25. La escalera de servicio
El jueves por la mañana, Mara entró en el Mar de Plata con un casco que le quedaba ligeramente grande.
Un técnico había comprobado el acceso previsto y señalado las zonas que no debían pisar.
La visita estaba autorizada y delimitada; no iban a recorrer por curiosidad todas las plantas de un edificio que llevaba años deteriorándose.
La fachada conservaba parte de un rótulo. Desde la carretera, las letras ausentes podían pasar por una decisión de diseño. De cerca se veían los anclajes oxidados y las marcas de agua debajo de cada hueco.
Un representante de la propiedad abrió el cierre exterior y les entregó la documentación disponible. No participó en la inspección de los espacios más allá de lo necesario para facilitar el acceso.
Dentro olía a humedad y a polvo removido.
El vestíbulo de la foto de Elena seguía siendo reconocible: la columna central, los ventanales altos, el escalón que debía conducir a una recepción nunca instalada.
Habían retirado parte del escombro, pero no habían llegado a convertir el abandono en otra cosa.
Mara observó el lugar desde el punto aproximado donde Elena colocó su cámara. En la imagen universitaria, Lucía parecía impaciente. Allí, sin ella, el espacio era más grande de lo que sugería la fotografía.
El técnico señaló un acceso lateral.
—Por aquí llegamos a la escalera este sin pasar por la zona dañada.
Rubén fotografió el recorrido según las indicaciones del equipo. No intentaron reproducir la caída ni pedir a alguien que bajara corriendo para calcular tiempos. Primero necesitaban saber qué seguía en su lugar y qué había cambiado.
La escalera tenía peldaños de cemento y una barandilla reparada con elementos distintos de los originales. El punto de la rotura fotografiada en 2008 estaba cubierto por una unión posterior. Al fondo, la pared del antiguo almacén mostraba un revoco más liso que el resto.
La puerta de las fotos había desaparecido.
El técnico comparó las cotas del proyecto con las medidas que iban tomando. No anunció un hueco secreto al primer golpe sobre el muro. Las distancias exigían descontar espesores, cambios de acabado y posibles modificaciones interiores.
Mara esperó en el descansillo mientras él y su compañera trabajaban. El eco devolvía sus voces desde una planta a la que no iban a subir.
Rubén le mostró una ampliación de la foto en la que Andrés sujetaba la puerta.
—La columna del fondo debería quedar detrás de este cerramiento.
—Si la correspondencia es correcta.
—Lo están comprobando.
La inspectora asintió. La cautela no impedía que sintiera el peso de la pared. Aquel espacio había sido lo bastante ordinario para figurar como almacén y lo bastante inaccesible para desaparecer de una visita de mantenimiento.
Una marca de pintura amarilla sobrevivía cerca del suelo. No significaba nada para Mara. Preguntó si podía corresponder a una instalación o a una anotación de obra; el técnico respondió que había varias posibilidades y la documentó.
En el acta de 2008, el almacén figuraba inspeccionado sin hallazgos relevantes. Ese dato llegó por una llamada de Rubén a archivo mientras seguían allí. Mara sintió que una pieza cambiaba de lugar.
La policía había entrado antes de que se cerrara la puerta.
Si había algo oculto detrás, no podía presumir que llevaba allí desde la primera noche. El cierre de diciembre podía haber servido para esconder un traslado posterior. También podía no tener relación con Elena.
—Necesitamos la fecha exacta de aquella inspección y quién tenía acceso entre entonces y la obra de diciembre —dijo.
Rubén lo anotó.
El hallazgo no había aparecido. La pregunta había mejorado.
Al terminar las medidas, los técnicos explicaron su primera conclusión: existía una diferencia significativa entre el espacio exterior delimitado por los muros y el interior accesible.
Parte podía corresponder a instalaciones previstas, pero no toda quedaba explicada con los documentos disponibles.
Para establecer la configuración real harían falta comprobaciones adicionales y, si procedía, una apertura controlada.
No se abriría aquella mañana con un martillo prestado.
Mara pidió un informe que distinguiera las medidas, las hipótesis y las actuaciones necesarias. La investigación tenía que justificar el siguiente paso y garantizar la seguridad de quienes lo ejecutaran.
Antes de salir volvió a mirar la escalera.
Imaginó a Lucía con veintitrés años, intentando contar lo que recordaba de aquel lugar. No colocó un cuerpo al final de la caída ni una mano que no hubiese visto. Había dedicado demasiadas horas a separar recuerdos y suposiciones para fabricar ahora su propia escena.
En casa de Teresa, Lucía recibió la llamada que confirmaba la visita al hotel. Mara no describió un hueco ni prometió que fueran a encontrar a Elena. Quería preguntarle por las entradas posteriores al edificio, especialmente las semanas siguientes a la desaparición.
Lucía estaba corrigiendo el último tramo de la traducción. Dejó el cursor entre dos frases y fue al pasillo.
—Yo no volví —dijo—. Eso sí lo sé.
—¿Andrés?
—Trabajaba con su padre. No me contaba cada sitio al que iba.
Teresa pasó a su lado con una cesta de ropa. Al oír el nombre de Héctor se detuvo. Lucía le hizo un gesto para que esperara y terminó de escuchar las preguntas.
Cuando colgó, su madre dejó la cesta en el suelo.
—Vinieron a recogerte una tarde de diciembre —dijo—. Andrés y su padre. No para ir al hotel. Dijeron que os ibais a dar una vuelta.
—¿Fui?
—Sí. Volviste antes de cenar. Estabas muy callada.
Lucía recordó un coche con los asientos de cuero frío. Héctor conduciendo. Andrés sentado a su lado, no detrás con ella. No sabía todavía si pertenecía a aquella tarde o a otra.
—No intentes completarlo —le pidió a su madre—. Dime solo lo que recuerdas tú.
Teresa asintió y le contó que, al volver, Andrés llevaba una bolsa con cosas del piso. Lucía no quiso subirla a su habitación y la dejaron en el recibidor hasta que él se la llevó.
—¿Qué había dentro?
—No lo vi.
Lucía anotó la información y avisó a Mara. Después volvió al ordenador. La entrega de su traducción tenía una fecha concreta; el pasado no parecía dispuesto a ofrecerle ninguna.
Terminó una página más antes de permitirse llorar.
En el hotel, Mara salió por la misma ruta por la que había entrado. La pared quedó intacta, fotografiada y medida.
El espacio que faltaba ya no era una impresión producida por una imagen antigua.
Tampoco era aún una tumba.