Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1) CAPÍTULO 1. LA LLAVE QUE NO ENCAJA
3%
Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1)

Las cartas que no enviamos (Volver a Puerto Alba nº 1)

Por Vera Altamira

© inepub.com

CAPÍTULO 1. LA LLAVE QUE NO ENCAJA

El primer problema que Clara encontró al volver a Puerto Alba fue que alguien había pintado de azul la fachada de la casa de su madre.

El segundo fue que no tenía dónde aparcar.

Llevaba casi cinco horas conduciendo, tenía la espalda entumecida y el navegador insistía en que había llegado a su destino, aunque delante de ella solo había una furgoneta de reparto atravesada en mitad de la calle.

—Ya lo veo, gracias —le dijo a la voz del teléfono.

Un hombre descargaba cajas de tomates frente a una frutería. La miró a través de la ventanilla.

—¿Buscas a alguien?

—Un aparcamiento, principalmente.

—Pues aquí no.

—Eso empiezo a sospechar.

El hombre señaló hacia la esquina.

—En el descampado, detrás del centro de salud. Pero no te metas por la calle del horno, que están levantando las aceras.

Clara le dio las gracias y continuó.

Puerto Alba había cambiado lo suficiente para resultar incómodo y lo bastante poco para que siguiera reconociéndolo todo.

La antigua ferretería era ahora una tienda de productos ecológicos.

Habían sustituido los bancos del paseo por otros de madera clara, poco apropiados para resistir la humedad del invierno.

Y alguien había decidido colocar unas letras enormes con el nombre del pueblo junto a la rotonda de entrada.

En cambio, la panadería de los Ferrando seguía ocupando la misma esquina, con el toldo torcido y dos hombres discutiendo delante de la puerta.

Encontró sitio junto al centro de salud, bajó del coche y comprobó el móvil.

Tres mensajes de trabajo, uno de una compañía eléctrica y otro de su amiga Nuria.

¿Has llegado?

Clara escribió:

Sí. Estoy buscando fuerzas para sacar la maleta.

Nuria contestó casi inmediatamente.

Empieza por sacar la maleta. Lo demás ya veremos.

Era un consejo razonable. Por eso mismo, Clara decidió ignorarlo durante otros treinta segundos.

Sacó finalmente la bolsa de viaje, una mochila con el ordenador y una carpeta donde había reunido certificados, facturas y una lista de gestiones pendientes.

La lista tenía veintitrés puntos.

El primero era abrir la casa.

El segundo, vaciar la nevera.

Había escrito este último con especial determinación después de descubrir, en su visita anterior, un yogur que llevaba caducado desde julio.

Subió andando por la calle Mayor. Pasó frente a la farmacia, donde una mujer que no reconoció la saludó con una familiaridad que la hizo responder por puro reflejo.

A la altura de la plaza de la Higuera se detuvo.

El establecimiento de su madre estaba cerrado.

Sobre el escaparate continuaba el letrero de madera: EL BUZÓN DE TERESA. Debajo, unas letras más pequeñas anunciaban papelería, impresión de documentos y ayuda con correspondencia.

Una esquina del cartel se había desprendido ligeramente. Clara recordaba haberle dicho a Teresa que necesitaba repararlo.

—Lleva así quince años y no se ha caído —había respondido su madre.

Tampoco había cambiado las bombillas del escaparate cuando Clara le explicó que gastaban demasiado.

Ni aceptado instalar un programa de gestión de clientes.

Ni dejado de guardar bolsas de papel porque «siempre podían servir».

Clara llevaba años diciéndole cómo organizar mejor las cosas.

Teresa llevaba exactamente los mismos años haciendo lo que le daba la gana.

Miró la persiana cerrada. En el cristal había un folio sujeto con cinta adhesiva.

El establecimiento permanecerá cerrado hasta nuevo aviso.

Reconoció la letra de su madre.

La expresión «hasta nuevo aviso» le pareció de pronto insoportablemente absurda.

Sacó el móvil y fotografió el escaparate. No supo para qué.

Después siguió caminando hacia la casa.

* * *

La fachada era ahora de un azul grisáceo que no recordaba haber visto en ninguna conversación familiar.

Clara dejó la maleta en el suelo y buscó las llaves.

—¿Quién te ha convencido para hacer esto, mamá? —murmuró.

Su madre había defendido durante décadas un tono amarillo pálido que, según ella, daba alegría a la calle y, según Clara, parecía elegido por alguien que odiaba profundamente los colores.

La nueva pintura estaba bien aplicada. Incluso habían reparado la humedad junto al zócalo.

Clara tuvo la sospecha incómoda de que Teresa había contratado a alguien sin consultárselo porque sabía perfectamente cuál habría sido su respuesta: que antes había que pedir varios presupuestos y comprobar el estado del revestimiento.

Abrió la puerta.

La casa olía a detergente, muebles encerados y aire encerrado.

Dejó las cosas en la entrada, levantó las persianas del salón y abrió dos ventanas. Desde la cocina llegaba el zumbido del frigorífico.

