Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 4. LA MESA DEL FONDO
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CAPÍTULO 4. LA MESA DEL FONDO

El domingo, Clara descubrió que su madre había guardado manuales de instrucciones de electrodomésticos que llevaba más de veinte años sin tener.

—Por favor, mamá.

Los colocó sobre la mesa de la cocina, junto a los recibos de la luz, dos garantías caducadas y una factura de reparación de la caldera.

Llevaba una hora buscando la documentación del seguro del hogar.

Había comprobado la carpeta de los recibos, el archivador del salón y una caja de zapatos bajo la cama. Finalmente encontró la póliza dentro de un sobre que decía Vacaciones 2019.

Teresa había sido capaz de administrar un negocio durante veintiséis años y, al mismo tiempo, organizar sus papeles domésticos siguiendo un criterio que parecía cambiar cada martes.

Clara fotografió la póliza, guardó el teléfono y se acercó al balcón.

La calle estaba casi vacía. Un hombre intentaba introducir un sofá en una furgoneta mientras otra persona le daba instrucciones desde la acera. Al otro lado, alguien había colocado macetas nuevas sobre una barandilla.

Clara recordaba aquella vivienda como una casa desde la que se oía todo: las conversaciones de los vecinos, las persianas de los comercios y las discusiones de quienes aparcaban en doble fila.

Eso no había cambiado.

Sí lo había hecho el portal. Habían instalado un ascensor pequeño en el hueco de la escalera, una obra que Clara llevaba años recomendando a la comunidad. Su madre le había explicado por teléfono que el presupuesto era demasiado elevado.

Al parecer, finalmente lo habían aprobado.

Y tampoco se lo había contado.

Clara regresó a la cocina, abrió una bolsa de basura y comenzó a tirar los manuales.

Cuando llegó al del lavavajillas, se detuvo.

Teresa había escrito en la última página una receta para hacer albóndigas. Entre las cantidades aparecía una corrección a bolígrafo: Dos dientes de ajo, no tres. Clara se queja.

Recordó que, con dieciséis años, había decidido que el ajo era el responsable de casi todos sus problemas digestivos.

Su madre había seguido haciendo las albóndigas con tres dientes cuando Clara no estaba.

Arrancó con cuidado la página de la receta y la dejó en la carpeta de documentos personales.

Después terminó de llenar la bolsa.

A las doce necesitaba salir de casa.

* * *

La cafetería de Mateo estaba más concurrida de lo que Clara esperaba un domingo de septiembre.

Tres hombres discutían sobre un partido de fútbol frente al televisor apagado. Una pareja con un carrito intentaba convencer a su hijo de que no utilizara las servilletas como material de construcción. Cerca de la ventana, una mujer escribía en un cuaderno mientras desayunaba.

Mateo vio entrar a Clara y levantó la mano desde la barra.

—¿Café con leche muy caliente?

—Hoy normal. Me gustaría conservar el paladar.

—Lo voy a apuntar, que luego cambias de opinión.

Clara encontró una mesa libre al fondo, junto a una estantería de periódicos.

Apenas se había sentado cuando una señora de pelo blanco apareció con una silla.

—¿Te importa si la cojo?

—Claro que no.

—Es que somos cinco y Mateo sigue creyendo que en esa mesa caben seis.

—Cabéis seis si ninguno respira —intervino él desde la barra.

La mujer se llevó la silla sin dignarse a responder.

Mateo apareció poco después con el café y una tostada.

—La tostada no la he pedido.

—Lo sé. Pero ayer te vi salir de aquí a las doce y media y luego me dijeron que habías estado por el puerto. Seguro que no has comido como Dios manda.

Clara levantó la vista.

—¿También controlas lo que hago cuando no estoy aquí?

—No tengo tiempo para tanto. Me lo cuentan.

—Qué tranquilidad.

Mateo dejó el plato.

—Tu madre se sentaba ahí algunos domingos, cuando cerraba antes. Decía que desde esa mesa se veía entrar a la gente sin tener que saludarla a toda prisa.

Clara miró hacia la puerta.

Era cierto.

Desde allí se dominaba casi toda la cafetería, pero quien estuviera sentado podía mantenerse apartado del movimiento de la barra.

—Eso sí suena a mi madre.

—También decía que el café era demasiado caro.

—Eso suena todavía más.

Mateo sonrió y se marchó a atender una discusión sobre quién había pedido un bocadillo sin tomate.

Clara sacó el móvil.

Tenía dos correos de Rovira Patrimonio. Uno era una consulta sobre un presupuesto. El otro, de su directora, le preguntaba si podía conectarse el lunes a una reunión breve para resolver unas discrepancias entre el levantamiento de un edificio y los planos existentes.

