CAPÍTULO 12. UNA CARTA QUE LLEGÓ TARDE
El viernes, a las once menos cinco, Clara ya había comprobado tres veces que no quedaba nada dentro de los cajones de la mesa.
A las once y diez llegó la furgoneta del centro cultural.
Pilar bajó del asiento del acompañante con una carpeta y un vaso de café.
—Perdona el retraso. Hemos tenido que descargar unos paneles antes de venir.
—No pasa nada. Lo tengo preparado.
Dos trabajadores entraron detrás de ella y examinaron las piezas desmontadas, que Clara había colocado sobre una manta junto a la puerta.
—¿Esto era una mesa? —preguntó uno.
—Hasta ayer —respondió Clara.
Pilar se agachó para revisar las etiquetas numeradas.
—¿Y podremos montarla otra vez?
—Sí. He preparado unas instrucciones. Hay que colocar primero el bastidor y después fijar el tablero. La guía de uno de los cajones necesita una reparación pequeña.
Les entregó la hoja con los dibujos.
El primer problema apareció cuando intentaron cargar el tablero entre dos personas. Era más pesado de lo que esperaban y la furgoneta tenía parte del suelo ocupado por unas estructuras metálicas.
—Si lo apoyamos encima de eso, se marcará —advirtió Clara.
Uno de los trabajadores miró el interior.
—Podemos mover los soportes hacia el fondo.
—Y colocar la manta debajo —añadió ella.
Tardaron diez minutos en reorganizar la carga.
Al terminar, Pilar comprobó que habían recogido todas las piezas.
—¿Quieres venir cuando la montemos?
Clara miró el hueco que había quedado en el establecimiento.
—No hace falta. Si tenéis algún problema, llámame.
—Te mandaré una fotografía.
—Eso sí me gustaría.
Firmaron un justificante de entrega. Clara registró la salida de la mesa y cerró aquella línea del inventario.
Cuando la furgoneta se marchó, el espacio del fondo pareció considerablemente más grande.
No sintió la tristeza que había imaginado.
La mesa había servido a Teresa durante años. Ahora podría seguir utilizándola otra gente.
Clara volvió a colocar dos cajas junto a la pared y abrió la puerta para ventilar el local.
Todavía quedaba trabajo.
* * *
A las doce y cuarto apareció Amparo Roca.
Clara la reconoció antes de que entrara. Llevaba un bolso oscuro y una chaqueta ligera que sostenía sobre el brazo.
—Buenos días, hija.
—Hola, Amparo. Pasa.
La mujer se detuvo junto al mostrador.
—Me han dicho que estás devolviendo los papeles que tu madre guardaba.
—Sí. Voy llamando a los propietarios según los encuentro.
—Yo dejé algunas cosas aquí. Hace tiempo.
Clara señaló una silla.
—¿Recuerdas qué era?
—Un sobre y unos documentos. Teresa los guardó por mí cuando hice unas obras en casa. Después fui trayendo otras cosas.
Clara abrió el registro.
—¿Estaban a tu nombre?
—Supongo que sí. Teresa tenía más orden del que parecía, aunque luego no encontraba las gafas ni llevándolas puestas.
—Eso también lo recuerdo.
Amparo sonrió, pero enseguida se quedó observando el local.
—Se hace raro verlo así.
—A mí también.
—Tu madre no dejaba nunca este mostrador despejado. Siempre tenía un papel pendiente de terminar.
Clara buscó el apellido.
—Aquí está. Amparo Roca. Figura una carpeta de documentación personal.
—Esa debe de ser.
—Voy a comprobar que esté identificada. No he revisado el contenido de los documentos privados.
Amparo asintió.
Mientras Clara caminaba hacia la habitación del fondo, recordó el caldo que había encontrado en el congelador de Teresa.
Cuando regresó con la carpeta, se lo comentó.
—Mi madre tenía guardado un recipiente tuyo. Todavía está en casa.
—Pues no lo tires. El recipiente es bueno.
Clara soltó una carcajada.
—¿El caldo también?
—El caldo ya habrá hecho su trabajo.
La respuesta fue tan propia de Amparo que Clara volvió a sonreír.
* * *
La carpeta llevaba una etiqueta con el nombre completo de Amparo y una fecha antigua.
Clara la colocó sobre el mostrador sin abrirla.
—¿Quieres comprobarlo aquí?
—Sí, por favor. Así me llevo todo y no te doy más faena.
Amparo abrió la carpeta.
Había varias hojas dobladas, una copia de un documento de identidad antiguo y un sobre de papel blanco.
La mujer lo reconoció inmediatamente.
