Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 3. EL HOMBRE DEL PUERTO
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CAPÍTULO 3. EL HOMBRE DEL PUERTO

El sábado, a las diez y media de la mañana, Clara descubrió que el puerto quedaba más lejos de lo que recordaba.

No era una distancia considerable. El problema estaba en que había elegido el camino antiguo, el que bordeaba los almacenes de redes y desembocaba junto a la lonja, y una valla obligaba ahora a dar un rodeo.

Un operario con chaleco reflectante la vio detenerse ante el cartel de acceso restringido.

—Si vas a las terrazas, es por arriba.

—Voy al Taller Ferrer.

—Entonces por ahí, hasta el contenedor verde, y giras. Cuidado con el suelo, que han estado limpiando motores.

Clara le dio las gracias.

Había pasado la noche pensando qué preguntar y la mañana tratando de convencerse de que podía marcharse sin hacerlo.

Al final había salido de casa con una botella de agua y la dirección apuntada en el móvil, como si necesitara indicaciones para recorrer un lugar en el que había pasado tantos veranos.

En el muelle olía a gasóleo, pescado y sal húmeda. Dos hombres desenredaban cabos junto a una barca con la pintura desconchada. Un motor arrancó al tercer intento y alguien respondió desde otra embarcación con un insulto que sonó más rutinario que enfadado.

Más allá de las amarras había aparecido una hilera de establecimientos nuevos: una empresa de excursiones, una tienda de ropa náutica y un local que anunciaba cócteles a partir de las seis. Clara recordó que allí antes vendían hielo para los barcos.

La nave del Taller Ferrer seguía en una calle lateral, apartada del paseo. La fachada tenía dos puertas correderas de chapa, una de ellas abierta hasta la mitad. En el exterior se acumulaban caballetes, tablones protegidos con una lona y un pequeño bote elevado sobre soportes.

Un cartel indicaba el nombre del taller, un número de teléfono y el horario de atención. Debajo había otro, escrito a mano: «No dejar piezas delante del portón. Gracias».

Clara se detuvo a cierta distancia.

Desde dentro llegaba el ruido intermitente de una lijadora. Vio a un hombre inclinado sobre una pieza de madera curva, sujeto con una mascarilla y gafas transparentes. Trabajaba despacio, comprobando cada pocos movimientos la superficie con la palma de la mano.

Le bastó verlo incorporarse para reconocerlo.

Daniel había perdido parte del pelo en las entradas y llevaba la barba salpicada de gris.

Tenía los hombros algo más anchos, o quizá fuera la camiseta de trabajo.

No vio nada extraordinario en su aspecto: un hombre de cuarenta y cuatro años con las rodillas de los pantalones gastadas y una mancha oscura en el antebrazo.

Se quitó las gafas y las dejó sobre el banco.

Clara recordó, sin proponérselo, la manera en que siempre se remangaba antes de comenzar cualquier tarea, incluso si solo iba a cambiar una bombilla.

Daniel apagó la lijadora, miró hacia la puerta y la vio.

Durante un momento ninguno se movió.

Después él dejó la pieza en el banco.

—Clara.

Ella había ensayado un saludo sencillo. Algo como «Hola, Daniel, ¿tienes un momento?». Le pareció adecuado hasta que tuvo que pronunciarlo.

—Hola.

Daniel se quitó la mascarilla.

—No sabía que estabas aquí.

—Llegué el jueves.

—Me enteré de lo de Teresa. Lo siento mucho.

—Gracias.

Él asintió, pero no añadió ninguna de las frases que Clara llevaba una semana escuchando. Se limpió las manos con un trapo que tenía peor aspecto que antes de utilizarlo.

—¿Quieres pasar? Fuera hace bastante calor.

Clara entró.

El taller conservaba algo de la distribución antigua: un banco de madera a lo largo de la pared y las herramientas mayores junto al fondo.

Lo demás había cambiado. Había máquinas nuevas, un sistema de extracción de polvo, estanterías con herrajes clasificados y varias piezas identificadas con números de pedido.

Sobre una mesa descansaba el plano de una embarcación pequeña sujeto por una caja de tornillos.

—Pensaba que habíais cerrado —dijo ella.

—Nos lo hemos planteado más de una vez.

Daniel señaló el banco de trabajo.

—Ahora hacemos menos construcción y más reparación. Cubiertas, bancadas, piezas que no encuentras de recambio. Y encargos de carpintería que no tienen nada que ver con barcos, cuando aparecen.

—¿Eso último se puede confesar aquí?

—Siempre que no se enteren los del puerto.

Clara sonrió pese a sí misma.

En el suelo había una extensión eléctrica enrollada. Daniel la apartó con el pie para que pudiera pasar.

