23. Bajo la sal
El coche estaba inclinado sobre un arcén de tierra, a varios metros del agua. No parecía haber sufrido un accidente de circulación. Las ruedas delanteras habían dejado marcas al entrar en el camino y una de las traseras se había hundido en barro.
Los primeros intervinientes habían comprobado el interior. No había nadie en los asientos.
Mara llegó cuando un agente señalaba hacia una franja de vegetación baja junto al canal. El trabajador que había dado el aviso esperaba más lejos, con un chaleco reflectante y las manos escondidas bajo las axilas.
El cuerpo estaba parcialmente oculto entre las plantas, fuera del coche.
La asistencia sanitaria confirmó que no había posibilidad de reanimación. Se preservó la zona y se activaron las actuaciones correspondientes. Mara no se acercó hasta recibir indicaciones sobre el recorrido seguro. El barro podía conservar marcas y destruirlas bajo un solo paso impaciente.
Reconoció la constitución y el cabello de Nicolás antes de que la identificación se formalizara. No convirtió el reconocimiento en un anuncio por teléfono. Había un familiar al que informar y una escena que debía examinarse con cuidado.
Rubén se quedó junto al límite establecido, hablando con el primer agente. El trabajador no había tocado el coche ni el cuerpo. Había visto la matrícula al pasar y recordado un aviso compartido con su responsable. Dio la hora aproximada del hallazgo y aceptó quedarse disponible para declarar.
La marea había dejado restos vegetales en el canal. Eso no significaba que el cuerpo hubiese llegado flotando hasta allí. Su posición, el terreno y las condiciones requerían un examen que no podía sustituirse por una frase sobre «lo que devuelve el agua».
Mara miró hacia la carretera secundaria. El lugar quedaba apartado, pero no era inaccesible. Había huellas de neumáticos de vehículos de mantenimiento y pasos de personas que trabajaban en la zona. Separar lo reciente de lo habitual llevaría tiempo.
En el coche encontraron la bolsa de tela que la vecina había descrito. Contenía papeles metidos en una carpeta de plástico y un bocadillo envuelto. No estaba la caja entera del salón ni una suma de dinero visible sobre los asientos.
El teléfono de Nicolás apareció entre sus pertenencias y se recogió para su examen. Mara sintió una necesidad absurda de ver en la pantalla las llamadas que no había contestado. No lo hizo. El aparato tenía un procedimiento, no una obligación de aliviar su culpa.
La médica forense que acudió a la escena no adelantó una causa definitiva. Había lesiones que debían estudiarse y datos que hacían necesario descartar la intervención de otra persona. La autopsia permitiría avanzar. Mara pidió que constaran los límites de cualquier estimación temporal inicial.
El hombre había hablado con ella la noche anterior. Ese era un punto firme. Lo que había ocurrido después no podía rellenarse con la hora a la que dejó de responder.
Rubén se acercó cuando el equipo terminó una parte del trabajo alrededor del vehículo.
—La puerta del conductor estaba cerrada, no bloqueada. Llaves dentro. Hay que ver si las marcas del terreno permiten distinguir otro coche.
Mara asintió.
—¿Y el acceso desde la carretera?
—No tiene cámara. Una nave más atrás sí. Vamos a pedir conservación de las imágenes.
La inspectora miró el canal. El agua no parecía dramática. Avanzaba despacio, recogiendo reflejos de un cielo bajo. Nicolás había llegado allí desde un salón con una manta sobre el sofá y una taza sin lavar. Esa distancia le resultó más difícil de aceptar que la que mostraba el mapa.
La notificación a su hermano se hizo antes de cualquier comunicación pública que permitiera identificarlo. El hombre preguntó si había sido un accidente. Recibió la respuesta que podían dar entonces: se investigaban las circunstancias de la muerte.
Después quiso saber si había sufrido. Mara no estaba presente en esa conversación, pero leyó la nota más tarde y tuvo que dejarla un momento sobre la mesa.
No había contestación sencilla que pudiera hacerle bien.
Lucía supo que habían encontrado a Nicolás cuando Mara la llamó al final de la tarde. Ya estaba en casa de Teresa. Celia hacía deberes en el dormitorio que había sido de su madre y la televisión sonaba baja en el salón.
Mara no dio detalles de la escena. Le comunicó la muerte porque Nicolás estaba relacionado con los materiales de Elena y porque podían llegarle versiones a través de Andrés o de los vecinos. Seguían investigando cómo había ocurrido.
Lucía se sentó en una silla del pasillo.
—¿Lo han matado?
—Aún no puedo afirmárselo. Estamos examinando los indicios.
—Andrés llegó muy tarde anoche.
—Lo estamos comprobando.
Lucía miró hacia la puerta de Celia. La niña había dejado de mover el lápiz.
—No quiero volver a casa hoy.
—No tiene que hacerlo.
La sencillez de la respuesta le resultó casi insoportable. Había pasado días defendiendo el derecho a quedarse y ahora necesitaba que alguien le confirmara que podía marcharse sin contradecirse.
Teresa se sentó a su lado cuando terminó la llamada. No preguntó qué había hecho Lucía para verse envuelta en aquello. Le puso una mano sobre la espalda y esperó.
En comisaría, Mara regresó con barro seco en los bajos del pantalón. Rubén comenzó a organizar la nueva investigación dentro de la relación con las desapariciones, sin confundir expedientes ni dar por sentado que una misma persona explicaba todo.
La muerte de Nicolás cambiaba el riesgo. También la necesidad de proteger a quienes pudieran tener documentos que él hubiese entregado o personas a las que hubiera contado algo.
Irene seguía sin localizar.
Mara volvió a mirar el mensaje sobre el dinero. Una captura que el hombre había enviado voluntariamente, quizá convencido de que lo protegía. La amenaza de contar una verdad no siempre producía el resultado que quien la hacía esperaba.
No sabía todavía si Nicolás había acudido a cobrar, a entregar algo o a escuchar una propuesta.
Lo que no haría sería sentarse otra vez frente a él para preguntárselo.
La silla de las nueve seguía junto a la pared. Mara la apartó para que pudieran pasar con una caja de documentación.
Después fue a lavarse las manos.