Abrió el archivo adjunto, amplió una imagen y comprobó que la diferencia afectaba a una escalera.

—Esto no son veinte centímetros —murmuró.

—Depende de para quién —dijo una voz a su lado.

Clara levantó la cabeza.

Una mujer sostenía una caja de cartón contra la cadera. Llevaba una camiseta verde, pantalones vaqueros y un bolígrafo enganchado en el escote.

—Perdona —añadió—. He visto el plano. Mi padre decía que veinte centímetros no importaban hasta que intentabas meter un armario por una puerta.

—Tu padre tenía razón.

—No se lo digas a nadie. Nos pasamos quince años discutiendo por eso.

La mujer señaló la silla vacía.

—¿Te importa que deje esto un momento? Tengo que recoger un café y pesa más de lo que parece.

—Adelante.

Depositó la caja junto a la pared.

En un lateral se leía LA ORILLA · LIbrERÍA.

—¿Tú llevas la librería? —preguntó Clara.

—Desde hace siete años. Soy Eva.

—Clara.

Eva la miró con más atención.

—¿Clara Vidal?

—Sí.

—Perdona. Mateo me dijo que habías vuelto. Siento lo de tu madre.

—Gracias.

—Teresa venía a comprarnos agendas todos los años y después se quejaba de que ninguna tenía bastante espacio para apuntar cosas.

—Tenía una opinión bastante precisa sobre las agendas.

—Y sobre las fundas de plástico. Estaba convencida de que las nuestras eran demasiado finas.

Eva sonrió, pero no insistió en hablar de Teresa.

—¿Eres arquitecta?

—Sí. Trabajo en Barcelona.

—Entonces quizá puedas decirme por qué mi librería tiene una columna exactamente donde necesito poner otra estantería.

—Porque los arquitectos somos malas personas.

—Eso sospechaba.

Mateo apareció con un café para llevar.

—Eva, he hablado con el del reparto. Dice que las cajas te las trae el martes.

—El martes me llegan tarde.

—Pues tendrás que explicárselo tú. Yo ya he gastado mis argumentos.

Eva dejó escapar un suspiro.

—Son los libros para una actividad del miércoles. Si llegan el martes por la tarde, tendré que etiquetarlos después de cerrar.

—¿No puedes cambiar la actividad? —preguntó Clara.

—Podría, pero vienen doce niños y algunos padres han cambiado turnos para traerlos. Prefiero etiquetar libros.

Cogió la caja del suelo.

—Encantada, Clara. Pásate un día, aunque solo sea para decirme dónde no debo poner la estantería.

—Eso se me da bastante bien.

—Perfecto. Necesito a alguien que me quite ilusiones antes de que gaste dinero.

Eva salió equilibrando la caja contra la puerta.

Clara volvió al plano de la escalera.

Le había caído bien. No porque hubiese sido especialmente amable, sino porque parecía tener tantas cosas que resolver como ella.

* * *

El lunes, a las nueve, Clara estaba conectada a una videollamada con Barcelona desde la mesa del salón de su madre.

Había colocado el ordenador sobre tres libros de cocina para elevar la cámara. Detrás se veía una pared blanca y parte de una estantería.

—¿Puedes acercar la imagen del descansillo? —preguntó Laura Rovira.

Clara compartió pantalla y señaló la zona conflictiva.

—El levantamiento está bien. El problema es que el plano original no representa el recrecido posterior. Si utilizamos esas medidas, la solución que propusimos no cabe.

—¿Cuánto nos retrasa?

—Depende de lo que decida propiedad. Les enviaré dos alternativas esta tarde.

Laura asintió.

—Bien. ¿Cómo vas por allí?

—Ordenando papeles. Hay bastantes más de los que esperaba.

—Tómate el tiempo que necesites. Para la revisión del jueves podemos contar contigo por videollamada.

—Sin problema.

—Y cuando vuelvas hablamos de la organización del trimestre. Tenemos varios proyectos nuevos.

Clara estuvo a punto de decirle que quería aprovechar aquella conversación para retomar su propuesta de trabajo flexible.

Llevaba desde 2024 intentando reducir los desplazamientos que no resultaban imprescindibles. Ya preparaba informes, revisaba documentación y coordinaba algunas reuniones desde casa, pero la empresa seguía esperando que estuviera físicamente en el estudio casi todos los días.

No quería trabajar menos. Quería dejar de perder horas en trayectos para asistir a reuniones que podían celebrarse delante de una pantalla.

Sin embargo, aquella mañana no parecía el mejor momento para negociar.

