Capítulo 12 #2
Salim registró, en las páginas de su cuaderno dedicadas a esa investigación informal, siete casos distintos ocurridos en su solo barrio durante el mes anterior, con para cada uno la fecha aproximada, el desenlace observado en los días siguientes, y una mención discreta sobre si la persona en cuestión había consentido o no en contar públicamente su visita.
Seis de los siete casos seguían la regularidad que había empezado a sospechar; el séptimo, el de una viuda anciana que se había negado en redondo a hablar por orgullo personal, se apagó literalmente en pocas semanas, declive que el médico del dispensario local atribuyó a su edad avanzada sin que Salim, en su fuero interno, lograra conformarse del todo con esa explicación.
Descubrió, al realizar esa investigación informal para su informe, una regularidad que lo turbó profundamente: quienes contaban su visita en público, ante los vecinos reunidos, dormían después plácidamente, recuperando su ánimo habitual en los días siguientes; a quienes se les impedía contarla, por vergüenza familiar, por consigna administrativa de no alimentar el rumor, o simplemente por exceso de razón personal, se apagaban en cambio a fuego lento, perdiendo el apetito, el sueño, y poco a poco el interés por todo lo que antes los ocupaba.
El maestro anotó esa distinción en su propio cuaderno personal, el que Bi Zainab debía conservar mucho después de su muerte, consignando allí los nombres —nunca publicados, nunca transmitidos a nadie fuera de su familia— de varios alumnos cuyas familias había, discretamente y sin informar a la administración escolar, animado a hablar abiertamente de su desventura en lugar de callarla por pudor o por temor al ridículo.
* * *
La administración regional, al recibir ese informe, se mostró más interesada en la mención de la viuda recalcitrante que en el conjunto estadístico que Salim había tenido el cuidado de construir, viendo en ello una ocasión de demostrar públicamente los peligros de una resistencia obstinada a las recomendaciones oficiales de sentido común —lectura del informe que Salim juzgó, sin atreverse a formularlo directamente a sus superiores, tan reductora como peligrosa para la memoria de esa mujer a la que había conocido y respetado personalmente.
Su propia noche llegó hacia finales de mes, apenas unos días antes de los comicios, cuando la tensión política alcanzaba su punto culminante en toda la isla.
Despertó en la oscuridad con, en las fosas nasales, un olor a piedra quemada que reconoció de inmediato por haberlo descrito tantas veces en su informe administrativo sin haberlo sentido nunca él mismo.
Nunca dijo, en los años que siguieron, lo que vio o creyó ver esa noche en su propia habitación, ni siquiera a mí, ni siquiera en las páginas más íntimas del cuaderno que sin embargo me confió casi por entero.
Un colega maestro de una escuela vecina, menos prudente que Salim en sus comentarios públicos, se burló ante sus propios alumnos de los relatos que circulaban esa temporada, llegando a apostar abiertamente, ante testigos, que pasaría la noche siguiente con los postigos abiertos sin la menor precaución.
Salim, informado de esa apuesta por un alumno común a ambas escuelas, dudó en intervenir, sin saber si debía advertir a un colega que ya se burlaba abiertamente de sus propias aprensiones.
Bi Zainab dormía a su lado, en el patio, sobre las esteras que había insistido en instalar semanas antes, rodeada de sus dos hijos y de tres familias vecinas venidas, esa noche como las anteriores, a compartir el círculo de vigilia común.
Salim, por su parte, había elegido quedarse dentro de la casa esa noche precisa, por razones que nunca consignó claramente en su cuaderno, salvo una frase breve que evocaba la necesidad de terminar las listas electorales del día siguiente a la luz de una lámpara más estable que la del fuego de patio.
Esa decisión, que lamentó después sin atreverse jamás a decírselo abiertamente a su esposa, lo dejó solo en la casa en el momento en que el olor a piedra quemada invadió su habitación.
Solo consignó, en ese cuaderno, la fecha de esa noche, rodeada de un trazo que hizo y rehízo varias veces, como si dudara sobre la fuerza que darle a ese simple recuadro.
La página siguiente, la que debería haber contenido el relato detallado de su propia experiencia, según el orden cronológico escrupuloso que respetaba para todas las demás entradas de su cuaderno, falta pura y simplemente —arrancada con un cuidado que solo ha dejado, contra la encuadernación, un fino margen de papel, limpio como un umbral que se hubiera barrido antes de la llegada de un visitante.
Ese colega perdió su apuesta, como supo Salim pocos días después por el rumor del barrio: su lámpara había ardido toda la noche sin que se resolviera a salir de su casa, y terminó, dos días después, presentándose a su vez en una pequeña plaza vecina para contar lo que su orgullo le había impedido admitir de inmediato.
Salim no sintió ninguna satisfacción por esa confirmación, solo una tristeza discreta por un hombre al que respetaba y que pagaba, como tantos otros esa temporada, el precio de una razón demasiado rígida frente a lo que todo el barrio parecía sin embargo haber aprendido a respetar.
Bi Zainab, despertada por los vecinos que notaron a su marido salir de la casa al amanecer en un estado inusual, no le hizo ninguna pregunta esa mañana, limitándose a traerle agua y a quedarse a su lado mientras se preparaba para salir a la plaza.
Me confirmó, años después, en un breve intercambio que el propio Salim organizó entre nosotros, que él en efecto nunca había contado nada de esa noche precisa a nadie en su hogar, prefiriendo, decía ella con una ternura resignada, guardarse para sí lo que daba a los demás bajo una forma indirecta.
Por la mañana, Salim salió a la plaza principal de Wete, ante los comerciantes que abrían sus tiendas y los primeros votantes que ya empezaban a hacer fila para los comicios de pasado mañana.
Habló durante casi una hora, de pie, sin notas, ante una multitud que crecía a medida que avanzaba su relato —no el relato de su propia noche, según me precisó con insistencia, sino el del cuento que su propia abuela le contaba de niño, la historia del hombre instruido de Chake-Chake que se negó a contar, y que finalmente tuvo que resolverse a hacerlo, sin sus lentes, los ojos en el suelo.
Los primeros votantes que hacían fila esa mañana, venidos más para asegurarse de su correcta inscripción en las listas que por curiosidad ante el discurso improvisado de su maestro, se detuvieron sin embargo uno tras otro para escucharlo, formando poco a poco una asamblea a la que los propios comerciantes abandonaron sus puestos para unirse.
Salim reconoció, entre los rostros que lo rodeaban, a varios de los siete casos que había consignado en su cuaderno, asintiendo cada uno con la cabeza en momentos precisos de su relato con un reconocimiento silencioso que nada debía, pensó, al azar de la asistencia.
La multitud lo escuchó en un silencio atento, y luego se dispersó lentamente, apaciguada de una manera que Salim atribuyó, en su cuaderno, a la fuerza del cuento en sí más que a su propia experiencia callada.
Los comicios se desarrollaron, dos días después, en un ambiente que los observadores internacionales calificaron de globalmente pacífico pese a algunas tensiones localizadas en otras partes del archipiélago, y Salim llevó su mesa electoral con el rigor metódico que se esperaba de él, marcando cada nombre en sus listas, contando cada boleta con dos testigos presentes según el procedimiento, sin que ningún incidente viniera a perturbar el desarrollo de su jornada.
Anotó, esa noche, en su cuaderno, que la fila de espera ante su mesa le había parecido extrañamente semejante, en su paciencia y su densidad, a la que se había formado dos días antes en la plaza para escucharlo contar el cuento del hombre de los lentes.