40. La puerta cerrada
El coche de Teresa estaba en el garaje. Lucía oyó el motor antes de verlo con claridad. No supo cuánto tiempo llevaba encendido ni cómo había llegado Andrés a poner en marcha aquella escena. No iba a averiguarlo quedándose allí.
Intentó regresar al pasillo.
Él le cerró el paso.
—Ya no hay otra salida —dijo.
Lucía buscó con la mirada la puerta que daba al exterior y la ventana alta.
El espacio estaba lleno de objetos familiares: una estantería de mantas, herramientas viejas, la caja de adornos de Navidad.
La normalidad no lo hacía menos peligroso.
Solo le dificultaba aceptar que Andrés hubiera llevado su violencia hasta la casa de Teresa.
—Sí la hay. Apártate.
Él negó con la cabeza. Tenía la cara húmeda y respiraba deprisa. Su expresión no era la de un hombre tranquilo que hubiera previsto cada movimiento. Estaba enfadado, asustado y dispuesto a utilizar el miedo de los demás para no quedarse solo con el suyo.
Lucía no lo llamó enfermo ni intentó explicarlo. Necesitaba salir.
Se movió hacia un lado y él volvió a sujetarla. El dolor del hombro le bajó por el brazo. Tropezó con una caja y cayó de rodillas, sin perder el conocimiento. Se incorporó apoyándose en la estantería y encontró una manojo de llaves que no reconoció antes de que se le escurriera al suelo.
No había una llave elegida para ella entre los objetos. No tenía tiempo de probarlas.
—La policía sabe que estás aquí —dijo.
—La policía solo sabe lo que tú les has contado.
—Está viniendo.
Andrés miró hacia el pasillo. Durante un segundo pareció escuchar algo. Lucía aprovechó para apartarse de él, no para acercarse y convencerlo con una frase que resolviera veinte años.
Le ardían los ojos por el ambiente cargado. El miedo le hacía difícil distinguir cuánto de la presión en el pecho era pánico y cuánto exigía atención inmediata. No necesitaba diagnosticarlo para intentar escapar.
—Elena también quería contarlo todo —dijo Andrés.
Lucía se quedó inmóvil apenas un instante.
Él vio que el nombre había llegado hasta ella y continuó.
—No sabía lo que estaba haciendo. Iba a arruinarlo todo por unas fotos y por una discusión.
Lucía no preguntó qué fotos. No se quedó para obtener una confesión que una inspectora pudiera utilizar después. Miró de nuevo la ventana.
—No voy a quedarme aquí —dijo.
Andrés se interpuso cuando intentó avanzar hacia la puerta exterior. Ella levantó los brazos para protegerse y recibió otro empujón. La espalda chocó contra el lateral de una estantería. Unas cajas cayeron entre los dos y el ruido llenó el garaje.
Desde la casa llegó una voz. Teresa, o alguien más. Lucía no distinguió las palabras.
Gritó su nombre y dónde estaba.
Andrés intentó hacerla callar acercándose de nuevo. Ella retrocedió hasta el banco bajo la ventana. Había una escoba apoyada junto al armario y la cogió sin decidir que fuera un arma. La utilizó para golpear el vidrio y hacerse oír, lejos de su cuerpo y sin intentar enfrentarse a él.
El primer golpe no rompió nada.
El segundo dejó una grieta y un sonido más agudo.
Lucía gritó otra vez.
Necesitaba que alguien supiera exactamente dónde estaba. Golpeó el vidrio una vez más.
Andrés le arrancó la escoba. Al hacerlo perdió equilibrio entre las cajas y tuvo que apoyarse en el coche. Lucía se separó de él todo lo que permitió el espacio.
Se oyeron golpes en una puerta y voces que ya no pertenecían a la familia.
Andrés alzó la cabeza.
—Esto no tenía que pasar —dijo.
Lucía lo miró. La frase había servido demasiadas veces para hablar de consecuencias sin nombrar una decisión.
—Apártate —repitió.
No le respondió que aún podían volver a casa, ni que callaría lo que sabía, ni que firmaría el documento. Estaba asustada y quería vivir. Eso no la obligaba a ofrecerle su vida anterior como rescate.
El ruido de fuera aumentó. Las indicaciones de los intervinientes llegaron mezcladas con el motor y la respiración de Andrés. Lucía se agachó junto al lateral del banco y gritó que había otra persona con ella.
No sabía cuánto faltaba para salir. El tiempo no tenía la precisión de un reloj cuando cada segundo debía llenarse con la decisión de seguir moviéndose.
Una entrada se abrió y apareció luz distinta de la bombilla del garaje.
Andrés se volvió hacia ella.
Lucía aprovechó ese movimiento para alejarse de su alcance.