CAPÍTULO 17. DESPUÉS DEL PRIMER BESO
El martes, Clara descubrió que podía corregir un presupuesto mientras sonreía por algo que no tenía ninguna relación con las cantidades de obra.
No le pareció una habilidad especialmente útil.
Estaba sentada en la mesa de la cocina, con el ordenador abierto y una hoja de mediciones a su derecha. El contratista había corregido la partida duplicada de la escalera, pero seguía sin especificar el material de un refuerzo. Clara escribió un comentario, lo guardó y pasó a la siguiente línea.
Cuando buscó el teléfono para consultar una fotografía de la obra, vio el último mensaje de Daniel, enviado la noche anterior.
No lo abrió. Ya sabía qué decía.
Continuó trabajando hasta media mañana. Después fue a El Buzón de Teresa para recibir a una clienta que había confirmado la recogida de una carpeta personal. Comprobó el nombre en el registro, le entregó el sobre cerrado y le pidió que firmara el justificante.
—¿Vas a cerrar del todo? —preguntó la mujer.
—El veinticuatro será el último día. Las llaves las devolveré el veintiocho.
—Tu madre siempre sabía dónde estaba cada cosa.
Clara miró el archivador abierto.
—Estoy descubriendo que eso requería bastante trabajo.
La mujer sonrió, recogió su documentación y se marchó.
Clara anotó la entrega. En la estantería quedaban varias carpetas por devolver y dos archivadores metálicos que todavía ocupaban demasiado espacio. Había llamado al centro juvenil para preguntar si podían aprovecharlos; le habían pedido las medidas y algunas fotografías.
Sacó el metro del cajón y comenzó por el más alto.
A las doce recibió una llamada de Rosa. El electricista había enviado el desglose acordado: la propietaria asumiría las actuaciones sobre la instalación fija y Clara organizaría la retirada de los equipos de Teresa.
—Así podemos dejarlo cerrado antes de que vengas a entregarme las llaves —dijo Rosa.
—Te mandaré esta tarde el inventario actualizado.
—Estupendo. Y no te olvides de la impresora vieja.
—Ojalá pudiera olvidarme. Pesa como un armario.
Terminó de medir los archivadores y envió las fotografías.
Cuando salió del local, tenía las manos manchadas de polvo y una lista de cuatro llamadas pendientes. Había trabajado toda la mañana. También estaba deseando volver a ver a Daniel.
Las dos cosas le parecieron perfectamente compatibles.
* * *
A última hora de la tarde, Daniel escribió.
Revisión terminada. Lucía ha conseguido un cepillo nuevo y me ha explicado cómo debo utilizar el mío.
Clara respondió:
¿Te han puesto deberes?
Dos minutos, tres veces al día. Según ella, sin excusas.
Me parece una supervisora exigente.
Daniel tardó un poco en contestar.
He hablado con Inés. Mañana puedo quedar a las siete, pero a las nueve tengo que estar en casa. ¿Te sigue viniendo bien?
Clara consultó su agenda. Tenía una videollamada a media tarde, pero nada después.
Sí. ¿Tomamos algo en la plaza?
Hecho. Y prometo no hablar de cepillos de dientes.
No prometas cosas que no puedas cumplir.
Clara dejó el móvil y volvió a la propuesta enviada a Laura. Había recibido un acuse de recibo automático, nada más. No esperaba una decisión todavía, aunque necesitaba cerrar el calendario de las próximas semanas.
Aquella noche llamó a Nuria para acordar cuándo podrían verse en Barcelona. Hablaron de sus respectivas agendas y de una exposición que querían visitar juntas. Clara no mencionó el beso. Le apetecía conservar aquella novedad para sí misma al menos un par de días más.
* * *
El miércoles, Clara llegó a la plaza a las siete menos tres.
Daniel estaba frente a una cafetería, mirando las mesas libres. Al verla levantó una mano y sonrió.
Clara se acercó. Ambos se detuvieron con la misma indecisión breve: ¿un beso en la mejilla, un abrazo, algo más?
—Estamos haciendo esto bastante difícil —dijo ella.
—Yo pensaba saludarte con normalidad.
—Eso explicaría que llevemos cinco segundos quietos.
Daniel soltó una carcajada.
Clara lo besó suavemente en la mejilla y señaló la terraza.
—Vamos a sentarnos antes de que alguien crea que estamos discutiendo.
Eligieron una mesa al sol, que empezaba a perder fuerza detrás de los edificios. Pidieron dos bebidas y una ración de aceitunas.
—¿Cómo ha ido el taller? —preguntó Clara.
