CAPÍTULO 16. ESTA VEZ, SIN DESPEDIRNOS
El domingo por la mañana, Clara descubrió que la lavadora de su madre tenía un programa de cuarenta minutos que tardaba casi una hora.
Puso una segunda carga de ropa, abrió las ventanas y llamó a Nuria mientras preparaba el desayuno.
—¿Cómo va el inventario interminable? —preguntó su amiga.
—Ya puedo ver la pared del fondo del local.
—Eso merece una celebración.
—También he descubierto que mi madre guardaba manuales de electrodomésticos que dejó de tener hace quince años.
Nuria se rio. Le contó que estaba organizando una comida con unos amigos para el siguiente fin de semana y que había tenido que cambiar el restaurante dos veces.
Clara le habló de la reunión con Laura, de la propuesta de flexibilidad y de las tres semanas que aún le quedaban para cerrar el establecimiento.
—¿Y tú cómo estás? —preguntó Nuria cuando terminaron de hablar de calendarios.
Clara se apoyó en la encimera.
—Mejor de lo que esperaba. Hay días complicados, pero tengo cosas que hacer. Y gente con la que me apetece quedar.
—Eso último es nuevo.
—He hecho amistad con Eva, la librera.
—No estaba pensando en la librera.
—Ya lo sé.
Nuria esperó, pero Clara no añadió nada.
—Cuando quieras hablar, me llamas —dijo al fin.
—Eso haré.
Después de colgar, Clara cambió las sábanas del dormitorio y dedicó una hora a ordenar las fotografías de Teresa. Separó las que tenían fecha de las que necesitarían una revisión más tranquila. No se obligó a terminar.
A la una recibió un mensaje de Daniel: una fotografía de dos bicicletas junto a una mesa de picnic, una botella de agua y un casco infantil colocado sobre el sillín.
Hemos salido. La mía todavía no está en venta.
Clara respondió:
Enhorabuena por conservar tu patrimonio.
Dejó el teléfono y se hizo una ensalada. Después se tumbó en el sofá con la novela que había comprado a Eva. Consiguió leer cuatro capítulos sin mirar la hora.
Al final de la tarde recibió otro mensaje.
Lucía dice que mi bicicleta necesita revisión, pero hemos vuelto enteros. ¿Te apetece cenar mañana? Tengo libre a partir de las ocho.
Clara sonrió antes de responder.
Sí. Me apetece. ¿Dónde?
En Casa Marín. Si no te importa que no tengan una carta muy larga.
Mientras tengan comida, me adapto.
Eso espero. A las ocho y media.
Clara dejó el móvil sobre la mesita. Todavía le quedaban un par de horas de domingo y pensaba utilizarlas para terminar el libro.
* * *
El lunes 5 de octubre empezó con una llamada de Rosa.
El electricista había confirmado que podía encargarse de asegurar la línea antigua la semana siguiente. Clara repasó con la propietaria las actuaciones que afectaban a la instalación fija y las que correspondían a retirar equipos del negocio.
—Te enviaré el desglose por correo —dijo Rosa—. Así no discutimos luego qué estaba incluido.
—Perfecto. Yo tengo pendiente sacar los archivadores.
—¿Los dos?
—Sí. Estoy preguntando si los necesitan en el centro juvenil. Si no, buscaré otra opción.
Clara registró la conversación y dedicó el resto de la mañana a devolver mensajes de clientes de Teresa. Después se conectó a una reunión del estudio, revisó el presupuesto corregido de la escalera y marcó una partida que todavía necesitaba justificación.
A las seis envió a Laura el borrador de su propuesta de flexibilidad, con el periodo de prueba y los criterios de seguimiento claramente identificados. No esperaba respuesta inmediata.
Se duchó, se cambió de ropa dos veces y acabó eligiendo unos vaqueros oscuros y una camisa que utilizaba cualquier viernes en Barcelona.
Se observó un segundo en el espejo.
—Es una cena —dijo.
La frase no resolvió nada, pero la hizo reír.
A las ocho y veinticinco llegó a Casa Marín.
Era un restaurante pequeño, con mesas de madera, una pizarra de sugerencias y una televisión encendida sin sonido sobre la barra. Daniel la esperaba cerca de la puerta.
—He reservado —anunció.
—¿Hacía falta?
—En absoluto. El dueño se ha reído cuando he llamado.
—Has empezado fuerte.
Daniel señaló una mesa junto a la pared.
—Nos ha guardado la mejor.
La mejor tenía una pata ligeramente más corta que las otras. Clara lo descubrió al apoyar el codo.
—Creo que esta mesa necesita a un profesional —comentó.
Daniel dobló una servilleta y la colocó bajo la pata.
—Hoy no trabajo.
—Me parece una política excelente.
Se sentaron. El camarero les explicó que se había terminado el arroz del día y les recomendó pescado al horno.
—¿Siempre se les termina algo? —preguntó Clara cuando se quedó sola con Daniel.
