Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 7. EL SOBRE CON MI NOMBRE
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CAPÍTULO 7. EL SOBRE CON MI NOMBRE

El miércoles, Clara descubrió que cerrar un negocio no consistía únicamente en decidir qué hacer con las cosas que había dentro.

También había que averiguar quién esperaba algo de él.

A las nueve y media recibió una llamada de un hombre que buscaba unas fotocopias encargadas en agosto. Aseguraba haberlas pagado por adelantado, aunque no recordaba cuánto.

—¿Tiene algún justificante? —preguntó Clara.

—Tu madre me conocía de toda la vida.

—No lo dudo. Pero yo no sé qué trabajo le pidió.

—Eran unos papeles.

—¿Qué clase de papeles?

—De los importantes.

Clara cerró los ojos.

—Voy a revisar los encargos pendientes y lo llamaré si encuentro algo identificado a su nombre.

El hombre suspiró.

—Con Teresa era más sencillo.

—Estoy segura.

Cuando colgó, añadió una línea a la hoja de cálculo que había creado la tarde anterior.

Cliente pendiente de identificar. Encargo de agosto. Importe desconocido.

Debajo de la tabla había otras siete incidencias.

Una mujer quería recuperar un documento original. Un proveedor reclamaba el pago de una factura que figuraba abonada en la cuenta de Teresa. Rosa esperaba una respuesta sobre la fecha de revisión de la instalación eléctrica.

Clara llevaba menos de una semana ocupándose del establecimiento y empezaba a comprender por qué su madre decía que no podía cerrar sin dejar muchas cosas resueltas.

A las diez llamó al centro juvenil para preguntar por la donación de material escolar. Le indicaron que podían recoger cuadernos, lápices y carpetas nuevas, siempre que hiciera antes un inventario aproximado.

Clara examinó las cajas preparadas junto al mostrador.

—¿Treinta y cinco cuadernos, cincuenta lápices y unas cuarenta carpetas les servirían?

—Nos vendrían fenomenal.

Quedaron en que alguien pasaría la semana siguiente.

Por primera vez aquella mañana pudo marcar una tarea como terminada.

* * *

La habitación del fondo estaba más despejada.

Clara había retirado las cajas de material comercial y trasladado los archivadores de contabilidad a una estantería cercana al mostrador. Quedaban los documentos privados de los clientes y los papeles personales de Teresa.

Se sentó a revisar el listado de devoluciones.

El Buzón de Teresa había funcionado durante años como una papelería de barrio. Además de vender material escolar y hacer impresiones, su madre ayudaba a rellenar formularios, redactar solicitudes y preparar documentación para quienes no tenían ordenador o no sabían utilizarlo.

Algunas personas le habían confiado copias de escrituras, certificados o carpetas completas para que las guardara mientras resolvían un trámite.

No era una oficina de Correos, ni tenía autoridad alguna sobre la correspondencia ajena. Era un negocio pequeño en el que muchos clientes habían acabado confiando más de lo que aconsejaba cualquier procedimiento administrativo.

Clara necesitaba devolver aquellos documentos sin convertir la clasificación en una lectura indiscriminada de vidas ajenas.

Por eso había decidido registrar únicamente nombres, fechas y anotaciones exteriores.

Encontró la carpeta del hombre que había llamado por la mañana.

En la portada figuraba su apellido y un número de teléfono. Dentro había una funda transparente con una nota de entrega y un paquete de fotocopias identificado con una etiqueta.

No necesitó examinar las páginas.

Anotó la referencia y lo llamó.

—He encontrado un encargo a su nombre.

—¿Ves? Te dije que tu madre lo tenía.

—Sí. Puede recogerlo mañana entre diez y doce. Compruebe el importe que consta en su justificante y lo revisamos.

—¿No abres por la tarde?

—El establecimiento está cerrado. Estoy organizando las entregas pendientes.

—Ah.

El hombre guardó silencio.

—Bueno, mañana voy.

Clara colgó.

Aquello había sido más fácil de lo que esperaba. Le habría gustado poder decir lo mismo de todas las gestiones.

A continuación revisó el armario de madera donde Teresa guardaba sus carpetas familiares.

En el estante superior había fotografías, manuales de electrodomésticos y una caja de postales antiguas. En el inferior, dos bandejas de plástico y una pequeña pila de cuadernos.

La primera bandeja estaba marcada como Casa. La segunda llevaba una etiqueta con una sola palabra:

Personales.

