LA VUELTA AL HORROR (EL RECORRIDO DEL TERROR: MITOS Y ... DE LOS SIETE CONTINENTES) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Mariama eligió velar ella misma, una noche de luna llena de fines de abril, con la intención explícita de cerrar ese capítulo de su cuaderno antes de dedicarlo a otras tradiciones de la isla.

Se instaló al borde de las colinas, provista de un cuaderno y una lámpara que apagó rápidamente para no perturbar la oscuridad necesaria a su observación.

Eligió el punto de observación con el mismo cuidado metódico que ponía en la preparación de sus clases, una ligera elevación al borde de las colinas desde donde podía vigilar el conjunto del terreno sin quedar directamente expuesta a las miradas de quien pasara por allí.

Llevó, además de su cuaderno y su lámpara, una manta contra el fresco nocturno y una pequeña provisión de agua, previendo quedarse en observación hasta las primeras horas del día si era necesario, con una determinación que traicionaba, bajo el aparente rigor científico del planteamiento, un deseo más personal de verificar de una vez por todas lo que, en su cuaderno, seguía perteneciendo al orden del rumor.

Vio, o creyó ver, esa noche, farolillos de luciérnagas suspendidos sin soporte visible entre las hierbas altas, fenómeno que describió en su cuaderno con la prudencia de una maestra poco inclinada a la exageración, sin decidir ella misma sobre su naturaleza exacta.

Dejó, antes de volver, su propia caja de tizas nuevas al borde de la hierba, ofrenda que eligió en el espíritu de lo que sus alumnos le habían contado sobre los usos antiguos de la isla, sin disponer de otro presente a mano esa noche.

Anotó, en las páginas siguientes de su cuaderno, haber observado durante varias noches consecutivas que la caja de tizas permanecía exactamente en el lugar donde la había dejado, sin ser desplazada ni abierta, hasta que una lluvia de tormenta, una semana después, disolvió el cartón y dispersó las tizas mismas por la hierba, acontecimiento que consignó sin añadir comentario alguno, dejando que la sola fecha bastara a quien leyera estas líneas después de ella.

Siguió enseñando en Gorée todavía varios años después de esa velada, sin volver jamás a ese sitio preciso ni renovar la ofrenda, estimando quizá que semejante gesto no se repite sin alterar su sentido.

Sus alumnos de los años siguientes nunca supieron nada de ese episodio, que guardó solo para su cuaderno personal, ese mismo que debía, varias décadas después, llegar hasta mí por un intermediario que también prefiere, en estas páginas, permanecer anónimo.

* * *

Eligió la caja de tizas antes que un puñado de tabaco o de arroz, mediante un gesto que ella misma explicó, en su cuaderno, como el único presente que le pertenecía verdaderamente en propio, comprada con su propio salario para su propia clase en lugar de sacada de las reservas familiares como habrían hecho los pescadores con su tabaco.

Anotó, con un toque de humor que rara vez atraviesa en otro lugar las páginas más serias de su cuaderno, que esperaba que la buena gente supiera apreciar un presente de maestra tanto como un presente de pescador.

Nunca consignó, en las páginas siguientes de su cuaderno, lo que había visto u oído precisamente más allá de los farolillos de luciérnagas, dejando una página casi enteramente en blanco en el lugar donde su relato debería haber continuado.

Solo escribió allí, con una mano que adivino más vacilante que en el resto del cuaderno, una frase dirigida a quienquiera que leyera esas páginas después de ella: ciertas páginas se entregan de viva voz, vengan a buscarme.

La escritura de esa última frase difiere visiblemente, en el original que pude examinar con lupa, de la que cubre el resto del cuaderno —más lenta, más marcada, como trazada por una mano que sopesaba cada palabra antes de comprometerla en el papel.

No encontré, en ninguna de las páginas siguientes del cuaderno, dedicadas a otras tradiciones de la isla, la menor alusión posterior a esa noche de mayo, como si Mariama hubiera cerrado ese capítulo preciso de su recolección sin volver a él jamás, al menos por escrito.

El festival terminó a mediados de mayo, las delegaciones retomaron sus barcos y sus aviones, y nadie, hasta donde sé, vino jamás a buscar a Mariama Diallo para preguntarle qué callaba esa página en blanco.

Siguió enseñando en Gorée durante muchos años, se casó, tuvo hijos, y el cuaderno quedó, en su casa, un objeto entre otros, hasta su muerte ocurrida décadas después —tras lo cual cambió de manos, luego de isla, luego de continente, por vías que solo reconstituí en parte, hasta acabar, cincuenta años después de aquella noche de mayo de 1966, en manos que finalmente me lo entregaron.

