Capítulo 13 #2
Su grabadora, que había dejado funcionando durante toda la ceremonia para sus archivos de investigación, no devolvió esa noche, al escucharla, más que un silencio total exactamente en los pasajes correspondientes a los momentos en que el egúngún atravesaba el cuadro de su grabación —silencio que contrastaba de forma inquietante con la claridad perfecta del resto de la cinta, cantos, tambores, voces de la multitud, todo grabado con normalidad salvo esos pocos minutos precisos.
Lo atribuyó primero a una manipulación desafortunada del aparato, antes de comprobar, sin encontrar ninguna anomalía técnica que lo explicara.
Consultó, en los días siguientes, a un técnico de sonido de la delegación francesa presente para filmar el festival, pidiéndole que examinara su cinta sin revelarle las circunstancias exactas de su grabación.
El técnico, tras un análisis rápido en su propio equipo, confirmó que ningún defecto mecánico explicaba esos tramos de silencio, sugiriendo más bien una saturación del micrófono por un ruido ambiente demasiado intenso —hipótesis que Élodie anotó concienzudamente en sus cuadernos sin encontrarla más convincente que las demás explicaciones que ya había considerado y descartado.
Su abuela, instalada en Ouidah desde siempre y a quien Élodie no había informado del incidente de la callejuela, dejó ante su puerta, a la mañana siguiente, un par de zapatos volteados, suelas hacia el cielo —gesto de protección tradicional que Élodie reconoció por haberlo visto practicar en su infancia sin haber preguntado nunca su significado preciso.
Élodie interrogó a su abuela sobre el sentido de ese gesto, sin revelarle qué lo había motivado, y la anciana se limitó a responder que los zapatos volteados protegían un umbral de las visitas que no se habían invitado, sin querer precisar más a qué visitas se refería exactamente.
Élodie anotó esa respuesta en su cuaderno con el mismo rigor metodológico que aplicaba a cualquier otro testimonio recogido para su tesis, sin mencionar, al margen, el vínculo que ya sospechaba entre ese gesto doméstico y su propio incidente de la callejuela.
Al día siguiente, los zapatos habían vuelto a su sitio por una mano que ni Élodie ni su abuela reivindicaron, suponiendo cada una que la otra había realizado ese gesto sin querer hablar más de ello.
Élodie interrogó más tarde, con toda la prudencia metodológica que exigía su tesis, a varias vecinas del barrio sobre el posible origen de ese desplazamiento nocturno de zapatos, sin obtener respuesta más precisa que un cortés encogimiento de hombros y el recordatorio, formulado casi idénticamente por cada una de ellas, de que nunca se dejan zapatos abiertos hacia la calle de noche en ese barrio, como si esa sola regla bastara para explicar todo lo que pudiera seguir si se la ignoraba.
Élodie consignó esa regla de los zapatos en su tesis final, clasificándola entre las prácticas de protección doméstica comúnmente observadas en la región, sin establecer vínculo explícito con su propio incidente de la callejuela.
Su director de investigación, al releer esa sección, le preguntó simplemente si ella misma había observado la práctica en cuestión en su vivienda, pregunta a la que respondió afirmativamente sin desarrollar más, cosa que él tampoco le exigió.
* * *
Élodie eligió quedarse en Ouidah más allá de la duración inicialmente prevista para su trabajo de campo, posponiendo su regreso a París varias semanas sin informar claramente a su director de tesis, a quien envió un telegrama lacónico que evocaba una profundización necesaria de su investigación.
Sus notas de campo, metódicas y fechadas al inicio de la estancia, se transformaron progresivamente, página tras página, en un diario más íntimo, en primera persona, donde la observación etnográfica cedía poco a poco el lugar a una inquietud que ya no buscaba enmascarar tras el vocabulario neutro de su disciplina.
Redactó, en las semanas que siguieron al festival, un capítulo entero de su tesis dedicado a las transformaciones contemporáneas de la práctica egúngún ante la creciente internacionalización de este tipo de eventos, sin mencionar nunca en él su propio incidente, que reservó para ese diario más íntimo del que no habló a ninguno de sus profesores.
El tribunal elogió el rigor de su trabajo sin sospechar que su mejor estudiante llevaba, detrás del análisis académico, una experiencia que ninguna metodología universitaria habría sabido encuadrar.
