CAPÍTULO 11. LAS COSAS QUE SE PUEDEN REPARAR
El miércoles, Clara llamó al centro cultural a las nueve y diez. A las nueve y cuarto ya sabía que la mesa de Teresa tenía un posible destino y un problema de once centímetros.
—El taller de teatro la quiere —le explicó una mujer llamada Pilar—. Pero la puerta del almacén mide setenta y dos centímetros. ¿Cuánto tiene de fondo?
—Ochenta y tres.
—Pues no entra.
Clara observó las fotografías del mueble en el ordenador.
—Las patas pueden desmontarse. Lo que necesito comprobar es si el tablero pasa de canto.
—¿Y eso lo puedes saber sin traerla?
—Con un metro, sí.
Pilar guardó un silencio prudente.
—Perdona. Aquí medimos las cosas a ojo y luego discutimos en la escalera.
—Es un método muy extendido.
Quedaron en que Clara iría a comprobar el acceso después de comer. Si la mesa servía, el centro cultural organizaría el transporte con el vehículo municipal que utilizaban para mover decorados. No podían asumir reparaciones costosas ni quedarse con un mueble que estorbara.
Clara agradeció la claridad. Después llamó a Rosa para confirmar que la mesa pertenecía a Teresa, tal como habían comprobado en el inventario.
—Toda suya —respondió Rosa—. Lo que no sé es cómo consiguió meterla allí.
—Eso mismo estoy intentando averiguar para sacarla.
A las once, Clara tenía el portátil abierto con el proyecto de Barcelona. La empresa que iba a realizar la cata del muro había enviado una fotografía nueva, esta vez con una regla de medición junto al arranque de la escalera.
Amplió la imagen y anotó la diferencia con el plano.
No podía cerrar todavía el detalle constructivo, pero sí preparar dos alternativas que no comprometieran la anchura de paso. Envió ambas a Laura y fijó una llamada con dirección de obra para el jueves por la tarde.
Mientras esperaba una respuesta, revisó el calendario de desplazamientos.
La reunión del miércoles 30 en Barcelona tenía una justificación clara: se discutirían presupuestos con varias personas y hacía falta revisar documentación física. Otras convocatorias no eran tan evidentes.
Abrió una tabla y creó tres columnas: presencial imprescindible, posible a distancia y pendiente de justificar.
Llevaba desde 2024 reuniendo argumentos para pedir una organización más razonable. Antes de regresar a Puerto Alba ya había calculado cuántas horas perdía en desplazamientos que no aportaban nada al proyecto.
No iba a solicitar ningún cambio improvisado. Quería llegar a la conversación con Laura con una propuesta que pudiera defender.
* * *
A las tres, Pilar la recibió en el centro cultural con un llavero que parecía contener las puertas de medio pueblo.
—El almacén está al fondo —explicó—. No juzgues el desorden. Estamos preparando la función de octubre.
El pasillo tenía varios paneles de madera apoyados contra la pared y un perchero cargado de vestuario.
La puerta del almacén medía, efectivamente, setenta y dos centímetros libres.
Clara comprobó también la altura, el giro del pasillo y el espacio necesario para maniobrar. El problema no estaba solo en la puerta: frente a ella había un armario empotrado que reducía el margen para girar un tablero largo.
Pilar observaba sus movimientos con creciente preocupación.
—¿No va a entrar?
—Puede entrar, pero necesitamos desmontarla. Y antes hay que saber cómo están unidas las patas.
—Como tengamos que serrarla, no nos sirve.
—Nadie ha hablado de serrar nada.
Clara dibujó un esquema rápido en el reverso de una hoja del programa teatral. Si separaban el tablero de la estructura inferior, cada pieza podría pasar por el pasillo de forma independiente. Luego tendrían que comprobar si era posible volver a montarla sin que perdiera estabilidad.
—¿Cuánto tiempo nos das para decidirlo? —preguntó Pilar.
—Hasta mañana. Tengo que mirar una unión.
—Entonces te reservo el vehículo para el viernes por la mañana, de forma provisional.
Clara salió con las medidas anotadas.
En la plaza llamó a Daniel.
—¿Tienes cinco minutos para mirar una fotografía de la mesa?
—Ahora mismo estoy esperando a que fragüe un adhesivo. Te los concedo.
—Qué generosidad.
—No te acostumbres.