La nevera estaba vacía.

Encima de la encimera había una nota escrita por Amparo, la vecina del segundo.

Clara, he quitado lo que se podía estropear. Hay caldo en el congelador. Llámame si necesitas cualquier cosa.

Debajo, un número de teléfono.

Clara pasó un dedo por el borde del papel.

Amparo había estado en el entierro del domingo. También había insistido en que comiera algo, le había colocado un paquete de pañuelos en el bolso y le había explicado qué vecinos tenían copia de las llaves.

Clara apenas recordaba haber contestado.

Guardó la nota junto al móvil.

Luego entró en el dormitorio de Teresa.

La cama estaba hecha. Sobre la cómoda seguían una crema de manos, un pequeño joyero y un libro con un marcapáginas improvisado a partir de un recibo del supermercado.

Abrió el armario para comprobar si había humedad.

No la había.

En cambio, encontró siete chaquetas de entretiempo colgadas en orden de color.

Su madre se había quejado durante años de que no tenía nada que ponerse.

Clara se sentó en el borde de la cama.

El viernes anterior había hablado con ella por teléfono. Teresa estaba cansada, pero había insistido en que no hacía falta que Clara viajara desde Barcelona.

—Tengo a medio pueblo pendiente de mí. No vengas para mirarme dormir.

—No voy a ir para mirarte dormir.

—Pues entonces termina ese proyecto tuyo.

Clara había prometido llamarla al día siguiente.

No había llegado a hacerlo.

La llamada del hospital llegó antes.

Se levantó, cerró el armario y volvió al salón. Tenía demasiadas cosas que resolver como para quedarse sentada contando chaquetas.

A las cuatro había quedado con Rosa Miralles en el establecimiento.

Eran las tres y veinte.

Comió dos galletas que encontró en un armario, bebió agua directamente de un vaso desparejado y salió.

* * *

Rosa ya la esperaba en la plaza, sentada en un banco bajo la higuera.

Tenía sesenta y tres años, llevaba el pelo corto y sostenía un bolso tan grande que parecía preparado para un viaje de tres semanas.

Se levantó al verla.

—Clara, hija.

El abrazo llegó antes de que Clara pudiera anticiparlo.

Rosa olía a colonia de toda la vida.

—¿Cómo estás?

—Organizándome.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Rosa le acarició brevemente el brazo y no insistió.

—Tu madre me tenía dicho que no te agobiáramos. Así que voy a intentar no hacerlo.

—Te lo agradecería.

—Aunque también me dijo que eras muy mandona.

—Eso sí te lo creo.

Rosa sonrió y sacó del bolso una carpeta azul.

—Vamos a lo práctico, entonces.

Se sentaron en una mesa de la cafetería que daba a la plaza. Mateo, el dueño, salió a tomarles nota.

—Para Rosa, un cortado —dijo sin preguntar—. ¿Y tú, Clara?

—Un café con leche.

—¿Caliente?

—Mucho.

Mateo asintió.

—Tu madre decía que en Barcelona os habíais acostumbrado a tomar café templado.

—Mi madre tenía opiniones muy contundentes sobre cosas que desconocía.

—Sobre casi todo —convino Rosa cuando él se alejó.

La carpeta contenía una copia del contrato de alquiler, recibos recientes y un listado de los suministros asociados al local.

Clara se colocó las gafas.

—Entiendo que el contrato estaba a nombre de mi madre.

—Sí. Nosotras lo renovamos hace unos años. Hay algunas condiciones que tendremos que revisar con calma, pero ya me dijiste por teléfono que no vas a continuar el negocio.

—No.

Lo dijo con más rapidez de la que había previsto.

Rosa no pareció ofenderse.

—Entonces tendremos que formalizar la terminación y dejarlo todo por escrito. Yo no tengo ninguna prisa en alquilarlo mañana, pero tampoco podemos dejar las cosas en el aire.

—Por supuesto. Quiero hacerlo bien.

—Te propongo que tengas acceso hasta finales de octubre para retirar muebles, papeles y todo lo que sea de Teresa. Después vemos lo que queda y firmamos la entrega definitiva. Mientras tanto, iremos dejando claro quién se hace cargo de cada gasto.

Clara anotó la fecha.

—Treinta y uno de octubre.

—Sí. Y si terminas antes, mejor para las dos.

—Mi intención es hacerlo bastante antes.

Rosa la miró por encima de sus gafas.

—Eso decía tu madre cada primavera cuando se proponía ordenar el almacén.

—Yo sí tiro cosas.

—Ya lo veremos.

Mateo regresó con los cafés y un platillo de rosquillas.

—Invita la casa.

—No hace falta —respondió Clara.

—No te he preguntado.

Se marchó antes de que pudiera protestar.

Clara cogió una rosquilla.

—Veo que aquí seguimos siendo muy respetuosos con las decisiones de los demás.

Rosa soltó una carcajada.

