESPERABA
El viernes, Clara recibió a las nueve una hoja de cálculo que llevaba esperando desde el miércoles.
El contratista había separado por fin las partidas de demolición y refuerzo de la escalera, pero los plazos seguían sin encajar con el calendario de la obra.
Una semana para retirar el revestimiento, dos días para comprobar el apoyo y tres más para decidir qué pieza fabricar. El orden era razonable; las fechas, no.
Clara abrió el cronograma y llamó al responsable técnico.
—Si encargáis la pieza antes de terminar la comprobación, podéis acabar pagando dos veces —le dijo.
—Estamos intentando reservar sitio en el taller.
—Reservad capacidad, no una medida que todavía no está confirmada. Podemos adelantar la revisión documental y dejar preparada la orden condicionada.
Hubo un silencio al otro lado.
—Eso nos permite mantener la fecha de entrega.
—Si el resultado de la comprobación es el previsto. Si no, revisaremos el calendario. Prefiero que el cliente sepa qué parte está pendiente.
Acordaron enviar una versión del plan con esa salvedad. Clara corrigió el documento y lo remitió a Laura antes de la reunión de coordinación.
Durante la videollamada, uno de los técnicos propuso resolver la discrepancia de medidas con una tolerancia más amplia. Clara compartió el plano.
—Aquí no podemos decidir por aproximación. La diferencia afecta al apoyo y al paso útil. Necesitamos la medida definitiva antes de fabricar.
Laura le pidió que explicara la alternativa al cliente en el informe de ese día.
Cuando terminaron, la llamó aparte.
—Gracias por ordenar todo esto. Ya he visto el presupuesto corregido.
—Queda pendiente la comprobación en obra, pero lo demás está cerrado.
—De acuerdo. El lunes quiero comentarte otra cuestión. ¿Tendrías un momento para hablar por teléfono?
Clara miró el calendario.
—El lunes es festivo.
—Lo sé. Si te viene mal, el martes.
—Puedo atenderte el lunes al mediodía. Estaré en Puerto Alba.
—No te robaré mucho tiempo.
Clara supuso que sería alguna reorganización de proyectos. No preguntó más. Cerró la llamada y terminó el informe técnico.
* * *
El fin de semana dedicó unas horas a revisar los asuntos pendientes de su madre, pero también salió a comprar y terminó la novela que le había recomendado Eva.
El domingo habló con Daniel por teléfono. Él tenía una entrega prevista para el miércoles y esperaba recibir unas piezas el martes, después del festivo.
—¿Y el lunes? —preguntó Clara.
—Voy a aprovechar para hacer la compra y poner la casa en orden. Lucía está con Inés.
—Un plan apasionante.
—No sabes lo emocionante que es descubrir qué hay en el fondo del congelador.
Clara se rio.
Quedaron en intentar verse durante la semana, cuando Daniel confirmara los horarios del taller. No hicieron una promesa más concreta.
* * *
El lunes 12 de octubre, Laura llamó a las doce y diez.
Clara estaba en la cocina, preparando café. Llevó la taza al salón y abrió su cuaderno de trabajo.
—Perdona que te llame en festivo —empezó Laura—. Estoy organizando noviembre y prefería hablarlo contigo antes de repartir responsabilidades.
—Dime.
—Tenemos previsto poner en marcha una línea específica de rehabilitación patrimonial. Hemos conseguido varios encargos que justifican organizarla de otra manera, con coordinación propia.
Clara se incorporó en el sofá.
—¿Qué proyectos incluiría?
Laura describió tres actuaciones en distintas fases: la rehabilitación de un edificio de uso cultural, una intervención en un inmueble residencial protegido y un conjunto de trabajos de consolidación que requeriría coordinación con especialistas externos.
No se trataba de proyectos nuevos para el estudio, pero sí de gestionarlos como una unidad, con criterios comunes de planificación.
—Quiero proponerte que la dirijas —dijo Laura.
Clara dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.
—¿Que dirija la línea completa?
—Como responsable de coordinación de proyectos de rehabilitación patrimonial.
Tendrías a tu cargo el seguimiento técnico y económico de los encargos, la coordinación de un equipo inicial de tres personas y la relación operativa con los clientes.
Yo seguiría asumiendo las decisiones comerciales y contractuales que correspondan a dirección.
Clara conocía los proyectos. Había intervenido en algunos durante los últimos meses y sabía que el estudio necesitaba unificar métodos, presupuestos y calendarios.