Encontré el rastro del cuaderno, remontando el hilo de sus sucesivos propietarios, en casa de una sobrina de Mariama instalada en Dakar, quien me confió haberlo heredado sin leer nunca todas sus páginas, la mayoría redactadas en una ortografía y un fraseo que juzgaba, decía, más cercanos a su tía que a su propia generación.

Me lo entregó sin reticencia particular, precisando solo que esperaba que sirviera, en mis manos, para algo más duradero que el fondo de un cajón donde había dormido durante tantos años.

Esa sobrina, al confiarme el objeto, mencionó un último detalle que juzgaba sin importancia pero que consigno aquí por escrúpulo de exhaustividad: su tía había, se decía en la familia, mantenido una breve correspondencia, en la época del festival, con otra mujer conocida en Dakar durante esas mismas semanas, relación de la que no quedaba ninguna carta pero cuyo recuerdo había atravesado las generaciones como una simple anécdota de juventud, sin vínculo aparente con el cuaderno en sí.

No busqué, en el momento, saber más, sin medir todavía la importancia que ese detalle tendría para la continuación de mis propias investigaciones.

Llegué demasiado tarde para encontrar a Mariama Diallo.

Vine, en su lugar, a buscar lo que su cuaderno había guardado de ella, y esa frase que había dirigido a un lector al que nunca conocería me parece, al término de este volumen, la definición más honesta que se pueda dar del oficio de recolector: llegar después, y devolver lo que queda.

Por la mañana, en la caja de tizas que había quedado llena, cada barra estaba gastada exactamente por la mitad.

Ese hilo, tenue y casi anecdótico en apariencia, iba sin embargo a llevarme, en los meses siguientes, hacia la última pieza de este volumen, la que cierra el tomo que el lector tiene ahora entre las manos.

No diré nada más aquí, prefiriendo dejar al capítulo siguiente el cuidado de cerrar, a su manera, lo que este solo ha entreabierto.

Releí, antes de escribir estas líneas, la frase que Mariama había dejado dirigida a un lector desconocido, y sopesé largamente si convenía responderle directamente en estas páginas, como se respondería a una carta recibida con medio siglo de retraso, o si era mejor dejarla sin respuesta formulada, tal como sin duda ella misma lo había previsto al escribirla.

Elegí la segunda opción, por respeto a una mujer a la que nunca tendré ocasión de agradecer de otro modo que continuando, a mi modesta medida, el trabajo que ella había comenzado en esa isla.

El cuaderno de Mariama Diallo sigue siendo, a la fecha, una de las piezas más antiguas de mi colección personal, anterior en varias décadas a la mayoría de los demás testimonios reunidos en este volumen.

Lo hice autenticar, en la medida de lo posible para este tipo de objeto, por un especialista en escrituras escolares de África occidental de mediados del siglo veinte, que no encontró nada en el papel ni en la tinta que contradijera la datación que yo proponía, sin poder por ello confirmar, por la naturaleza misma de su disciplina, lo que el cuaderno relata.

Conservo este cuaderno hoy en las mismas condiciones de conservación que las demás piezas más frágiles de mi colección, consultable únicamente a solicitud motivada de investigadores que trabajen sobre el folclore senegalés de ese período.

Varios de ellos me han contactado desde entonces para intentar encontrar el rastro de eventuales descendientes de Mariama Diallo en Gorée, gestión a la que elegí no asociarme directamente, por respeto a una discreción que la propia maestra parecía haber elegido en vida.

Ya he dicho, en otro lugar de este volumen, que la deuda es quizá la única materia verdadera de este recopilatorio.

Pocas veces esa deuda se me ha impuesto con tanta claridad como al sostener el cuaderno de Mariama Diallo entre mis manos, cincuenta años después de que ella lo dejara inconcluso.

Ella no pidió nada a cambio de lo que reunió; simplemente confió en que alguien, un día, sabría qué hacer con esas páginas.

No estoy seguro de merecer esa confianza.

Hago, en todo caso, lo único que sé hacer con una deuda que no puedo saldar: la llevo conmigo, capítulo tras capítulo, hasta el final de este volumen.

Mariama Diallo, el cuaderno y la ofrenda de tizas constituyen la reconstrucción ficticia de este volumen, construida en torno a un objeto real cuya autenticidad precisa no puede establecerse con certeza absoluta.

El primer Festival Mundial de las Artes Negras, en abril-mayo de 1966, es en cambio un acontecimiento histórico perfectamente documentado.

Intenté, sin éxito, encontrar una fotografía de clase de Mariama Diallo de ese período, no habiendo conservado los archivos de la escuela que dirigió en Gorée ningún cliché anterior a los años 1970.