Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 10. LA MUJER DEL TALLER
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CAPÍTULO 10. LA MUJER DEL TALLER

No era especialmente bonita. Tenía cuatro cajones, uno de ellos atascado, y una marca circular que Teresa había ocultado durante años bajo un calendario de sobremesa.

Había servido para atender clientes, ordenar facturas y, cuando la fotocopiadora se averiaba, acumular trabajos que nadie sabía dónde colocar.

Clara había anotado sus medidas en el inventario.

El problema era que la mesa no cabía en el hueco que tenía previsto destinarle en casa.

Podía venderla, donarla o desmontarla. También podía pagar un transporte y dejarla almacenada sin saber para qué.

Su madre habría elegido la última opción.

—Pues esta vez no, mamá.

Abrió el cajón inferior.

Estaba vacío, salvo por dos clips oxidados y un tornillo suelto.

Probó a cerrarlo. Se quedó atascado a medio recorrido.

Clara hizo una fotografía de las guías y otra de la unión de una de las patas. Sabía suficiente sobre materiales y estructuras para reconocer que aquello no justificaba una restauración costosa, pero no tenía experiencia reparando muebles.

Pensó en preguntar a Daniel.

Después miró la fecha en la pantalla del móvil.

Veintiuno de septiembre.

Durante unos segundos recordó que exactamente diecisiete años antes habían terminado su relación.

No sintió una necesidad particular de hacer nada con aquel aniversario.

Tenía cuarenta y dos años, dos presupuestos que revisar y una propietaria pendiente de que decidiera qué mobiliario retiraría del local.

Apuntó consultar reparación o desmontaje y volvió al ordenador.

A las once recibió la confirmación de la recogida del material escolar. El centro juvenil acudiría el jueves.

Se alegró de que hubiera, al menos, una parte del establecimiento cuyo destino estaba resuelto.

* * *

A primera hora de la tarde, Clara llamó al Taller Ferrer.

Daniel respondió después de un par de tonos.

—¿Dime?

—Hola. Soy Clara. Tengo una consulta profesional.

—Eso suena peligroso.

—Es una mesa de madera.

—Todavía peor.

Le explicó las medidas y el problema con el cajón.

—¿Puedes mandarme un par de fotos? —preguntó él.

—Sí. No necesito que vengas a verla. Solo saber si merece la pena repararla o si es mejor desmontarla.

—Mándamelas. Si quieres pasar por aquí antes de las cinco, te digo qué haría yo.

Clara envió las fotografías y terminó de revisar un presupuesto del estudio.

A las cuatro y veinte llegó al taller.

Daniel estaba junto a una mesa de trabajo con varias piezas numeradas. Frente a él había una mujer con una carpeta roja bajo el brazo.

Clara la reconoció enseguida.

Era Inés, la madre de Lucía. La había visto brevemente el sábado de la semana anterior, cuando pasó a recoger a su hija.

—Hola —saludó Clara.

Inés se volvió.

—Hola. Clara, ¿verdad?

—Sí.

—Nos vimos el otro día. Perdona, iba con bastante prisa.

—No te preocupes.

Daniel dejó una herramienta sobre la mesa.

—Clara viene por una consulta de carpintería.

—¿En serio? —preguntó Inés.

—He venido a averiguar si una mesa merece sobrevivir a una mudanza.

—Entonces has encontrado al hombre adecuado. Es incapaz de tirar un trozo de madera.

—Eso es mentira —protestó Daniel.

Inés miró las piezas repartidas sobre la mesa.

—¿Quieres que empecemos por esa caja?

Daniel la apartó discretamente con el pie.

Clara sonrió.

Inés llevaba el pelo recogido y una camisa azul con las mangas dobladas. Tenía aspecto de haber salido del trabajo y de estar aprovechando una parada breve para resolver algo antes de continuar con su jornada.

—Estábamos organizando los horarios de esta semana —explicó—. Lucía tiene una actividad el miércoles y resulta que los dos creíamos que le tocaba llevarla al otro.

—Yo tengo anotado que la recoges tú —dijo Daniel.

—Y yo tengo un mensaje tuyo diciendo que el miércoles te encargabas.

Daniel sacó el teléfono.

Lo revisó.

—Vale. Lo escribí.

—Gracias.

—Pero el miércoles tengo que entregar un presupuesto a las cinco.

—Pues tendrás que terminar antes o pedir ayuda.

No había enfado en el tono de Inés. Tampoco parecía dispuesta a resolverle el problema.

Daniel consultó el calendario.

—Puedo adelantar la visita a las tres. Después recojo a Lucía.

—Perfecto. Me confirmas esta noche que lo has cambiado.

—Sí.

Inés guardó la carpeta.

—Y acuérdate de la autorización.

—¿Qué autorización?

Ella lo miró.

—Daniel.

—Vale. Ya me acuerdo.

—Eso espero.

Clara había presenciado suficientes conversaciones familiares como para comprender que la discusión no era nueva.

Inés se dirigió hacia la salida.

—Bueno, os dejo. Tengo que pasar por el supermercado antes de volver a casa.