—Bien. He entregado el encargo del lunes. Me ha quedado pendiente una reparación que parecía sencilla.
—Esas son las que más desconfianza me dan.
—A mí también. ¿Y los archivadores?
—Uno tiene posibilidades de acabar en el centro juvenil. Del segundo aún no sé nada.
—¿Quieres que te ayude a moverlos?
Clara tomó una aceituna.
—Gracias, pero primero necesito saber adónde van. Si encuentro quien los recoja, mejor.
—Tiene sentido.
Daniel no insistió.
Hablaron de la visita al dentista. Lucía había decidido tomarse muy en serio las recomendaciones de higiene, incluida una inspección del cepillo de su padre.
—No creo que llegue a la adolescencia con autoridad alguna —comentó Daniel.
—Al menos tendrás los dientes limpios.
Él sonrió. Después se inclinó para apartar la sombra que proyectaba el toldo sobre la mesa.
—¿Te molesta el sol?
—No. Se agradece.
Pasaron unos minutos observando a la gente que cruzaba la plaza. Era distinto estar con él después del lunes. Clara ya no tenía que preguntarse si lo que percibía era correspondido. Pero tampoco sabía aún qué gestos les resultarían cómodos a ambos.
—Ayer estuve a punto de llamarte —admitió Daniel.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Pensé que estarías trabajando y que no hacía falta inventarme una pregunta.
—Podías llamar para saludar.
—Podía. Todavía no sé cuánto te gusta hablar por teléfono.
—Depende. Si me llamas durante una reunión para contarme que has comprado leche, probablemente poco.
—Entonces tacharé la leche de la lista de temas.
—Puedes probar con algo mejor.
—¿Cómo qué?
Clara fingió pensarlo.
—Cómo te ha ido el día.
Daniel asintió.
—Eso puedo hacerlo.
El camarero dejó una nueva servilleta y retiró un vaso vacío de la mesa de al lado.
—Me gusta esto —dijo Daniel cuando estuvieron solos.
—¿Las aceitunas?
—También. Quedar contigo sin tener que buscar una razón.
Clara notó que sonreía.
—A mí también.
* * *
A las ocho menos cuarto, la conversación derivó hacia sus horarios.
Daniel explicó que la semana siguiente tendría dos entregas importantes en el taller y que el calendario de Lucía cambiaba algunos días según los turnos de Inés.
—No es complicado si lo hablamos con tiempo —dijo—. Lo que llevo peor son los planes que aparecen a última hora.
—Yo tampoco soy especialmente espontánea.
—El lunes cambiaste de camisa dos veces, ¿verdad?
Clara lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
—No lo sabía. Acabas de confirmármelo.
—Eso ha sido una trampa.
—Una observación.
—Retiro lo de quedar contigo sin motivo.
Daniel se rio.
Después se puso serio, aunque mantuvo el tono tranquilo.
—Hay algo que prefiero decir ahora. Lucía no sabe que estamos quedando así. Y quiero que siga siendo así de momento.
—Me parece bien.
—No porque quiera esconderte. Es que no me gusta introducir gente en su vida antes de saber qué está pasando.
Clara dejó el vaso sobre la mesa.
—No necesito que se lo cuentes. Apenas estamos empezando a vernos.
—Eso mismo pienso.
—Y yo tampoco sé cómo será mi vida cuando cierre el local.
—Lo sé. Pero sí me gustaría que, si alguno deja de tener ganas de seguir quedando, lo diga.
Clara comprendió que no estaba pidiendo garantías sobre una relación futura. Pedía algo más pequeño y más razonable: no obligar al otro a interpretar silencios.
—De acuerdo —respondió—. Yo también prefiero saberlo.
—Y, si estás ocupada, puedes decirme que estás ocupada.
—Eso no me cuesta nada.
Daniel alzó una ceja.
—No parecía que te gustara decirlo cuando teníamos veintisiete años.
Clara lo miró sin sonreír.
Él se dio cuenta inmediatamente.
—Perdona. Era una broma bastante mala.
—Sí, un poco.
Se produjo un silencio breve.
Daniel no se apresuró a justificarla.
—No quiero convertir cada cosa que hagamos ahora en un comentario sobre entonces —dijo.
—Yo tampoco.
Clara tomó otra aceituna. La incomodidad empezó a disiparse sin que necesitaran una conversación más larga.
—En cualquier caso —añadió—, si llego tarde a una cita por una reunión, te avisaré.
—Y yo haré lo mismo si tengo que ir a recoger a Lucía.
—Me parece un comienzo bastante razonable.
Daniel levantó su vaso.