Clara le envió el detalle de una esquina que había fotografiado el día anterior.
—Creo que el bastidor va atornillado al tablero desde abajo. Si retiro los tornillos, puedo separarlos.
—Eso parece en la foto —respondió Daniel—. Pero fíjate en la pieza transversal.
—La veo.
—Si hace de refuerzo y está encolada, sacar los tornillos no bastará.
—Entonces habría que desmontar el cajón primero.
—Probablemente. ¿Cuánto pesa?
—No lo sé.
—Ahí tienes una medida que no cabe en tu plano.
Clara miró el esquema que llevaba en la mano.
—Puedo calcular un peso aproximado.
—Y yo puedo decirte que las mesas viejas siempre pesan más de lo que uno espera.
—Eso no es una unidad de medida.
—Es una advertencia bastante útil.
Clara se rio.
—No quiero que pierdas una tarde arreglándola. Solo necesito comprobar la unión.
—Mañana llevo unas herramientas para un encargo cerca de la plaza. Si estoy allí a las doce, podemos mirarla quince minutos.
—Quince. Tengo que abrir para la recogida del material escolar.
—Entonces mejor. A mí tampoco me sobra el tiempo.
* * *
El jueves, el centro juvenil llegó a las diez y media en una furgoneta pequeña.
Clara tenía preparadas tres cajas con treinta y cinco cuadernos, cincuenta lápices y unas cuarenta carpetas nuevas. Comprobó las cantidades con la persona encargada, anotó la entrega en el inventario y guardó un recibí sencillo firmado por ambas partes.
—Nos viene muy bien —le dijeron—. Hay material que usamos durante todo el curso.
—Me alegro. Mi madre lo tenía almacenado y no quería que terminara estropeándose aquí.
No hubo fotografías ni discursos. Entre las dos personas que habían venido cargaron las cajas y se marcharon con una despedida cordial.
Clara tachó otra línea de la lista.
A las doce menos cinco apareció Daniel con una pequeña caja de herramientas. Llevaba el teléfono sujeto entre el hombro y la oreja.
—No, Ernesto, hoy tampoco puedes recogerla antes de la hora acordada —decía—. Sí, esta vez está seca. Lo que no está es terminada.
Colgó y miró a Clara.
—Buenos días.
—Veo que conservas al cliente del barniz.
—Es más persistente que algunas manchas.
Clara le mostró la parte inferior de la mesa. Había retirado los cajones y despejado el espacio suficiente para moverla sin golpear otros muebles.
—He comprobado que el tablero está fijado en seis puntos —explicó—. Pensaba quitar los tornillos y separar la estructura.
Daniel se arrodilló junto a una pata.
—Cuatro de esos seis puntos son tornillos. Los otros dos son espigas encoladas.
—¿Seguro?
—Mira el extremo. ¿Ves la veta cruzada?
Clara se agachó.
La unión era menos sencilla de lo que había supuesto.
—Tienes razón. Si fuerzo el tablero, puedo partirlo.
—O arrancar un trozo de la pata.
—¿Hay solución sin rehacer media mesa?
Daniel examinó el bastidor.
—Podemos sacar este travesaño lateral. Está sujeto con tornillos y deja espacio para liberar las espigas sin hacer palanca sobre el tablero.
Clara comprobó dónde apoyaba el peso.
—Pero si retiramos el travesaño con la mesa en vertical, se vence.
—Exactamente. Primero la tumbamos sobre una manta.
—Eso sí estaba en mi plan.
—No lo he dudado ni un momento.
Entre ambos apartaron dos sillas y colocaron una manta vieja en el suelo.
La mesa pesaba más de lo previsto.
—Voy a necesitar que revises tu unidad de medida —admitió Clara cuando terminaron de tumbarla.
Daniel sonrió, pero no hizo comentarios.
Trabajaron unos minutos para retirar el travesaño. Uno de los tornillos giraba sin salir.
—La cabeza está pasada —dijo Daniel.
Clara buscó la luz del móvil.
—Podemos sujetarlo con unos alicates si queda suficiente borde.
—Probemos antes de taladrar.
La solución funcionó al segundo intento. Daniel aflojó el tornillo mientras Clara sujetaba la pieza y evitaba que se desplazara.
Al retirar el travesaño, comprobaron que el tablero podía separarse sin forzar las espigas. No hacía falta desmontar más.