—Mira dónde estaba.
Lo sostuvo unos segundos entre los dedos.
Clara apartó la vista hacia el registro.
—¿Está todo?
—Creo que sí.
Amparo dejó los demás documentos sobre la mesa y examinó el sobre blanco.
En la parte delantera había un nombre escrito con letra firme.
Carmen.
—Es una carta para mi hermana —dijo.
Clara no respondió. Esperó a que terminara de comprobar sus papeles.
Amparo giró el sobre y observó una fecha escrita en el reverso.
—Diecisiete de mayo de dos mil catorce. Me acuerdo perfectamente.
Se acomodó en la silla.
—No llegué a dársela.
Clara permaneció detrás del mostrador, sin acercarse al sobre.
—¿Quieres llevártela?
—Sí. Pero antes tengo que ver qué más hay aquí.
Ordenaron juntas los documentos que Amparo había dejado voluntariamente sobre la mesa. Clara le explicó cuáles podía destruir si ya no eran necesarios para ninguna gestión y cuáles convenía revisar antes.
La mujer guardó la documentación administrativa.
La carta quedó fuera.
—Carmen murió en dos mil diecinueve —comentó finalmente.
—Lo siento.
—Hace siete años. A estas alturas ya no sé qué hacer con este papel.
Clara se sentó frente a ella.
—No tienes que decidirlo aquí.
Amparo dobló con cuidado la solapa del bolso.
—Lo sé. Pero quizá me venga bien hablar un rato.
* * *
Carmen era dos años menor que Amparo.
Durante mucho tiempo vivieron a pocas calles de distancia. Se prestaban utensilios de cocina, se recogían los paquetes y discutían por asuntos que al día siguiente ya habían olvidado.
Todo empezó a complicarse cuando su madre dejó de poder vivir sola.
—No fue una gran pelea de esas que salen en las películas —explicó Amparo—. Fue peor por aburrida. Cada semana había algo.
Amparo trabajaba entonces en una pequeña tienda y Carmen tenía un horario distinto. Las dos se turnaban para acompañar a su madre al médico y hacerle la compra.
Al principio funcionaba.
Después empezaron los cambios de última hora.
—Yo pensaba que Carmen podía hacerlo todo porque salía antes de trabajar. Ella pensaba que yo me desentendía porque tenía hijos mayores que podían ayudarme.
—¿Lo hablasteis?
—Demasiado y demasiado poco.
Clara no pudo evitar una sonrisa.
—Eso parece difícil.
—Nos pasábamos el día discutiendo quién había comprado los pañales, pero no nos preguntábamos si la otra estaba cansada.
Una tarde, Amparo contrató a una mujer para ayudar unas horas a su madre.
Lo hizo con intención de aliviar a Carmen, que llevaba varias semanas especialmente agotada.
Pero no la consultó antes.
—Le dije que ya estaba organizado y que así tendría más tiempo. Se enfadó muchísimo.
—¿Por el dinero?
—También. Pero sobre todo porque yo había decidido cómo debía organizar ella sus días. Ni siquiera pensé que pudiera sentirse apartada.
Carmen rechazó aquella ayuda al principio. Después aceptó probarla, aunque siguieron discutiendo sobre horarios, gastos y quién debía hacerse cargo de cada cosa.
Cuando su madre falleció, no se reconciliaron de inmediato.
—Pensábamos que, al terminar los cuidados, todo volvería a ser como antes —dijo Amparo—. Pero llevábamos años hablándonos como si tuviéramos que ganar una discusión.
Clara escuchaba.
Amparo no parecía interesada en buscar culpables.
—En dos mil catorce tuvimos otra pelea. Una tontería por unas llaves que no encontraba. Carmen dijo que estaba harta de que yo organizara la vida de los demás.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que siempre se quejaba de todo.
Amparo hizo una mueca.
—Una respuesta estupenda, como ves.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Por eso escribiste la carta?
—Sí. Aquella noche me senté y escribí lo que tendría que haberle dicho de frente.
Miró el sobre.
—Pero al día siguiente pensé que se reiría de mí por ponerlo por escrito. Luego pasó una semana. Después un mes. Al final me convencí de que ya no tenía sentido.
—¿Volvisteis a hablar?
—Claro. No éramos dos desconocidas. Nos veíamos en cumpleaños, en Navidad, en la calle. Una vez vino a ayudarme cuando estuve con una pierna escayolada.
—Entonces manteníais contacto.
—Sí. Pero ciertas cosas seguían ahí.
Amparo guardó silencio un instante.
