CAPÍTULO 13. LA VERSIÓN QUE ELEGISTE
El domingo, Clara reservó un billete de vuelta a Puerto Alba antes de decidir cuándo hablaría con Daniel.
No tenía especial prisa por regresar de Barcelona. La reunión del miércoles podía alargarse y quizá le conviniera pasar una noche allí, revisar algunos asuntos en el estudio y volver al día siguiente.
Lo que no quería era dejar la decisión abierta hasta el último momento.
Compró el billete para el jueves por la tarde y cerró la aplicación.
Después abrió la conversación con Daniel.
¿Tienes un rato esta tarde? Quería preguntarte algo antes de irme a Barcelona.
Tardó unos minutos en responder.
Sí. A partir de las seis estoy libre. ¿Paseo o cafetería?
Clara consideró las opciones.
Paseo. Ya hemos consumido suficientes cafés difíciles.
De acuerdo. Nos vemos junto al aparcamiento del puerto.
Dejó el teléfono sobre la mesa y siguió organizando su equipaje.
La reunión con Laura del miércoles ocupaba mucho más espacio en su cabeza que cualquier plan relacionado con Daniel. Había preparado una tabla con los desplazamientos de los últimos tres meses, los proyectos que coordinaba a distancia y las reuniones que podrían agruparse en jornadas presenciales.
Quería dejar de negociar cada ausencia como si estuviera pidiendo un favor.
A las cinco cerró el ordenador, se cambió de ropa y salió de casa.
* * *
Daniel llegó unos minutos antes de las seis. Estaba apoyado en la barandilla, consultando algo en el teléfono.
—Hola —dijo al verla—. ¿Ya tienes el viaje organizado?
—Más o menos. Salgo el miércoles temprano y vuelvo el jueves.
—¿Vas solo por la reunión?
—Y para hablar con mi jefa sobre una forma de trabajar que llevo tiempo proponiendo.
—¿Te preocupa?
—Me preocupa cómo plantearlo para que no piense que quiero trabajar menos.
—¿Y quieres?
—No. Quiero perder menos tiempo en desplazamientos absurdos.
Daniel asintió.
—Eso lo entiendo.
Empezaron a caminar hacia una zona donde había varios bancos alejados de las terrazas.
Hablaron unos minutos del trabajo. Daniel tenía pendiente entregar una reparación y Clara le contó que la mesa de Teresa ya estaba montada en el centro cultural.
—Pilar me ha mandado una foto —dijo—. La han colocado en el almacén del taller de teatro.
—¿Y el cajón?
—Sigue atascándose.
—Entonces conserva su personalidad.
Clara sonrió.
Caminaron hasta una zona tranquila junto a un pequeño muro de piedra. Allí se detuvo.
—Hay una cosa de la que todavía necesito hablar contigo.
Daniel guardó el móvil.
—La conversación con tu madre.
—Sí.
—Pensaba que volverías a preguntármelo.
—Ahora conozco bastante bien lo que ocurrió después. Pero sigo sin saber qué se dijo aquel doce de septiembre.
Daniel se sentó en el muro. Clara permaneció de pie frente a él.
—De acuerdo —respondió—. Te lo contaré como lo recuerdo.
* * *
—Fue por la mañana —empezó Daniel—. Estaba en el taller, intentando organizar los pedidos que se habían quedado a medias desde lo de mi padre. Teresa apareció sin avisar.
Clara recordó el pequeño establecimiento que su madre había mantenido abierto durante años. A Teresa le gustaba presentarse en los sitios con alguna excusa práctica, aunque en realidad quisiera hablar de algo distinto.
—¿Te dijo por qué había ido?
—Al principio preguntó por Julián. Quería saber cómo evolucionaba, si necesitábamos ayuda para preparar comidas o hacer compras. Hablamos un rato de eso.
—¿Y después?
—Me preguntó por nuestros planes.
Daniel se pasó una mano por la nuca.
—Le dije que todavía no sabíamos cómo organizarnos. Que tú tenías que marcharte a Barcelona y yo no podía dejar el taller ni a mi familia en aquel momento.
—Eso era verdad.
—Sí. Entonces me preguntó si seguíamos pensando en intentar mantener la relación a distancia.
Clara esperó.
—Le dije que lo habíamos hablado, pero que yo no sabía cuándo podría viajar. Mi padre llevaba nueve días ingresado. Cada día nos decían una cosa distinta sobre la recuperación y había semanas de trabajo atrasado.
—¿Mi madre te preguntó si querías que me quedara?
—No así. Me preguntó si creía que tú acabarías intentando arreglar mi situación.
Clara frunció el ceño.
—¿Arreglarla?
—Eso fue lo que entendí. Habló de que llevabas mucho tiempo preparando el salto a Barcelona. De las prácticas, de las entrevistas, de todas las veces que habías vuelto preocupada porque todavía no salía nada.
Clara recordó aquellos meses con una precisión inesperada: las carpetas que llevaba a las entrevistas, las noches corrigiendo su portafolio y la llamada en la que le confirmaron que tenía el puesto.
Teresa había celebrado aquella noticia más que nadie.
—Me dijo que no quería que renunciaras a esa oportunidad por sentirte responsable de lo que estaba pasando en mi casa —continuó Daniel—. Que ya habías trabajado demasiado para conseguirla.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que yo tampoco quería que renunciaras.
—Pero nunca te propuse renunciar.
—Lo sé. Teresa tenía miedo de que acabaras haciéndolo. Y yo también.
Clara se sentó a su lado, dejando cierta distancia entre ambos.
