La ventana de las once 26. El albañil
54%

26. El albañil

Esteban Lobo llegó con una carpeta de documentos laborales y una bolsa de caramelos para la tos. Tenía sesenta años, manos grandes y una forma de sentarse que parecía buscar alivio para una rodilla. Preguntó si podía dejar el bastón apoyado junto a la silla.

Mara le explicó que querían hablar de trabajos realizados en el Mar de Plata. Esteban dijo recordar poco, pero abrió la carpeta antes de que le pidieran nada.

Había preparado una lista de empresas para las que trabajó y varios periodos aproximados. La exactitud variaba: algunos meses estaban respaldados por papeles, otros por obras que recordaba porque coincidieron con el nacimiento de un nieto o una operación de su esposa.

—Yo hacía lo que me mandaban —dijo.

Mara anotó la frase sin discutirla.

Empezaron por la construcción original. Esteban describió tareas de albañilería en plantas bajas, zonas de servicio y patios. Había trabajado a las órdenes de un encargado de la empresa de Héctor Molina. Después, cuando la obra se detuvo, volvió para remates y cierres.

—¿Qué cierres?

—Huecos por donde entraban. Ventanas. Puertas que no tenían carpintería.

Mara le pidió que los señalara sobre una copia del plano. El hombre giró la hoja dos veces antes de orientarse. Marcó varios puntos y dejó la escalera este para el final.

—Esto también —dijo.

—¿Qué hizo ahí?

—Tabicar una puerta.

—¿Solo una puerta?

Esteban levantó la vista.

Mara no le mostró las medidas recientes. Esperó a que describiera su trabajo con sus propias palabras.

El albañil explicó que habían levantado un tabique por dentro y cerrado el acceso desde el pasillo. No sabía para qué se necesitaban ambas cosas. Héctor dijo que había instalaciones que convenía aislar porque entraba agua y robaban material.

—¿Quién estuvo con usted?

—Un peón. Ya no recuerdo el apellido.

—¿Recuerda el nombre?

Lo recordó. Rubén lo anotó para comprobarlo, sin tratarlo como un personaje disponible que pudiera corroborarlo todo de inmediato. Habían pasado muchos años y el hombre podía vivir en otro lugar o no estar localizable.

—¿Andrés Molina estuvo en esa obra de cierre?

Esteban abrió un caramelo y lo dejó sin comer sobre el envoltorio.

—Pasó.

—¿Le dio instrucciones?

—Su padre las daba.

—Le pregunto por Andrés.

—Dijo hasta dónde había que llegar. Una línea marcada en el suelo.

Mara recordó la marca amarilla, pero no se la mencionó. El hombre describió una referencia trazada con pintura y un ancho aproximado. Tendrían que compararlo con las medidas y con el material existente.

La entrevista avanzó hacia la fecha. Esteban situó el trabajo en diciembre y aportó una anotación de pago que coincidía aproximadamente con la factura recibida. No pudo recordar el día exacto sin consultar otra libreta que quizá conservaba.

Rubén le preguntó cómo cobraba esos remates. Esteban separó una hoja de la carpeta y explicó que no todos se pagaban del mismo modo. Los trabajos ordinarios pasaban por la empresa; algunos encargos pequeños se liquidaban al terminar y él apuntaba el dinero para no confundirlo con anticipos.

—¿El cierre del hotel fue ordinario?

—No había nada ordinario allí a esas alturas.

Mara le pidió que explicara la frase.

La obra llevaba meses acumulando retrasos.

Se retiraban herramientas, desaparecían materiales que después alguien decía haber trasladado a otro sitio y los encargados cambiaban sin que los trabajadores supieran a quién reclamar.

Volver en diciembre para levantar un tabique significaba cobrar por fin una jornada completa, no confiar en que un proyecto saldría adelante.

—¿Le pagaron más que otras veces?

Esteban miró su anotación.

—Me pagaron al terminar.

—No es lo mismo.

—Para mí lo era entonces.

La respuesta tenía una lógica que Mara podía entender sin aceptarla como explicación de todo. Una urgencia económica podía hacer que alguien dejara de preguntar. No demostraba que ignorara lo que tenía delante.

Esteban contó que su esposa se enfadó cuando supo que volvía a trabajar para los Molina.

Le dijo que reclamar lo anterior era más sensato que aceptar otro encargo.

Él respondió que no podían cenar con una reclamación.

Recordaba la discusión porque compró comida al regresar con el dinero y la dejó sobre la mesa como si eso cerrara el asunto.

Mara vio cómo, al contarlo, apretaba la carpeta contra las rodillas.

—¿Conserva algún documento de ese pago además de su apunte?

—No sé. Tendría que buscar.

—Hágalo sin modificar ni separar lo que encuentre. Podemos organizar la entrega.

El hombre asintió. Parecía dispuesto a colaborar mientras cada pregunta permaneciera en el terreno de las cantidades y las jornadas.

Rubén le pidió que describiera la línea que había mencionado en el suelo.

Esteban dibujó una planta sencilla. No tenía precisión de arquitecto, pero sí la del trabajo manual: dónde se colocó para levantar la primera hilada, cuánto espacio necesitó para moverse y por qué el acceso quedó incómodo antes de cerrar la puerta exterior.

