CAPÍTULO 6. DOS CAFÉS Y NINGUNA PREGUNTA FÁCIL
El martes, a las seis y veinte, Daniel estaba intentando convencer a un hombre de que no podía llevarse una pieza de madera recién barnizada.
—Está seca por fuera —insistía el cliente.
—Y húmeda por dentro.
—La he tocado.
—Lo sé, Ernesto. Por eso ahora tiene una huella de tu dedo.
Clara había llegado al taller antes de lo previsto y se había quedado junto a la entrada, lo suficientemente cerca para escuchar la discusión y lo bastante lejos para no participar.
Ernesto, un hombre corpulento con una gorra de publicidad, miró la pieza apoyada sobre dos caballetes.
—¿Y si la meto en el coche con las ventanillas bajadas?
Daniel cruzó los brazos.
—Entonces tendrás una pieza húmeda dentro de un coche ventilado.
Clara no pudo evitar sonreír.
El cliente terminó aceptando que volvería al día siguiente, aunque se marchó murmurando algo sobre los oficios que ya no eran como antes.
Daniel esperó a que arrancara la furgoneta.
—Lo peor es que mañana va a venir a las ocho y media —dijo sin darse la vuelta.
—A lo mejor te sorprende.
Se giró al reconocer su voz.
—No lo conoces.
Llevaba una camiseta gris y pantalones de trabajo. Tenía una mancha de barniz en la muñeca y el pelo aplastado por las gafas de protección que acababa de quitarse.
—Has venido —dijo.
—Habíamos quedado.
—Ya.
Clara miró el reloj del taller.
—Son las seis y veintidós. Técnicamente todavía podría marcharme.
—Entonces voy a darme prisa.
Daniel guardó las gafas, comprobó que las máquinas estaban apagadas y se lavó las manos en un pequeño lavabo junto al despacho.
Clara permaneció cerca de la puerta.
Sobre una mesa había un cuaderno con anotaciones, un recibo doblado y dos presupuestos sujetos con una pinza. Reconoció aquel aspecto de taller familiar en el que el trabajo y la administración parecían competir por el mismo espacio.
Daniel regresó secándose las manos.
—¿Te importa esperar un minuto mientras cierro?
—No.
Bajó parcialmente una de las puertas, colocó una cadena y comprobó el candado de un armario exterior. Después apagó las luces de la nave y salió con ella a la calle.
—¿Dónde quieres ir?
—A un sitio donde nadie sepa quiénes somos.
Daniel la miró.
—Tendríamos que salir de Puerto Alba.
—Un sitio donde no nos escuchen, entonces.
—Eso sí puedo intentarlo.
* * *
Caminaron por una calle paralela al paseo, lejos de las terrazas más concurridas.
Había una farmacia nueva, una tienda de bicicletas y un edificio de apartamentos donde antes funcionaba una empresa de suministros pesqueros.
—¿Te acuerdas de la tienda de Joaquín? —preguntó Daniel al pasar.
—La de las cuerdas.
—Ahora venden apartamentos con vistas al mar.
—¿Y tienen vistas?
—Los del último piso. Los demás ven la espalda del edificio de enfrente.
Clara observó la fachada de cristal.
—Seguro que en el anuncio pone «ubicación privilegiada».
—Y «auténtica experiencia mediterránea».
—Eso cuesta un suplemento.
Daniel sonrió.
Era extraño hablar así con él.
Durante años Clara había imaginado que, si alguna vez volvían a encontrarse, tendrían una conversación incómoda y breve. Quizá un saludo en la calle, una pregunta educada sobre sus respectivas vidas y una despedida.
No había imaginado que caminarían juntos discutiendo anuncios inmobiliarios.
Llegaron a una cafetería pequeña situada en una calle lateral. Tenía cuatro mesas en el interior y una terraza con tres sombrillas verdes. Desde fuera se veía a una mujer limpiando la máquina de café.
—Aquí viene menos gente del pueblo —explicó Daniel—. Sobre todo trabajadores de los apartamentos y de los comercios de esta zona.
—¿Y tú?
—Cuando necesito un café y no quiero que Mateo me pregunte por qué tengo mala cara.
Entraron.
Eligieron una mesa junto a la pared. Daniel pidió un cortado y Clara un café con leche descafeinado.
—Antes tomabas café normal —comentó él.
—Antes podía tomarme tres después de cenar y dormir ocho horas.
—Qué tiempos.
La camarera dejó dos vasos de agua.
Clara esperó a que se alejara.
—Bueno.
Daniel apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Bueno.
—Prometiste que hablaríamos.
—Y vamos a hacerlo.
Clara había decidido empezar por una pregunta sencilla. Aun así, tardó unos segundos en formularla.
—¿Por qué habló mi madre contigo antes de que lo dejáramos?
Daniel miró el vaso de agua.
—Porque estaba preocupada por ti.
—Mi madre estaba preocupada por mí cuando tenía diez años y salía sin chaqueta. Necesito algo más concreto.
—Le preocupaba que perdieras el trabajo de Barcelona.
Clara se quedó quieta.
—¿Por qué iba a perderlo?
—Porque pensaba que podías acabar renunciando a él.
—Yo había aceptado la oferta.
—Lo sé.
—Tenía un contrato firmado, una habitación apalabrada y fecha para empezar.
—También lo sé.
—Entonces no entiendo qué tenía que discutir contigo.
Daniel tomó un poco de agua.
—Teresa sabía que la situación de mi padre se había complicado. Yo todavía estaba intentando entender cómo íbamos a organizarnos en casa. Ella pensaba que tú podías acabar cambiando tus planes.