—Perdona el desorden. El viernes tenía que venir a recoger esto un cliente y no ha aparecido.

—Parece un desorden bastante organizado.

—Se lo diré a mi contable. Dice que llevo demasiadas horas cobrando demasiado poco.

—A lo mejor tiene razón.

—La tiene. Por eso me cae mal.

Daniel apoyó el trapo en una esquina del banco.

El breve intercambio había sido fácil. Eso la molestó un poco. No había ido allí a comprobar si todavía podían hablar de máquinas o contables.

—Estoy vaciando el local de mi madre —dijo.

—Sí. Me dijeron que Rosa te estaba ayudando.

—Rosa me está dando acceso y una fecha límite. El resto es asunto mío.

—Suena a ti.

Clara notó que se ponía a la defensiva.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es una observación. Ya me explicarás tú cómo debo entenderla.

No lo dijo con sarcasmo. La respuesta la desarmó más que una discusión.

En un extremo de la nave sonó un teléfono. Daniel miró la pantalla, leyó algo y respondió con un mensaje rápido.

—Perdona. Es un proveedor. Llevo esperando una bisagra dos semanas y resulta que todavía está en Valencia.

Guardó el móvil.

—¿Qué necesitas, Clara?

Ella miró la mesa, las herramientas, el plano sujeto con la caja.

Había esperado encontrar alguna señal que le permitiera entender en qué se había convertido la vida de Daniel.

En cambio, todo indicaba que había llegado en mitad de una jornada de trabajo, y que esa jornada seguiría adelante cuando ella se marchara.

—Ayer encontré una carta de mi madre. Una carta para mí.

Daniel no respondió.

—La escribió en 2010. Dice que habló contigo antes de que lo dejáramos. En septiembre de 2009.

Vio cómo se le tensaba la mandíbula.

—Sí —dijo él.

Clara había preparado varias preguntas. La confirmación, tan escueta, hizo que olvidara el orden.

—¿Sí, hablaste con ella?

—Sí.

—¿Y de qué hablasteis?

Daniel se quedó mirando el trapo que había dejado sobre el banco.

—De ti. De lo que estaba pasando entonces.

—Eso ya lo deduje.

—Lo imagino.

—Mi madre escribió que no sabía si había hecho bien. Ni siquiera terminó la frase en la que intentaba explicar qué te dijo.

Daniel soltó el aire lentamente.

—No sabía que había escrito una carta.

—Pues la escribió. Y nunca me la dio.

Una furgoneta redujo la velocidad delante del taller. El conductor tocó el claxon y Daniel levantó la mano sin apartarse de donde estaba.

—No voy a decirte que no pasó nada —dijo.

—Sería complicado. Acabas de confirmar que pasó.

—Me refiero a que no voy a quitarle importancia.

Clara apoyó una mano en el borde de la mesa.

—Entonces cuéntamelo.

Daniel miró hacia la puerta abierta. No parecía buscar una escapatoria; más bien comprobaba cuánto podía prolongarse una conversación allí, entre una máquina desenchufada y clientes capaces de entrar sin avisar.

—Quiero hablarlo contigo —respondió—. Pero aquí no, y no entre dos trabajos. No sería justo.

—¿Qué sería justo? ¿Esperar otros diecisiete años?

Él aceptó el golpe sin cambiar el gesto.

—No. Tienes razón.

Clara notó la vergüenza de haberse oído decir aquella frase. No porque fuera completamente injusta, sino porque había viajado al taller dispuesta a hacer preguntas y estaba convirtiéndolas en reproches antes de recibir una respuesta.

—No he venido a discutir —dijo.

—Ya lo sé.

—Y no he venido para hablar de nosotros.

Daniel tardó un segundo en contestar.

—Eso también lo sé.

Una voz llegó desde la entrada.

—¿Papá?

Una niña esperaba en el umbral con una mochila azul colgada de un hombro y una bolsa de tela en la mano. Tenía el pelo oscuro recogido de cualquier manera y llevaba una camiseta con una mancha de rotulador.

Daniel se giró inmediatamente.

—Hola, Lu. ¿Has venido andando?

—Con mamá. Está aparcando. Me he dejado aquí el estuche bueno y el lunes lo necesito.

—Te dije que miraras en la estantería del despacho.

—Y yo te dije que estaba en el cajón de abajo.

Daniel hizo un gesto hacia el interior.

—Pues vamos a comprobar quién tenía razón.

La niña entró, reparó en Clara y se detuvo.

—Hola.

—Hola —respondió Clara.

—Lucía, ella es Clara, una amiga de cuando yo era joven. Clara, mi hija.

—Mucho gusto —dijo Clara.

—Igualmente.

Lucía miró a su padre.

