Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 5. LA DESPEDIDA QUE ESCRIBÍ
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CAPÍTULO 5. LA DESPEDIDA QUE ESCRIBÍ

El martes, Clara se despertó a las siete y doce, dieciocho minutos antes de que sonara el despertador.

Lo comprobó dos veces, como si la hora pudiera haber cambiado mientras miraba la pantalla. Después apagó la alarma y se levantó.

A las seis y media de la tarde había quedado con Daniel.

Tenía once horas para hacer cosas útiles y había decidido no desperdiciarlas anticipando una conversación sobre la que todavía no sabía casi nada.

A las ocho ya había puesto una lavadora, contestado dos correos de trabajo y preparado una bolsa de ropa para donar.

A las ocho y veinte volvió a abrir el correo para comprobar si había llegado algún mensaje nuevo.

No lo había.

—Fantástico.

Dejó el teléfono boca abajo.

Tenía pendiente localizar los documentos de titularidad del coche de su madre, comprobar un recibo del seguro y separar sus propias pertenencias de las que habría que inventariar para la herencia.

Esta última tarea le parecía sencilla hasta que abrió el armario de su antiguo dormitorio.

Encontró tres cajas de libros universitarios, una mochila con la cremallera rota y una colección de entradas de cine sujetas con una goma. En el estante superior seguía la maleta pequeña con la que había viajado a Barcelona para su primera entrevista de trabajo.

Su madre había guardado incluso las deportivas que Clara utilizaba para correr por el paseo cuando tenía veinticinco años.

Las suelas estaban endurecidas y el tejido amarillento.

Las tiró sin pensárselo.

Después sacó la maleta del armario.

Tenía una rueda torcida y una pegatina de una compañía aérea desaparecida. Dentro había un neceser vacío, dos guías de Barcelona y una carpeta azul con el nombre de Clara escrito en el lomo.

Reconoció la carpeta.

Había utilizado aquella misma para guardar los documentos de su incorporación al estudio en el que consiguió su primer trabajo.

Se sentó en el suelo y la abrió.

Encontró una copia del contrato, el plano de la habitación que iba a alquilar y una lista de objetos necesarios para instalarse.

Toallas. Sábanas. Adaptador para el ordenador. Preguntar si hay tendedero.

Al lado de la última anotación alguien había escrito:

En Barcelona también tienen cuerdas para tender, hija.

Clara sonrió.

La letra era de Teresa.

Pasó varias hojas y apareció un folio doblado en cuatro, guardado detrás de unos justificantes de matrícula.

En el exterior había una fecha.

26 de septiembre de 2009.

Y debajo, en una letra que reconoció como suya:

Para Daniel.

Clara dejó la carpeta sobre las rodillas.

Recordaba haber escrito aquella carta.

Lo que no recordaba era haberla conservado.

* * *

Desdobló el papel con cuidado.

La tinta azul había perdido algo de intensidad en los pliegues. En el margen izquierdo había una mancha pequeña, probablemente de café.

Su letra de entonces era más inclinada y bastante más apretada que la actual. Siempre había tenido prisa por terminar de escribir, como si las palabras pudieran escaparse antes de llegar al final de la página.

Empezó a leer.

Daniel:

No voy a darte esta carta porque seguramente terminaríamos discutiendo otra vez y ya estoy cansada. Me voy mañana y todavía tengo media maleta sin hacer.

He pasado toda la semana intentando entender cómo hemos llegado hasta aquí. Lo que más me enfada no es que no puedas venir conmigo. Sé lo que ha pasado con tu padre. No espero que te subas a un tren y lo dejes todo porque a mí me han ofrecido un trabajo.

Lo que no entiendo es por qué has decidido que nosotros también tenemos que terminar.

Te dije que podíamos vernos los fines de semana. Que podíamos esperar unos meses, organizar los viajes y buscar una solución cuando supiéramos cómo evolucionaba tu padre. Ni siquiera te estaba pidiendo una respuesta definitiva.

Pero tú ya la tenías.

Clara levantó la vista.

Desde la ventana llegaba el sonido de una persiana que alguien subía con dificultad.