—Hasta luego —dijo Clara.

Inés se detuvo un momento.

—Siento lo de tu madre. El otro día no pudimos hablar.

—Gracias.

—Era una mujer con bastante paciencia para la gente. Y poca para los trámites mal hechos.

—Esa definición le habría gustado.

Inés sonrió.

—Cuídate.

Cuando se marchó, Daniel regresó a las fotografías de la mesa.

—¿Era ese el cajón que no cierra?

Clara asintió.

No hizo ningún comentario sobre la conversación que acababa de presenciar.

* * *

Daniel amplió las imágenes en el móvil.

—Las guías parecen deformadas. Habría que ver si el cajón está torcido o si ha cedido el soporte.

—¿Y cuánto puede costar?

—Depende. Si basta con ajustar las guías, poco. Si hay que fabricar piezas nuevas, probablemente más de lo que vale la mesa.

—Eso era lo que necesitaba saber.

—¿Le tienes cariño?

Clara miró la pantalla.

—Es la mesa donde trabajaba mi madre.

—No te he preguntado de quién era.

La respuesta la hizo pensar.

Había pasado tantas horas clasificando objetos que a veces confundía conservar algo con demostrar que había sido importante.

—No especialmente —admitió—. Recuerdo más las veces que me daba con la rodilla en ese cajón.

—Entonces no hace falta convertirla en una reliquia.

—Mi madre habría discrepado.

—Tu madre habría guardado también los tornillos por si servían para otra cosa.

Clara sonrió.

—De hecho, he encontrado varios.

Daniel le indicó que le enviara una fotografía de la parte inferior cuando volviera al establecimiento.

—Si el tablero está bien, quizá puedas donarla. Pero no pagues una reparación sin saber para qué la quieres.

—Ese es el consejo más sensato que me has dado nunca sobre muebles.

—Me dedico a esto.

—A las embarcaciones.

—También tienen cajones.

Una voz llegó desde la entrada.

—Papá, ¿puedo dejar aquí la mochila?

Lucía entró con una bolsa de deporte y una chaqueta atada a la cintura.

—Hola, Clara.

—Hola.

—¿Estás comprando algo?

—No. Estoy intentando deshacerme de una mesa.

Lucía miró a su padre.

—Pues él no te va a ayudar.

—Eso acabamos de establecerlo —contestó Clara.

Daniel cogió la mochila antes de que su hija la dejara sobre una pieza recién preparada.

—Ahí no, que está limpia.

—Siempre está todo recién pintado, limpio o sin secar.

—Es un taller.

—Pues necesitáis una zona donde se pueda dejar una mochila.

—Tienes una percha dentro.

Lucía puso los ojos en blanco, pero llevó sus cosas al despacho.

Regresó sujetando una autorización escolar.

—Necesito que firmes esto.

Daniel la examinó.

—¿Es la de la actividad del miércoles?

—Sí.

—Tu madre dice que ya me lo había recordado.

—Te lo hemos recordado los dos.

Clara disimuló una sonrisa.

Daniel buscó un bolígrafo.

—A este paso voy a necesitar una secretaria.

—Necesitas leer los mensajes —respondió Lucía.

Firmó el papel y se lo devolvió.

La niña lo guardó en la mochila, preguntó si podían pasar a comprar unas cartulinas y anunció que tenía deberes de inglés.

—¿Muchos? —preguntó Daniel.

—Los normales.

—Eso no significa nada.

—Significa que los haré cuando lleguemos.

Daniel miró a Clara.

—Perdona. Hoy voy un poco justo.

—No hay nada que perdonar. Ya me has ayudado.

Lucía se volvió hacia ella.

—¿Tú también trabajas arreglando cosas?

—Edificios. Sobre todo edificios antiguos.

—¿Y tienes que usar casco?

—A veces.

—Qué bien. En el colegio solo nos dejan ponérnoslo cuando viene alguien a enseñarnos algo.

—Los míos suelen ser bastante menos emocionantes.

Daniel recogió sus llaves.

—Lucía, cinco minutos y salimos.

—Vale.

La niña desapareció hacia el despacho.

Clara guardó el móvil.

Durante aquellos minutos había visto algo sencillo: Daniel e Inés se coordinaban, discutían por horarios y trataban de que su hija no tuviera que preocuparse de sus desacuerdos.

Habían construido una forma de entenderse que no necesitaba ser perfecta para funcionar.

Clara no tenía ningún lugar asignado en aquella organización.

Y tampoco tenía por qué tenerlo.

—Gracias por lo de la mesa —dijo.

—Mándame la fotografía que falta.

—Lo haré.

Se despidió antes de que Lucía regresara con otra autorización.

* * *

El martes, Clara llegó a La Orilla poco después de las tres.

Eva estaba intentando colocar una pequeña montaña de libros en un expositor que evidentemente había sido diseñado para contener la mitad.

—No digas nada —advirtió al verla.

—Todavía no he abierto la boca.

—Pero estás mirando las baldas.

—Se están inclinando.

—Es una característica del diseño.

Clara dejó el bolso sobre una silla.