Su director de tesis, al recibir el telegrama lacónico que anunciaba ese retraso, se inquietó lo suficiente como para intentar localizarla por teléfono a través de la embajada de su padre, sin éxito, pues Élodie había evitado deliberadamente, esa semana, todo contacto con su familia diplomática, que juzgaba poco capaz de comprender la naturaleza exacta de sus investigaciones.
Recibió, a su regreso a París, una reprimenda amistosa pero firme sobre la necesidad de respetar los plazos universitarios, que aceptó sin buscar justificarse más sobre las razones reales de su ausencia prolongada.
Se dirigió, una noche de la tercera semana, ante la casa de los tejidos del barrio donde residía la familia del egúngún cuyo cortejo había cruzado su gesto desafortunado, sin cita ni petición formal, simplemente para quedarse de pie ante la puerta cerrada, las manos cerradas bajo las axilas como contaba el cuento que su propia abuela le había cantado de niña.
Se quedó así largos minutos, sin que ningún ruido viniera del interior, hasta que la puerta se entreabrió lentamente sobre una penumbra que nunca describió en las páginas que me mostró, deteniéndose el relato exactamente en ese umbral.
La volví a ver, yo, en dos ocasiones separadas por varios años, en su despacho parisino tapizado de obras sobre las religiones afroatlánticas que sigue estudiando con un rigor que sus colegas le reconocen unánimemente.
Guarda, me dijo en nuestro segundo encuentro, la cinta original de 1993 en un cajón cerrado con llave de su despacho, sin haberla hecho digitalizar ni transcribir íntegramente jamás por ninguno de sus asistentes de investigación, prefiriendo que siga siendo, según sus propias palabras, un documento que solo su propio oído tiene derecho a escuchar entero.
Regresó a Francia unas semanas después, terminó su tesis con las felicitaciones del tribunal, y prosiguió una carrera universitaria respetada sin publicar jamás, en ninguno de sus trabajos científicos posteriores, la menor palabra sobre ese episodio particular de su trabajo de campo de 1993.
Me confió que seguía, cada vez que su investigación la devolvía a Ouidah, saludando la casa de los tejidos con un simple movimiento de mentón, los ojos bajos, sin buscar nunca cruzar su umbral por segunda vez.
Me autorizó a mencionar la existencia de esa cinta en este volumen, con la condición expresa de que no revelara ni su contenido detallado ni el lugar exacto de su conservación, condición que se une, sin que ella lo haya formulado así, a la misma cortesía que el cuento enseña ante el tejido procesional: se puede hablar de lo que pasa, se puede dar testimonio de ello, pero ciertas envolturas no se dejan abrir, ni siquiera por la curiosidad mejor intencionada de un investigador venido veinte años después.
Élodie continuó sus investigaciones sobre los ritos procesionales del golfo de Benín durante otra decena de años, publicando varios artículos ampliamente citados sin mencionar jamás, en ninguno de ellos, la cinta conservada en su casa ni la ceremonia de enero de 1993.
Me explicó que distinguía cuidadosamente, en su trabajo como en su vida, lo que correspondía a la publicación académica y lo que pertenecía a una experiencia demasiado personal para reducirla a una nota al pie, distinción que juzgaba necesaria para el ejercicio honesto de su profesión.
Élodie regresó una última vez a Ouidah quince años después de su tesis, con motivo de un coloquio internacional sobre las religiones afroatlánticas, y reencontró, por un azar que atribuyó al pequeño tamaño del medio académico concernido, a varias de las personas entrevistadas durante su primera estancia, hoy también ellas mayores.
Ninguna mencionó directamente el incidente de la callejuela ante los demás participantes del coloquio, pero dos de ellas encontraron, por separado, la ocasión de saludarla de una manera que juzgó más marcada de lo que hubiera exigido la simple cortesía protocolaria.
En la cinta magnética, entre dos cantos, su propio aliento se detenía cada vez un poco más temprano.
Élodie Gbaguidi no es el nombre real de la investigadora que me recibió en dos ocasiones para esta entrevista, a petición expresa suya; la grabadora y el turista francés corresponden a la reconstrucción de este volumen.
El primer Festival Mundial de las Artes Negras de Ouidah, en enero de 1993, es en cambio un acontecimiento histórico documentado, y no he querido describir, de la ceremonia de egúngún en sí, ni el interior del traje ni ninguna preparación ritual que no me haya sido confirmada por una fuente pública.
Élodie Gbaguidi me autorizó a precisar que conserva, en sus archivos personales en París, la grabación original de nuestra entrevista, que nunca ha consentido en hacer escuchar a ninguno de sus propios estudiantes pese a varias peticiones reiter