Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 2. LO QUE QUEDÓ POR DECIR
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CAPÍTULO 2. LO QUE QUEDÓ POR DECIR

El interruptor estaba detrás de un archivador.

Clara tuvo que apartar una caja de folios y tantear la pared hasta encontrarlo. Cuando consiguió encender la luz, uno de los dos fluorescentes parpadeó tres veces antes de quedarse iluminado.

—Pues empezamos bien.

La habitación tendría unos ocho metros cuadrados. Había una mesa pegada a la pared, dos estanterías metálicas y un armario de madera que Clara recordaba del antiguo comedor de su abuela. Una silla de oficina ocupaba casi todo el espacio libre.

No había ventanas.

Sobre la mesa descansaban una lámpara, un calendario de sobremesa y una taza con varios bolígrafos. El calendario estaba abierto por agosto de 2026. Teresa había rodeado el día diecinueve con un círculo rojo y escrito dentista.

Clara se quedó mirando la anotación.

Su madre había cancelado aquella cita porque no se encontraba bien. Clara recordaba la conversación: Teresa había insistido en que solo era cansancio y se había enfadado cuando le sugirió que acudiera al médico.

Ahora el calendario seguía allí, con una cita a la que nunca había ido.

Lo cerró.

Las estanterías contenían archivadores con lomos etiquetados: Contabilidad, Proveedores, Material antiguo, Encargos. En los estantes inferiores había cajas de zapatos y carpetas de cartón sujetas con cuerdas.

Aquello era muy propio de Teresa. Había comprado un armario archivador para terminar guardando las cosas en cajas de zapatos.

Clara sacó el teléfono e hizo varias fotografías.

Después se acercó a la mesa.

Una bandeja contenía recibos de impresiones, albaranes y presupuestos. Bajo un pisapapeles había una hoja con nombres y números de teléfono.

En el margen superior se leía:

Documentos para devolver a sus propietarios.

Clara reconoció algunos apellidos del pueblo. Había anotaciones junto a varios nombres: llamar, pendiente de recoger, preguntar antes de destruir.

Abrió un archivador situado sobre la mesa.

La primera carpeta llevaba el nombre de una mujer que no conocía y una fecha de 2018. Tenía una etiqueta adicional: Original entregado para custodia.

Clara volvió a dejarla en su sitio.

No sabía qué acuerdos había establecido su madre con aquellas personas, pero estaba claro que no podía tratar sus documentos como simples papeles viejos.

Sacó la libreta que llevaba en el bolso y escribió:

Archivos de clientes. Identificar y devolver. No abrir.

Debajo añadió:

Consultar destrucción segura de documentación.

Había empezado a oscurecer. Miró la hora y comprobó que eran casi las siete.

Todavía tenía que comprar algo para cenar y revisar varios correos del estudio.

Apagó la luz, cerró la puerta y guardó la llave en el bolsillo interior de su bolso.

Mañana comenzaría por aquella habitación.

* * *

El viernes 11 de septiembre Clara descubrió que el café de su madre seguía siendo igual de malo incluso después de su muerte.

Había encontrado un paquete abierto en la despensa y una cafetera italiana cuya junta parecía llevar años pidiendo la jubilación.

El primer sorbo sabía a quemado.

Lo tiró.

A las nueve y cuarto salió hacia la plaza después de detenerse en la panadería. Compró una barra pequeña, una empanadilla de atún y un café para llevar.

—Tú eres la hija de Teresa, ¿verdad? —preguntó la dependienta.

—Sí.

La mujer dejó de introducir el pan en la bolsa.

—Lo siento mucho. Tu madre venía todos los martes a por magdalenas. Aunque siempre decía que eran para una vecina.

Clara sonrió.

—Eran para ella.

—Ya me parecía.

La dependienta añadió dos magdalenas a la bolsa.

—Estas te las regalo.

Clara estuvo a punto de negarse. Después recordó las rosquillas de Mateo y decidió que discutir con los comerciantes del pueblo probablemente se convertiría en un trabajo a jornada completa.