—Bastante a menudo.
—Y aun así vuelves.
—Cocinan bien lo que queda.
Clara aceptó la respuesta.
* * *
La conversación empezó por asuntos sencillos. Daniel le contó que el paseo en bicicleta había resultado más largo de lo previsto porque Lucía insistió en probar un camino nuevo. Habían tenido que detenerse dos veces y regresar con barro en las ruedas.
—¿Le gustó? —preguntó Clara.
—Muchísimo. Está preparando una segunda salida.
—Entonces recuperar la bicicleta fue un error de cálculo.
—Lo empiezo a sospechar.
Daniel bebió un poco de agua.
—El martes tengo que llevarla a una revisión dental. Inés trabaja hasta tarde y hemos cambiado los turnos de esta semana.
—¿Lo lleváis bien?
—Normalmente sí. Hay semanas en las que ambos creemos haber apuntado algo y ninguno lo ha hecho.
—Eso pasa incluso sin tener una hija.
—Con ella hay más testigos de nuestros despistes.
Clara sonrió. Le gustaba que Daniel hablara de sus responsabilidades con la misma naturalidad con que comentaba los pedidos del taller. No las presentaba como una carga excepcional ni como una credencial de hombre admirable.
Llegó la comida. El camarero colocó los platos y pidió perdón porque habían tardado más de lo habitual.
—No tenemos prisa —respondió Daniel.
Clara lo miró al escuchar aquella frase.
Era verdad. Habían terminado sus obligaciones del día y estaban allí porque querían.
—¿Y tú? —preguntó él cuando empezaron a cenar—. ¿Has pensado qué harás después de entregar las llaves?
—Volveré a Barcelona para algunas reuniones, seguro. Del resto todavía no tengo un calendario cerrado.
—¿La propuesta que preparabas?
—La he enviado esta tarde. Laura tiene que valorarla con los responsables de los proyectos.
—¿Qué te gustaría que ocurriera?
Clara cortó un trozo de pescado antes de responder.
—Tener margen para organizar mi trabajo sin que cada cambio de lugar parezca una excepción. Llevo años queriendo eso.
—Suena razonable.
—Suena razonable hasta que hay que coordinar seis agendas.
—Ahí no puedo ayudarte.
—Menos mal. Sería preocupante que también quisieras arreglarme la empresa.
Daniel levantó las manos.
—No toco nada.
Hablaron de cómo habían cambiado sus rutinas. Clara contó que había aprendido a disfrutar de sus fines de semana sola después del divorcio. Daniel admitió que le costaba distinguir entre descansar y quedarse haciendo pequeños trabajos en el taller.
—Cuando tengo una tarde libre, veo una bisagra floja y pienso que puedo arreglarla en cinco minutos —dijo.
—Los cinco minutos más largos del mundo.
—Exactamente.
Clara le habló de sus amigas de Barcelona, de las exposiciones que visitaba con ellas y de lo difícil que había sido, al principio, dejar de llenar cada hueco de la agenda con actividades.
—Ahora aprecio mucho poder cancelar un plan sin sentir que estoy desperdiciando la vida.
—Eso se aprende —contestó Daniel—. Yo todavía estoy en prácticas.
En un momento de la cena, Clara observó que él había dejado el teléfono boca abajo junto al vaso.
—¿Esperas una llamada?
—No. Es por si llama Inés o pasa algo con Lucía. Lo tengo en silencio para el resto.
—Puedes mirarlo cuando lo necesites.
—Ya lo sé. Pero esta noche prefiero estar aquí.
Lo dijo sin darle importancia y siguió preguntándole por el libro que había comprado el sábado.
Clara se encontró contándole el argumento con demasiado entusiasmo. Daniel la interrumpió para preguntarle si el detective era tan torpe como ella lo describía y acabaron discutiendo sobre una decisión del personaje que él consideraba absurda.
—No lo has leído —protestó Clara.
—Me estás dando datos suficientes para juzgarlo.
—Eso no es una lectura rigurosa.
—Nunca he presumido de ser un crítico literario.
Cuando les ofrecieron postre, compartieron una tarta que estaba bastante mejor de lo que sugería su aspecto.
Al terminar, Daniel pidió la cuenta.
—Podemos dividirla —dijo Clara.
—Por supuesto.
Él no insistió en invitarla. Clara agradeció que una cena agradable no se convirtiera en una pequeña negociación de cortesía.
* * *
Salieron poco después de las diez.
La noche estaba fresca. Daniel le preguntó si quería que la acompañara hasta casa de Teresa, y Clara aceptó. Eligieron las calles interiores, más cortas que el paseo marítimo.
A mitad del camino, ella se detuvo frente a una tienda cerrada para ajustar la correa del bolso.
—Hay algo que quería decirte —comentó cuando reanudaron la marcha.
Daniel volvió la cabeza.
—Te escucho.
