CAPÍTULO 15. UNA RAZÓN PARA QUEDARSE
Había pasado la mañana revisando con el equipo las modificaciones de la escalera. El contratista enviaría el presupuesto corregido al día siguiente y Clara comprobaría las partidas a distancia. Antes de marcharse, Laura le recordó que esperaba su propuesta de organización laboral.
—Sin urgencias —le dijo—. Pero quiero verla antes de preparar el calendario de noviembre.
—Te la enviaré la semana que viene.
En la calle, Clara compró algo para comer durante el viaje y pasó por su piso a recoger la maleta.
Mientras cerraba las ventanas, se preguntó cuándo volvería a dormir allí. No había ninguna fecha decidida después de aquella semana. Hasta el cierre de El Buzón de Teresa, su presencia en Puerto Alba seguiría siendo necesaria, aunque cada vez quedaran menos gestiones.
Le gustaba su piso. Le gustaba poder caminar hasta la oficina y encontrarse con compañeros con los que llevaba años trabajando. También le gustaba cerrar la puerta cuando terminaba la jornada y no tener que explicar a nadie dónde iba.
Nada de eso había desaparecido por haber pasado unas semanas fuera.
Durante el trayecto consultó los correos del estudio, leyó unas páginas del libro que había comprado en La Orilla y dormitó un rato.
Cuando llegó a Puerto Alba, ya había anochecido.
Dejó la maleta en casa de Teresa y salió a comprar pan.
La panadera la saludó por su nombre y le preguntó si quería la misma barra que la semana anterior.
—Sí, gracias.
Clara salió de la tienda con una sonrisa.
Era un detalle insignificante, pero le resultó agradable no tener que empezar cada conversación explicando quién era.
* * *
El viernes, Rosa Miralles llegó al establecimiento con una carpeta de presupuestos.
—El electricista me ha mandado por fin dos opciones —anunció.
Clara despejó una esquina del mostrador.
La primera incluía únicamente las actuaciones necesarias para dejar segura la instalación existente. La segunda añadía una renovación más amplia, con cambios que podían ser útiles si el local volvía a utilizarse para una actividad comercial.
—Eso último no corresponde al cierre de mi madre —observó Clara.
—Ya. Pero quería que lo vieras.
Revisaron las partidas.
La línea de alimentación antigua de la impresora seguía desconectada, tal como había indicado el electricista en septiembre. El presupuesto básico incluía retirar la conexión deteriorada, asegurar el circuito y comprobar el resto de la instalación.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó Clara.
—Que terminemos de distinguir qué cosas eran del negocio de Teresa y cuáles pertenecen al local. No quiero que pagues algo que no te corresponde, pero tampoco que quede material suyo sin retirar.
Clara abrió el inventario y señaló los elementos identificados.
La mesa ya estaba en el centro cultural. El material escolar se había entregado y buena parte de los documentos privados estaban devueltos a sus propietarios.
Quedaban dos archivadores, una estantería metálica y una impresora antigua cuyo destino todavía no estaba decidido.
—La estantería es tuya —dijo Rosa—. La puse cuando alquiló el local.
—Entonces la dejamos.
—Los archivadores los compró Teresa. De eso me acuerdo.
Clara anotó la corrección.
Después acordaron que Rosa consultaría con el electricista qué trabajos correspondían a la instalación fija. Clara se ocuparía de retirar los equipos y muebles de su madre antes del 24 de octubre.
La entrega de llaves seguía prevista para el 28.
Al despedirse, Rosa miró alrededor.
—Va pareciendo otro sitio.
—Sí. Cada semana hay algo menos.
—Tu madre habría protestado por lo vacío que está.
—Durante los primeros cinco minutos, seguro.
Rosa sonrió y se marchó.
Clara dedicó el resto de la mañana a preparar avisos para los propietarios de varios expedientes. No abrió los documentos. Comprobó sus etiquetas, registró las llamadas y dejó separadas las carpetas pendientes de recogida.
Cuando terminó, cerró el archivador y salió a despejarse.
* * *
Se encontró con Daniel cerca del puerto.
Él salía de una tienda de suministros con una bolsa de tornillería y una pequeña caja bajo el brazo.
—Hola —dijo al verla—. ¿Qué tal Barcelona?
—Bien. Hemos conseguido cerrar una parte importante del presupuesto.
—Eso suena a que queda otra parte.
—Siempre queda otra parte.
Daniel señaló la bolsa.
—Yo también vengo de resolver problemas que alguien podría haber evitado midiendo bien.
—Espero que no estés hablando de la mesa.
—No. De un cliente que quiere una pieza de cuarenta centímetros para un hueco de treinta y ocho.
—¿Y qué vas a hacer?
—Explicarle la diferencia entre querer algo y que quepa.
Clara se rio.
Caminaron unos metros juntos. Daniel tenía que regresar al taller antes de las dos.
—¿Tienes a Lucía este fin de semana? —preguntó Clara.