Volvió al papel.

Estoy contenta por lo de Barcelona. Es el trabajo que quería. Me da miedo llegar allí y descubrir que no soy tan buena como creen, pero tengo ganas de intentarlo.

Y al mismo tiempo me habría gustado que me pidieras que me quedara.

Es una estupidez, porque no sé qué habría contestado. Seguramente te habría dicho que no podía perder esta oportunidad. O que necesitábamos hablarlo. O que estaba asustada.

Pero me habría gustado saber que querías seguir conmigo.

No quería que renunciaras a tu familia. Quería que me dejaras formar parte de la decisión.

Había una palabra tachada al final de aquella frase. Clara acercó el papel.

Debajo distinguió nuestra.

Había empezado a escribir nuestra decisión y después lo había cambiado.

Siguió leyendo.

También tengo miedo de quedarme aquí y convertirme en una de esas personas que van aplazando todo lo que querían hacer hasta que un día descubren que ya es demasiado tarde.

No te lo he dicho porque sé que estás pasando por un momento horrible y no quería añadirte otro problema. Pero a veces siento que, si no me voy ahora, no me iré nunca.

Y me da rabia pensar así, porque te quiero.

Supongo que eso es lo peor. Que te quiero y aun así no sé cómo arreglarlo.

No voy a llamarte desde Barcelona. No voy a escribirte para preguntarte si has cambiado de opinión. Tú has dicho que no quieres seguir y voy a respetarlo, aunque ahora mismo me parezca una decisión terrible.

Ojalá hubiéramos sabido hablar de todo esto antes.

La carta terminaba allí.

No tenía despedida ni firma.

Clara permaneció un rato sentada junto al armario abierto.

A los veinticinco años había creído que aquella carta contenía cosas demasiado contradictorias para entregárselas a Daniel. Quería marcharse, pero habría querido que él le pidiera quedarse. Deseaba empezar su carrera y, al mismo tiempo, necesitaba saber que podían seguir juntos.

Ahora no le parecían deseos incompatibles.

Le parecía una situación difícil.

Y seguía sin comprender por qué Daniel había considerado que la única solución era terminar.

* * *

En julio de 2009 habían pasado una tarde entera buscando pisos en Barcelona.

Daniel llegó a casa de Teresa con un portátil prestado y una libreta donde había apuntado precios de alquiler.

Clara estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de planos del estudio donde iba a trabajar.

—He encontrado uno —anunció él.

—¿Un piso?

—Una habitación.

Clara se inclinó para mirar la pantalla.

Era una fotografía de una cama junto a un armario, con una ventana tan pequeña que apenas se distinguía.

—Eso es un trastero.

—Tiene cocina compartida.

—Espero que no esté dentro del armario.

Daniel pasó a la siguiente imagen.

—También hay otro en un tercero sin ascensor.

—¿Cuántos metros?

—Cuarenta y dos.

—¿Y cuánto cuesta?

Daniel dijo una cifra.

Clara cerró los ojos.

—Por ese dinero quiero que me lo entreguen con alguien que cocine y limpie.

—Entonces seguimos buscando.

Pasaron casi dos horas comparando anuncios.

Clara prefería alquilar una habitación cerca del trabajo durante los primeros meses. Daniel insistía en que, si finalmente se trasladaba, podrían permitirse algo mejor compartiendo gastos.

Todavía no tenía una oferta concreta fuera de Puerto Alba, pero había localizado dos empresas dedicadas a restauración de carpintería histórica y estaba preparando su currículo.

—No quiero que vengas por obligación —le dijo Clara mientras él anotaba otra dirección.

Daniel la miró.

—Quiero conocer Barcelona.

—Eso lo dices ahora. Ya veremos qué opinas cuando te toque subir cuatro pisos cargado con la compra.

—Tengo buenas piernas.

—Y una capacidad de improvisación preocupante.

Él le quitó el bolígrafo y escribió una dirección nueva.

—De momento buscamos algo para ti. Cuando sepa si puedo trabajar allí, buscamos algo para los dos.

Clara estuvo a punto de preguntarle cuánto tiempo estaba dispuesto a esperar.