Durante los siguientes veinte minutos repasaron recibos, llaves y posibles desperfectos. Clara preguntó por el cuadro eléctrico, el cierre de la persiana y las últimas reparaciones.

Rosa contestó lo que sabía y apuntó dos cuestiones que tendría que comprobar.

No era una conversación agradable, exactamente, pero Clara agradeció que nadie esperara de ella una confesión emocional entre una factura y otra.

Al despedirse, Rosa le tendió un pequeño manojo de llaves.

—Estas son las mías. Teresa tenía otro juego.

—Lo encontré en casa.

—Estupendo. Hay una puerta interior que lleva años cerrada. No sé qué guarda ahí, pero supongo que tendrás que vaciarla también.

Clara levantó la vista.

—¿Qué puerta?

—La del fondo. Tu madre decía que eran cosas pendientes.

—¿Pendientes de qué?

—Con Teresa nunca se sabía.

* * *

El local estaba más limpio de lo que Clara esperaba.

Había una mesa de atención al público, dos estanterías con cuadernos y sobres, un expositor de bolígrafos y una impresora multifunción bastante antigua. Detrás del mostrador, un ordenador apagado descansaba sobre una mesa auxiliar.

Una hoja plastificada anunciaba los precios de fotocopias e impresiones.

Junto a ella había un cartel escrito a mano:

Si necesita ayuda para rellenar un documento, pregunte sin compromiso.

Clara pasó al otro lado del mostrador.

Abrió el cajón de la caja registradora. Encontró un rollo de tickets, monedas sueltas y una goma elástica que ya no sujetaba nada.

Después encendió el ordenador.

Tardó tanto en arrancar que Clara tuvo tiempo de examinar la impresora, revisar los cartuchos y comprobar que alguien había colocado un calendario de 2025 detrás del monitor.

—Muy bien, mamá. Tecnología punta.

El ordenador mostró una pantalla de inicio que solicitaba contraseña.

Probó una combinación conocida.

Incorrecta.

Probó otra.

Incorrecta.

A la tercera tentativa desistió. Tendría que resolverlo más adelante sin bloquear el equipo.

Empezó a fotografiar el mobiliario y a anotar lo que podría donarse, venderse o llevarse a casa. La mayor parte de la mercancía carecía de valor comercial suficiente para justificar demasiadas gestiones.

Detrás de una cortina encontró una pequeña zona de trabajo con una mesa, una plastificadora y cajas de papel clasificadas por tamaños.

Todo tenía etiquetas.

Sobres blancos.

Cartulinas.

Fundas.

Recibos antiguos.

Clara sonrió.

Su madre había rechazado durante veinte años cualquier intento de digitalizar el inventario, pero había conseguido desarrollar un sistema de clasificación que probablemente habría requerido un manual de instrucciones.

Al fondo había un pasillo estrecho.

A la izquierda, un aseo. A la derecha, una puerta de madera pintada de blanco.

Clara bajó la manilla.

Cerrada.

Recordó las palabras de Rosa.

Tu madre decía que eran cosas pendientes.

Regresó al mostrador y buscó el manojo de llaves que había encontrado en casa. Probó la más pequeña.

No entraba.

La siguiente giró parcialmente, pero no movió el mecanismo.

La tercera abrió un pequeño armario situado debajo de la impresora.

Dentro había productos de limpieza, una bolsa llena de bolsas más pequeñas y una caja metálica de galletas.

Clara levantó la tapa.

Botones, clips, pilas usadas, tornillos, dos dedales y un llavero con forma de sardina.

—Por supuesto.

Dejó la caja sobre el mostrador.

Debajo encontró una agenda vieja y una bandeja con recibos sujetos mediante pinzas.

La agenda estaba llena de anotaciones breves, casi todas relacionadas con encargos del negocio.

Clara la apartó sin detenerse a leer.

En el fondo del cajón había un sobre pequeño, de esos que se utilizan para guardar piezas de repuesto.

No estaba cerrado.

Lo abrió y volcó su contenido sobre la mesa.

Una llave de hierro, más larga y antigua que las demás, cayó junto a un trozo rectangular de cartulina.

Tenía una etiqueta atada con hilo de algodón.

Clara reconoció inmediatamente la caligrafía de Teresa.

Una sola palabra, escrita con rotulador negro:

Pendientes.

Volvió al pasillo.

La puerta blanca tenía una cerradura antigua y algunas marcas alrededor de la manilla. Introdujo la llave.

Esta vez encajó.

Clara la giró hasta escuchar el movimiento del pestillo.

Se quedó un momento con la mano apoyada en el pomo.

Había pasado toda la tarde haciendo inventarios, calculando plazos y decidiendo qué cosas conservar y cuáles tirar.

Ni siquiera sabía qué había dentro de aquella habitación.

Empujó la puerta unos centímetros.

Una corriente de aire inmóvil, cargada de polvo y papel, salió a su encuentro.

Clara buscó el interruptor con los dedos.

Y, antes de encender la luz, se preguntó cuántas cosas habría guardado su madre allí que nunca había llegado a terminar.