Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 13. LA VERSIÓN QUE ELEGISTE #2
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CAPÍTULO 13. LA VERSIÓN QUE ELEGISTE #2

—No sé si habríamos conseguido mantener la relación a distancia —continuó ella—. Puede que hubiera durado tres meses. Puede que yo hubiera terminado eligiendo Barcelona. Puede que hubiéramos discutido hasta cansarnos.

—Puede.

—Pero esa era una conversación que nos correspondía tener a los dos. Tú elegiste una versión del futuro y la convertiste en la única posible.

Daniel no respondió inmediatamente.

—Pensé que estaba evitando que tuvieras que escoger entre nosotros y tu trabajo.

—Y acabaste escogiéndolo tú.

Caminaron unos metros sin hablar.

Clara no se sentía mejor por haber encontrado una frase que resumiera lo ocurrido.

Lo que sentía era cansancio. Diecisiete años después estaba descubriendo que su relación no había terminado por una imposibilidad definitiva, sino por una mezcla de miedo, responsabilidades y decisiones que nadie había puesto sobre la mesa.

—No puedo decirte que Teresa tuviera toda la culpa —añadió Daniel—. Sería cómodo, pero no sería verdad. Ella se preocupó por ti. Yo convertí esa preocupación en una decisión.

—Mi madre tampoco tenía derecho a ir a hablar contigo sin decírmelo.

—No.

—Y tú tenías derecho a terminar conmigo si ya no querías continuar.

Daniel volvió la cabeza.

—Pero tenía que haber sido sincero sobre por qué.

—Exactamente.

* * *

Llegaron al final del paseo.

Clara se detuvo junto a una papelera y buscó una botella de agua en el bolso.

Bebió un poco.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.

Daniel esperó.

—Que mi madre me animó a marcharme. Me ayudó a hacer las maletas. Me preguntó si tenía suficiente dinero y me llamó al llegar a Barcelona. Nunca me dijo que antes había hablado contigo.

—Puede que pensara que ya no hacía falta contártelo.

—O puede que supiera que había hecho algo que no debía.

Daniel no discutió ninguna de las posibilidades.

Clara recordó las llamadas de Teresa durante sus primeros meses fuera. Los consejos prácticos, las preguntas por el trabajo, la manera en que evitaba mencionar a Daniel salvo que Clara lo hiciera primero.

Su madre había sido muchas cosas a lo largo de su vida: cariñosa, obstinada, generosa, controladora cuando se preocupaba demasiado.

No podía reducirla a aquella conversación.

Pero tampoco quería disculparla únicamente porque ya no pudiera responder.

—Estoy enfadada con ella —admitió.

—Lo entiendo.

—Y no puedo preguntarle su versión.

—No.

Clara guardó la botella.

—Eso va a costarme más que entender la tuya.

Daniel no intentó consolarla.

Por una vez, Clara agradeció que no hubiera una respuesta preparada.

* * *

Se despidieron cerca del aparcamiento.

Antes de marcharse, Daniel preguntó:

—¿Qué vas a hacer con la carta?

Clara supo que se refería al sobre de octubre.

—Todavía la tengo guardada.

—Puedes leerla.

—Ya sé que puedo.

—No estaba intentando darte permiso.

Ella lo observó.

—Entonces, ¿qué querías decir?

—Que la escribí para explicarte algo que no supe decirte después de romper. No sabía si llegarías a leerla. Ahora la tienes y no voy a pedirte que la guardes cerrada.

Clara asintió.

—Gracias.

—No sé cómo te sentará.

—Eso tendré que averiguarlo yo.

Daniel aceptó la respuesta.

—Buen viaje el miércoles.

—Gracias. Espero que la reunión salga bien.

—Seguro que vas preparada.

—Demasiado, probablemente.

—Eso también lo recuerdo.

Clara sonrió apenas.

Se separaron sin acercarse más.

De regreso a casa, pensó en llamar a Nuria. No lo hizo. Necesitaba ordenar lo que acababa de escuchar antes de contarlo.

* * *

El lunes dedicó la mañana a revisar las últimas mediciones enviadas desde Barcelona.

Laura le confirmó que la reunión del miércoles seguía prevista y que tendrían media hora para hablar de la organización del trabajo.

Clara imprimió la tabla de desplazamientos y preparó dos versiones de su propuesta: una con jornadas presenciales agrupadas y otra con asistencia según las necesidades de cada proyecto.

No esperaba cerrar un acuerdo en aquella reunión.

Quería dejar claro que su petición tenía fundamento profesional y que no estaba relacionada con una decisión impulsiva de quedarse en Puerto Alba.

A media tarde abrió el cajón del escritorio de su antiguo dormitorio.

Sacó la carpeta personal.

Dentro seguían el escrito incompleto de Teresa, su propia carta de despedida y el sobre fechado el 8 de octubre de 2009.

Tomó este último entre los dedos.

Ahora conocía las circunstancias en las que Daniel lo había escrito y cómo había llegado a manos de su madre.

Lo que no conocía era su contenido.

Podía abrirlo aquella misma tarde.

Pero había pasado buena parte del domingo hablando de una decisión que otros tomaron por ella. No le apetecía convertir el cansancio de aquella conversación en el motivo para leerlo deprisa.

Volvió a guardarlo en la funda.

Después preparó la ropa que llevaría a Barcelona y comprobó la hora de salida del tren.

Antes de cenar escribió un mensaje a Daniel.

Gracias por contarme lo del sábado de 2009. No significa que esté todo bien, pero necesitaba saberlo.

Daniel respondió unos minutos después.

Lo sé. Espero que vaya bien el miércoles.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

Le quedaban cosas por entender de aquel pasado. También tenía una reunión que preparar, un establecimiento que cerrar y una vida que no estaba dispuesta a dejar en suspenso.

Abrió el ordenador y volvió a su presentación para Laura.