—De acuerdo —respondió—. Lo vemos cuando vuelva.

Cerró la llamada, preparó las dos alternativas para la escalera y las envió antes del mediodía.

Después cogió las llaves del establecimiento.

En la plaza se encontró a Mateo descargando cajas de bebidas.

—¿Ya te has aburrido de las vacaciones? —preguntó él.

—Son las vacaciones menos relajantes que he tenido.

—Pues no te has visto el almacén de mi casa.

Clara siguió hacia El Buzón de Teresa.

La habitación del fondo comenzaba a tener cierto orden. Había conseguido clasificar las facturas por años y separar los documentos personales de los relacionados con los encargos del negocio.

En una bandeja encontró varias hojas de control de los últimos meses.

Teresa había reducido progresivamente la atención al público. Desde junio solo abría algunas mañanas y dejaba las tardes para trabajos pendientes.

Junto a varios nombres figuraban indicaciones como avisar para recogida o devolver carpeta.

Clara revisó únicamente las cubiertas y anotaciones externas. No necesitaba leer el contenido para identificar a los propietarios.

Encontró también un listado de personas a las que Teresa había intentado localizar. Algunas tenían teléfonos anotados; otras, direcciones antiguas que sería necesario comprobar.

Colocó los expedientes en la caja de documentación de terceros.

Sobre el escritorio quedaba una pequeña pila de papeles personales.

Clara reconoció la carpeta verde que contenía la carta de su madre. La había dejado allí el viernes, separada del resto, para llevársela a casa cuando pudiera revisarla con tranquilidad.

No la abrió.

En lugar de eso, se sentó y elaboró una lista de trabajos para los siguientes días: contactar con Rosa por el electricista, consultar cómo devolver la documentación privada, preparar el inventario del mobiliario y preguntar a Eva si conocía alguna asociación interesada en recibir material de papelería sin usar.

A las cinco y media cerró el establecimiento.

Antes de irse pasó por La Orilla.

Eva estaba colocando libros sobre una mesa. Había abierto tres cajas y utilizaba el mostrador para sujetar una pila de albaranes.

—¿Vienes a decirme que tire la columna? —preguntó al verla.

—No sin calcular antes cuánto costaría.

—Entonces prefiero no saberlo.

Clara le explicó que tenía cuadernos, lápices y carpetas nuevas procedentes del negocio de Teresa.

—¿Conoces alguna asociación que pueda aprovecharlos?

Eva dejó el albarán sobre la mesa.

—El centro juvenil recoge material algunos años. Podrías preguntarles. Y un colegio organiza una campaña en octubre, pero no sé si aceptan papelería.

—Voy a llamar mañana.

—Si quieres, puedo darte los contactos.

Escribió dos números en el reverso de un recibo y se lo entregó.

—Gracias.

—No me las des todavía. Primero comprueba que siguen siendo correctos.

Clara guardó el papel.

—¿Siempre eres tan optimista?

—Trabajo vendiendo libros en un pueblo de ocho mil habitantes. Tengo que ser optimista por obligación.

Una clienta entró preguntando por un libro que Eva había reservado. Mientras lo buscaba, Clara se quedó junto a la mesa de novedades.

Había una novela con una cubierta azul y una guía para aprender a cultivar plantas aromáticas en balcones pequeños.

Cogió esta última.

Teresa habría dicho que no necesitaba un libro para poner romero en una maceta.

Probablemente habría tenido razón.

Aun así, Clara lo compró.

* * *

Esa noche cenó en la cocina de su madre mientras revisaba el calendario de la semana.

Había reservado el miércoles para avanzar con los documentos y el jueves para una reunión de trabajo. El viernes quería tener terminado el primer inventario del establecimiento.

El martes aparecía una anotación:

18:30. Hablar con Daniel.

La leyó mientras terminaba de recoger los platos.

Después abrió otro documento en el ordenador: una hoja donde había empezado a calcular cuánto tiempo podía permanecer en Puerto Alba sin descuidar sus proyectos.

Había apuntado los desplazamientos, las reuniones presenciales imprescindibles y las fechas de entrega.

No era todavía un plan para cambiar de vida. Solo necesitaba saber de cuánto margen disponía.

El teléfono mostró un correo nuevo de Laura con los documentos para la reunión del jueves.

Clara los descargó y cerró el ordenador.

Mañana tendría que hablar con Daniel.

Y después, con independencia de lo que él le contara, seguiría teniendo un negocio que cerrar, una casa que ordenar y un trabajo al que atender.

Dejó el móvil cargando, guardó el libro de plantas en su bolso y se fue a dormir.