38. Una bolsa para salir
La mañana del martes empezó con una decisión práctica: no seguirían durmiendo en una casa a la que Andrés podía tener acceso mediante una llave antigua.
Se organizaría el traslado a otro alojamiento y se revisarían las medidas de seguridad.
Teresa no discutió diciendo que aquella era su casa y nadie iba a echarla.
Cogió una bolsa y empezó a guardar sus medicinas.
Lucía había temido más esa conversación que la llamada a la policía. Su madre llevaba toda una vida intentando no molestar a nadie. Ahora aceptaba que protegerse podía requerir mover a tres personas y dejar una casa cerrada de una manera distinta de la habitual.
Las gestiones tenían tiempos concretos. Una unidad comprobaría el acceso y las circunstancias, y el desplazamiento se coordinaría con las indicaciones recibidas. Mientras tanto, debían permanecer juntas, no abrir a Andrés y avisar de cualquier contacto o movimiento sospechoso.
Lucía escuchó las instrucciones y las repitió a Teresa y Celia sin dramatizarlas.
No quería que el miedo se convirtiera en una orden confusa que cada una entendiera de una manera diferente.
Celia recogió sus apuntes. Había dejado de hacer listas largas; lo que no cabía en la mochila podía esperar.
Teresa guardó documentos en una carpeta y preguntó por un recibo del coche que acababa de renovar.
Lucía lo buscó en el cajón donde su madre lo había dejado y lo encontró debajo de un folleto médico.
La tarea se parecía a preparar un viaje hasta que alguna miraba la puerta.
Andrés había enviado un mensaje de madrugada a Lucía: «No pienso dejar que me quiten a mi hija».
Ella lo aportó como le habían indicado. No respondió explicando que nadie estaba decidiendo allí un régimen de visitas ni una custodia.
Había cuestiones legales que se resolverían por sus cauces, no en una discusión de madrugada.
La frase tenía una función más inmediata: hacer que Celia y ella se sintieran responsables de lo que él hiciera después.
Lucía apagó las notificaciones de vista previa, no el teléfono. Quería estar localizable sin recibir cada palabra de Andrés como un golpe antes de saber quién escribía.
Mara recibió mientras tanto una actualización de las comprobaciones dirigidas a localizar al arquitecto.
No estaba en el estudio ni en las direcciones verificadas de sus obras.
Había utilizado otro vehículo de acceso conocido y se investigaba su recorrido.
Las diligencias sobre la muerte de Nicolás y la agresión a Irene habían alcanzado un punto que exigía intervenir sobre él, no seguir esperando una entrevista voluntaria.
La inspectora transmitió la información a las unidades implicadas y revisó con ellas la situación de Lucía. La comunicación sobre la copia de llaves de Teresa no quedaría perdida entre mensajes personales.
Nadie podía prometer que una medida eliminara todo riesgo. Sí podían concretar quién llamaría, quién se desplazaría y qué debían hacer si Andrés aparecía antes.
En la casa, Teresa necesitó una manta fina que guardaba en el armario del garaje. Lucía le dijo que no hacía falta, que en el alojamiento habría ropa de cama. Su madre insistió en que la quería para el coche porque Celia se mareaba y a veces tenía frío después.
La adolescente protestó desde el salón.
—Ya no tengo ocho años, abuela.
Teresa sonrió por primera vez aquella mañana.
—Pero sigues teniendo frío.
No fueron a buscarla. La manta podía esperar. Lucía dejó la bolsa preparada junto a la escalera y comprobó que las tres llevaban el móvil.
Entonces sonó el teléfono de Celia.
La niña miró la pantalla y se quedó pálida.
—Es él.
Lucía se acercó sin cogerle el aparato de las manos. Habían acordado que Celia no tenía que contestar ni resolver una conversación por su cuenta. La llamada terminó y llegó un mensaje de voz.
No lo escucharon a todo volumen en la casa.
Avisaron al contacto indicado y conservaron la comunicación.
Cuando se examinó por la vía apropiada, el contenido confirmaba el aumento de riesgo: Andrés quería verlas y decía estar cerca.
No proporcionaba una ubicación verificable ni un compromiso de esperar sin acercarse.
La indicación fue permanecer juntas en una estancia segura y no salir para hablar con él. La respuesta policial se ajustó a la nueva información.
Lucía llevó a Celia y Teresa hacia el salón interior, donde podían cerrar la puerta y mantenerse lejos de la entrada. No recogió las bolsas. No llamó a Andrés para averiguar si hablaba en serio.
Un ruido llegó desde el fondo de la casa.
No era el timbre.
Teresa volvió la cabeza hacia el pasillo que comunicaba con el garaje. Lucía la sujetó del brazo antes de que avanzara.
—Quédate con Celia.
No salió a comprobarlo. Se mantuvo junto a ellas y avisó de que habían oído movimiento en la zona posterior. El teléfono siguió conectado mientras la operadora preguntaba por la ubicación de las tres y por lo que podían escuchar.
La puerta del pasillo se abrió.
Andrés apareció sin el abrigo, con una mancha oscura en la manga y el rostro rígido. Lucía no vio cómo había accedido y no intentó explicárselo a la operadora. Dijo su nombre y que estaba dentro.
Él miró el teléfono de su mujer.
—Cuélgalo.
Lucía retrocedió hacia el salón. Teresa cerró la puerta detrás de Celia, pero Lucía quedó del lado del pasillo cuando Andrés avanzó. No había decidido enfrentarse a él para conseguir una confesión. La distancia entre los cuerpos se redujo antes de que pudiera ponerse a salvo con las otras.
Andrés le sujetó un brazo.
—Vamos a hablar.
La frase no tenía ya el tono de una propuesta.
Lucía intentó soltarse y dijo en voz alta que no quería ir con él. El teléfono cayó, pero la comunicación no terminó de inmediato. Detrás de la puerta del salón, Teresa llamó también a emergencias y siguió las indicaciones para mantenerse con Celia sin abrir.
La bolsa preparada permaneció junto a la escalera.
Habían organizado una salida.
Andrés había llegado antes de que pudieran hacerla.