—En dos mil dieciocho fuimos juntas a una comida familiar. Nos sentamos una al lado de la otra. Nos reímos bastante. Al despedirnos me dijo que la llamara más a menudo.
—¿La llamaste?
—Algunas veces.
La mujer acarició el borde del sobre con el pulgar.
—No todo fue malo entre nosotras. Eso es lo que más me molesta cuando alguien dice que estuvimos peleadas hasta el final. No es verdad.
Clara asintió.
—Entiendo.
—Tuvimos momentos buenos. También asuntos que dejamos sin arreglar.
Amparo miró hacia la puerta.
—Carmen murió al año siguiente, después de ponerse enferma. La acompañamos todos. No nos faltó tiempo para estar juntas. Pero esta carta nunca se la di.
* * *
Clara se levantó para buscar un vaso de agua.
Cuando regresó, Amparo había colocado el sobre junto a los demás documentos.
—Teresa me dijo una vez que podía venir a recogerlo cuando quisiera —comentó.
—¿Sabía lo que contenía?
—Sabía que era para Carmen y que no se lo había entregado. No leyó nada. Yo se lo conté.
Amparo bebió un poco de agua.
—Me preguntó si quería que me lo recordara más adelante. Le dije que no. Que ya era bastante mayor para acordarme de mis propias cosas.
—¿Y por qué lo dejaste aquí?
—Porque estaban haciendo obras en mi casa y tenía miedo de perderlo. Después me acostumbré a saber que estaba guardado.
Clara no respondió.
La explicación era sencilla y no requería ninguna interpretación adicional.
Amparo guardó el sobre en el bolso.
—Me lo llevaré.
—¿Quieres que te dé otra funda para protegerlo?
—No hace falta. Lo guardaré con las fotografías de mi hermana.
—Como prefieras.
La mujer se levantó con cierta dificultad y comprobó que llevaba todos sus documentos.
—¿Tienes prisa? —preguntó Clara.
—No especialmente. ¿Por qué?
—Porque si quieres puedo llamar a un taxi.
Amparo negó con la cabeza.
—He venido andando. Y todavía sé volver a casa.
—No lo dudaba.
—Pues entonces no me trates como si tuviera ciento veinte años.
Clara se rio.
La acompañó hasta la puerta y esperó mientras Amparo ajustaba el bolso sobre el hombro.
—Si necesitas algo, llámame —dijo la mujer—. Teresa siempre me avisaba cuando se le acababan las bolsas para congelar.
—Lo tendré en cuenta.
Amparo le dio un apretón breve en el brazo.
—Cuídate, hija.
Cuando se marchó, Clara volvió al mostrador.
Anotó la devolución de la carpeta, la fecha y la firma de Amparo.
La carta ya no estaba bajo su responsabilidad.
* * *
El sábado por la mañana, Clara preparó la documentación para viajar a Barcelona.
Había comprado los billetes el viernes por la noche y reservado tiempo suficiente para llegar a la reunión del miércoles sin correr.
Revisó los informes del proyecto, las mediciones pendientes y la tabla de desplazamientos que había elaborado durante la semana.
La conversación con Laura no sería una petición improvisada.
Quería demostrar que la flexibilidad podía organizarse sin trasladar trabajo a sus compañeros ni perjudicar los proyectos.
A media mañana recibió una fotografía de Pilar.
La mesa de Teresa estaba montada en el almacén del centro cultural.
El cajón inferior seguía sin cerrar bien, pero habían colocado sobre el tablero una caja de materiales para el taller de teatro.
Ha entrado y queda perfecta. Gracias por todo.
Clara respondió que se alegraba y guardó la fotografía en la carpeta del inventario.
Después abrió el registro de devoluciones.
La carpeta de Amparo figuraba como entregada. Las cajas de material escolar, como donadas. La mesa, como retirada.
Todavía quedaban documentos por devolver y varias gestiones con Rosa, pero el trabajo avanzaba.
Antes de comer llamó a Eva para agradecerle el contacto del centro cultural.
—¿Ha funcionado lo de la mesa? —preguntó la librera.
—Ya está montada.
—Entonces me debes un café.
—Creo recordar que el último me invitaste tú.
—Precisamente. Hay que equilibrar las cuentas.
Quedaron en verse cuando Clara regresara de Barcelona.
Después de colgar, Clara colocó los informes del estudio en su carpeta de trabajo y guardó los billetes en el móvil.
Revisó por última vez la agenda del miércoles.
Necesitaba preparar tres preguntas para Laura y confirmar una visita de obra.
Abrió un documento nuevo, escribió los asuntos que quería tratar y empezó a ordenar los datos.