CAPÍTULO 9. EL OTRO LADO DE LA HISTORIA
El domingo, Clara decidió que ya era hora de comprobar si sabía vivir en Puerto Alba sin dedicarse exclusivamente a ordenar las cosas de su madre.
A las diez salió de casa con unas zapatillas deportivas, una botella de agua y la intención de caminar durante una hora.
No llevaba ninguna bolsa para donar, ningún documento pendiente de devolución ni una lista de gestiones.
Solo el teléfono y las llaves.
La primera sorpresa fue encontrarse cerrada la antigua panadería de los hermanos Ferrando. En su lugar habían abierto una tienda de productos para mascotas.
La segunda llegó cuando intentó cruzar por la calle donde recordaba una pequeña plaza y encontró una obra vallada.
—Muy bien —murmuró—. Ni siquiera sé volver a casa.
Consultó el mapa del móvil.
Podía rodear la manzana o continuar hasta el parque nuevo.
Eligió el parque.
Había familias desayunando en bancos, dos adolescentes practicando con monopatines y un hombre que intentaba convencer a un perro de que dejara de perseguir palomas.
Clara encontró una zona de sombra y se sentó unos minutos.
El viernes había avanzado bastante con el cierre del establecimiento. El electricista había identificado una instalación que convenía reparar antes de entregar el local. Rosa se ocuparía de solicitar el presupuesto y ambas decidirían cómo distribuir los trabajos conforme al contrato.
El material escolar estaba preparado para su recogida.
Los encargos pendientes empezaban a tener destinatarios.
Por primera vez desde su llegada, las tareas parecían una cantidad finita de trabajo.
Eso no hacía más sencilla la ausencia de Teresa.
Mientras bebía agua recordó que su madre solía llamarla los domingos por la mañana. Si Clara no contestaba, esperaba hasta después de comer y volvía a intentarlo, normalmente para contarle una noticia que habría podido resumir en un mensaje.
Se preguntó qué habría pensado Teresa del parque.
Probablemente habría criticado la falta de bancos junto a la zona infantil.
Clara se levantó y continuó caminando.
A las doce y media estaba en casa. Preparó una ensalada, puso una lavadora y respondió a un mensaje de Nuria, que quería saber cómo le iba.
Le contó que había terminado varias gestiones y que el miércoles siguiente quizá pudiera dedicar un rato a revisar sus planes para regresar a Barcelona.
No mencionó a Daniel.
No porque quisiera ocultarlo, sino porque aquella tarde todavía tenía que escucharlo.
* * *
Quedaron a las cinco junto a la pequeña zona de talleres al otro extremo del paseo.
Daniel llegó caminando, con una camiseta azul y una bolsa de tela.
—Hola —saludó.
—Hola. ¿Qué llevas ahí?
—Unas piezas que tengo que dejarle a Marina.
Clara miró la bolsa.
—Pensaba que íbamos a hablar.
—Y vamos a hacerlo. Vive a diez minutos. Si te molesta, las dejo después.
—No me molesta. Pero espero que no hayas traído un motor.
—Dos bisagras y un tirador.
—Eso sí puedo soportarlo.
Daniel sonrió y señaló una calle lateral.
—Podemos ir por aquí. Hay menos tráfico.
Caminaron entre edificios bajos y pequeños comercios cerrados.
Clara reconoció una ferretería que seguía en el mismo lugar, aunque ahora tenía un cartel nuevo. Frente a ella habían instalado una máquina expendedora de agua y refrescos.
—¿Marina sigue viviendo aquí? —preguntó.
—Volvió hace unos años. Está casada y trabaja en una clínica en el pueblo de al lado.
—No sabía que se había marchado.
—Estuvo fuera bastante tiempo.
Daniel ajustó la bolsa sobre el hombro.
—En realidad, hay muchas cosas que no sabes de nosotros.
Clara lo miró.
—Han pasado diecisiete años.
—Sí.