Lo que no esperaba era que Laura quisiera confiarle aquella responsabilidad.
—Me interesa —respondió—. Mucho. Pero necesito saber cómo has pensado organizarla.
—Por eso te llamo antes de preparar una oferta formal.
Clara recuperó el bolígrafo.
—Empecemos por el equipo. ¿Las tres personas dependerían funcionalmente de mí o también decidiría su distribución entre proyectos?
—Quiero que propongas las asignaciones y supervises las prioridades. La incorporación de personal seguiría requiriendo mi aprobación.
—¿Y los presupuestos?
—Controlarías las desviaciones y presentarías las revisiones. Las autorizaciones finales, según el importe, seguirían pasando por dirección.
Clara anotó la distinción. Era importante. Un cargo con responsabilidad presupuestaria, pero sin capacidad para intervenir a tiempo, podía convertirse en una fuente constante de problemas.
—¿Qué fecha tienes en mente?
—El dos de noviembre, si llegamos a un acuerdo durante octubre.
—¿Y la retribución?
Laura le explicó que la propuesta inicial contemplaba un incremento fijo del quince por ciento sobre su salario bruto actual, asociado al cambio de puesto. No habló de variables ni de incentivos que todavía no estuvieran definidos.
Clara escribió «+15 % fijo» en el margen.
Era una mejora relevante. También suponía una responsabilidad que no había asumido formalmente hasta entonces.
—¿Lo tienes aprobado? —preguntó.
—La propuesta económica tiene encaje en el presupuesto de personal, pero falta concretar las condiciones contigo y formalizarla. No quiero que interpretes esta conversación como un cambio de puesto ya acordado.
—No lo interpreto así.
—Bien. Prefiero que lo estudiemos con calma.
* * *
La cuestión de la presencialidad llegó después.
Laura esperaba que, durante el arranque de noviembre y diciembre, Clara estuviera en Barcelona al menos cuatro días por semana. Había que poner en marcha reuniones internas, conocer a algunos interlocutores nuevos y establecer el funcionamiento del equipo.
—¿Cuatro días como requisito fijo? —preguntó Clara.
—Como previsión inicial. Puede haber semanas en las que se necesiten más visitas y otras en las que podamos concentrarlas.
—Te lo pregunto porque acabamos de hablar de mi propuesta de flexibilidad.
—No la he descartado. Pero tampoco puedo prometerte ahora que el nuevo puesto funcionará con la misma organización que planteaste para el actual.
Clara observó las tablas que tenía abiertas en el ordenador. Su propuesta contemplaba agrupar las visitas presenciales y medir los resultados durante tres meses. La nueva responsabilidad cambiaría parte de esos supuestos.
—Necesitaría saber cuánto tiempo duraría esa fase inicial —dijo—. Y qué margen tendría para organizar el trabajo después.
—Es una pregunta razonable. Yo pensaba revisar el sistema a principios de enero, pero no quiero fijarte una condición definitiva sin hablar con el equipo.
—¿Puedo proponerte alternativas dentro del plan de arranque?
—Por supuesto. Si aceptaras, una de tus funciones sería precisamente organizarlo.
Clara sonrió, aunque Laura no pudiera verla.
—Entonces habrá que evitar que el cargo consista en organizar a los demás mientras yo paso el día en trenes.
—Eso también nos interesa evitarlo.
Se quedaron en que Laura enviaría un esquema de funciones, el incremento salarial propuesto y la previsión de presencialidad antes del miércoles. Clara revisaría el alcance del puesto y plantearía preguntas por escrito. Ninguna de las dos se comprometió a una respuesta inmediata.
Cuando terminaron la llamada, Clara dejó el café frío sobre la mesa.
Hacía años que deseaba participar de verdad en las decisiones de planificación del estudio. Había dirigido actuaciones complejas sin disponer siempre de autoridad sobre los recursos que necesitaba. Aquella propuesta podía corregir precisamente eso.
También podía convertir sus semanas en una sucesión de reuniones presenciales.
Abrió el calendario de noviembre y empezó a contar días. Lo cerró enseguida. Todavía le faltaban demasiados datos.
* * *
Por la tarde llamó a Nuria.
—Necesito que me ayudes a pensar, pero no que decidas por mí.
—Eso suena serio.
Clara le explicó la oferta.
Nuria silbó al escuchar el incremento salarial.
—Eso no es poca cosa.
—No. Y el puesto me interesa.
—¿Qué te preocupa?
