CAPÍTULO 8. LO QUE NO PUEDO DARTE TODAVÍA
El jueves, a las diez y siete, Clara descubrió que alguien había dibujado una escalera que no existía.
—Laura, ¿puedes volver a la fotografía del descansillo?
En la pantalla aparecieron cuatro ventanas de videollamada, un plano y una tabla de mediciones. La conexión de uno de los técnicos se congelaba cada pocos segundos.
—¿Cuál de las tres? —preguntó Laura Rovira.
—La tomada desde el segundo tramo. Donde se ve el muro de carga.
La imagen cambió.
Clara amplió la zona que le interesaba.
—Ahí está el problema. El recrecido no es uniforme. Si utilizamos la sección original, parece que tenemos espacio suficiente para introducir la nueva estructura. Pero el levantamiento muestra otra cosa.
—¿Cuánto nos falta? —preguntó el aparejador.
—Dieciocho centímetros en el punto más estrecho.
—Podemos ajustar el diseño.
—No sin comprobar primero el arranque del tramo. Si desplazamos la estructura, invadimos el paso. Y si reducimos la anchura, podríamos incumplir las condiciones de evacuación que hemos considerado.
Laura se inclinó hacia su cámara.
—¿Qué propones?
—Una visita para abrir una cata donde los planos no coinciden. Después elegimos la solución. Prefiero gastar una mañana comprobando el muro a descubrir el problema cuando ya hayan encargado las piezas.
Nadie respondió inmediatamente.
Clara conocía aquel silencio. Significaba que todos estaban calculando cuánto costaba admitir que todavía no podían cerrar el diseño.
—De acuerdo —dijo finalmente Laura—. Coordina la cata con dirección de obra. Quiero una propuesta definitiva el lunes siguiente.
—La tendrás si nos confirman los datos.
—Siempre tan tranquilizadora.
—Es una de mis virtudes.
Alguien se rio.
La reunión terminó a las once y cuarto. Clara envió un correo con las decisiones adoptadas y dejó por escrito las mediciones pendientes.
Después cerró el ordenador.
Trabajar desde la casa de Teresa había resultado menos complicado de lo esperado. Disponía de una mesa razonablemente cómoda y podía atender casi todas sus responsabilidades sin desplazarse a Barcelona.
Lo que no había cambiado era la organización del estudio.
La reunión de aquella mañana se había previsto inicialmente de forma presencial. Solo la habían convertido en videollamada por su situación familiar. Clara llevaba dos años intentando explicar que ciertas tareas podían organizarse así de manera habitual.
No quería vivir pendiente de autorizaciones excepcionales.
Abrió el calendario y señaló las reuniones de las tres semanas siguientes. Había cuatro que exigían su presencia en Barcelona y otras siete que, a su juicio, podían celebrarse desde cualquier sitio.
Guardó la información.
Cuando regresara hablaría con Laura.
De momento tenía que solucionar un problema más inmediato: Rosa le había escrito para confirmar que el electricista acudiría al establecimiento el viernes a las nueve.
* * *
A mediodía, Clara abrió El Buzón de Teresa para entregar unas fotocopias.
El hombre que había llamado el miércoles llegó acompañado de su esposa y con un recibo doblado en el bolsillo.
—Aquí pone doce euros —anunció.
Clara comprobó la anotación.
—Sí. Es el importe que consta como pagado.
—Ya te dije que estaba todo hecho.
—Y yo le dije que lo revisaríamos.
La mujer cogió el paquete y examinó la etiqueta exterior.
—Muchas gracias. Nos hacía falta para una gestión.
—De nada.
El hombre miró hacia las estanterías.
—¿Vais a volver a abrir?
—No. Estoy cerrando el negocio.
—Es una pena.
Clara asintió. Había escuchado aquella frase varias veces durante la semana.
—¿Y ahora dónde iremos para estas cosas?
—Hay otras copisterías en el pueblo.
—No es lo mismo.
Su esposa lo cogió del brazo.
—Vamos, que tenemos que pasar por la farmacia.
Cuando salieron, Clara añadió la entrega al registro y archivó el justificante.
Una gestión menos.
Poco después llamó al centro juvenil para concretar la recogida de los cuadernos. También habló con Rosa y preparó las facturas de mantenimiento que podían resultar útiles al electricista.
A las dos y media llevaba toda la mañana trabajando y todavía tenía dos cajas sin revisar.
Las dejó para el viernes.
Antes de cerrar abrió el cajón del escritorio donde había guardado una libreta con las gestiones pendientes.
Entre las anotaciones figuraba una pregunta que aún no había hecho:
¿Daniel escribió una carta en octubre de 2009?