—¿Y tú también lo pensabas?
—Sí.
La respuesta llegó sin rodeos.
Clara había esperado encontrar resistencia, quizá alguna excusa. Aquella afirmación le hizo reorganizar la siguiente pregunta.
—¿Por qué?
—Porque te conocía. Cuando alguien tenía un problema, tú siempre intentabas resolverlo.
—Eso no significa que hubiera dejado mi trabajo.
—Ahora lo sé.
—¿Ahora?
Daniel levantó la vista.
—Clara, tenía veintisiete años. Mi padre acababa de salir del hospital y no sabíamos qué iba a recuperar. Marina estaba empezando el instituto. El taller seguía funcionando porque alguien tenía que abrir cada mañana. Yo no veía más allá de la semana siguiente.
—Podías habérmelo dicho.
—Te conté lo de mi padre.
—Me contaste que estaba enfermo. No me contaste que habías decidido que aquello significaba el final de nuestra relación.
Daniel no respondió inmediatamente.
Llegaron los cafés. La camarera dejó una cucharilla junto a cada taza y preguntó si querían algo para comer.
Los dos dijeron que no.
Cuando volvió a dejarlos solos, Clara continuó.
—¿Mi madre te pidió que rompieras conmigo?
Daniel dejó la cucharilla sobre el plato.
—Hablamos de lo que podía pasar si tú decidías quedarte.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Lo sé. No quiero ponerte en boca de tu madre palabras que ahora no podría repetir exactamente. Pero sí, aquella conversación influyó en cómo vi las cosas.
Clara lo observó.
—¿Cuánto influyó?
—Más de lo que te dije entonces.
—¿Y qué fue exactamente lo que te dijo?
Daniel se pasó una mano por la barba.
—No recuerdo cada frase, Clara. Recuerdo lo que entendí y lo que hice después. Y sé que no te lo conté.
No parecía estar buscando una excusa. Precisamente por eso resultaba difícil aceptar que se quedara a medio camino.
—Tengo una carta de mi madre —dijo ella—. Se pasó meses intentando escribir una explicación que nunca terminó. Si aquello fue un consejo normal, no entiendo por qué le costaba tanto contármelo.
Daniel bajó la mirada.
—No fue una conversación cualquiera.
—Eso ya lo sé.
—Y no fue Teresa quien terminó contigo.
Clara se apoyó contra el respaldo.
—No he dicho que lo fuera.
—Quiero que eso quede claro. La decisión de romper fue mía. Nadie me obligó a pronunciar aquellas palabras.
Era la primera vez que escuchaba una admisión tan directa.
No la tranquilizó.
—Entonces explícame por qué lo hiciste.
* * *
Daniel tardó un momento en responder.
—Porque no sabía cómo mantenerlo todo.
—¿Todo qué?
—La situación de casa, el trabajo, los gastos. Y una relación en la que íbamos a vivir a varios cientos de kilómetros sin saber cuándo podríamos volver a estar en el mismo sitio.
—Habíamos hablado de eso.
—Habíamos hablado de los fines de semana. De coger trenes. De esperar unos meses.
—Era un principio.
—Para ti.
Clara apartó su taza.
—¿Para ti no?
—Yo pensaba que iba a ser capaz de hacerlo. Pero, cuando llegó el momento, no podía prometerte algo que no sabía cumplir.
—Pues tenías que haberme dicho eso.
—Te dije que no podía irme.
—Y después dijiste que no querías continuar conmigo. Son dos cosas distintas.
Daniel asintió despacio.
—Sí.
Clara esperó.
Él no intentó discutir la diferencia.
—No te habría pedido que abandonaras a tu padre —continuó ella—. Ni que dejaras sola a Marina. Teníamos veinticinco y veintisiete años, no quince. Podíamos hablar, organizarnos, decidir qué nos convenía.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no lo hicimos?
—Porque yo dejé de hablar antes de intentarlo.
Clara bajó la vista hacia sus manos.
La respuesta resultaba frustrante por su sencillez.
No había ningún impedimento externo que explicara completamente la ruptura.
La enfermedad de Julián había sido real; también las responsabilidades de Daniel.
Pero entre aquellas dificultades y el final definitivo de una relación había existido una decisión.
Y esa decisión la había tomado él.
—Es curioso —dijo—. Durante años pensé que sencillamente habías dejado de quererme.
Daniel dejó de mover la cucharilla.
—No fue eso.
Clara levantó los ojos.
—No te estoy preguntando si me querías. Te estoy diciendo lo que entendí.
—Ya.
—Pregunté si querías intentarlo. Dijiste que no. ¿Qué otra cosa se suponía que debía pensar?
—Nada distinto.
Lo dijo tan bajo que Clara estuvo a punto de pedirle que repitiera.
—Tenías derecho a creerme —añadió—. Fui bastante claro en lo que decidí. No lo fui en las razones.
Clara tomó un sorbo de café. Estaba templado.
No esperaba que aquella conversación arreglara nada. Al menos, Daniel no estaba intentando convencerla de que había interpretado mal sus palabras.
—¿Volviste a pensar en nosotros después? —preguntó.
—Claro.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Intenté llamarte unas semanas después. Me dijiste que necesitabas distancia.
Clara recordó una conversación breve, mantenida mientras regresaba del trabajo por una calle de Barcelona. Daniel había preguntado cómo estaba. Ella respondió que no quería volver a hablar de la ruptura.
—Me acuerdo.
—No quise insistir.
—Eso lo entiendo.
Era una de las pocas cosas de las que podía decirlo sin reservas.
* * *