No lo hizo.

Le parecía una pregunta demasiado seria para una tarde en la que estaban discutiendo si podían vivir con una cocina sin ventanas.

En septiembre, cuando Julián enfermó, aquel plan dejó de tener fecha.

Clara aceptó que el traslado de Daniel tendría que esperar. Lo que nunca entendió fue que él dejara de querer hablar del resto.

* * *

A las once y media del martes, Clara seguía en el suelo de su antiguo dormitorio.

Había leído la carta dos veces.

La tercera ya no le aportó nada nuevo.

Se levantó, estiró las piernas y salió a buscar una funda transparente. No quería que los pliegues acabaran rompiéndose.

En la cocina encontró otra bolsa de papel de la panadería, una taza sin recoger y el libro sobre plantas aromáticas que había comprado a Eva.

Pensó en Teresa.

Su madre había entrado muchas veces en aquel dormitorio después de que ella se marchara. Había ordenado ropa, guardado fotografías y trasladado carpetas de un armario a otro.

Era perfectamente posible que hubiese visto la carta.

También era posible que no.

Clara no tenía manera de saberlo.

Tampoco necesitaba inventar una intención detrás de cada objeto conservado.

Guardó el escrito junto a sus documentos personales y preparó algo de comer.

Mientras calentaba el caldo que Amparo había dejado en el congelador, recibió una llamada de Laura.

—¿Te pillo mal?

—Estoy haciendo la comida.

—Seré rápida. He revisado las alternativas de la escalera. La segunda me parece mejor, aunque tenemos que ajustar las mediciones.

—Mañana puedo enviarte una propuesta nueva.

—Perfecto. ¿Y el jueves te conectas?

—Sí. A las diez, como quedamos.

Hablaron un par de minutos más sobre el proyecto.

Al colgar, Clara se dio cuenta de que había agradecido aquella interrupción. Resultaba mucho más fácil discutir sobre un descansillo mal medido que decidir qué quería saber de Daniel.

Terminó de comer, lavó los platos y dejó preparado el material para trabajar al día siguiente.

Después sacó su libreta.

En una página había escrito el viernes:

Preguntar a Daniel por septiembre de 2009.

Tachó la frase.

Debajo anotó dos preguntas.

¿Qué habló contigo mi madre?

¿Por qué decidiste que no podíamos intentarlo?

Se quedó mirando la segunda.

Hasta entonces había pensado que buscaba una explicación sobre la intervención de Teresa. La carta de su yo más joven le había recordado otra cosa: Daniel había tenido la posibilidad de decirle que estaba asustado, que necesitaba quedarse, que no sabía cómo organizar su vida.

En lugar de eso, le había dicho que no quería continuar.

Podía existir una razón para aquella respuesta. Quizá incluso una que Clara llegara a comprender.

Pero comprenderla no significaría que hubiese sido justa.

Cerró la libreta.

No tenía intención de llevarla al encuentro ni de convertir la conversación en un interrogatorio. Solo necesitaba ordenar sus ideas para no marcharse otra vez sin preguntar lo que de verdad le importaba.

A las cinco y veinte se cambió de ropa.

Eligió unos pantalones cómodos, una camiseta blanca y unas zapatillas que no utilizaba para trabajar.

Después volvió a cambiarse la camiseta.

Se miró en el espejo del dormitorio.

—Estás haciendo el ridículo.

Recuperó la primera.

No tenía sentido arreglarse para una conversación pendiente desde hacía diecisiete años. Tampoco habría tenido sentido presentarse con la ropa que llevaba usando para limpiar armarios.

Metió las llaves y el móvil en el bolso.

La carta se quedó en la carpeta, sobre el escritorio.

Antes de salir comprobó que había cerrado las ventanas, apagado las luces y dejado el ordenador cargando.

Eran las cinco y cuarenta y siete.

Si iba caminando por el paseo, llegaría con tiempo suficiente.

Clara cerró la puerta de la casa y bajó las escaleras.

Esta vez tenía bastante claro qué quería preguntar.

Lo que no sabía era si Daniel estaría dispuesto a responder.