Daniel miró la hora.
—Doce y diecisiete. Te he regalado dos minutos.
—Te los devolveré en tu próxima consulta sobre escaleras.
—No pienso preguntarte por ninguna escalera.
—Eso dijiste de los muebles.
Daniel guardó las herramientas. Antes de salir, señaló la unión del cajón.
—Si la van a usar para guardar cosas, que no fuercen esa guía. Pueden sustituirla por una sencilla.
—Lo incluiré en la entrega.
—Y que la monten donde vaya a quedarse. Moverla otra vez sería buscarse trabajo.
Clara asintió.
Le había gustado aquella forma de colaborar. Daniel había señalado un error concreto sin tratarla como si no entendiera nada; ella había preparado la tarea para que él no perdiera tiempo improvisando.
—Gracias por venir.
—De nada. Pero no me ofrezcas otra mesa hasta octubre.
—Queda anotado.
* * *
Clara llamó a Pilar en cuanto Daniel se marchó.
Le explicó qué piezas podían desmontarse, cuánto medían por separado y qué unión necesitaría una reparación sencilla.
—¿Entonces puede venir el vehículo mañana? —preguntó Pilar.
—Sí, si traéis a dos personas para cargar. Yo puedo tener la mesa preparada, pero no voy a intentar levantarla sola.
—Perfecto. Les digo que vengan a las once.
Clara apuntó la hora y preparó una hoja con instrucciones de montaje. No era un plano de ejecución; bastaban cuatro dibujos y una advertencia sobre la guía del cajón.
A las cuatro se conectó a la llamada con dirección de obra.
La nueva fotografía de la escalera confirmaba que el muro presentaba una modificación posterior. Clara propuso revisar el apoyo antes de cerrar el diseño y señaló qué documentación faltaba para elegir entre las dos alternativas.
Cuando terminó, Laura la llamó aparte.
—Buen trabajo. El lunes podemos llevar una propuesta seria a propiedad.
—Si nos pasan el informe de la cata mañana.
—Se lo recordaré. Por cierto, ¿tienes billetes para el treinta?
—Estoy comparando horarios. Quería aprovechar el viaje para hablar contigo de la organización del próximo trimestre.
Laura guardó silencio un instante.
—¿Algún problema con los proyectos?
—No. Justamente quiero revisar qué reuniones necesitan presencia física y cuáles podríamos organizar de otra manera. Traeré datos.
—Bien. El día treinta buscamos media hora.
Clara anotó el compromiso.
No había obtenido ninguna concesión. Tampoco la había solicitado aún.
Había conseguido lo que necesitaba: una conversación en la agenda, con tiempo para prepararla.
* * *
A las seis, Clara cerró el establecimiento y fue a casa a buscar una carpeta donde guardar los documentos del viaje.
Antes de sentarse a trabajar recibió un mensaje de Daniel.
¿La mesa ha superado el examen?
Clara respondió:
El centro cultural viene mañana. El desmontaje ha quedado aprobado.
Entonces podré dormir tranquilo.
No prometo nada respecto al cajón.
Daniel envió una fotografía de un pequeño montón de tornillos sobre su banco de trabajo.
He encontrado uno igual al que estaba pasado. Te lo dejo mañana en el taller si te hace falta.
Clara miró la imagen.
Había algo agradable en que la conversación terminara en un tornillo, sin necesidad de hablar de septiembre de 2009.
Gracias. Si hace falta, paso a recogerlo. No quiero sumar otra visita a tu jornada.
Trato hecho.
Dejó el móvil sobre la mesa.
Después abrió la hoja con los desplazamientos a Barcelona y añadió el resultado de la reunión de esa tarde.
Separó las tareas que requerían inspección presencial de las revisiones documentales, las reuniones de coordinación y la elaboración de informes que podía realizar a distancia.
No sabía qué aceptaría Laura.
Pero iba a plantearlo con números, no con deseos.
Antes de cenar imprimió las instrucciones de montaje para el centro cultural, confirmó por mensaje la recogida del viernes y dejó la documentación junto a las llaves del establecimiento.
La mesa de Teresa saldría del local al día siguiente.
Clara había decidido dónde llevarla, cómo transportarla y qué necesitaba para que pudiera utilizarse.
Apagó la impresora y se fue a preparar la cena.