—El sábado por la tarde. Hoy está con Inés.
—Entonces tendrás trabajo.
—Y probablemente una discusión sobre cuánto tiempo puede pasar mirando vídeos.
—¿Tienes posibilidades de ganar?
—Muy pocas.
Llegaron a la esquina donde debían separarse.
Daniel miró su reloj.
—Oye, mañana después de comer tengo un rato libre. ¿Te apetece dar una vuelta?
Clara tardó un segundo en responder.
No había una mesa que examinar, una carpeta que devolver ni una explicación pendiente.
—Sí, me apetece.
—Podemos quedar sobre las cuatro. Antes tengo que terminar un encargo.
—Perfecto.
—¿Cerca de La Orilla?
—Me viene bien.
Se despidieron y Clara continuó hacia casa.
No había sido una invitación extraordinaria.
Precisamente por eso le gustó.
* * *
El sábado, Clara llegó a La Orilla poco después de las once.
Eva estaba preparando un escaparate dedicado a novelas de misterio. Sobre una mesa había una pila de libros, unos soportes de cartón y una pequeña pizarra.
—Necesito una opinión —dijo nada más verla.
—Buenos días a ti también.
—Buenos días. ¿Cuál pondrías delante?
Le mostró dos novelas.
Clara examinó las cubiertas.
—Esta llama más la atención.
—Pero la otra se vende mejor.
—Entonces pon la que se vende mejor.
—Eso es demasiado razonable. Esperaba que me ayudaras a justificar una decisión impulsiva.
Clara dejó el bolso sobre una silla.
—Puedo hacerlo si me das cinco minutos.
Eva sonrió.
Entre las dos reorganizaron el escaparate. Clara propuso desplazar la pizarra para que pudiera leerse desde la calle y Eva decidió reducir el número de ejemplares expuestos.
Cuando terminaron, salieron a comprobar el resultado.
—Ahora sí —dijo Eva—. Parece que tengo una librería en lugar de un almacén.
—También tienes un almacén.
—No hace falta recordármelo.
Entraron de nuevo.
Eva preparó café y le preguntó cómo había ido el viaje.
Clara le habló de la reunión, de los presupuestos y de la propuesta laboral que estaba preparando.
—¿Quieres trabajar menos días en Barcelona? —preguntó Eva.
—Quiero organizar mejor los días que necesito estar allí. No es lo mismo.
—¿Y te dejarían hacerlo?
—No lo sé todavía.
Eva se apoyó en el mostrador.
—A mí me pasa algo parecido con la librería. Todo el mundo cree que, como soy la dueña, puedo elegir cuándo trabajar.
—¿Y no?
—Claro. Elijo trabajar cuando hay clientes, cuando llegan pedidos y cuando hay que pagar facturas.
Clara se rio.
Hablaron un rato de horarios, de proveedores y de lo difícil que resultaba separar el trabajo del resto de la vida cuando una parte importante dependía de decisiones propias.
Antes de marcharse, Clara compró una novela de misterio que llevaba un buen rato mirando.
—Te advierto que el final divide opiniones —dijo Eva.
—Me arriesgaré.
—Luego me cuentas de qué lado estás.
Quedaron en tomar otro café la semana siguiente.
Al salir, Clara tenía la sensación de haber pasado una mañana agradable sin haber hecho nada especialmente importante.
Le gustaba que empezara a ocurrirle eso en Puerto Alba.
* * *
A las cuatro, Daniel la esperaba junto a la librería.
—¿Has comprado otro libro?
—Sí.
—¿No acababas de comprar uno?
—Eso no impide comprar el siguiente.
—No discutiré con una arquitecta sobre cuestiones de almacenamiento.
Empezaron a caminar hacia el paseo que bordeaba la parte menos concurrida del puerto.
Daniel le contó que aquella mañana había terminado una reparación que llevaba días retrasándose porque el propietario de la embarcación cambiaba continuamente de opinión.
—¿Siempre tienes tanta paciencia con los clientes? —preguntó Clara.
—No. Tengo un límite bastante claro.
—¿Cuál?
—Cuando me piden que haga algo que puede ser peligroso y después me dicen que total, es solo un barco.
Clara asintió.
—En arquitectura también tenemos esa frase. Solo que sustituimos barco por pared.
—Entonces sabes de qué hablo.
Caminaron junto a varios almacenes pequeños. En uno de ellos sonaba una radio.
Daniel le preguntó cómo había sido su matrimonio.
Clara se sorprendió un poco, pero la pregunta no le molestó.
—Bastante normal durante años. Luego dejamos de querer las mismas cosas.
—¿Fue difícil separaros?
—Sí, aunque no hubo una gran pelea. Creo que tardamos demasiado en admitir que la relación había cambiado.
—¿Seguís hablando?
—A veces. Por asuntos que quedaron pendientes durante el divorcio, sobre todo al principio. Ahora casi nunca.
Daniel asintió sin hacer más preguntas.