—Aquí te dabas con el codo si no ibas de lado —dijo, señalando una esquina.

Ese detalle se comprobaría con las medidas. Era distinto de una impresión general sobre un cuarto que quizá recordaba por fotografías vistas después.

Mara le preguntó si alguien volvió a cambiar el trabajo cuando él terminó. Esteban negó conocerlo. No regresó al hotel hasta años más tarde, en una visita breve con otro contratista que finalmente no aceptó el encargo. La fecha no la recordaba y no intentó darle una para terminar antes.

La inspectora dejó el dibujo junto a la factura. El cierre empezaba a tener una secuencia de manos, horas y decisiones. Aún faltaba lo que cada persona había aceptado no mirar.

—¿Entró en el espacio que quedó detrás del tabique?

—Antes de cerrarlo, claro.

—¿Qué había?

—Sacos. Plásticos. Material.

Mara dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Descríbalo.

Esteban miró hacia la puerta. El caramelo seguía en el envoltorio, derritiéndose un poco por el calor de sus dedos.

—No sé. Rollos. Cosas de obra.

—¿Había algo que le llamara la atención?

—Me llamó la atención volver a un sitio donde nadie cobraba para hacer una pared que sí se pagaba.

La respuesta tenía filo. No resolvía qué había visto, pero explicaba por qué recordaba el encargo.

Mara le preguntó si se quejó entonces. Esteban dijo que no. Necesitaba el dinero. Su esposa había dejado de trabajar y él aceptaba remates pequeños entre contratos.

No lo contó como una historia triste, sino como un cálculo que todavía consideraba suficiente para explicar muchas cosas.

Cuando le mostraron la fotografía del trabajador junto a los sacos, obtenida del archivo de Amalia por la vía acordada, Esteban se reconoció. La imagen era anterior al cierre. No probaba lo que había hecho después, pero confirmaba que Elena lo había fotografiado en aquel espacio.

—Ella preguntaba demasiado —dijo.

Mara levantó la vista.

—¿Sobre qué?

—Por qué estaba parado el hotel. Quién se había quedado con el dinero. Cosas así.

—¿La vio discutir con alguien?

—Con el hijo de Molina. Pero discutir discute todo el mundo.

—¿Qué oyó?

Esteban se pasó una mano por la boca.

—Que dejara de entrar. Él le decía que el permiso no era para hacer lo que quisiera.

La inspectora pidió palabras concretas y límites de lo que había escuchado.

El hombre recordó que Elena respondió que no iba a devolverle algo.

No sabía a qué se refería. La cámara podía ser una posibilidad, pero él no la había mencionado en su relato espontáneo y Mara no le dio esa respuesta para que la adoptara.

La entrevista cambió de naturaleza cuando comenzaron a precisar si Esteban había sabido que se ocultaba algo relacionado con una persona desaparecida.

Se adoptaron las garantías correspondientes antes de continuar por ese terreno.

No iban a obtener una admisión mediante una conversación informal que dejara sin aclarar su posición.

Con asistencia y tras las explicaciones necesarias, Esteban mantuvo que desconocía el contenido de lo que había quedado detrás de la pared. Admitió haber evitado hacer preguntas. También dijo que Héctor le pidió que no comentara el trabajo con nadie porque la empresa tenía problemas con acreedores.

Mara no aceptó ni rechazó la explicación. La compararía con documentos, medidas y otros testimonios.

Al terminar, Esteban pidió permiso para beber agua. El caramelo seguía sobre la mesa. Lo tiró al recoger la carpeta.

—Yo no maté a esa chica —dijo.

Mara lo miró.

No había pronunciado el nombre de Elena durante la última parte de la entrevista. Habían hablado del tabique y de los materiales que quedaron detrás.

La frase podía proceder de todo lo anterior. También de algo que Esteban llevaba años evitando nombrar. No era una confesión.

Pero la inspectora la dejó escrita, completa.

Esa tarde, el técnico confirmó que la descripción del doble cierre era compatible con la diferencia de espacio observada. Prepararon la solicitud y las condiciones para una apertura controlada, con los especialistas necesarios si aparecían restos o indicios de interés.

Mara informó a Lucía de que iban a realizar nuevas comprobaciones en el hotel. No le dio una fecha para ir a esperar al acceso ni le permitió convertir la investigación en una vigilia al pie de la escalera.

Lucía preguntó por Esteban. La inspectora no compartió su declaración. Solo le dijo que habían localizado a personas que trabajaron en el edificio y estaban contrastando lo que recordaban.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó Lucía.

Mara pensó en las cajas ya entregadas, en la fotografía del vestíbulo y en la decisión de marcharse con su madre.

—Por ahora, conservar lo que tenga y avisarnos si ocurre algo más. No necesita volver allí.

Lucía tardó en responder.

—No te preguntaba si tenía que volver al hotel.

Mara comprendió la diferencia. La mujer quería actuar sin entrar de nuevo en aquel edificio, pero aún no sabía qué forma podía tener eso.

—Puede seguir con su vida mientras nosotros comprobamos lo ocurrido —dijo—. No es abandonar a Elena.