CAPÍTULO 6. DOS CAFÉS Y NINGUNA PREGUNTA FÁCIL #2
La conversación cambió cuando Daniel recibió un mensaje en el teléfono.
Lo leyó y respondió antes de dejarlo boca abajo.
—¿Todo bien? —preguntó Clara.
—Lucía. Quiere saber si puedo llevarla el jueves a buscar unas zapatillas. Tiene educación física el viernes y las suyas se le han quedado pequeñas.
—¿No podría ir con su madre?
—Puede, pero esta semana Inés tiene turno de tarde y yo salgo antes. Estamos organizándolo.
Clara asintió.
—Parece que os apañáis.
—Bastante bien. Nos costó encontrar la manera.
—¿Lleváis mucho separados?
—Desde 2021. Estuvimos juntos unos diez años.
Clara hizo mentalmente el cálculo, aunque no necesitaba hacerlo.
—Es mucho tiempo.
—Sí. Y no fue todo malo, aunque acabáramos separándonos.
—Eso ya es bastante.
Daniel la miró.
—¿Y tú? Dijiste que te habías divorciado.
—Hace cuatro años.
—¿Fue complicado?
Clara pensó en cómo responder.
—Administrativamente, no demasiado. Vivíamos de una manera que funcionaba bien sobre el papel. Los dos trabajábamos, teníamos nuestros planes y discutíamos poco.
—Suena estupendo.
—Hasta que descubres que llevas meses hablando más de cuándo toca comprar detergente que de cualquier otra cosa.
Daniel sonrió levemente.
—Eso también pasa.
—Nos dimos cuenta de que queríamos cosas distintas. Intentamos arreglarlo y al final decidimos separarnos.
No tenía ganas de ofrecer más detalles. Daniel no se los pidió.
—¿Sigues trabajando en lo mismo? —preguntó él.
—En rehabilitación, sí. Ahora coordino proyectos en un estudio de Barcelona.
—Siempre te gustaron los edificios que se estaban cayendo.
—Me gustan los edificios que todavía pueden utilizarse.
—Recuerdo que defendiste durante una semana aquella caseta del paseo.
Clara soltó una carcajada.
—Porque queríais tirarla sin comprobar si tenía arreglo.
—Le faltaba media cubierta.
—Y vosotros queríais empezar por la otra mitad.
Daniel levantó ambas manos.
—Sigo pensando que teníamos razón.
—Por eso no te dejaban acercarte a mis planos.
El recuerdo no dolió como Clara esperaba.
Fue agradable durante unos segundos. Después se convirtió simplemente en una historia antigua que ambos conocían.
La camarera se acercó a preguntar si querían algo más.
Daniel miró a Clara.
—¿Otro café?
—Uno solo. Pero sin cafeína, por favor.
—Yo tomaré otro cortado.
Cuando la mujer se marchó, Clara consultó la hora. Llevaban casi una hora hablando.
—No esperaba quedarme tanto tiempo —admitió.
—Yo tampoco.
—Creía que ibas a negarlo todo.
Daniel frunció ligeramente el ceño.
—¿Negar qué?
—Que mi madre hubiera intervenido. Que aquello tuviera algo que ver con la ruptura.
—Sería mentirte.
—Ya me ocultaste cosas una vez.
—Sí.
Clara lo observó durante un instante.
No había añadido ninguna explicación. Tampoco le había pedido que considerara las circunstancias atenuantes.
Agradeció que se ahorrara ambas cosas.
* * *
Salieron de la cafetería cuando empezaban a encenderse las luces de la calle.
El aire era más fresco que al llegar. Una mujer recogía las sillas de una pequeña terraza y alguien había dejado bolsas de basura junto a un contenedor.
Caminaron despacio hacia la plaza.
—He encontrado también papeles míos de aquella época —comentó Clara.
Daniel la miró.
—¿En el establecimiento?
—En casa. Mi madre guardaba absolutamente todo.
—Eso sí lo recuerdo.
—No sé si era cariño o incapacidad para tirar cosas.
—Probablemente las dos.
Clara sonrió.
No le habló de la carta. Todavía no quería convertir un escrito que nunca entregó en una explicación retrospectiva de lo que él debería haber sabido.
Llegaron a una esquina desde la que se veía la plaza de la Higuera.
—Hay algo que necesito decirte —empezó Clara.
Daniel se detuvo.
—Dime.
—Entiendo lo de tu padre. Entiendo que estuvieras desbordado y que no pudieras marcharte. Incluso puedo entender que no supieras si seríamos capaces de mantener la relación.
Él escuchó sin interrumpir.
—Lo que no puedo entender es que decidieras por mí. Que pensaras que era mejor terminar sin que tuviéramos siquiera una conversación de verdad sobre las alternativas.
—Tienes razón.
—No necesito que me des la razón en todo.
—No lo hago. En esto sí.
Clara dejó escapar el aire.
—Y todavía hay cosas que no me has contado.
—Sí.
La respuesta quedó entre ambos.
—Entonces supongo que tendremos que volver a hablar —dijo ella.
—Cuando quieras.
—No te estoy pidiendo que volvamos a discutir lo mismo cada tres días.
—Ni yo quiero hacerlo.
—Pero si encuentro algo más o necesito preguntarte algo, quiero poder hacerlo sin que parezca que estoy molestando.
—Puedes preguntarme. Y te responderé lo que sepa.
Clara lo miró con cautela.
—¿Aunque no te guste la pregunta?
—Probablemente me gusten pocas.
Aquello la hizo sonreír.
—Al menos eres consciente.
Daniel señaló hacia la calle que conducía al taller.
—Mañana tengo que empezar temprano. ¿Te importa que me vaya por aquí?
—No. Yo voy a casa.
Se quedaron frente a frente, sin saber muy bien cómo despedirse.
Al final Daniel hizo un pequeño gesto con la mano.
—Buenas noches, Clara.
—Buenas noches.
Él comenzó a caminar y ella continuó hacia la plaza.
No había descubierto todo lo que quería saber. Seguía sin conocer las palabras exactas de Teresa ni por qué habían pesado tanto en una decisión que Daniel admitía haber tomado.
Pero había obtenido algo que no esperaba: una respuesta sin excusas acerca de quién había decidido terminar la relación.
Al pasar frente a la cafetería de Mateo, Clara vio que estaban apagando las luces de la terraza.
Sacó el teléfono para comprobar si tenía mensajes.
Nuria le había escrito hacía una hora.
¿Has hablado con él?
Clara contestó mientras esperaba a que terminara de pasar un coche.
Sí. Hemos hablado bastante.
La respuesta llegó enseguida.
¿Y?
Clara pensó un momento antes de escribir.
No está todo aclarado. Pero por lo menos esta vez hemos hablado.
Guardó el móvil y siguió caminando hacia casa.