Clara la trasladó al escritorio.

Había sobres con recibos antiguos, fotografías de celebraciones familiares y documentos que reconoció como propios. Algunos estaban agrupados por años. Otros no seguían ningún orden aparente.

Entre una felicitación de cumpleaños de 2008 y una carpeta con recortes de periódico encontró un sobre color crema.

Tenía su nombre escrito en el centro.

Clara Vidal Soler.

No era la letra de Teresa.

Clara conocía aquella forma de escribir la V, con el segundo trazo más largo que el primero. También reconocía la inclinación de las letras y una costumbre que siempre había encontrado absurda: Daniel escribía las direcciones en mayúsculas, pero utilizaba letra pequeña para los nombres.

Giró el sobre.

En el reverso, junto al cierre, había unas iniciales.

D. F.

No tenía sello, matasellos ni dirección postal.

La solapa estaba pegada.

Clara lo sostuvo entre ambas manos.

Hasta el martes por la noche había creído que ya conocía la mayor parte de los documentos relacionados con su ruptura.

Primero apareció el escrito incompleto de Teresa. Después, la carta que ella misma había redactado antes de marcharse.

Ahora tenía delante un sobre que parecía proceder de Daniel.

Y no recordaba haberlo visto nunca.

* * *

Examinó el papel sin forzarlo.

En una esquina había una pequeña marca de humedad. El sobre estaba ligeramente amarillento y presentaba un doblez junto al borde inferior.

Debajo de las iniciales distinguió una fecha escrita a lápiz, muy tenue.

8-10-09.

Clara la leyó dos veces.

Daniel había escrito aquello once días después de que ella se instalara en Barcelona.

O, al menos, esa era la fecha que figuraba en el exterior.

No podía saber cuándo había llegado el sobre a manos de Teresa, ni por qué estaba guardado entre sus papeles personales.

Lo único seguro era que alguien lo había conservado cerrado durante años.

Clara se sentó.

Recordó la conversación del martes.

Daniel le había dicho que intentó ponerse en contacto con ella unas semanas después de la ruptura. Clara recordaba aquella llamada, aunque no todos sus detalles.

Él le preguntó cómo estaba. Ella respondió que necesitaba distancia.

La conversación no había durado mucho.

¿Había escrito la carta antes de llamar?

¿Después?

¿Había pensado enviársela y luego había cambiado de opinión?

Clara miró el nombre escrito en el sobre.

Podía abrirlo.

Nadie necesitaba darle permiso para leer una carta dirigida a ella. No había ninguna obligación de conservarla sellada porque otra persona hubiese decidido hacerlo.

Acercó un dedo a la solapa.

Después dejó el sobre sobre la mesa.

El día anterior había hablado con Daniel durante más de una hora. Por primera vez en mucho tiempo había sentido que podían formular preguntas difíciles sin convertir cada respuesta en una discusión.

Ahora, en cambio, tenía la posibilidad de escuchar una versión escrita por un Daniel de veintisiete años.

Aquello podía ser útil.

También podía ser confuso.

Clara no sabía si había escrito la carta con intención de entregársela, si la había dejado en casa de Teresa o si había existido alguna razón para que no llegara a su destinataria.

No tenía sentido atribuirle a su madre una intención que desconocía.

Y tampoco quería regresar a la costumbre de reconstruir decisiones ajenas a partir de una frase aislada.

Se levantó para buscar una funda transparente.

Regresó con ella, pero no guardó todavía el sobre.

Lo volvió a mirar.

Había esperado tantos años sin conocer su existencia que podía esperar unos días más para aclarar de dónde procedía.

La diferencia era que ahora sabía a quién preguntar.

* * *

A mediodía llegó Rosa.

Clara la encontró examinando el escaparate con una bolsa de tela colgada del brazo.

—Te he traído unos recibos que tenía en casa —anunció—. Y una noticia regular.

—Empieza por los recibos.

Rosa se los entregó.

—El electricista puede venir el viernes, pero quiere que esté alguien que conozca la instalación.

—¿Tú la conoces?

—Lo suficiente para saber que hay un interruptor que no conviene tocar si tienes una fotocopiadora funcionando.

—Eso no me tranquiliza demasiado.

—A mí tampoco.

Clara revisó la documentación.

Rosa le explicó que algunas reparaciones del local habían quedado pendientes durante el último año y que prefería comprobarlas antes de formalizar la entrega.