—¿Puedo entrar al despacho?

—Sí. Pero no abras el armario de los barnices.

—Tengo once años, papá.

—Los barnices no lo saben.

La niña puso los ojos en blanco y cruzó la nave por un pasillo lateral.

Clara esperó a que se alejara.

—No sabía que tenías una hija.

—Me lo imaginaba. Cumple doce en noviembre.

Lo dijo con una naturalidad que a Clara le produjo una extraña sensación de desfase. Había conocido a Daniel cuando casi todo lo que compartían cabía en una mochila para pasar el fin de semana. Ahora había una niña buscando un estuche, deberes para el lunes y una madre esperando en el coche.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Tienes hijos?

—No.

Daniel asintió sin comentar nada.

—Vivo en Barcelona —añadió Clara—. Trabajo en un estudio de rehabilitación. Me casé hace unos años. Estoy divorciada.

—No sabía lo del divorcio.

—No había muchas razones para que lo supieras.

—Supongo que no.

Lucía regresó levantando un estuche verde.

—Estaba en el cajón de abajo.

—Voy a hacer constar tu victoria en el libro de actas —dijo Daniel.

—No hace falta. Con que me escuches alguna vez...

Clara tuvo que contener una sonrisa.

Daniel le pidió que esperara junto a la puerta mientras cerraba el pequeño despacho. Comprobó después que llevaba la botella de agua y la tarjeta del autobús en la mochila, aunque Lucía insistió en que no necesitaba ninguna de las dos cosas para volver en coche con su madre.

Poco después apareció una mujer en la entrada.

—¿Todo bien?

—Sí —contestó Lucía—. Ya lo tengo.

Daniel salió a hablar un instante con ella. Clara no oyó más que unas frases sobre los horarios de la semana siguiente y una autorización escolar que debían firmar los dos.

La mujer la saludó desde la puerta con una inclinación cordial de cabeza. Clara respondió del mismo modo.

Luego se marcharon.

Daniel volvió al taller.

—Perdona. Hoy está conmigo hasta mediodía, pero tenía que recoger unas cosas para el colegio y su madre la acercaba por aquí.

—No tienes que disculparte.

—Ya. Lo hago bastante.

Se quedaron un momento callados.

—Parece una niña estupenda —dijo Clara.

—Lo es. Salvo cuando decide organizarme los cajones. Entonces da un poco de miedo.

Clara miró el estante donde colgaban unas llaves etiquetadas. Le habría gustado preguntarle muchas cosas: cómo había sido convertirse en padre, cuándo se había separado, si era feliz. Ninguna correspondía a la conversación que había venido a mantener.

Daniel consultó la hora.

—Mira, el lunes tengo que llevar un trabajo a primera hora y después puedo escaparme. ¿Te viene bien el martes por la tarde? Cuando cierre, hacia las seis y media.

Era demasiado tiempo para una respuesta que Clara deseaba recibir aquel mismo día. Pero él estaba fijando una fecha, no pidiéndole que se olvidara del asunto.

—El martes puedo.

—Podemos quedar en la cafetería de Mateo. O donde prefieras.

—En la cafetería estará escuchando medio pueblo.

Daniel soltó una risa breve.

—Es verdad.

—En la plaza hay bancos. Podemos caminar.

—De acuerdo. A las seis y media, delante del taller. Y salimos de aquí.

Clara miró la puerta abierta. Se dio cuenta de que Daniel todavía no había preguntado exactamente qué decía la carta. Quizá porque había entendido lo suficiente.

—No quiero llegar el martes y encontrarme con otra manera de dar largas —advirtió.

—No va a pasar.

—¿Cómo puedo saberlo?

—No puedes. Lo único que puedo hacer es estar aquí a las seis y media y hablar contigo.

No le gustó que aquella fuera la respuesta más razonable de toda la mañana.

—Entonces, hasta el martes.

—Hasta el martes, Clara.

Salió sin darle dos besos. Tampoco él intentó acercarse.

En la calle, el sol caía de lleno sobre una pila de cajas vacías. Clara caminó hacia el muelle evitando un charco de aceite. A su espalda volvió a oírse la lijadora, aunque tardó un poco en arrancar.

Había esperado encontrar a un Daniel del que pudiera exigir explicaciones sin demasiadas complicaciones. En su lugar había conocido a un hombre preocupado por una pieza que no recogían, una bisagra atrasada y una niña que sabía perfectamente dónde había dejado su estuche.

No sabía si eso facilitaba algo.

Antes de doblar la esquina sacó el móvil y abrió el calendario.

Martes 15 de septiembre. Seis y media.

Escribió: «Hablar con Daniel».

Esta vez no añadió ninguna otra palabra.