LA VUELTA AL HORROR (EL RECORRIDO DEL TERROR: MITOS Y ... DE LOS SIETE CONTINENTES) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Se quedó sentado largo rato ante la cuba, esa noche, mirando la única copia que había accedido a revelarse, sin atreverse ni a destruirla ni a mostrarla a nadie.

Pensó en la señora Zannou y en su rostro que no se cansaba de reconocer mejorado; pensó en Béatrice y en su espejo jamás descolgado; pensó en el antiguo propietario del estudio, partido una mañana sin deudas.

Ninguno de esos pensamientos le trajo una respuesta que pudiera formular con claridad, y terminó guardando la copia, como las demás, bajo la pila de facturas ya saldadas, antes de apagar la lámpara roja del cuarto oscuro y volver a acostarse junto a Adjoa, que ya dormía, con un cuaderno escolar todavía abierto sobre las rodillas.

El estudio se convirtió, en la década siguiente, en uno de los más concurridos de Cotonú, citado a veces en los periódicos locales con motivo de bodas oficiales o de retratos de personalidades municipales.

Serge contrató, formó, transmitió sus técnicas a jóvenes aprendices a quienes nunca explicó por qué el patrón insistía tanto en revelar él mismo, cada mes, un rollo preciso que guardaba aparte sin explicarlo jamás —costumbre que sus empleados terminaron por considerar la excentricidad inofensiva de un hombre por lo demás razonable en cualquier otra materia.

A ningún ayudante se le permitió jamás tocar ese rollo, ni conocer su contenido, y Serge lo revelaba solo, con la puerta cerrada, una vez al mes, sin que la frecuencia de ese ritual variara nunca ni una semana, cualquiera que fuese la carga de trabajo del estudio.

La boda se celebró en la fecha prevista, en mayo, en la iglesia Santa Rita de Cotonú, y Serge apareció en ella, en las fotografías tomadas por un colega para la ocasión, exactamente igual a sí mismo: delgado, joven, algo tieso en su traje alquilado.

Adjoa, al mirar esas fotografías años después, notó solo que su marido sonreía en todas las imágenes de la ceremonia, salvo en una, tomada sin que él lo supiera por el colega mientras observaba, con la cabeza ligeramente vuelta, un punto situado fuera del encuadre, del lado de la laguna que se divisaba a lo lejos por la puerta abierta de la iglesia.

Adjoa, al mirar esas fotografías años después —pues las miró más de una vez, con el paso de los aniversarios, con una insistencia que Serge notaba sin interrogarla nunca directamente—, se detenía cada vez un poco más en esa que en las demás, sin poder decir qué la retenía allí.

Guardaba luego el álbum en su cajón, cerraba el cajón, y no volvía a hablar del estudio de la avenida Steinmetz más que en sus aspectos más ordinarios: la facturación, los nuevos empleados, la ampliación proyectada hacia la avenida de la Marina que Serge terminó por realizar, diez años después, exactamente como lo había soñado sin atreverse jamás a decirlo en voz alta.

Serge, mucho después de heredar el estudio, tomó la costumbre de revelar él mismo ciertos encargos delicados en lugar de confiarlos a sus empleados, sin explicar nunca esa preferencia de otro modo que por un cuidado de calidad que no convencía del todo a quienes lo conocían desde la infancia.

Guardaba en un cajón cerrado con llave, separado del de su tía, un pequeño cuaderno donde consignaba la fecha y la hora de cada revelado que le parecía, a simple vista, presentar una anomalía de luz sobre el agua o el cristal —cuaderno que nunca mostró a nadie, ni siquiera a su esposa, y que sin embargo seguía llenando con la misma regularidad que su tía había puesto en otro tiempo en evitar la pregunta.

Su esposa, con el tiempo, dejó de interrogarse sobre ese rollo mensual, habiendo llegado a considerar esa costumbre como una simple rareza profesional más entre tantas otras que acompañan, según ella, a todo artesano suficientemente apasionado por su oficio.

Nunca supo que Serge conservaba, en un sobre aparte en el fondo del mismo cajón, una única copia más antigua que todas las demás, revelada por su propia tía mucho antes de que él naciera, que nunca se había atrevido a mostrar a nadie ni a destruir.

Consideró, varias veces a lo largo de los años, enmarcarla y colgarla discretamente en la trastienda del estudio, proyecto que abandonaba cada vez en el último momento, prefiriendo finalmente dejarla reposar en su sobre, a salvo de toda mirada, exactamente como su tía había hecho antes que él.

En la cubeta de fijador, su propia sonrisa ascendía lentamente hacia la superficie, más blanca que el papel.

La tía de Serge, en este relato, nunca pronunció la palabra vodún, ni ninguna fórmula ritual que yo pudiera reproducir aquí sin traicionar una religión viva que no practico ni pretendo explicar.

El estudio, la hoja de contacto, la prometida maestra son invenciones de este volumen; la copia hallada en la cubeta de fijador sigue siendo, hasta donde sé, la única pieza de esta historia que nadie, jamás, ha podido mostrarme.

El propio Serge me precisó, en nuestro último intercambio, que ya no buscaría comprender esa copia, prefiriendo considerarla en adelante como una simple herencia de familia entre otras, ni más ni menos preciosa que el estudio mismo.