—Leí tu carta. La del ocho de octubre.
Él tardó un instante en responder.
—De acuerdo.
—La abrí antes de irme a Barcelona.
Daniel mantuvo el paso.
—¿Y qué tal?
Clara lo miró.
—No sé si esa es la expresión.
—Tienes razón. Ha sonado como si te hubiera recomendado un restaurante.
—Me ayudó a entender cómo estabas entonces —dijo ella—. Y hubo cosas que me dolieron leer, aunque ya conocía los hechos.
Daniel asintió.
—Me imaginaba que podía pasar.
—No quiero hablar de todo eso esta noche.
—No tenemos que hacerlo.
Clara sintió alivio. No porque el asunto hubiera dejado de importar, sino porque podían dejar una conversación pendiente sin convertirla en una amenaza.
—También me hizo gracia que te acordaras de mis libretas —añadió.
Daniel sonrió con cierta timidez.
—Comprabas una cada vez que creías haber perdido la anterior.
—Y casi siempre aparecía.
—En el bolso equivocado.
—Tenía varios compartimentos.
—Ese era precisamente el problema.
Siguieron caminando.
Cuando llegaron a la calle de Teresa, Clara redujo el paso. Le gustaba la compañía de Daniel y no le apetecía terminar la noche, aunque al día siguiente ambos tuvieran trabajo.
* * *
Se detuvieron junto a la puerta de la casa.
—Gracias por la cena —dijo Clara.
—Gracias por venir.
—El pescado estaba bueno.
—Te dije que cocinaban bien lo que quedaba.
—Te concedo ese punto.
Daniel sonrió. Después miró hacia la cerradura, como si quisiera darle espacio para entrar.
Clara buscó las llaves, pero no las sacó.
—Daniel.
—¿Sí?
No tenía preparada ninguna frase. Tampoco le apetecía fingir que la pausa entre ellos era casual.
—Me gusta quedar contigo —dijo.
Él la miró con una seriedad que no había tenido durante la cena.
—A mí también me gusta estar contigo.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba. Era una reacción inesperadamente sencilla, casi molesta por lo fácil que resultaba reconocerla.
Daniel dio un paso pequeño hacia ella y se detuvo.
—¿Puedo besarte?
Clara podría haber contestado inmediatamente. En lugar de eso, lo miró un instante, comprobando que la pregunta no la empujaba a ningún sitio al que no quisiera ir.
—Sí —respondió—. Quiero que lo hagas.
Fue ella quien terminó de acercarse.
El beso empezó con cierta cautela, como si ambos necesitaran un segundo para acostumbrarse a lo que estaba ocurriendo. Después Clara apoyó una mano en el brazo de Daniel y respondió sin reservas.
No se pareció a una escena que llevaran diecisiete años esperando.
Se pareció a dos personas que habían cenado juntas, se habían reído por tonterías y ahora no querían fingir que aquello les daba igual.
Cuando se separaron, Daniel soltó el aire lentamente.
—Bueno —dijo.
Clara levantó las cejas.
—¿Bueno?
—Se me había ocurrido algo mejor que decir.
—Pues no lo parece.
Daniel se rio, algo avergonzado.
—Me ha pillado sin preparación.
—Eso sí que es nuevo.
Clara todavía tenía la mano sobre su brazo. La retiró despacio, sin incomodidad.
—No sé qué significa esto para dentro de un mes —dijo.
—Yo tampoco.
—Ni dónde estaré trabajando.
—No tienes que resolverlo ahora.
Clara asintió. Le gustó que no ofreciera una solución que nadie le había pedido.
—Pero sí sé que me gustaría volver a verte —añadió.
—El miércoles puedo cenar temprano. Tengo que confirmar un horario con Inés, pero te digo algo mañana.
—Perfecto. Y si no puedes, otro día.
—Otro día.
No hubo un segundo beso destinado a sellar ninguna promesa. Daniel esperó a que Clara abriera la puerta y se despidió con una sonrisa que ella sostuvo un momento antes de entrar.
* * *
Dentro de casa, Clara encendió la luz del recibidor y dejó las llaves en el cuenco de Teresa.
Se quedó quieta un segundo. Después fue a la cocina por un vaso de agua.
Estaba contenta. También un poco desconcertada.
Se había besado con Daniel y le había gustado. Mucho.
Eso no modificaba la fecha de cierre del establecimiento, ni la propuesta enviada a Laura, ni los años en los que cada uno había construido su propia vida.
Pero tampoco necesitaba fingir que era un detalle sin importancia.
Antes de acostarse preparó la ropa del martes y puso a cargar el ordenador.
El móvil vibró.
He llegado. Gracias por la noche.
Clara escribió:
Yo también me lo he pasado bien. Suerte mañana con el taller y la revisión dental.
La respuesta llegó un minuto después.
Sobre todo con la revisión dental.
Clara sonrió, dejó el teléfono en la mesilla y apagó la luz.