El sobre continuaba en casa, dentro de su carpeta personal.
Clara decidió que ya había esperado suficiente para confirmar algo tan sencillo.
Sacó el teléfono.
No tenía el número de Daniel guardado. Sí el del Taller Ferrer, que había encontrado días antes.
Llamó.
Respondió una voz masculina después de cuatro tonos.
—Taller Ferrer.
—Hola, Daniel. Soy Clara.
—Hola. ¿Todo bien?
—Sí. Quería preguntarte una cosa. ¿Tienes un momento?
—Ahora estoy con un pedido. ¿Puedes pasar por el taller a última hora? Cierro sobre las seis.
—Puedo.
—Bien. Si llegas antes, estaré allí.
—Hasta luego.
La conversación duró menos de un minuto.
Clara guardó el teléfono y bajó la persiana.
* * *
A las cinco y cincuenta, Daniel estaba comprobando las medidas de una pieza de cubierta cuando Clara entró en el taller.
No estaba solo. Un hombre joven sujetaba el extremo de una tabla larga mientras Daniel marcaba dos referencias con lápiz.
—Un centímetro más hacia ti —indicó—. Ahí.
Hizo una última comprobación y dejó la cinta métrica.
—Ya está. Puedes llevarla al almacén.
El hombre cargó con la tabla y desapareció por una puerta lateral.
Daniel se volvió hacia Clara.
—Hola. Perdona, estamos intentando terminar esto antes de que recojan el pedido mañana.
—No hay problema.
—¿Qué necesitabas?
Clara miró hacia el pasillo.
—¿Podemos hablar un momento sin interrumpir el trabajo?
—Claro.
Daniel la acompañó hasta el pequeño despacho. Había una mesa, dos sillas y un calendario con varias fechas señaladas. Sobre una estantería se acumulaban presupuestos y una caja de herramientas.
Él apartó una carpeta para despejar una silla.
—Siéntate.
Clara prefirió quedarse de pie.
—He encontrado otra carta.
Daniel dejó de mover los papeles.
—¿De Teresa?
—No. Una que parece tuya.
Él permaneció callado.
—Está dirigida a mí —continuó Clara—. Lleva una fecha de octubre de 2009. Ocho de octubre, concretamente.
Daniel se apoyó en el borde del escritorio.
—La escribí yo.
Clara sintió una mezcla incómoda de alivio y enfado.
—Entonces es tu letra.
—Sí.
—¿Por qué no me la enviaste?
Daniel se tomó unos segundos antes de responder.
—Porque no sabía qué hacer con ella.
—Eso es bastante impreciso.
—Lo sé. La escribí después de que te marcharas. Pensaba que necesitaba explicarte algunas cosas, pero no encontraba la manera de hacerlo sin volver a hacerte daño.
Clara cruzó los brazos.
—Podrías haberlo intentado.
—Podría.
—¿Llegaste a ponerla en el correo?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces, ¿cómo terminó entre las cosas de mi madre?
Daniel la miró con atención.
—¿La has encontrado en el establecimiento?
—En su archivo personal. Estaba cerrada.
Daniel se sentó despacio en la silla que acababa de despejar.
—No sabía que seguía allí.
—¿Sabías que mi madre la tenía?
—Sí.
Clara sintió que aquella respuesta pesaba más que las anteriores.
—¿Se la diste tú?
—Sí. Hace muchos años.
—¿Para que me la entregara?
Daniel se frotó las manos, todavía manchadas de polvo de madera.
—No exactamente.
Clara esperó.
—No voy a explicártelo a medias —añadió él—. Hay cosas de aquel momento que tendría que ordenar antes de contártelas bien.
—Daniel.
—Ya sé lo que vas a decir.
—No estoy segura. Llevo dos semanas descubriendo documentos que nunca había visto y cada vez que te pregunto aparece una parte nueva.
Él asintió.
—Tienes razón en estar enfadada.
—No necesito que me lo confirmes.
—Entonces dime qué necesitas.
Clara se sentó finalmente.
—Una respuesta completa. No ahora mismo, si estás trabajando, pero tampoco dentro de otros diecisiete años.
Daniel miró el reloj.
—Mañana tengo una revisión de un barco a primera hora. Después debo recoger a Lucía del colegio y llevarla a una actividad. El sábado estaré con ella casi todo el día.
—No te estoy pidiendo que canceles nada.
—Lo sé. Te estoy diciendo cuándo puedo hablar con tranquilidad. El domingo por la tarde tengo un rato libre.
Clara lo observó.
—¿Y esta vez me contarás cómo llegó la carta a manos de Teresa?
