Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 14. LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ
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CAPÍTULO 14. LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

El martes, Clara terminó de preparar su maleta antes de las siete de la tarde.

Había dejado encima de la cama dos camisas, un pantalón oscuro y unos zapatos que no utilizaba desde principios de verano. Su intención era viajar ligera, pasar la noche en su piso de Barcelona y regresar a Puerto Alba el jueves, después de resolver algunos asuntos en el estudio.

Comprobó los billetes, guardó el cargador del ordenador y revisó el documento que llevaría a la reunión con Laura.

Todo estaba preparado.

Solo le quedaba una cosa que no figuraba en ninguna lista.

Fue hasta el escritorio de su antiguo dormitorio y abrió el cajón.

Dentro estaba la carpeta personal. Sacó el sobre que había encontrado entre las pertenencias de Teresa dos semanas antes.

Reconoció la letra de Daniel, la fecha escrita en el exterior y su nombre completo.

Había esperado a saber cómo llegó aquella carta a manos de su madre. Después había querido conocer la conversación que precedió a la ruptura.

Ahora sabía ambas cosas.

Ya no tenía motivos para seguir aplazando la lectura.

Se sentó junto a la ventana, abrió cuidadosamente la solapa y extrajo dos hojas dobladas.

La tinta azul se había conservado bien. Daniel escribía con una letra más irregular de lo que ella recordaba, inclinada hacia la derecha y con algunas palabras tachadas.

En la esquina superior figuraban el lugar y la fecha.

Clara extendió las hojas sobre la mesa y empezó a leer.

* * *

Puerto Alba, 8 de octubre de 2009

Clara:

No sé si voy a mandarte esto. Llevo casi una hora escribiendo y todavía no tengo claro si tienes ganas de saber algo de mí. Me dijiste por teléfono que necesitabas distancia. Lo entendí, aunque supongo que escribirte una carta demuestra que no termino de entenderlo.

No te preocupes. Si finalmente te llega, no es para pedirte que vuelvas.

Hoy he pasado por delante de la ferretería y he visto una de esas libretas que comprabas para apuntar las medidas de los edificios.

He estado a punto de entrar. Después me he acordado de que ahora estarás en Barcelona y tendrás tiendas mejores donde comprarlas.

Parece una tontería, pero he seguido caminando pensando en eso.

Quería decirte que no dejé de quererte el día veintiuno.

Sé que lo que hice debió de parecerte exactamente eso.

Te dije que no podíamos continuar y apenas te expliqué nada.

Cuando intentaste hablar conmigo, repetí las mismas frases.

Me acuerdo de tu cara. No puedo decir que no me diera cuenta de lo que estaba haciendo.

Desde que ingresaron a mi padre, todo funciona a medias.

El taller abre cuando puedo, los proveedores llaman a horas distintas y siempre falta algún papel que antes encontraba él.

Marina tiene dieciséis años y hace como si no necesitara nada, pero luego resulta que no ha llevado dinero para una excursión o que no sabe quién va a recogerla.

Ayer se enfadó conmigo porque olvidé comprar leche.

Le contesté mal. Después fui a comprarla y me sentí bastante idiota.

No te cuento esto para que sientas pena por mí.

Lo que pasa es que cada día necesito ayuda para algo distinto. Y me daba miedo terminar necesitándote también a ti. No porque tú no quisieras ayudarme. Precisamente porque sé que lo habrías hecho.

Cuando hablábamos de Barcelona, tú preparabas horarios de tren y yo calculaba qué pasaría si mi padre no volvía al taller.

Pensé que llegaría un momento en el que tendría que pedirte que vinieras más a menudo.

O que me enfadaría porque no pudieras hacerlo.

Después pensé que tú acabarías sintiéndote mal por estar lejos.

No sé de dónde saqué que eso tenía que pasar. Supongo que me lo imaginé tantas veces que terminé dándolo por hecho.

Debería habértelo contado. Podríamos haber discutido y quizá habríamos llegado a la misma conclusión. No lo sé.

En lugar de eso, decidí por los dos.

Me dije que era mejor terminar antes de empezar a hacerte elegir entre tu trabajo y mi familia. No sé si era mejor para ti. Ahora empiezo a pensar que ni siquiera tuve el valor de averiguarlo.