—Que la presencialidad inicial termine siendo permanente. Ya sabes cómo empiezan estas cosas: dos meses de reuniones y luego nadie se atreve a cambiar el sistema.
—¿Has preguntado quién decide sobre los recursos del equipo?
—Sí. Yo organizaría las prioridades, pero dirección mantendría las autorizaciones importantes.
—¿Y si te hacen responsable de un retraso provocado por una decisión que tú no puedes aprobar?
Clara miró el cuaderno.
—Eso tengo que dejarlo mejor definido.
—Entonces anótalo. También preguntaría qué ocurre si el equipo necesita una persona más.
—Buena pregunta.
Nuria guardó silencio un momento.
—Te noto ilusionada.
—Lo estoy.
—Pues que los números te ayuden a decidir. No dejes que la primera impresión lo haga por ti.
Clara agradeció la sencillez del consejo. Hablaron unos minutos más y quedaron en verse cuando ella tuviera la propuesta escrita.
* * *
Esa noche Daniel le preguntó por mensaje cómo había ido el festivo.
Clara le contó que Laura le había planteado un puesto nuevo.
Él llamó al cabo de un rato.
—¿De verdad? Enhorabuena.
—Todavía es una propuesta.
—Ya, pero que hayan pensado en ti es una buena noticia.
—Sí. Me ha hecho ilusión.
Daniel preguntó qué implicaría el cargo. Clara se lo explicó a grandes rasgos, incluida la mayor presencia prevista en Barcelona durante los primeros meses.
—Suena a bastante trabajo —dijo él.
—Lo sería. También tendría más capacidad de decisión.
—Eso te gusta.
—Mucho.
Daniel se rio.
—Se te nota hasta por teléfono.
Hablaron después de los encargos del taller y de una receta que Daniel había intentado preparar con resultados discutibles. No planearon dónde viviría Clara ni qué harían con la distancia si aceptaba.
Al despedirse, él volvió a felicitarla.
Clara colgó contenta de haber podido compartir la noticia sin que la conversación se transformara en una discusión sobre ellos.
* * *
El martes 13, a las diez y media, llegaron dos trabajadores del centro juvenil para recoger el archivador pequeño.
Clara lo había vaciado el día anterior. Los documentos pendientes de devolución estaban guardados en una caja cerrada, separada del material que podía salir del local.
Uno de los trabajadores midió la altura del mueble.
—Entra por la puerta de carga —confirmó.
Lo inclinaron ligeramente para salvar el umbral, lo sujetaron con una cincha y lo llevaron hasta la furgoneta. Clara les entregó un justificante sencillo de donación, que firmaron antes de marcharse.
Después tachó el archivador del inventario.
El grande seguía allí, junto a la impresora antigua. Tenía ya una propuesta de retirada conjunta y estaba esperando confirmar la fecha. También había dos carpetas privadas cuyos propietarios aún no habían fijado una hora de recogida.
Clara llamó a ambos y dejó mensajes. No abrió los sobres.
Rosa pasó por el local poco después del mediodía para confirmar la visita del electricista. Revisaron qué equipos debían estar retirados antes de que trabajara sobre la conexión antigua y acordaron una comprobación final cuando quedara despejada aquella zona.
—El veinticuatro seguimos cerrando, ¿verdad? —preguntó Rosa.
—Sí. Y el veintiocho te entrego las llaves.
—Perfecto.
Clara registró las fechas. El local se vaciaba de forma visible, pero aún tenía tareas suficientes para ocupar las dos semanas siguientes.
De vuelta en casa encontró un correo de Laura.
Incluía un resumen de las funciones propuestas, el incremento fijo del quince por ciento y la previsión de presencia en Barcelona durante noviembre y diciembre, pendiente de revisión posterior. También indicaba expresamente que cualquier acuerdo tendría que formalizarse antes de entrar en vigor.
Clara leyó el documento una vez.
Después lo abrió de nuevo y creó una tabla con cuatro columnas: condiciones propuestas, ventajas, cuestiones pendientes y alternativas negociables.
En la primera fila escribió el nombre del puesto.
En la segunda, las responsabilidades sobre el equipo.
En la tercera, la retribución.
La cuarta la reservó para la presencialidad.
Antes de cerrar el ordenador añadió una última pregunta: quién tendría autoridad para aprobar cambios de recursos cuando un proyecto se desviara de lo previsto.
Guardó el archivo con fecha y escribió a Laura para confirmar que había recibido la propuesta y le enviaría sus observaciones.