Clara aprovechó para conocer algo más de él.
—¿Y tú? ¿Cómo organizas el tiempo cuando Lucía no está contigo?
—Trabajando más de la cuenta, si no me vigilo.
—Eso no cuenta como afición.
—También salgo a caminar. A veces quedo con amigos para cenar. Y tengo una bicicleta que lleva meses esperando que la utilice.
—¿La bicicleta funciona?
—Perfectamente.
—Entonces el problema eres tú.
—Estoy empezando a arrepentirme de habértelo contado.
Clara sonrió.
Daniel le habló de un amigo con el que había intentado organizar varias excursiones sin conseguir que coincidieran sus horarios.
Clara le contó que en Barcelona solía quedar con compañeros para visitar exposiciones y que, cuando tenía una semana especialmente complicada, disfrutaba quedándose en casa sin hacer planes.
—Me cuesta imaginarte sin hacer nada —dijo él.
—No lo hago muy bien. Siempre termino ordenando un armario.
—Entonces tienes un problema.
—Peor sería tener una bicicleta abandonada.
Daniel se echó a reír.
Siguieron caminando mientras bajaba la temperatura.
Clara reparó en que la conversación avanzaba sin esfuerzo. No necesitaban recurrir a recuerdos compartidos para llenar los silencios.
Cuando Daniel hablaba de Lucía, no lo hacía como quien presenta una parte admirable de su vida. Contaba sus discusiones por los deberes, las prisas de los días de colegio y lo difícil que le resultaba reconocer cuándo estaba demasiado cansado para escucharla.
—El otro día me dijo que siempre le contesto mientras miro el móvil —admitió.
—¿Y es verdad?
—A veces.
—Al menos te has dado cuenta.
—Me he dado cuenta porque me quitó el teléfono de las manos.
Clara soltó una carcajada.
—Parece bastante eficaz.
—Demasiado.
Al llegar a una zona de bancos, se sentaron un rato.
Hablaron de una película que ninguno de los dos había visto y discutieron sobre si merecía la pena ir al cine o esperar a verla en casa.
Daniel defendía la pantalla grande.
Clara prefería elegir la hora y poder levantarse a preparar algo de comer.
—Eres imposible —dijo él.
—Soy práctica.
—Son cosas diferentes.
Se quedaron callados un momento.
Clara observó a Daniel mientras él miraba hacia las embarcaciones amarradas. Tenía algunas canas junto a las sienes que ella no había notado en sus primeros encuentros. La expresión concentrada con la que examinaba el puerto también le resultaba nueva.
Volvió la vista al camino antes de que él se girara.
Le gustaba escucharle. Le gustaba descubrir aspectos de su vida que no había conocido antes.
No necesitaba sacar ninguna conclusión de aquello.
Cuando empezaron a regresar, Daniel consultó la hora.
—Tengo que recoger a Lucía dentro de poco.
—Entonces vamos.
Caminaron hasta la plaza sin prisa, pero sin alargar artificialmente el recorrido.
Junto a La Orilla se detuvieron.
—Me lo he pasado bien —dijo Daniel.
—Yo también.
Hubo una pausa breve.
Clara podría haber añadido algo más, pero no encontró necesario hacerlo.
—Que vaya bien la tarde con Lucía.
—Gracias. Espero que el libro sea bueno.
—Si no lo es, presentaré una reclamación a Eva.
Daniel sonrió.
Se despidieron y cada uno siguió su camino.
Clara continuó hacia casa pensando que le habría gustado disponer de media hora más.
* * *
Esa noche, después de cenar, abrió el ordenador para avanzar con la propuesta de Rovira Patrimonio.
Incluyó un periodo de prueba de tres meses, reuniones de seguimiento quincenales y criterios para evaluar plazos, coordinación y disponibilidad.
También dejó por escrito qué situaciones requerirían su presencia física sin posibilidad de aplazamiento.
No mencionó Puerto Alba ni sus circunstancias personales. La propuesta debía resultar viable con independencia de dónde decidiera vivir.
Cuando terminó, guardó el archivo y lo dejó preparado para una última revisión el lunes.
Después consultó el calendario del establecimiento.
Quedaban tres semanas para el cierre y varias carpetas por devolver. El lunes llamaría a Rosa para confirmar la fecha de los trabajos eléctricos y organizaría la retirada de los archivadores.
El móvil vibró.
Era un mensaje de Daniel.
Lucía ha decidido que mañana tenemos que salir en bicicleta. Dice que, si la mía sigue parada, me la va a vender.
Clara sonrió.
Me parece una medida razonable. Espero que al menos te deje elegir el precio.
La respuesta llegó enseguida.
No cuento con ello.
Clara dejó el teléfono junto al libro de Eva.
El lunes tenía trabajo, llamadas pendientes y una propuesta importante que revisar.
Y, si en algún momento de la semana encontraba un rato libre, le apetecía volver a quedar con Daniel.
No necesitaba decidir nada más aquella noche.