La ventana de las once 39. La casa de enfrente
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39. La casa de enfrente

Irene recibió la noticia del riesgo en un lugar donde estaba acompañada y donde no debía moverse por su cuenta. No le dieron una retransmisión de lo que ocurría en casa de Teresa. Le indicaron que mantuviera las medidas acordadas y que informara de cualquier comunicación de Andrés.

No había recibido ninguna.

El catorce ya no era una casa a la que pudiera volver a instalarse.

Sus pertenencias se recuperarían cuando correspondiera y por el procedimiento adecuado.

La propiedad conocía su identidad y su estancia en el dieciocho tendría consecuencias que tendría que afrontar.

No podía convertir su agresión en una razón para borrar lo que había hecho con otras personas.

Alicia estaba sentada frente a ella. Tenía una botella de agua y un teléfono boca abajo.

—No intentes arreglar esto llamando a Lucía —dijo.

Irene asintió. Durante semanas había confundido ayudar con intervenir antes de que alguien pudiera decirle que no. Ahora la tarea más difícil era permanecer disponible sin diseñar otro movimiento.

Preguntó por Elena. Alicia solo sabía lo que ya le habían comunicado: había restos en proceso de identificación. La espera no podía acortarse por haber vuelto.

Irene se miró la venda. El corte cicatrizaba. Había imaginado que, cuando desapareciera la herida, la primera noche empezaría a parecer menos real. La intervención de Andrés en la casa de Teresa acababa de demostrarle que la violencia no dependía de que ella siguiera escondida en Las Jaras.

Mientras tanto, Rubén coordinaba información sobre los movimientos recientes del arquitecto.

Una de las comprobaciones lo situaba cerca de la urbanización después de que Lucía y Celia se marcharan.

Había indicios de entrada en el trece y de manipulación de objetos personales.

No era la escena principal de la emergencia en curso, pero podía importar para establecer qué había buscado antes de dirigirse a casa de Teresa.

Mara no se quedó revisando aquellas imágenes mientras llegaba la alerta. Se desplazó y mantuvo la coordinación con las unidades más próximas. La prioridad era localizar a las personas, separar al agresor y conseguir asistencia, no completar el mapa de sus intenciones.

En Las Jaras, un agente preservó el acceso al trece conforme a las actuaciones en curso. La casa de enfrente seguía cerrada. Beatriz observó desde su porche y esta vez no llamó a Lucía para preguntar qué estaba pasando.

Llamó al contacto policial que le habían facilitado y aportó una observación concreta: había visto a Andrés entrar horas antes con una bolsa y salir sin ella. No sabía qué contenía. No lo siguió ni trató de entrar en su vivienda.

La información quedó registrada para comprobarla después.

Rubén dejó registrada la observación de Beatriz para incorporarla a las diligencias de la vivienda. La emergencia de la casa de Teresa seguía abierta.

En casa de Teresa, la puerta del salón permanecía cerrada. Celia podía oír a su madre y a su padre al otro lado del pasillo. No distinguía todas las palabras. El deseo de abrir era tan fuerte que apoyó una mano en el pomo.

Teresa la sujetó por el hombro.

—Nos han dicho que esperemos aquí.

—Está con él.

—Lo saben. Ya vienen.

La abuela no podía garantizar el tiempo. Sí podía evitar que la niña saliera hacia un hombre que acababa de entrar por la fuerza en la vida de las tres.

Celia se apartó de la puerta y se arrodilló junto al teléfono de Teresa, que seguía con la comunicación de emergencia. Respondió a una pregunta sobre el acceso al garaje porque conocía la casa desde pequeña. No intentó diseñar una ruta de rescate ni salir por una ventana para sorprender a su padre.

Su contribución era dar información y permanecer a salvo.

Por primera vez desde que Irene le habló de una fotografía, no tenía que hacer algo secreto para salvar a su madre.

Lucía oía la voz de Teresa a través de la pared mientras Andrés la llevaba hacia el fondo. Intentó aferrarse al marco de una puerta. Él la empujó y sintió un golpe en el hombro.

—Deja de gritar —dijo.

Lucía no recordaba haber gritado. Estaba diciendo que la soltara, una y otra vez, con la voz cada vez más alta.

El pasillo terminaba en el acceso interior del garaje. Había allí una ventana alta de vidrio traslúcido y una bombilla que tardaba un instante en alcanzar toda su luz. La había visto encenderse cientos de veces al ir a buscar una caja con Teresa.

Andrés abrió la puerta y el aire cambió.

Olía a gases de motor.

Lucía comprendió que no la había llevado allí para hablar de un documento.

No necesitó recordar la noche de Elena para saber que estaba en peligro ahora.