—Eso suelen decir los arquitectos cuando algo ha salido mal.

Eva soltó una carcajada.

—Ven. Te debo un café.

La librería olía a papel nuevo y a cartón recién abierto. En una mesa había libros infantiles preparados para una actividad de lectura, junto a varias tarjetas con nombres.

Eva preparó dos cafés en una pequeña máquina situada detrás del mostrador.

—Los libros llegaron finalmente a tiempo —explicó—. Pero el distribuidor me ha cobrado dos veces los gastos de envío.

—¿Lo has reclamado?

—Esta mañana. Me han dicho que lo revisarán.

—Una frase tranquilizadora.

—Muchísimo. Especialmente cuando tienes que pagar la factura el viernes.

Le entregó una taza.

Clara se sentó junto a la mesa de novedades.

—¿Cómo fue la actividad?

—Bien. Los niños estuvieron encantados. Los padres preguntaron por qué no organizaba otra todas las semanas.

—¿Y?

—Les dije que porque también tengo que vender libros, hacer pedidos, limpiar, llevar cuentas y dormir de vez en cuando.

—Exigencias absurdas.

Eva sonrió.

—¿Y tú? ¿Cómo va el cierre?

Clara le explicó que ya había organizado parte de las devoluciones y que el jueves recogerían el material escolar.

—Me queda decidir qué hago con algunos muebles. La mayoría no merece la pena trasladarla.

—¿Has probado a ofrecerlos a alguna asociación?

—Estoy valorándolo.

—Si quieres, puedo poner un aviso aquí. Sin que parezca que estamos organizando un mercadillo.

—Eso ayudaría.

Eva sacó una libreta.

—Apúntame lo que tengas y las medidas aproximadas. No prometo nada, pero preguntaré.

Clara le habló de la mesa, de dos archivadores y de varias sillas en buen estado.

Eva escuchó, hizo un par de preguntas y tachó una idea antes de proponérsela.

—La mesa grande quizá le sirva al taller de teatro del centro cultural. Les hace falta mobiliario para guardar materiales.

—Les escribiré.

—Si les dices que era de Teresa, seguramente sepan cuál es.

Clara bebió un poco de café.

—¿Todo el pueblo conocía los muebles de mi madre?

—No todos. Pero esa mesa era famosa. Una vez fui a pedir unas copias y Teresa tenía encima cuatro montones de papeles, dos plantas y una radio. Encontró mi encargo sin mirar ninguna etiqueta.

—Eso sí era un talento.

—Yo habría tardado una semana.

Hablaron después de libros, de un pedido para Navidad y de las dificultades de mantener una librería abierta fuera de los meses de mayor movimiento.

Eva había recibido una propuesta para alquilar una parte del local a una empresa de paquetería, pero había decidido rechazarla.

—El dinero me vendría bien —admitió—. Pero no quiero pasarme las mañanas entregando cajas en lugar de atender a quien viene a comprar un libro.

—Al menos tienes claro lo que no quieres.

—Lo que quiero también. Otra cosa es conseguir que las cuentas cuadren.

Clara conocía aquella diferencia.

En su trabajo, muchos proyectos parecían impecables hasta que llegaban los presupuestos.

Cuando terminó el café, ayudó a Eva a colocar los libros del expositor en una distribución menos inestable.

No necesitó herramientas. Bastó con cambiar los ejemplares de mayor formato de estante.

—Acabas de salvarme de una catástrofe —dijo Eva.

—Una catástrofe de seis libros.

—En una librería pequeña, todas cuentan.

* * *

Clara salió de La Orilla cerca de las cinco.

Llevaba en el bolso una lista de contactos y un libro que Eva le había recomendado, sin insistir en que tenía que comprarlo.

Antes de regresar a casa pasó por El Buzón de Teresa.

Fotografió la parte inferior de la mesa y comprobó que el tablero estaba en buen estado. Después preparó un anuncio breve para ofrecerla, junto con otros muebles, a asociaciones del pueblo.

No enviaría nada hasta confirmar con Rosa qué pertenecía al local y qué formaba parte del mobiliario de Teresa.

Dejó la mesa en la lista de posibles donaciones y eliminó la partida de transporte que había calculado para llevarla a casa.

Aquella decisión liberó espacio, dinero y una preocupación que no necesitaba.

En el camino de regreso, recibió un mensaje de Laura confirmando la reunión presencial del 30 de septiembre en Barcelona.

Respondió que asistiría y empezó a consultar horarios de viaje.

Tenía una vida organizada alrededor de compromisos que seguían existiendo aunque estuviera en Puerto Alba.

También empezaba a conocer a personas con quienes podía tomar un café o mantener una conversación sin que todo condujera al pasado.

Al llegar a casa dejó el libro de Eva sobre la mesita del salón.

Después abrió el calendario, anotó las gestiones de la semana y reservó un rato del miércoles para llamar al centro cultural.

Cuando terminó, fue a preparar la cena.

La mesa de Teresa todavía seguía en el establecimiento. Pero, por primera vez, Clara tenía un destino posible para ella que no consistía en guardarla por obligación.