Quiero llamarte casi todos los días. Cuando ocurre algo bueno con mi padre, pienso en contártelo. Cuando algo sale mal, también. Pero recuerdo que me pediste que te dejara tranquila y guardo el teléfono.

No espero que regreses a Puerto Alba. No quiero que dejes ese trabajo por nada de esto. Sé cuánto te ha costado conseguirlo. Y tampoco puedo prometerte que, si mañana me pidieras volver, sabría hacerlo bien. Sigo sin saber cómo voy a organizar mi propia casa.

Solo quería que supieras que lo nuestro no terminó porque hubiera dejado de importarme.

No sé si escribirlo cambia algo. Probablemente no.

Espero que estés bien en Barcelona. Y que la primera semana haya sido menos difícil de lo que temías.

Daniel.

* * *

Clara permaneció sentada cuando terminó.

La carta no contenía ninguna revelación extraordinaria.

Daniel no había descubierto una razón secreta para marcharse. No había dejado de quererla ni había fingido que lo suyo carecía de importancia.

Había escrito, con bastante menos seguridad de la que mostraba ahora, las mismas dudas que el domingo había intentado explicarle.

Clara volvió a mirar una frase de la segunda hoja.

No sé de dónde saqué que eso tenía que pasar.

Sintió una irritación inesperada.

Aquella había sido precisamente la cuestión. Daniel había imaginado un futuro en el que ella terminaba sacrificando su trabajo y había actuado como si ese futuro fuera inevitable.

Sin embargo, unas líneas antes había contado lo de Marina y la leche.

Clara recordó a la adolescente que había conocido, siempre pendiente de parecer mayor de lo que era. Daniel había debido de aprender a cuidar de ella al mismo tiempo que intentaba mantener el negocio familiar.

La imagen le produjo una ternura que no anulaba su enfado.

También sonrió al recordar las libretas de la ferretería.

Había comprado tantas que su madre llegó a bromear con que algún día podría construir una casa solamente con las hojas que acumulaba.

Dobló la carta por las marcas originales.

Durante años había supuesto que Daniel dejó de quererla y después no supo cómo decírselo.

Ahora conocía una verdad distinta.

No resultaba necesariamente más fácil.

Se preguntó si habría cambiado algo recibir aquellas páginas en octubre de 2009. Quizá le habría contestado. Quizá habría vuelto a discutir con él por teléfono. O tal vez las habría guardado, demasiado enfadada para responder.

No podía saberlo.

Tampoco necesitaba decidir qué habría hecho aquella Clara de veinticinco años.

Guardó las dos hojas dentro de la funda transparente, junto al sobre ya abierto, y las devolvió a su carpeta.

Después fue a la cocina, preparó algo para cenar y puso el despertador a las seis.

* * *

El miércoles 30 de septiembre, Clara llegó a Barcelona con tiempo suficiente para dejar la maleta en su piso antes de entrar en el estudio.

Subir las escaleras de su edificio, abrir la puerta y encontrar las cosas exactamente donde las había dejado le produjo un alivio familiar.

Regó una planta, comprobó el frigorífico y cambió los zapatos de viaje por los que había preparado para la reunión.

A las diez estaba en Rovira Patrimonio.

Laura la recibió con un saludo breve y una carpeta de presupuestos.

—Menos mal que has venido. Tenemos tres versiones distintas del coste de la escalera.

—Entonces hemos mejorado. La semana pasada teníamos cuatro.

Laura soltó una risa.

En la sala de reuniones, Clara revisó las partidas con el equipo. La cata había confirmado la modificación posterior del muro y permitido descartar la solución que invadía el paso.

El contratista proponía reforzar el apoyo existente, pero su presupuesto incluía una partida de demolición que no correspondía al alcance aprobado.

—Esta cantidad está duplicada —señaló Clara—. Aquí se retira el revestimiento y tres páginas después aparece otra vez el mismo trabajo.

El responsable de presupuestos revisó la documentación.

—Tienes razón.

Clara explicó que la alternativa más adecuada era intervenir únicamente en el apoyo comprobado, manteniendo la anchura útil de la escalera y evitando fabricar piezas antes de cerrar los detalles.