—Gracias.

Al llegar al local, encontró una nota metida bajo la persiana.

Clara, soy Rosa. He hablado con el electricista. Me llamará esta tarde y te cuento. Un beso.

Guardó el papel en su carpeta de gestiones.

Había decidido trabajar por zonas. Primero clasificaría la documentación de su madre, después el material comercial y, por último, los muebles.

Era un método que utilizaba en sus proyectos de rehabilitación: identificar lo que existía antes de decidir qué hacer con ello.

A Teresa le habría parecido una pérdida de tiempo.

Empieza por donde puedas y ya veremos lo demás, solía decir.

Clara abrió la habitación del fondo y colocó tres cajas vacías junto a la puerta.

En una escribió Negocio.

En otra, Personal.

La tercera quedó identificada como Terceros. No abrir.

Después se recogió el pelo, puso el móvil en silencio y comenzó.

A las diez y media había encontrado facturas duplicadas, garantías de aparatos que ya no estaban en el local y cuatro manuales de instrucciones de una misma impresora.

También descubrió que Teresa había conservado todos los justificantes de una reparación del aire acondicionado realizada en 2007.

—Esto te lo habrías podido ahorrar —murmuró.

Se inclinó para sacar una caja de la estantería inferior y golpeó con el codo una pila de carpetas.

Tres cayeron al suelo.

—Estupendo.

Se arrodilló para recogerlas.

Una llevaba escrito Fotografías. Otra, Familia. La tercera no tenía etiqueta.

Dentro de esta última había recortes de periódicos, programas de fiestas y un sobre con fotografías de la inauguración del establecimiento.

Clara reconoció a su madre detrás del mostrador, con una blusa estampada y el pelo recogido. Parecía orgullosa y un poco nerviosa.

En una de las fotografías estaba ella, con dieciséis años, sujetando unas tijeras demasiado grandes para cortar una cinta roja.

Recordó que había protestado porque la habían obligado a faltar a una clase de dibujo técnico para asistir a la inauguración.

Teresa le había dicho que algún día agradecería conservar aquella fotografía.

No se equivocó.

Clara la dejó sobre la mesa, separada del resto.

Siguió examinando la carpeta Familia. Contenía certificados antiguos, copias de documentos y varios papeles relativos a la casa.

Detrás encontró una carpeta más delgada, de color verde oscuro.

La etiqueta estaba escrita con una letra diferente de la utilizada en los archivadores del negocio. Más pequeña. Menos firme.

Lo que quedó por decir.

Clara pasó el pulgar por las palabras.

Abrió la carpeta.

Había un cuaderno de tapas blandas, tres hojas sueltas y varios sobres. Algunos estaban identificados con fechas, otros no.

El primero llevaba su nombre.

Para Clara.

No tenía sello, dirección ni ninguna indicación de haber pasado por el correo. Era uno de los sobres que su madre utilizaba en casa para guardar recetas, fotografías o documentos.

Clara reconoció su letra antes incluso de sacar la hoja.

Teresa escribía las erres de una manera peculiar, con una curva demasiado abierta. Siempre se quejaba de que Clara tenía una letra de médico.

Sacó el papel.

En la esquina superior derecha aparecía una fecha.

12 de abril de 2010.

Clara calculó mentalmente.

Siete meses después de haberse marchado a Barcelona.

Empezó a leer.

Clara:

No sé si llegaré a darte esto. He empezado tres veces y las tres he terminado hablando de cualquier otra cosa, como si escribirte que comas bien o que no trabajes tanto fuera más fácil que decir lo que quiero decir.

El otro día me dijiste por teléfono que estás contenta en Barcelona. Me alegró escucharlo, aunque me parece que sigues durmiendo menos de lo que deberías. También me dijiste que ya no quieres saber nada de lo que pasó aquí antes de marcharte.

No insistí porque sé cómo te pones cuando has decidido cerrar un asunto. En eso nos parecemos más de lo que te gustaría reconocer.

Pero hay algo que llevo meses sin contarte.

