LA VUELTA AL HORROR (EL RECORRIDO DEL TERROR: MITOS Y ... DE LOS SIETE CONTINENTES) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Se sorprendió, en los días siguientes, modificando sin confesárselo claramente su propio itinerario de conducción entre los puntos de relevamiento, tomando un trazado en zigzag entre las balizas en lugar de la línea directa que solía seguir para ahorrar combustible.

Atribuyó primero esa costumbre nueva a una prudencia acrecentada ante el terreno, cuyas ciertas porciones se habían revelado efectivamente movedizas esa temporada, sin querer reconocer que ninguna de esas porciones inestables se hallaba en su antiguo trazado directo.

Los dos obreros namibios que la asistían en el terreno notaron ese cambio de itinerario sin comentarlo directamente, limitándose a adaptar su propia marcha a la de ella con una discreción que Elke juzgó al principio profesional.

Uno de ellos, mayor, se puso sin embargo a verificar cada noche, antes de desenrollar su estera para dormir, que las huellas dejadas en la arena alrededor del campamento no presentaran ninguna irregularidad de tamaño, costumbre que justificó ante ella por el simple temor a los chacales.

Elke consignó esa costumbre en su informe de misión final, en la sección dedicada a los comportamientos del personal local ante las condiciones del desierto, presentándola como una precaución razonable sin mencionar el contexto más amplio que la había hecho, a sus ojos, plausible.

Sus superiores en Windhoek no notaron nada particular en esa nota, archivándola con el resto del informe sin hacer preguntas sobre una práctica que les pareció propia del simple sentido común de campo.

* * *

Releyó, esa última semana, los informes de campañas anteriores realizadas por otros geólogos en ese mismo sector, archivados por la compañía desde los años ochenta, y encontró, en uno de ellos, fechado en 1987, una mención breve y no desarrollada de una pérdida de equipo similar, clasificada en su momento bajo el epígrafe vandalismo o robo, sin que ninguna investigación hubiera permitido identificar a un responsable.

La geóloga autora de ese informe antiguo había, lo verificó, dejado la profesión al año siguiente, sin que su expediente administrativo mencionara razón precisa alguna para ese cambio de rumbo.

La última noche de su campaña en ese sector preciso, los golpes sísmicos dejaron de aparecer a su distancia habitual y se acercaron, según los datos registrados, hasta un alcance que nunca había observado antes, a apenas unos cientos de metros de su tienda.

Se quedó despierta, sin informar a su colega por radio, escuchando cómo el silencio del desierto se cerraba a su alrededor tras el último golpe registrado, un silencio más denso que los anteriores, sin el viento habitual que sin embargo barría cada noche las dunas circundantes.

Consideró, esa noche, replegar su campamento antes de lo previsto y terminar los últimos relevamientos desde un punto más alejado, opción que su contrato autorizaba en caso de condiciones de terreno juzgadas peligrosas por el propio operador.

Renunció a ello, por el mismo orgullo profesional que le había hecho rechazar la asistencia de su colega, convenciéndose de que una geóloga de su experiencia no debía ceder a una inquietud que no podía justificar con ningún dato medible —argumento que se formuló a sí misma con el mismo rigor que aplicaba habitualmente a sus informes científicos, sin que ese rigor lograra del todo apaciguar el malestar físico que le impedía conciliar el sueño.

Un ruido único se dejó oír bien pasada la medianoche, inmenso y suave a la vez, una especie de caída amplia y envolvente que nunca logró describir con precisión en su informe final, salvo comparándola, en una nota personal que no mostró a su empleador, con un párpado que se cierra sobre arena.

No se atrevió a salir de su tienda a verificar la fuente del ruido antes del amanecer, prudencia que justificó después, ante sus colegas, por el simple cansancio de una larga campaña solitaria.

Por la mañana, el campamento no mostraba ningún rastro visible de un acontecimiento particular, salvo la ausencia, en la caja de equipo que verificó por costumbre antes de levantar el campamento, del molde de yeso que sin embargo había guardado cuidadosamente allí unos días antes.

Buscó en todo el vehículo, en las alforjas, bajo los asientos, sin volver a encontrar el objeto nunca, y terminó consignando su desaparición en su informe de misión como una simple pérdida de material de campo, sin detallar más las circunstancias que la rodeaban.