—Te contaré lo que hice con ella y lo que recuerdo de aquella época. No voy a inventar lo que no sé.
No era exactamente la promesa que Clara esperaba.
Pero al menos incluía una fecha y una disposición concreta a explicarse.
—El domingo —repitió.
—Si te viene bien.
—Me viene bien.
Daniel se levantó cuando escuchó un ruido en la nave.
El trabajador había dejado caer algo metálico. No parecía grave, pero ambos miraron hacia la puerta.
—Tengo que terminar ese encargo —dijo Daniel—. Si nos retrasamos, el cliente no puede sacar el barco el lunes.
—Ve.
—Clara...
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—No te estoy pidiendo que esperes para siempre.
—Eso espero.
Daniel no sonrió.
—El domingo hablaremos.
Clara salió del despacho y se dirigió hacia la puerta.
A mitad del taller se detuvo junto a una pieza de madera colocada sobre dos soportes.
—¿Eso es para una cubierta?
Daniel se acercó.
—Sí. Hay que sustituir una sección que estaba podrida. Si colocamos una pieza nueva sin comprobar el resto, dentro de un año tendremos el mismo problema.
Clara examinó la unión.
—La pendiente parece mínima.
—Lo es, pero necesita evacuar bien el agua.
—¿Habéis comprobado lo que hay debajo?
Daniel la miró.
—Sí, arquitecta. Hemos comprobado lo que hay debajo.
—Solo preguntaba.
—Y yo solo contestaba.
Ambos sonrieron.
Fue un intercambio breve, sin importancia aparente.
Clara se sorprendió agradeciéndolo.
* * *
El viernes por la mañana el electricista llegó diez minutos tarde y dedicó otros cinco a buscar dónde había aparcado la furgoneta.
Rosa apareció poco después con las llaves del cuarto de instalaciones.
—Si encontráis algo caro, me avisáis antes de tocarlo —advirtió.
El hombre revisó el cuadro eléctrico, comprobó varias tomas y señaló una línea antigua que alimentaba la zona de impresión.
—Esto conviene sustituirlo antes de que vuelva a utilizarse el local —explicó.
Clara tomó nota.
—¿Puede dejarlo desconectado y preparar un presupuesto para la reparación?
—Sí. Pero hay que identificar también ese interruptor.
Rosa levantó la mano.
—Ese es el que te dije que no tocaras.
—Pues hoy vamos a averiguar por qué —respondió él.
La revisión terminó poco antes del mediodía.
Clara guardó el informe provisional junto al contrato de alquiler. Había acordado con Rosa que ambas revisarían los trabajos necesarios antes de formalizar la entrega del local.
No era una tarea emocionante, pero sí una de las que permitirían cerrarlo de verdad.
Cuando se marcharon, Clara preparó otra caja con material para donar.
Después regresó a casa.
La carpeta personal seguía guardada en el cajón del escritorio. La sacó para comprobar que el sobre estaba bien protegido.
La solapa continuaba intacta.
No había cambiado de opinión.
Podía leerlo cuando quisiera. Eso seguía siendo cierto.
Pero ahora sabía que Daniel lo había escrito y que había llegado a manos de Teresa por decisión suya.
Quedaban preguntas importantes, aunque ya no necesitaba formularlas todas aquella tarde.
* * *
A última hora, Clara recibió un mensaje de Laura.
¿Podrás estar en Barcelona para la reunión del día 30? Necesitamos cerrar varios presupuestos presencialmente.
Clara consultó el calendario.
Tenía previsto continuar el inventario del establecimiento durante las siguientes semanas, pero podía organizar una visita a Barcelona si resultaba necesaria.
Respondió que sí y pidió que le enviaran el orden del día.
Después abrió su hoja de planificación.
Anotó el viaje, la revisión del contrato con Rosa y la cita del domingo con Daniel.
Tres compromisos distintos.
Ninguno podía sustituir a los otros.
Se dio cuenta de que llevaba varios días intentando resolver cada cuestión conforme aparecía, sin dedicar demasiado tiempo a pensar en cómo se relacionaban.
La situación de Teresa la obligaba a permanecer temporalmente en Puerto Alba. Su trabajo seguía estando en Barcelona. Daniel tenía una hija, una empresa y acuerdos familiares que no podían desaparecer porque Clara necesitara respuestas.
Ella tampoco podía reorganizar su vida alrededor de las explicaciones de un antiguo novio.
Abrió el cajón, guardó de nuevo la carpeta y regresó al ordenador.
Todavía le quedaba media hora de trabajo antes de cenar.
El domingo hablarían.
Hasta entonces tenía suficientes asuntos propios de los que ocuparse.