Clara dejó de leer.

Volvió al principio y repasó la fecha.

Abril de 2010.

Recordaba aquella época. Trabajaba demasiadas horas, compartía un piso pequeño y había aprendido a responder «todo bien» cuando su madre preguntaba por teléfono.

Siguió leyendo.

En septiembre del año pasado hablé con Daniel.

Fue antes de que vosotros terminarais. Él vino al establecimiento una tarde y estuvimos hablando bastante rato. No fue una conversación casual. Yo sabía que teníais decisiones importantes por delante y quise decirle lo que pensaba.

No sé si hice bien. Entonces estaba convencida de que sí.

Ahora hay días en que no estoy tan segura.

Clara apoyó la hoja sobre la mesa.

Se oyó una moto al otro lado de la pared y, después, el ruido de unas persianas metálicas que alguien levantaba en la plaza.

La conversación no tenía nada de extraordinario en apariencia.

Teresa conocía a Daniel desde niño. Habían hablado cientos de veces. Él había entrado en el establecimiento para comprar sobres, hacer fotocopias o saludarla cuando pasaba por allí.

Pero su madre no estaba hablando de una visita cualquiera.

Cogió de nuevo la carta.

Quiero que sepas que nunca deseé hacerte daño. Puede que eso no cambie nada, pero es la verdad. Siempre he querido que tuvieras oportunidades que yo no tuve y a veces me cuesta entender que no todas las cosas se arreglan dando un consejo.

Lo que le dije a Daniel aquella tarde...

La frase terminaba allí.

Debajo había varias palabras tachadas. Clara acercó el papel a la luz de la lámpara, pero solo distinguió trazos superpuestos.

En la parte inferior, su madre había añadido otra anotación, con un bolígrafo de tinta diferente.

Todavía no sé explicarlo sin poner excusas.

No había firma.

Tampoco una segunda hoja.

Clara examinó el reverso, después el interior del sobre y finalmente el resto de documentos de la carpeta, sin leerlos. No encontró ninguna continuación identificada con aquella fecha.

Colocó la carta sobre el escritorio y se levantó.

Necesitaba agua.

Salió al mostrador, abrió la botella que había traído y bebió varios tragos.

Volvió a la habitación.

La hoja seguía donde la había dejado.

En septiembre del año pasado hablé con Daniel.

Clara se sentó.

El veintiuno de septiembre de 2009 Daniel le había dicho que no podía marcharse con ella.

Eso no la había sorprendido del todo. Su padre acababa de sufrir un ictus y las semanas anteriores habían sido difíciles.

Lo que no esperaba fue su negativa a continuar la relación a distancia.

Recordaba aquella conversación con una precisión que le resultaba desagradable.

Estaban en la cocina de la casa de los Ferrer. Había dos tazas sobre la mesa y una bolsa de farmacia junto al fregadero.

Clara le había preguntado si podrían verse los fines de semana, al menos hasta que las cosas se estabilizaran.

Daniel respondió que no quería prometer algo que no sabía si podría cumplir.

Ella insistió.

No necesitaban tener todas las respuestas.

Podían intentarlo.

Él negó con la cabeza.

—No quiero seguir así, Clara.

Recordaba aquellas palabras porque se había esforzado mucho en no discutirlas.

Le preguntó si estaba seguro.

Daniel dijo que sí.

Y Clara se marchó.

Durante años había considerado aquella conversación una despedida dolorosa, pero bastante clara.

Él no quería continuar.

Ahora tenía delante una carta en la que su madre admitía haber hablado con él antes de aquella ruptura y parecía arrepentirse de algo.

No sabía qué le había dicho.

Tampoco qué había respondido Daniel.

Podía haber sido una conversación sin importancia. Un consejo inoportuno. Una discusión.

Pero Teresa no había escrito aquella carta para disculparse por recomendarle a alguien que comiera mejor o descansara más.

Clara miró el resto de las carpetas.

