37. Lo que aún no sabemos
La profesional que la recibió no le prometió que los recuerdos volvieran ni trató la ausencia de algunos como una prueba de inocencia. Escuchó lo que Lucía podía contar del presente, de las noches sin sueño y de la necesidad de comprobar mensajes que antes habría borrado por vergüenza.
—No quiero acabar repitiendo lo que otra persona espera de mí —dijo Lucía.
La conversación no se convirtió en una prueba para ver si recordaba correctamente.
Hablaron de cómo se encontraba, del apoyo disponible y de las decisiones inmediatas que podía manejar.
El trabajo clínico y la investigación tenían propósitos distintos.
No iba a salir de allí con una respuesta sobre quién había empujado a Elena.
Esa limitación la tranquilizó más de lo que esperaba.
Al salir, Teresa le preguntó si quería contarle algo. Lucía dijo que todavía no. Su madre aceptó y le ofreció llevarla a comprar un cargador, porque el de su portátil empezaba a fallar.
Entraron en una tienda y discutieron sobre un precio absurdo. Durante diez minutos el problema fue un cable. Lucía se permitió estar irritada por él sin sentirse culpable por no pensar en Elena.
Mara dedicó esa misma mañana a una reunión en la que las incertidumbres ocupaban tanto espacio como las conclusiones.
El examen de los restos podía ayudar a establecer lesiones y circunstancias compatibles con un traslado.
No podía determinar con precisión cada minuto transcurrido entre una caída y una muerte dieciocho años antes.
La presencia de violencia previa a la caída requería combinar fuentes: la cinta, los testimonios, las declaraciones cambiantes y los hallazgos. El ocultamiento posterior tenía una secuencia material más firme, apoyada por la inspección inicial, la obra de cierre y sus participantes.
En cuanto a Nicolás, los indicios de intervención ajena eran sólidos y las comprobaciones sobre los movimientos de Andrés seguían estrechando la franja.
Se preparaban actuaciones dirigidas a él con el respaldo que correspondiera.
La policía no iba a pedir a Lucía que lo entretuviera ni a Irene que lo citara para hacerlo hablar.
Rubén informó de que el arquitecto había cancelado una reunión de trabajo y no respondía al contacto concertado con los investigadores.
Su coche habitual estaba localizado, pero eso no significaba que él estuviera con el vehículo.
Se activaron las comprobaciones para encontrarlo en relación con las diligencias en curso.
Mara llamó a Lucía y revisó de nuevo su situación de seguridad.
No debía concertar más encuentros ni regresar al trece por pertenencias.
Los contactos y las opciones de protección se concretaron con las unidades y servicios correspondientes.
La casa de Teresa no era una dirección desconocida para Andrés; no se trataría como un escondite que él no pudiera encontrar.
Lucía escuchó sin discutir esta vez.
—¿Lo estáis buscando?
—Necesitamos localizarlo. Si contacta con usted, no acuerde una cita. Avise y conserve el mensaje.
—¿Y si llama a Celia?
—Lo mismo. Hablaremos con ella de forma que no tenga que decidir sola qué hacer.
Lucía fue a buscar a su hija. La adolescente escuchó las indicaciones y luego preguntó si su padre podía estar pensando en hacerse daño. Era una posibilidad que la había acompañado desde que dejó de responder a algunos de sus mensajes y comenzó a escribir otros llenos de reproches.
La respuesta no puso sobre Celia la responsabilidad de prevenirlo. Si recibía una amenaza o una comunicación de ese tipo, debía trasladarla a quienes podían intervenir, no acudir a verlo ni prometerle cosas para tranquilizarlo.
La muchacha asintió con los ojos fijos en la mesa.
—Cuando se pone así, yo suelo contestar rápido —dijo.
Lucía sintió el peso de una costumbre que había compartido con su hija sin nombrarla.
—Hoy no tienes que resolverlo tú.
Por la tarde, el análisis de la llamada antigua produjo una cuestión que los técnicos prefirieron señalar antes de cerrar la transcripción.
Había, en un tramo de solapamiento, una segunda voz femenina que no podía atribuirse simplemente a un eco de la primera.
Sus intervenciones parecían responder desde otra posición respecto al aparato.
Mara pidió que se examinara sin adelantar identidades a quienes fueran a trabajar sobre el audio.
También revisó la correspondencia del soporte, los tiempos y los tratamientos realizados.
No estaba dispuesta a construir el giro de un caso sobre una sílaba que apareciera solo después de filtrar hasta desfigurar la grabación.
Rubén escuchó una vez la versión de referencia.
—Aquí alguien dice que no puede moverse.
—Anota lo que oyes y el grado de seguridad. No lo comentemos entre todos antes de las comprobaciones.
La frase, si se confirmaba, podría cambiar cómo entendían la llamada. Pero ni siquiera eso bastaba para identificar a la persona ni para establecer todo lo que Andrés sabía entonces.
Mara guardó el archivo de trabajo y miró el registro de las comunicaciones de Nicolás.
Había otra clase de voz conservada allí: mensajes escritos con la intención de asegurarse un cobro.
El hombre había hablado de un traslado posterior, de que «cuando la chica volvió a estar en su casa» aún quedaba trabajo por hacer.
No era una narración limpia. Era una negociación entre personas que daban por conocidas partes esenciales.
La investigación tendría que reconstruir esas partes sin pedir al muerto que volviera a contarlas.
Lucía pasó la noche preparando una lista de cosas que necesitaba del trece para una estancia más larga fuera. No iban a recogerlas sin organizarlo, pero escribirlas le ayudó a aceptar que no se trataba de un fin de semana extraño tras el que volverían a la misma mesa.
Incluyó documentos, ropa y materiales de trabajo. Luego añadió la taza azul y la tachó. No quería que una taza adquiriera la obligación de sostener una historia entera.
Celia se sentó a su lado con su propia lista. Había escrito «álbum pequeño» y «caja de papel». Lucía preguntó cuál era el álbum. La niña explicó que guardaba fotos de cuando era más pequeña, muchas hechas por Andrés.
—¿Está mal que las quiera?
Lucía tuvo que respirar antes de responder.
—No.
No le dijo que su padre siempre la había querido de la forma correcta. No lo sabía. Tampoco que todas las fotos felices fueran mentira. Una infancia no podía clasificarse entera con el mismo sello que un mensaje amenazante.
—Puedes querer esas fotos y estar enfadada con él —añadió.
Celia continuó escribiendo.
Teresa apareció con una bolsa de ropa limpia que había sacado del armario del garaje, donde guardaba mantas y cajas familiares.
La dejó junto a la puerta para que eligieran lo necesario al día siguiente.
Lucía pensó en las dos cajas universitarias que su madre había traído desde allí y en las que Andrés conservaba todavía en algún sitio.
Su marido conocía esa casa, esas puertas y esos hábitos. Había ido muchas veces a buscar mantas para Celia, había arreglado el pestillo del garaje años atrás y había guardado una copia de las llaves entre las de la familia.
Lucía levantó la cabeza.
—Mamá, ¿Andrés te devolvió alguna vez aquella copia?
Teresa se quedó inmóvil con las manos sobre la bolsa.
No lo recordaba.
Lucía llamó de inmediato al contacto que les habían indicado. No esperó a comprobar por su cuenta todas las cerraduras.