La ventana de las once 24. La noche de Beatriz
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24. La noche de Beatriz

Beatriz pidió hablar cuando se enteró de que habían encontrado muerto al vigilante. No conocía a Nicolás, según dijo. Lo que sabía pertenecía a la primera noche, la de Irene, y había dejado de parecerle un asunto privado que pudiera administrar a su manera.

Llegó a comisaría sin botella, sin bolsa de pan y sin la carpeta de recibos de comunidad que solía llevar a cualquier reunión. Solo tenía el bolso y un teléfono.

Mara le explicó la situación en que iban a escucharla y las garantías que correspondieran a los hechos que pudiera relatar. La conversación dejó de tratarse como una simple consulta de mantenimiento en cuanto Beatriz admitió haber intervenido en el sistema de cámaras.

No había borrado una película seleccionando nueve minutos como quien recorta un vídeo doméstico. Había desactivado temporalmente la grabación de un canal desde la aplicación de administración y la había reanudado después.

El examen técnico ya apuntaba a un cambio de estado de ese tipo. La confesión de Beatriz permitía buscar el dispositivo y las credenciales utilizados, pero no sustituía la comprobación.

—Lo había hecho otra vez —dijo—. Para que no se viera quién venía.

Mara no le preguntó si se daba cuenta de la gravedad. Beatriz estaba llorando y esa pregunta solo la obligaría a repetir una obviedad. Le pidió que describiera la secuencia sin saltarse pasos.

La mujer con la que se encontraba utilizaba la salida peatonal para no pasar por las fachadas. Estaba casada y trabajaba con personas conocidas por el marido de Beatriz. No querían que un vecino reconociera su coche ni que una grabación de un problema cualquiera acabara mostrando sus visitas.

El viernes habían estado en el veintidós. La visitante debía irse antes de las once y media. Beatriz salió primero para comprobar el paso y, antes de que su pareja abandonara la vivienda, suspendió la grabación de la cámara que cubría aquel tramo.

—Pensé que eran unos minutos que no importaban a nadie —dijo.

Importaron.

Mara la dejó continuar.

Al oír voces en la calle, Beatriz se puso la bata sobre la ropa y salió por su propia puerta. La prenda roja había ocultado un detalle que nadie tenía razón para observar entonces: no acababa de levantarse de la cama. Había estado fuera.

Mientras Lucía llamaba a Irene, la visitante salió por detrás.

Beatriz reanudó la grabación desde el móvil cuando recibió el mensaje de que ya estaba fuera de la urbanización.

Después intentó contactar con los Verhaegen y entregó la llave antigua que conservaba.

Esa llave incorrecta no formaba parte del ocultamiento; era consecuencia del duplicado nuevo que Sergio no le había dado.

Mara mantuvo ambas cosas separadas. Una mentira no convertía automáticamente todos los errores de Beatriz en actos deliberados.

—¿Vio a Irene esa noche? —preguntó.

—No.

—¿Su acompañante?

Beatriz bajó la vista.

—Dijo que había una mujer cerca de los aseos. Sentada. Pensó que era alguien fumando.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Por mensaje. Cuando llegó a su coche.

El teléfono se conservó y se acordó la aportación y examen de lo pertinente. Beatriz facilitó los datos de la otra mujer. Mara no le prometió que su relación quedaría fuera de todo documento; le explicó que se trataría la información de acuerdo con su relevancia y los procedimientos aplicables.

La visitante confirmó después la secuencia y aportó los mensajes originales desde su propio dispositivo. Recordaba una figura con capucha junto al banco. No pudo identificar el rostro de Irene con seguridad. Sí afirmó que llevaba algo claro alrededor de un brazo y que se apartó cuando ella pasó.

Aquella descripción era compatible con los indicios de una lesión, pero no establecía por sí sola quién era la mujer. Su valor estaba en el momento y el lugar, además de la independencia parcial respecto al relato de Beatriz.

Rubén contrastó los mensajes con el reloj del grabador y los registros técnicos. La suspensión explicaba el hueco sin necesidad de un apagón selectivo ni de un intruso invisible. No recuperaron unas imágenes que nunca se habían grabado.

Lo que recuperaron fue un recorrido posible y la razón por la que se había ocultado.

Beatriz permaneció sentada mientras terminaban de explicarle cómo continuarían las actuaciones. Había dejado de llorar. La calma no parecía alivio, sino cansancio. Preguntó si podía avisar a su marido antes de que la relación se conociera por otra vía.