No había reproche en su respuesta.
Llegaron a una calle más tranquila, con árboles pequeños y una hilera de viviendas de dos plantas.
Daniel se detuvo junto a un portal.
—Voy a dejar esto. ¿Me esperas aquí?
Clara asintió.
No tardó más de tres minutos. Regresó sin la bolsa y con el teléfono en la mano.
—Marina dice que te manda recuerdos.
—¿Le has dicho que estabas conmigo?
—Me ha preguntado con quién había quedado. Le he contestado.
Clara agradeció que no intentara convertir aquello en una confidencia especial.
—Dile que otro día la saludaré.
—Se lo diré.
Continuaron caminando.
* * *
Llegaron a una zona ajardinada situada detrás de las antiguas naves de mantenimiento. Había un sendero ancho, varios bancos y una fuente que no funcionaba.
Daniel señaló uno de los caminos.
—Por aquí damos una vuelta y regresamos al paseo.
Clara se detuvo junto a una barandilla.
—Antes quiero preguntarte algo.
Él asintió.
—La carta. Me prometiste que me explicarías cómo llegó a manos de mi madre.
—Lo sé.
Daniel miró hacia el sendero.
—La escribí el ocho de octubre de 2009. Habían pasado unos días desde que te fuiste. Necesitaba ordenar lo que había hecho y pensé que quizá pudiera explicártelo por escrito.
—Pero no la enviaste.
—No. La tuve guardada varias semanas.
Clara esperó.
—Después hablamos por teléfono —continuó él—. Me dijiste que necesitabas distancia y que no querías seguir hablando de la ruptura. Entendí que mandarte una carta sería insistir cuando me habías pedido lo contrario.
—Entonces, ¿por qué se la diste a mi madre?
Daniel metió las manos en los bolsillos.
—Porque estaba pensando en romperla. Llevaba días sacándola de un cajón y volviéndola a guardar. Una mañana de noviembre me encontré con Teresa y acabamos hablando de ti.
Clara notó que apretaba la mandíbula.
—¿Otra vez?
—Sí. No fue una conversación como la de septiembre. Le dije que había escrito algo que no sabía si debía conservar. Ella me propuso guardarlo hasta que tuviera claro qué quería hacer.
—¿Y aceptaste?
—Sí. Se lo entregué cerrado.
—¿Para que me lo diera cuando lo considerara oportuno?
—No. Le pedí expresamente que no te lo entregara sin hablar antes conmigo.
Clara lo miró.
—O sea, que mi madre guardaba una carta dirigida a mí, pero necesitaba tu autorización para dármela.
Daniel no apartó la mirada.
—Eso fue lo que le pedí.
—¿No te parece absurdo?
—Ahora, sí.
—Yo acababa de pedirte que no insistieras. Si querías respetar mi decisión, podías guardar tú la carta.
—Podía.
—O destruirla.
—También.
—En cambio, se la diste a la única persona que acababa de intervenir en nuestra ruptura.
Daniel tardó un momento en responder.
—No lo vi así entonces. Teresa llevaba años siendo alguien cercano para mí. Pensé que, si algún día cambiaba de opinión, podría recuperarla sin tener que buscarla en casa.
—¿Y volviste a pedirla?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
Clara se cruzó de brazos.
—¿Qué creías que había pasado con ella?
—Con los años pensé que se habría perdido. O que Teresa habría ordenado sus cosas y la habría tirado.
—Pues la guardó diecisiete años.
—Eso parece.
Clara apoyó una mano en la barandilla.
Por fin tenía una explicación sobre el recorrido del sobre. No era especialmente complicada. Tampoco resultaba satisfactoria.
Daniel había decidido escribir, no entregar, confiar el documento a Teresa y olvidarse de él.
Teresa, por su parte, lo había conservado.
Dos decisiones que habían afectado a Clara sin que ella conociera siquiera la existencia de aquella carta.