Laura pidió un presupuesto corregido para el viernes y asignó a Clara la coordinación de la revisión final.

El proyecto avanzaba.

También quedaba claro qué decisiones habían necesitado una reunión presencial y cuáles podían haberse resuelto mediante intercambio de documentación.

Clara añadió esa observación mentalmente a la conversación que tendría después.

* * *

A las dos y media, Laura la recibió en su despacho.

—Tenemos treinta minutos —advirtió—. Después viene un cliente.

—Me basta.

Clara abrió el documento que llevaba preparando desde hacía semanas.

—Quería plantearte una organización más flexible para el próximo trimestre.

Laura dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Te escucho.

—He revisado los últimos tres meses. De los desplazamientos al estudio, una parte estaba justificada por visitas, reuniones técnicas y revisiones de documentación física. Pero hay bastantes convocatorias que podrían concentrarse o celebrarse a distancia.

Mostró una tabla con fechas, motivos y resultados.

—No quiero reducir mi carga de trabajo. Quiero distinguir mejor qué exige que esté aquí y qué puedo hacer desde fuera sin perjudicar al equipo.

Laura examinó los datos.

—¿Cómo lo organizarías?

—Con jornadas presenciales agrupadas cuando haya visitas o decisiones técnicas importantes. Disponibilidad en horario habitual, seguimiento por escrito de los proyectos y una revisión periódica con el equipo. Y un procedimiento claro para acudir si surge algo que de verdad requiera mi presencia.

—Eso último puede ser complicado cuando tenemos varias obras en marcha.

—Por eso he separado las que coordino directamente de aquellas en las que solo intervengo en revisiones puntuales.

Laura pasó a la siguiente página.

—Has hecho los deberes.

—Llevo tiempo queriendo hablarlo.

—Ya lo sé.

Clara levantó la vista.

—Hasta ahora siempre hemos resuelto estas situaciones como excepciones. Creo que sería mejor comprobar si podemos establecer un sistema.

Laura permaneció unos segundos mirando la tabla.

—La propuesta tiene sentido. Pero no puedo aprobarla aquí sin revisar cómo afectaría al resto del equipo. Tampoco quiero que acabemos organizando reuniones distintas para cada persona.

—Lo entiendo.

—Prepárame una versión por escrito con un periodo de prueba y criterios de evaluación. Hablaré con los responsables de proyecto.

—¿Podemos fijar una fecha para revisarla?

—En octubre, cuando tengamos cerrada la planificación de las obras. Te confirmo una semana concreta.

Clara anotó el compromiso.

No era una aceptación, pero tampoco una negativa.

Había conseguido que Laura evaluara una propuesta estructurada, en lugar de concederle permisos aislados.

Antes de terminar, revisaron dos entregas previstas para la semana siguiente y acordaron qué documentación podía supervisar Clara desde Puerto Alba.

La reunión acabó a las tres y cinco.

* * *

Al salir del estudio, Clara decidió caminar hasta su barrio antes de regresar a casa.

Pasó por una librería donde compraba revistas de arquitectura, entró a buscar café y se detuvo unos minutos frente al escaparate de una tienda de materiales de dibujo.

Conocía aquellas calles, los horarios de los comercios y el camino más rápido para volver cuando llovía.

Barcelona no había sido solamente el lugar al que escapó después de una ruptura.

Allí había aprendido su profesión, encontrado amistades, se había casado y divorciado y construido una vida que seguía siendo suya.

Al llegar al piso abrió las ventanas.

Tenía que responder a dos correos, preparar la versión escrita de su propuesta y revisar el horario del tren del jueves.

La carta de Daniel estaba en Puerto Alba, guardada en su carpeta personal.

No sintió necesidad de escribirle para decirle que la había leído.

Quizá lo haría cuando tuviera algo concreto que contarle. De momento, lo importante era que conocía su contenido y podía pensar en él sin que Daniel participara en cada conclusión.

Puso una lavadora y preparó algo sencillo para cenar.

Después abrió el ordenador.

En un archivo nuevo escribió el título de la propuesta de organización laboral y empezó a ordenar los criterios que Laura le había pedido.

Antes de acostarse comprobó la hora de salida del tren del jueves y dejó preparada la maleta.

No modificó el billete.