Mara le indicó lo que no debía hacer con las personas que fueran a declarar: no acordar relatos, no borrar comunicaciones y no utilizar llamadas privadas para cambiar lo que cada una recordaba. Las decisiones sobre su matrimonio no correspondían a la inspectora.

—Todo el mundo va a hablar —dijo Beatriz.

—Probablemente algunas personas lo harán. Eso no cambia lo que tenemos que comprobar.

La administradora se quedó mirando las llaves que había sacado del bolso.

Cada funda de color había representado durante años una confianza: una familia que le dejaba entrar, un trabajador que contaba con ella, una reparación que no podía esperar a que el propietario regresara de otra ciudad.

También le habían permitido moverse sin tener que explicar demasiado.

—Yo he cuidado de esas casas —dijo.

Mara no lo negó.

—Y tuvo acceso a un sistema que utilizó para un fin distinto del previsto.

Beatriz apretó los labios. Una frase no cancelaba la otra. Haber recogido agua de una fuga o esperado durante horas a un técnico no le había dado permiso para decidir qué debía quedar grabado.

El técnico precisó después las medidas para conservar la información antes de realizar cambios de administración.

La comunidad tendría que revisar accesos, cuentas y responsabilidades, pero no se iban a restablecer equipos ni reemplazar registros durante una investigación por el simple deseo de empezar de cero.

Beatriz facilitó lo que se le requirió y dejó de repetir que ella sabía poco de informática. Sabía lo suficiente para haber suspendido un canal y para haberlo vuelto a activar. El alcance exacto se comprobaría, pero no podía seguir describiéndolo como un accidente del sistema.

Antes de recoger el bolso, preguntó si los nueve minutos habrían permitido encontrar a Irene antes.

Mara pensó en las imágenes que no existían, en la mujer de la capucha y en el banco junto al desagüe.

—No puedo saberlo —respondió—. Habrían sido una información que ahora no tenemos.

Beatriz pareció esperar una acusación más rotunda o una absolución. La inspectora no le ofreció ninguna. Había consecuencias demostrables y otras que no podían calcularse. No necesitaba inventar las segundas para tomarse en serio las primeras.

La mujer guardó las llaves, esta vez sin hacerlas sonar contra la mesa, y aceptó los pasos que le indicaron para continuar disponible.

Mara volvió a hablar con Beatriz sobre la llave del veintidós. La vivienda se había utilizado para los encuentros, pero eso no probaba que Irene hubiera entrado allí. Había otras casas desocupadas y la desaparecida conocía al menos una parte del sistema de accesos.

—¿Alguna vez dejó las llaves sin vigilancia en el cuarto de mantenimiento?

Beatriz admitió que sí. No solo ella. Había un tablero de llaves de zonas comunes y algunos propietarios dejaban copias en sobres para reparaciones. El sistema era informal, cómodo y difícil de reconstruir después de años de favores.

Mara pidió una relación de viviendas y autorizaciones para revisar los lugares que pudieran ser relevantes. La búsqueda no consistiría en entrar sin más en todas las casas porque estuvieran vacías.

Antes de marcharse, Beatriz preguntó si podía hablar con Lucía.

—Eso tendrá que decidirlo ella —respondió Mara—. No utilice esa conversación para acordar versiones.

Beatriz negó con la cabeza, ofendida y avergonzada a la vez.

Llamó desde el aparcamiento. Lucía atendió en casa de Teresa, con Celia en la habitación de al lado.

—He contado lo de las cámaras —dijo la vecina.

Lucía no respondió enseguida. No sabía todavía qué había contado exactamente.

Beatriz explicó lo imprescindible: había suspendido la grabación para ocultar una visita y había tardado en reconocerlo. No intentó justificarlo diciendo que nada podía cambiar ya.

—Lo siento.

Lucía miró el suelo de la casa donde había crecido. Una baldosa tenía una grieta que Teresa llevaba años diciendo que cambiaría.

—Ahora no puedo ayudarte a sentirte mejor por eso.

Beatriz empezó a llorar otra vez.

—No te lo estoy pidiendo.

Lucía no supo si era verdad. Terminó la conversación sin prometer que volverían a cenar juntas ni anunciar una ruptura definitiva de la amistad. Había asuntos que no necesitaban decidirse en el mismo día en que se conocían.

Celia salió al pasillo cuando guardó el móvil.

—¿La cámara de atrás no grabó?

Lucía miró a su hija. La pregunta sonaba distinta ahora que sabía que habían recogido su carrete.

—Había un hueco. La policía está comprobando por qué.

Celia se apoyó en la pared.

—Entonces solo está la mía.

No dijo «mi cámara».

No hacía falta.