Su primera reacción fue ponerse a buscar. Sacar todos los documentos, leer las anotaciones y reconstruir las conversaciones que nadie había tenido la delicadeza de contarle.

Después pensó en los archivos de los clientes y en las cajas que acababa de clasificar.

No tenía sentido empezar a revolver papeles ajenos. Ni siquiera sabía todavía qué documentos pertenecían a quién.

Cogió una funda transparente del mostrador y guardó la carta.

A continuación escribió en su libreta:

Preguntar a Daniel por septiembre de 2009.

Se quedó mirando la frase.

No sabía si seguía viviendo en Puerto Alba.

Por supuesto, podía averiguarlo. Un pueblo de aquel tamaño no había perdido de repente la capacidad de saber dónde estaba cada uno de sus habitantes.

Pero hacerlo significaba reconocer que quería una explicación.

Y no estaba segura de querer escucharla.

Su teléfono vibró encima del escritorio.

Era un mensaje de Nuria.

¿Qué tal va el inventario?

Clara escribió:

He encontrado una carta de mi madre.

Los tres puntos de respuesta aparecieron enseguida.

¿Una carta bonita?

Clara miró la hoja guardada en la funda.

Todavía no lo sé.

Nuria la llamó.

—¿Estás bien?

—Sí. Bueno, creo que sí.

—Eso no suena muy convincente.

—Mi madre escribió algo sobre Daniel. Sobre cuando rompimos.

Hubo un breve silencio.

—¿Daniel, el de Puerto Alba?

—¿Cuántos Daniel conoces que fueran novios míos?

—Solo uno, afortunadamente. ¿Qué pone?

—Que habló con él antes de que lo dejáramos. Y que no sabe si hizo bien.

—¿Hizo bien qué?

—Esa es exactamente la pregunta.

Clara oyó a Nuria moverse al otro lado de la línea.

—¿Y qué vas a hacer?

—Seguir con el inventario.

—Clara.

—Tengo el local lleno de papeles y una fecha para entregarlo.

—Ya.

—Y hace diecisiete años de aquello.

—También.

Clara esperó alguna conclusión sensata.

Nuria no se la ofreció.

—¿Quieres saber lo que pasó? —preguntó finalmente.

Clara dobló una esquina de la bolsa de papel de la panadería que seguía sobre la mesa.

—Quiero saber por qué mi madre pensó que tenía que disculparse.

—Pues tendrás que preguntárselo a alguien que estuviera allí.

Cuando colgó, Clara guardó la carta en la carpeta personal, separada de los documentos del negocio.

Después continuó trabajando durante casi una hora.

Archivó las facturas, preparó una caja de material para donar y consiguió averiguar que la impresora tenía dos cartuchos nuevos todavía precintados.

A las doce y veinte cerró su libreta.

Había hecho bastante por aquella mañana.

Sacó el móvil y buscó el nombre de Daniel Ferrer.

No apareció en sus contactos.

Lo había borrado muchos años atrás.

Abrió entonces el navegador y escribió las palabras que recordaba del negocio familiar:

Taller Ferrer. Puerto Alba.

Miró los resultados.

Allí seguía.

Una dirección, un teléfono y un horario comercial.

Clara anotó la dirección en su libreta, debajo de la frase que había escrito antes.

No llamó.

Guardó el móvil, apagó la lámpara y cerró la habitación.

Al salir a la plaza comprobó que el sol había empezado a calentar las mesas de la cafetería. Mateo estaba recogiendo unas tazas y un repartidor discutía con alguien por un albarán.

Durante unos segundos, todo resultó tan normal que Clara sintió una irritación absurda.

Acababa de descubrir que su madre llevaba dieciséis años ocultándole una conversación importante y el resto del pueblo seguía ocupándose tranquilamente de sus asuntos.

Caminó hacia la calle Mayor.

Tenía que volver a casa, comer algo y revisar el correo del estudio.

Después podía acercarse al puerto.

No sabía qué iba a decirle a Daniel cuando lo encontrara.

Pero, por primera vez desde que había regresado, había algo que no pensaba dejar para otro día.