—¿Te pidió que rompieras conmigo?
Daniel negó con la cabeza.
—No me lo dijo así. No hubo un ultimátum ni una orden. Pero me insistió en que no debía permitir que tu futuro quedara condicionado por mis problemas.
—Eso sí suena bastante parecido.
—Entiendo que lo veas así.
—No, Daniel. Lo que quiero saber es si mi madre fue a tu taller a decirte que me dejaras.
Él miró hacia el camino.
—Fue a decirme que tenía miedo de que te quedaras por mí. Y, mientras hablábamos, me hizo pensar que seguir juntos podía llevarnos a eso.
Clara apretó los labios.
—¿Y no se le ocurrió hablar conmigo?
—No lo sé. Tendrías que habérselo preguntado a ella.
—Ya no puedo.
Daniel bajó la cabeza.
—Lo sé.
Clara esperó unos segundos.
—Sigue.
—Me contó algo de su juventud. No toda una historia, solo que había rechazado oportunidades porque pensaba que había personas que la necesitaban más que sus propios planes.
Clara volvió la cara hacia él.
—¿Te lo dijo con esas palabras?
—No exactamente. Han pasado muchos años. Recuerdo que habló de decisiones que había tomado demasiado pronto y de que no quería verte haciendo lo mismo.
—Mi madre casi nunca hablaba de eso.
—Conmigo tampoco lo había hecho antes.
Clara miró las baldosas del paseo.
Teresa había tenido una manera peculiar de hablar del trabajo.
Siempre la había animado a estudiar, a marcharse si encontraba oportunidades mejores y a no quedarse en Puerto Alba solo por costumbre.
Sin embargo, cuando Clara le preguntaba si ella habría querido vivir en otro lugar, respondía que ya era tarde para pensar en aquello.
Durante años, Clara había interpretado esa respuesta como simple resignación.
Ahora no estaba tan segura.
—¿Y después? —preguntó.
—Le dije que no iba a pedirte que te quedaras. Teresa me preguntó si estaba seguro de poder sostener la relación sin acabar necesitándote más de lo que tú podrías ofrecer.
Clara lo miró.
—¿Eso te preguntó?
—Es lo que recuerdo. Y no supe qué contestarle.
—Podrías haberme preguntado a mí cuánto estaba dispuesta a ofrecer.
—Sí.
—Pero no lo hiciste.
—No.
Daniel se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—Cuando se marchó, yo ya estaba pensando que no podía pedirte que compartieras una situación de la que ni siquiera sabía cómo salir. Esa idea llevaba días rondándome. La conversación terminó de inclinarme hacia ella.
Clara permaneció callada.
Había imaginado muchas versiones de aquella visita. En algunas, Teresa exigía a Daniel que se apartara de su vida. En otras, él utilizaba a su madre como excusa para una decisión que ya había tomado.
La realidad resultaba menos limpia.
Teresa había formulado una preocupación que podía entender. Daniel había escuchado lo que necesitaba escuchar en aquel momento.
Y entre los dos habían dejado fuera a la única persona cuyo futuro discutían.
* * *
—¿Qué pasó durante los nueve días siguientes? —preguntó Clara.
Daniel se quedó mirando sus manos.
—Seguí yendo al hospital. Abría el taller cuando podía. Marina empezaba el curso y yo intentaba que todo funcionara. Tú me llamabas para saber cómo estaba mi padre y para organizar los fines de semana en los que podríamos vernos.
—Recuerdo haber buscado horarios de tren.
—Sí. Me mandaste varios.
—Y tú empezaste a responderme cada vez menos.
—Porque no sabía cómo decirte que había dejado de creer que aquello funcionara.
Clara sintió una irritación conocida.
—Pero dejaste que siguiera haciendo planes.
—Durante unos días, sí.
—Hasta que decidiste terminar.
Daniel asintió.
—El veintiuno te dije que no quería continuar.
—Me acuerdo perfectamente.
—Lo sé.
—¿Habías pensado ya en romper antes de hablar con mi madre?
—Había tenido dudas desde lo de Julián. No había decidido hacerlo. Después de hablar con Teresa empecé a pensar que terminar era la opción más responsable.
—¿Responsable para quién?
Daniel tardó en contestar.
—En aquel momento creía que para los dos.
Clara soltó una risa breve, sin humor.
—Esa es la parte que más me cuesta entender.
—A mí también, ahora.
—No quiero que me digas que hoy lo harías todo de otra manera. Quiero saber por qué no fuiste capaz de hablar conmigo.
Daniel se incorporó.
—Porque estaba asustado, Clara. Porque cada vez que sonaba el teléfono pensaba que era el hospital. Porque llegaba a casa y Marina me preguntaba cosas para las que no tenía respuesta. Y porque tú me hablabas de Barcelona con una ilusión que yo no quería estropear.
—No tenías que estropearla.
—Eso no lo veía entonces.
—Pues podrías haberme dicho que tenías miedo.
—No sabía hacerlo.
Clara negó despacio con la cabeza.
—Yo también tenía miedo. De marcharme sola. De que el trabajo saliera mal. De que tú y yo no fuéramos capaces de mantener la relación. Pero seguía intentando hablarlo contigo.
Daniel la miró.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo sabías. Creíste que, si seguíamos juntos, yo acabaría quedándome. Nunca contemplaste que pudiera irme y seguir queriéndote.
Daniel recibió aquellas palabras sin apartar la vista.
—Es verdad.
Clara se levantó del muro.
Necesitaba caminar.
Él la siguió unos pasos después.