Capítulo 1 #3
No durmió aquella noche. Por la mañana, anunció al capitán que un caso urgente la retenía en el hospital hasta la noche, y que se reuniría con él en el barco si el tiempo lo permitía.
Él la miró largamente, con esa mirada lenta y antigua que ella había amado, y no discutió.
Ella tomó su turno como los demás días, llevó sus listas, cambió sus vendajes, y a las tres de la tarde, sin decir palabra a nadie, subió al camión del ejército que llevaba al aeropuerto para las familias repatriadas.
Ya no quedaban plazas más que en el último vuelo del mes, el que solía reservarse a los heridos graves y a los funcionarios en fin de contrato.
Dio su nombre de enfermera, su certificado, y una historia de madre enferma en Oporto que no había preparado de antemano y que sin embargo le vino sin esfuerzo, como una frase ya repetida cien veces en otra vida. Nadie lo comprobó. La dejaron subir.
En la pista, en la fila de familias repatriadas, una mujer de Benguela —la misma colega que había fruncido el ceño al oír el nombre del capitán, meses atrás— la reconoció y le tomó el brazo sin decir nada.
Subieron juntas, sin intercambiar explicación, como dos personas que acaban de cruzar la misma calle con el mismo semáforo en rojo sin haberse dado cita.
La colega llevaba también un pañuelo anudado a la muñeca, y Teresa nunca preguntó qué contenía.
Ciertas preguntas, en aquel vuelo, se planteaban solas y se cerraban de la misma manera, sin necesidad de responderlas en voz alta.
El auxiliar de vuelo contó a los pasajeros dos veces antes de cerrar las puertas, en voz baja, en portugués y luego en francés, para los pocos diplomáticos extranjeros sentados delante.
La cifra no coincidió con el manifiesto, la primera vez.
Volvió a contar. La segunda vez obtuvo el total correcto, y nadie preguntó por la diferencia, en aquel periodo en que las diferencias, en Luanda, habían dejado de asombrar a nadie hacía tiempo.
El avión despegó al caer la noche. Por la ventanilla, Teresa vio encogerse la ciudad bajo ella, las luces de la Baixa, las del puerto, y en algún lugar entre ellas, sin que pudiera nunca señalar cuál, la ventana sin espejo de un apartamento que no volvería a ver.
Se llevó la mano al bolsillo interior de su bolso, donde el pañuelo anudado guardaba dos o tres pelos cortos y grises, y un mechón más oscuro, más largo, que no recordaba haber recogido pero que allí estaba, enrollado sobre sí mismo como un hilo guardado a toda prisa.
Ninguna respuesta, dijo ella, se le presentó jamás: ni para decidir entre un hombre y una criatura de la nuca, ni para decir a cuál de los dos, al amante o al país, había huido aquella noche en la pista de Luanda.
Las dos preguntas se sostenían con una sola voz en su recuerdo, y quince años después, en Lisboa, en la habitación donde yo la escuchaba, ninguna de las dos gargantas le parecía más segura que la otra de haber hablado primero. Quizá nunca hubo más que la suya.
Teresa dejó finalmente Luanda dos años después de aquella travesía, para instalarse en el sur del país, donde ejerció todavía largo tiempo como comadrona, alejada de los muelles y de los oficiales de paso que habían marcado su juventud.
Conservó toda su vida la costumbre, advertida por sus colegas sin que nunca se le preguntara por ella, de contar en voz baja los nombres de las mujeres a las que ayudaba a dar a luz antes de anotar el nombre del recién nacido, como si cada nacimiento debiera saldar primero una cuenta más antigua antes de poder abrir una nueva.
En la ventanilla, Luanda ardía suavemente, y su reflejo le sonreía con un poco de retraso.
Vuelvo a menudo, al cerrar este primer capítulo, sobre esa frase de Teresa acerca de las dos gargantas de las que ninguna sabía con certeza cuál había hablado primero.
El tour del horror, tal como lo concibo desde el primer tomo, no busca zanjar esa clase de pregunta; busca solo constatar que se planteó, con la misma gravedad, en una habitación de hotel de Lisboa como en cualquier otra página de este volumen.
La deuda que Teresa huyó esa noche, ya fuera contraída con un hombre, con un país o con una criatura de la nuca, permanece abierta en mis cuadernos tal como quedó abierta en los suyos.
Nunca creí conveniente cerrarla en su lugar.
El anexo de este volumen señala las libertades tomadas con los hechos: el capitán Salvador, el hospital Maria Pia en su configuración de 1974, y la canción de la anciana del carbón, adaptada del cuento de origen, no tienen existencia documentada fuera de este relato.
Teresa Bandeira, en cambio, vivió, y acaso viva todavía.
No he intentado encontrarla una segunda vez.
Algunos testigos solo se consultan una vez en la vida; se cierra el cuaderno y se les deja con su noche.
Agradezco aquí, una última vez y sin nombrarlos más, a los dos intérpretes que me ayudaron a recoger este testimonio en Lisboa, ambos habiendo pedido no figurar en ningún lugar de esta obra bajo su identidad real.
Ambos me confiaron, por separado y sin haberse puesto de acuerdo, que Teresa había mantenido, a lo largo de nuestras sesiones, un ritmo de palabra sorprendentemente estable para una mujer de su edad que evocaba recuerdos tan antiguos, como si ya hubiera contado esa historia innumerables veces antes que a mí, a sí misma sin duda, en el silencio de las noches en que el sueño tarda en llegar.