—No sé qué pretendíais proteger —dijo.
—Yo no pretendía protegerte con aquello. Estaba evitando decidir.
La respuesta la sorprendió.
—Eso sí te lo creo.
* * *
Continuaron andando.
Durante varios minutos hablaron de la calle por la que pasaban y de las obras que habían cambiado aquella parte del pueblo.
Clara no quería repetir todo lo que ya le había reprochado el martes. Había venido para conocer la procedencia de la carta y la conocía.
Fue Daniel quien volvió al pasado.
—Hay algo que no te expliqué bien el otro día.
Clara giró la cabeza.
—Te escucho.
—En septiembre, después de lo de mi padre, prácticamente dejé de dormir. Pasaba las mañanas en el hospital o haciendo gestiones, abría el taller cuando podía y por la noche revisaba cuentas.
—Sabía que estabas agotado.
—Sí. Pero no sabías cómo estábamos funcionando en casa. Marina tenía dieciséis años. Había días en los que esperaba a que yo regresara para saber si tenía dinero para comprar algo o quién iba a recogerla de una actividad.
—Pensé que teníais ayuda.
—La tuvimos. Vecinos, familiares. Pero no siempre a la misma hora ni para las mismas cosas.
Daniel señaló un banco, aunque siguieron caminando.
—Una mañana llegué tarde a una cita de rehabilitación porque el proveedor del taller se presentó sin avisar. Otro día olvidé que Marina necesitaba que firmara un permiso. Me llamó llorando desde el instituto porque creía que no podría ir a una excursión.
Clara intentó imaginar a Marina, a quien recordaba con una coleta alta y una colección de pulseras de plástico, pendiente de que su hermano llegara a tiempo a todo.
—Eso no me lo contaste.
—Me daba vergüenza.
—¿Vergüenza de necesitar ayuda?
—De no saber hacer lo que mi padre llevaba años haciendo sin quejarse.
Clara no respondió de inmediato.
Aquello sí era nuevo.
Había recordado muchas veces la preocupación de Daniel por Julián, pero nunca había pensado en el desconcierto de hacerse cargo, de golpe, de todas aquellas pequeñas obligaciones.
—Podría haberte ayudado a organizar algunas cosas —dijo.
—Lo sé. Pero tú estabas preparando tu marcha. No quería que empezaras a ocuparte de mi casa cuando todavía no habías llegado a Barcelona.
Clara se detuvo.
—Otra vez lo mismo.
Daniel también se paró.
—¿Qué?
—Decidir qué podía hacer yo sin preguntármelo.
Él bajó la cabeza un instante.
—Sí.
—Podía haberte ayudado una semana y después marcharme. Podía haberte dicho que no tenía tiempo. Había muchas posibilidades.
—No las vi.
—O no quisiste verlas.
Daniel consideró la frase.
—Probablemente las dos cosas.
Clara siguió caminando.
No iba a fingir que todo aquello tenía una explicación aceptable solo porque ahora entendiera mejor las dificultades.
Pero tampoco podía negar que había ignorado buena parte de la carga que él soportaba.
En 2009, ella había estado preparando una mudanza, un trabajo nuevo y una vida distinta. Daniel estaba tratando de impedir que la vida de su familia se desorganizara por completo.
Ninguna de aquellas realidades anulaba la otra.
* * *
Al llegar a una pequeña plaza, Daniel consultó el móvil.
—Un momento. Es Lucía.
Respondió con un mensaje breve.
—Está en casa de Inés —explicó—. Ha encontrado unas zapatillas que quiere comprar y me está mandando fotografías.
—¿No las comprasteis el jueves?
—Compramos unas. Ahora ha descubierto que existen otras.
Clara sonrió.
—Un problema muy serio.
—Sobre todo para mi cartera.
Daniel le mostró una fotografía.
Las zapatillas eran blancas, con unos cordones de color verde fluorescente.
—¿Qué te parecen?