—No te preocupes por el plazo de octubre —añadió—. Si necesitamos algún día más para los trámites, lo hablamos.

—Quiero mantener la fecha. Cuanto antes esté todo claro, mejor.

—Eso decía Teresa.

Clara levantó la vista.

—¿Y lo cumplía?

—Depende de qué tuviera que hacer antes.

Rosa sonrió.

Recorrieron juntas la zona de atención al público. Clara le mostró el inventario provisional de muebles y le preguntó cuáles pertenecían al local.

Rosa identificó dos estanterías y un armario metálico que ya estaban allí cuando Teresa alquiló el establecimiento.

—El resto lo compró ella.

—Entonces revisaré qué conviene retirar.

—La mesa del fondo también era suya. La trajo una mañana en el coche de un vecino y casi no consiguieron pasarla por la puerta.

Clara tomó nota.

Antes de marcharse, Rosa se detuvo junto a la habitación privada.

—¿Has encontrado muchas cosas?

—Bastantes. Sobre todo documentación que tengo que devolver.

—Teresa se tomaba eso muy en serio.

—Lo estoy viendo.

Rosa parecía dispuesta a añadir algo, pero se limitó a ajustar el asa de su bolsa.

—Avísame si necesitas ayuda para localizar a alguien.

—Lo haré.

Clara la acompañó hasta la puerta.

No le preguntó por el sobre.

Rosa había conocido bien a Teresa, pero eso no significaba que supiera cómo había llegado allí una carta de Daniel.

Y Clara prefería no convertir una duda privada en conversación de plaza.

* * *

Después de comer regresó al establecimiento para terminar la relación de materiales.

El papel de inventario ya ocupaba cuatro páginas.

Había anotado las cantidades, el estado de conservación y una propuesta de destino para cada grupo de objetos.

El ordenador seguía sin desbloquearse. Decidió buscar ayuda técnica antes de intentar acceder a los archivos digitales.

A las cuatro y media cerró las cajas de material escolar.

Después volvió a la habitación privada.

El sobre color crema permanecía sobre el escritorio, exactamente donde lo había dejado.

Clara lo introdujo en una funda sin abrirlo.

En una etiqueta escribió:

Documento personal dirigido a Clara. Fecha exterior: 8 de octubre de 2009. Procedencia pendiente de aclarar.

No escribió carta de Daniel.

Aunque reconocía la letra, prefería no convertir una deducción en un hecho confirmado.

Guardó la funda dentro de su carpeta personal, junto a C01.

En un bolsillo separado llevaba la carta que ella misma había escrito el 26 de septiembre y encontrado en casa.

Tres documentos.

Tres momentos distintos de una historia que, hasta hacía una semana, creía suficientemente explicada.

Se permitió un instante de irritación.

Su madre podría haberle contado aquella conversación en cualquier momento de los últimos diecisiete años. Daniel también habría podido hablar con mayor claridad cuando se encontraron el sábado.

Pero ahora sabía algo que antes no había considerado: ninguno de los dos había conocido necesariamente todo lo que el otro callaba.

Eso no los exculpaba.

Solo impedía sacar conclusiones demasiado rápidas.

Clara cerró la carpeta.

Recogió los recibos que había dejado Rosa, apagó las luces y comprobó que la persiana quedaba bien bajada.

En el camino de vuelta pasó delante de La Orilla.

Eva estaba cambiando los libros del escaparate. Al verla, levantó la mano y señaló con una sonrisa una pila de cajas recién llegadas.

Clara le devolvió el saludo.

Pensó en entrar, pero todavía tenía trabajo pendiente.

Al llegar a casa sacó la carpeta del bolso y la guardó en el cajón del escritorio de su antiguo dormitorio.

Después abrió la libreta.

Debajo de las gestiones del jueves escribió:

Preguntar a Daniel si escribió una carta en octubre de 2009 y cómo llegó a manos de Teresa.

Releyó la frase.

No necesitaba que él le explicara todavía todo lo sucedido.

Necesitaba saber si aquella carta era realmente suya y por qué su madre la había conservado.

Cerró la libreta, puso el móvil a cargar y abrió el archivo de mediciones que había prometido enviar a Barcelona.

A la mañana siguiente tendría una reunión de trabajo.

El sobre podía esperar dentro del cajón.

Clara prefería hacer las preguntas antes de leer las respuestas que alguien había escrito diecisiete años atrás.