Fotografió, por la mañana, el lugar vacío donde el molde debería haber estado, así como el conjunto de su equipo dispuesto exactamente como lo había dejado la víspera, sin ningún rastro de allanamiento ni de paso de animal capaz de explicar un desplazamiento de objeto tan preciso.

Esas fotografías, adjuntas a su informe final, no suscitaron ninguna observación particular por parte de la compañía minera, más interesada en los datos de composición del suelo que en un incidente menor de material que correspondía, según la fórmula administrativa empleada, a los avatares normales del trabajo de campo.

Terminó su campaña sin incidentes adicionales, entregó su informe en los plazos previstos, y prosiguió su carrera de geóloga independiente en otras regiones del país los veranos siguientes, sin aceptar jamás una nueva misión a lo largo de la pista C34.

Me confió que seguía, por una costumbre que ya no buscaba corregir, conduciendo en zigzag entre los puntos de referencia cada vez que su trabajo la devolvía a un desierto, cualquiera que fuese.

Trabaja todavía hoy como consultora independiente, más en proyectos de infraestructura que en campañas mineras en zonas alejadas, elección profesional que atribuye oficialmente a la edad y al cansancio del terreno, sin mencionar jamás, en las entrevistas que concede a su profesión, la pista C34 ni lo que allí se encuentra, según sus propias palabras pronunciadas ese día en aquel café, todavía despierto bajo la arena, a su manera paciente.

La conocí, por mi parte, en un café de Windhoek donde había aceptado encontrarse conmigo tras varios intercambios de cartas prudentes.

Me mostró su informe oficial, y luego, tras una vacilación visible, la nota personal que nunca había adjuntado a ningún documento profesional, donde figuraba su único intento de describir el ruido de aquella última noche.

Me pidió, al cerrarla, que no buscara sacar de ella una conclusión más firme de la que ella misma se permitía sacar, cosa que he procurado respetar a lo largo de este relato.

Dejó el servicio de relevamientos geológicos el año siguiente por un puesto de oficina en Windhoek, elección que sus colegas atribuyeron al cansancio acumulado por años de misiones en condiciones difíciles.

Nunca volvió al terreno, pero guardó, deslizada en un cajón de su nueva oficina, la nota personal que me había mostrado aquel día, sin destruirla jamás ni completarla con una palabra más de las que había plasmado allí al día siguiente de aquella última noche.

Aceptó, una sola vez, mostrar esa nota a una joven geóloga recién contratada que la visitó en Windhoek para recabar consejos antes de su primera misión en el Namib, juzgando que la recién llegada merecía ser advertida sin recibir por ello el relato completo, que Elke ya no se sentía con fuerzas para contar en voz alta.

La joven leyó la nota en silencio, se la devolvió sin comentario, y partió hacia el desierto dos semanas después con, también ella, una prudencia nueva que nunca explicó a sus propios colegas.

En la pista, sus propias huellas de neumáticos zigzagueaban hasta el horizonte, ordenadas como una escritura.

El desierto del Namib impone una temporalidad que ningún otro paisaje de este volumen logra imponer con la misma fuerza: las dunas avanzan el ancho de una mano por luna, según el cuento de origen, y esa lentitud mineral vuelve casi ridícula la prisa con que los seres humanos intentan cartografiar, extraer y clasificar lo que encuentran a su paso.

Elke Brandt dedicó su carrera a medir ese paisaje sin dejar nunca de sentir, según sus propias palabras, que el paisaje la medía también a ella.

No sé si el desierto guarda memoria en el sentido en que la guardan los hombres.

Sé que Elke, desde aquella campaña, conduce en zigzag incluso donde el terreno no se lo exige.

La campaña de relevamientos geológicos, los sensores sísmicos y el molde de yeso desaparecido pertenecen a la reconstrucción ficticia de este relato; la región del Namib y sus condiciones de aislamiento extremo, en cambio, corresponden a una realidad de campo que cualquiera que haya trabajado en ese desierto reconocerá sin dificultad.

Elke Brandt sigue, hasta hoy, supervisando ocasionalmente a jóvenes geólogos principiantes antes de su primera misión en el Namib, transmisión que asume plenamente sin mencionar jamás a sus reclutas la naturaleza exacta de su propia experiencia pasada en el terreno.