—Por los calendarios compartidos.
—No exageremos. Todavía no te voy a dar acceso al mío.
Rieron, y Clara agradeció descubrir que podían tropezar con un asunto delicado sin que la tarde entera terminara arruinada.
* * *
A las ocho y media pidieron la cuenta.
Daniel tenía tiempo para acompañarla hasta la esquina de su calle, pero no hasta casa de Teresa. Clara prefirió despedirse allí y aprovechar para comprar algo de cenar.
—¿Te escribo mañana? —preguntó él.
—Sí.
Daniel dio un paso hacia ella. Esta vez no hubo incertidumbre sobre el saludo: Clara se acercó y lo besó brevemente.
—Que vaya bien la noche —dijo.
—Y que encuentres comprador para los archivadores.
—Donatario. Todavía conservo ciertos principios.
—Disculpa. Que encuentres un donatario.
Se separaron sonriendo.
Clara entró en la tienda y compró pan, tomate y un poco de queso. Al salir, vio que Daniel ya había doblado la esquina.
No sintió necesidad de seguirlo ni de prolongar la despedida.
Habían pasado una hora y media juntos. Habían disfrutado y también habían comprobado que existían asuntos en los que tendrían que hablar con cuidado.
Aquello le pareció suficiente para un miércoles.
* * *
El jueves 8 de octubre, Laura respondió al correo de Clara.
Había revisado la propuesta de flexibilidad y quería una aclaración sobre la disponibilidad durante las visitas de obra imprevistas. También le confirmó que hablaría con los responsables de proyecto antes de valorar el periodo de prueba.
Clara preparó una respuesta detallada: distinguió las visitas urgentes de las revisiones que podían reagruparse, indicó tiempos de aviso razonables y propuso un sistema de sustitución para incidencias menores. No prometió una presencia imposible.
A media mañana se conectó con el responsable de presupuestos para revisar la escalera. La última versión ya no duplicaba los trabajos de demolición y el material de refuerzo estaba correctamente especificado.
—Ahora sí podemos enviarlo a Laura —dijo Clara.
—¿Lo mandas tú?
—Sí. Con las observaciones cerradas.
Antes de comer se acercó a El Buzón de Teresa. Tenía un mensaje del centro juvenil: podían recoger el archivador pequeño el martes siguiente, siempre que estuviera vacío y cupiera por la puerta de carga.
Clara comprobó las medidas enviadas y confirmó la recogida. El grande seguía sin destino, así que solicitó presupuesto para retirarlo junto con la impresora antigua si no aparecía otra opción útil.
Revisó después las carpetas todavía pendientes de devolución. Había contactado con casi todos los titulares identificados; dos personas debían confirmar cuándo pasarían. Dejó los documentos cerrados y separados, cada uno con su registro correspondiente.
La estantería de Rosa permanecería en el local. Los archivadores eran de Teresa. La impresora tenía pendiente su retirada. La instalación eléctrica ya estaba asignada al propietario según el desglose recibido.
Clara actualizó el inventario.
Después escribió a Rosa para confirmar el acceso del electricista la semana siguiente y la fecha prevista de revisión final del local. El cierre seguía fijado para el 24 de octubre y la entrega de llaves para el 28.
Al salir, pasó por La Orilla. Eva tenía varios pedidos nuevos apilados tras el mostrador.
—El libro que me vendiste me está gustando —dijo Clara.
—¿Ya has llegado al giro de la mitad?
—Creo que sí. Y no quiero que me digas nada.
—No he dicho nada.
—Tu cara ha dicho bastante.
Eva se echó a reír.
Clara compró unas tarjetas para anotar las gestiones del establecimiento y volvió a casa.
Por la tarde incorporó las aclaraciones al documento de Laura y archivó el presupuesto de la escalera. Después preparó una lista de tareas para el viernes, con llamadas pendientes y los documentos que todavía debía entregar.
El teléfono vibró cuando estaba cerrando el ordenador.
*¿Qué tal ha ido el día?*, preguntaba Daniel.
Clara sonrió al recordar la conversación de la terraza.
Bastante productivo. Un archivador ya tiene destino. ¿Y el taller?
He terminado una reparación antes de la hora prevista. No pasa todos los días.
Habrá que celebrarlo algún día.
Eso me gustaría.
Clara dejó el teléfono y fue a la cocina. Tenía la cena por preparar y, antes de acostarse, quería revisar las fotografías que enviaría al centro juvenil para facilitar la recogida del martes.
Encendió la luz, abrió la carpeta del inventario y seleccionó las imágenes necesarias.