La ventana de las once 27. La cinta incompleta
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27. La cinta incompleta

La cinta llegó dentro de una caja de material devuelto a la compañía teatral.

No apareció por casualidad en un cajón que nadie hubiera pensado mirar.

La investigación había seguido el servicio de digitalización encargado por Irene semanas antes y, a partir de sus datos, la devolución del soporte a la dirección laboral que ella había facilitado.

Alicia había recibido el paquete junto a otros equipos. Lo guardó cerrado en el armario de material personal, a nombre de Irene. Cuando Mara preguntó inicialmente por cámaras prestadas, no había relacionado aquella caja con la desaparición: no era un préstamo suyo ni conocía el contenido.

Ahora la referencia del envío permitía identificarlo. Se documentó la entrega y se preservó tanto el soporte como los datos del servicio realizado. El técnico que había digitalizado la cinta aportó la información de su trabajo y las copias conservadas según las condiciones de aquel encargo.

Mara no dio por auténtico todo lo que se veía en un archivo porque procediera de un profesional. Necesitaban comparar el original, las copias y cualquier intervención efectuada para leerlo.

La cámara de Nicolás, por su parte, fue recogida con la documentación correspondiente. Su estado y modelo podían ayudar a contextualizar el soporte. No iban a introducir en ella la cinta y pulsar reproducción sin comprobar antes si podía dañarla.

El primer visionado de una copia de trabajo tuvo lugar el viernes por la mañana.

Había escenas familiares, una comida al aire libre y un niño que recorría un jardín mirando al suelo.

Después aparecía el hotel. Los cortes entre secuencias no significaban necesariamente manipulación: una cinta reutilizada contenía arranques y paradas de grabación.

El examen debía distinguir eso de cualquier edición posterior.

Elena hablaba detrás de la cámara.

—No te muevas todavía. Estoy probando.

Mara conocía su rostro por fotografías. Escucharla produjo otro tipo de presencia, una persona ocupada en una tarea antes de que alguien la redujera a una fecha de desaparición.

Lucía cruzó el vestíbulo con la chaqueta verde. Se detuvo donde Elena le indicó y protestó por el frío. La cámara osciló con una risa.

Más adelante, otra secuencia mostraba la escalera este. La imagen perdía detalle en las zonas oscuras y tenía defectos de lectura que los técnicos señalaron sin prometer restauraciones imposibles. No todo lo que faltaba podía reconstruirse.

Se oía a Andrés.

—Apaga eso.

Elena contestó que ya había terminado.

La imagen bajó hacia el suelo. El sonido continuó unos segundos. Una discusión sobre unas fotografías, sobre a quién pensaba enseñárselas, sobre entrar sin avisar.

—No puedes venir aquí y hacer lo que te dé la gana —dijo él.

Mara recordó el relato de Esteban, pero no lo confundió con una prueba de que se tratara del mismo encuentro. La cinta no ofrecía aún una fecha fiable para cada escena. El reloj interno de una cámara podía estar mal ajustado.

La voz de Elena respondió con más claridad:

—El permiso me lo dio tu padre. No tú.

Después se oyó un roce cerca del micrófono y la grabación terminó.

No había una caída en ese fragmento. No había un asesinato completo esperando al final de una cinta de veinte minutos.

Lo que había era una relación que Andrés había minimizado y un conflicto que necesitaba explicar.

En otra secuencia, más breve y peor conservada, se oían voces con la imagen casi inmóvil sobre una pared. Una parecía la de Lucía. Decía «déjala». A continuación había un movimiento brusco, un golpe y varios segundos difíciles de interpretar.

Mara levantó la mano para que detuvieran la reproducción de la copia.

—No la llamemos todavía la caída —dijo.

Se documentaron el punto y las limitaciones. Era el tipo de fragmento al que un espectador podía añadir una escena entera una vez que creía saber qué estaba viendo.

Los técnicos continuarían el examen sin convertir un filtro de audio en la voz de alguien que no estaba registrado con claridad. Las mejoras permitidas debían ser reproducibles y comparables con el original.

Mara informó a Rubén de que necesitaban contrastar las voces y la sucesión de acontecimientos con cuidado. No iban a reunir a todos los testigos para escuchar juntos y salir con un recuerdo común.

Lucía acudió por separado más tarde, después de entregar su traducción. La editora había respondido con dos correcciones menores y un agradecimiento. Llevaba ese correo abierto en el teléfono, como si necesitara recordar que todavía existían asuntos que podían terminarse.

Mara le explicó qué habían obtenido y le pidió que identificara únicamente aquello que reconociera. No le adelantó las palabras que esperaban oír en las partes dudosas.

Al escuchar la primera secuencia, Lucía sonrió y lloró casi al mismo tiempo.

—Le molestaba que yo mirase a la cámara —dijo—. Decía que no estaba haciendo un álbum de vacaciones.

Reconoció su voz y la de Elena en el vestíbulo. En la discusión identificó a Andrés con seguridad personal; la valoración de esa identificación tendría que integrarse con el resto del examen.

Cuando llegó la frase «déjala», Lucía se puso rígida.

No cerró los ojos. Miró la pared de la sala en la que estaba sentada, no la de la pantalla.

—Quiero parar.

Mara detuvo la reproducción.

Esperaron. Lucía bebió agua y pidió que abrieran un poco la puerta. No tenía que revivir toda la noche para que aquella entrevista fuera útil.

—Me acuerdo de una manga —dijo al fin—. Yo la agarré. Quería apartarlo.

La inspectora le pidió que distinguiera lo que acababa de recordar de lo que recordaba antes de escuchar el vídeo. Lucía aceptó la diferencia, aunque le resultó dolorosa.

—No quiero inventármelo para que encaje.

—Por eso lo estamos dejando separado.

Lucía miró sus manos.

—Andrés me dijo que yo la empujé.

La frase quedó entre ambas sin que Mara intentara suavizarla.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Después. Más de una vez. Decía que había intentado ayudarme, que no podía seguir cambiando lo ocurrido porque me diera miedo.

—¿Usted recuerda empujar a Elena?

Lucía negó despacio.

—Recuerdo intentar apartarlo a él. Lo otro lo recuerdo como algo que me contaron tanto que acabó teniendo una imagen.

No era una absolución. Era una distinción que tendría que sostenerse frente a otras pruebas.

Mara preguntó si quería continuar. Lucía dijo que no. Acordaron otra conversación cuando estuviera preparada y dejaron constancia de lo que había visto y oído en aquella ocasión.

Al salir, la mujer se detuvo junto a la puerta.

—¿Irene vio esto antes de venir?

—Todo indica que tuvo una copia. Estamos comprobando qué recibió exactamente.

Lucía asintió. Comprendía por primera vez que la vecina no había llegado con una verdad completa, sino con un fragmento tan difícil de mirar como aquel.

Eso no justificaba lo que hubiera decidido hacer con él.

Pero empezaba a explicar por qué la casa de enfrente nunca había sido un lugar elegido al azar.