—Que no va a perderse nunca si sale a correr de noche.
—Eso mismo le he dicho.
—¿Y?
—Que no entiendo nada de moda.
Clara soltó una carcajada.
Daniel guardó el teléfono.
—Con Inés aprendí algo que debería haber sabido antes: que no todas las decisiones tienen que tomarse en el mismo momento.
—¿Te refieres a la separación?
—A muchas cosas. Cuando Lucía era pequeña, los dos queríamos resolverlo todo cuanto antes. Nos discutíamos por horarios, compras, vacaciones... Al final tuvimos que aprender a hablar sin convertir cada problema en una urgencia.
—No parece fácil.
—No lo fue.
Clara miró hacia las viviendas de la plaza.
—Mi matrimonio terminó de otra manera. Casi no discutíamos. A veces creo que dejamos de plantearnos preguntas porque conocíamos de antemano las respuestas.
Daniel escuchó sin interrumpir.
—Cuando nos separamos, habíamos sido bastante educados el uno con el otro durante meses —añadió ella—. Muchísimo más de lo que habría sido conveniente.
—Supongo que ninguna fórmula funciona siempre.
—Supongo.
Siguieron caminando.
No había ninguna promesa escondida en aquella conversación. Solo la constatación de que ambos habían vivido lo suficiente como para cambiar algunas ideas.
* * *
Regresaron al paseo cuando empezaba a bajar la luz.
Clara se detuvo junto a un banco.
—Hay una última cosa que quiero preguntarte.
Daniel asintió.
—¿La carta explica por qué decidiste terminar conmigo?
Él tardó unos segundos.
—Explica lo que yo era capaz de entender entonces.
—Eso no responde del todo.
—Es lo más preciso que puedo decir sin contarte lo que escribí. Hay cosas que ahora expresaría de otra manera. Otras siguen siendo ciertas.
Clara miró hacia el camino que acababan de recorrer.
—Todavía no la he abierto.
—Lo sé.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Ya me ha quedado claro.
—Quería saber cómo había llegado a manos de mi madre. Ahora lo sé.
Daniel se apoyó en el respaldo del banco.
—¿Qué vas a hacer con ella?
—Guardarla de momento.
—De acuerdo.
—Y no quiero que interpretes eso como una promesa de no leerla.
—No lo hago. Está dirigida a ti.
Clara agradeció que aquella vez no intentara intervenir en su decisión.
—Pues ya está —dijo.
Daniel miró la hora.
—Tengo que volver. Lucía viene a cenar conmigo y he prometido hacer tortilla.
—¿Sabes hacerla?
—Me defiendo.
—Antes la dejabas cruda por dentro.
—Ahora tengo más práctica.
—Eso espero por el bien de tu hija.
Daniel sonrió.
—Marina dice que, cuando quiera, puedes pasarte a verla. Le hará ilusión.
—Me gustaría saludarla. Pero que no prepare nada especial.
—Se lo diré. Aunque probablemente no me haga caso.
Caminaron juntos hasta la siguiente esquina y se despidieron sin prolongarlo.
Clara regresó a casa por una calle que conocía bien.
Había averiguado cómo llegó la carta a manos de Teresa. También había conocido una parte de la vida de Daniel que él no supo mostrarle cuando más la necesitaba.
Eso no cambiaba lo que había sucedido.
Pero sí cambiaba algunas de las preguntas que todavía tenía pendientes.
Al llegar, dejó las llaves en la entrada y se dirigió a la cocina.
Sacó del frigorífico los ingredientes para preparar una cena sencilla. Mientras cortaba un tomate, recibió un mensaje de Eva.
Me han llegado por fin los libros de la actividad. Si el martes pasas por la librería, te invito a un café.
Clara respondió:
Paso después de comer. Y enhorabuena por sobrevivir al reparto.
Dejó el teléfono sobre la encimera y continuó preparando la cena.
Aquella noche no abrió el cajón del escritorio.