La ventana de las once 22. El segundo desaparecido
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22. El segundo desaparecido

A las nueve y media, la silla reservada para Nicolás seguía vacía.

Rubén había intentado llamarlo desde primera hora. El móvil pasaba a un mensaje de indisponibilidad y el fijo de su vivienda sonaba sin respuesta. No constaba que hubiera acudido a otra dependencia ni que hubiese avisado para cambiar la cita.

Mara repasó la conversación de la noche anterior. Había negado estar amenazado y negado haber quedado con Andrés. Ahora ambas respuestas tenían que comprobarse con urgencia, no recordarse como razones para esperar.

Se organizaron búsquedas en los lugares que Nicolás había mencionado y comprobaciones de asistencia sanitaria.

Un equipo se dirigió a su vivienda. Su hermano, contactado de nuevo, confirmó que no sabía nada de él desde la tarde anterior y que le parecía extraño que faltara a una cita después de insistir tanto en buscar los papeles.

La vecina del portal recordó haberlo visto salir con una bolsa de tela al anochecer. No llevaba maleta. Había bajado por la escalera, no en ascensor, porque el ascensor del bloque no funcionaba desde hacía una semana.

El coche de Nicolás tampoco estaba en el lugar donde solía aparcar.

No habían pasado veinticuatro horas. Mara no necesitaba esperar a una cifra arbitraria para valorar el riesgo de un testigo que acababa de hablar de dinero, silencio y una desaparición anterior.

El acceso a su domicilio se tramitó atendiendo a las circunstancias y con participación del familiar localizado. No encontraron a Nicolás dentro ni señales de una agresión evidente. Había una cena sin terminar, el televisor apagado y una caja abierta junto al sofá.

Los documentos estaban revueltos, pero no podían afirmar que alguien hubiera registrado el salón: el propio hombre había dicho que buscaba papeles.

Rubén fotografió la disposición antes de cualquier recogida autorizada. Entre facturas y recibos aparecía una libreta pequeña. En varias páginas constaban fechas y cantidades. No había una columna titulada «chantajes». Había nombres abreviados, entregas parciales y apuntes que exigían contexto.

Una anotación reciente decía «A. no más por teléfono».

Mara pidió que la conservaran sin interpretarla en el mismo momento. La letra debía compararse; la inicial no demostraba por sí sola que se refiriera a Andrés.

La visita al trastero confirmó que Nicolás había estado allí.

Su hermano identificó una caja desplazada y reconoció los objetos personales que faltaban: papeles de trabajos antiguos y una cámara de vídeo estropeada.

La cámara se encontraba ahora en el salón de Nicolás.

No había allí una cinta que pudieran identificar como la entregada a Irene.

El préstamo dejaba de depender solo de la palabra del vigilante. El soporte de grabación seguía ausente.

Mara solicitó las comprobaciones necesarias sobre movimientos del coche, comunicaciones y la posible cita. No podía pedir a un mapa que mostrara dónde había estado una persona si no existía un dato que lo sustentara.

Una cámara de un comercio captó el vehículo en una salida de la ciudad a las nueve y catorce de la noche anterior. El propietario conservó y facilitó la grabación por el cauce indicado. En la imagen se reconocía la matrícula; el rostro del conductor no tenía detalle suficiente.

La dirección era compatible con una carretera secundaria hacia la zona de marismas. No era la ruta al trastero, pero Nicolás podía tener otros destinos que no les había contado.

Rubén mostró a Mara el punto sobre el mapa.

—Podemos ampliar desde aquí.

—Y avisar de las características del coche. No solo del nombre.

El hermano aportó una fotografía reciente. Nicolás aparecía junto a una barbacoa, con un delantal y una expresión orgullosa. Mara la prefirió a la imagen de documento para las gestiones en que resultaba útil: a veces la gente reconocía antes una postura que un rostro inmóvil.

El hombre se quedó esperando junto a la mesa después de enviarla. Había llegado desde fuera de la ciudad y aún llevaba en la mano el resguardo del aparcamiento. Preguntó si debía ir a buscarlo a los bares que frecuentaba.

Mara le pidió que facilitara los nombres y no emprendiera por su cuenta una búsqueda que podía duplicar gestiones o ponerlo en una situación que desconocían. Él aceptó, pero no se sentó hasta que Rubén le acercó una silla.

—Siempre ha tenido cosas que no cuenta —dijo—. No sé cuáles les sirven a ustedes.

Hablaron de sus hábitos, de amistades conocidas y de lugares a los que podía acudir.

El hermano distinguió con cuidado los datos actuales de los recuerdos de cuando vivían cerca.

Nicolás había cambiado de teléfono varias veces, pero mantenía la costumbre de anotar números en una agenda porque no se fiaba de los aparatos.

—¿Había hablado últimamente de dinero? —preguntó Mara.

—Decía que le iban a pagar algo. Pensé que era una devolución o una deuda. Siempre había alguien que le debía algo.

—¿Mencionó a los Molina?

El hombre miró la fotografía de la barbacoa en su pantalla.

—Al padre lo nombraba mucho antes. Decía que había trabajado por cuatro duros para gente que luego iba en coches enormes. Del hijo no me acuerdo.

Mara anotó la respuesta y le preguntó si conservaba mensajes en los que Nicolás hablara de aquel cobro.

Revisaron los que el hombre aportó. Había una referencia vaga a arreglar el coche cuando entrara dinero y otra a un viaje que quería hacer con su hijo.

No contenían el nombre de un pagador ni la fecha de una cita.

El hermano parecía avergonzado por la escasa utilidad de lo que había encontrado.

—No tiene que traer una solución —le dijo Mara—. Necesitamos saber qué existe.

La frase lo hizo apoyar por fin el resguardo del aparcamiento sobre la mesa.

Contó después que Nicolás había sido generoso con su madre cuando enfermó. Pagó cosas que ninguno había previsto y luego se lo recordó durante años a cualquiera que le llevara la contraria. Era capaz de ayudar de verdad y utilizar después la ayuda como una cuenta pendiente.

Mara no necesitaba decidir si aquello lo convertía en buena o mala persona para buscarlo. Le permitió terminar y volvió a los lugares, los horarios, los contactos.

Cuando el hermano salió a hacer una llamada familiar, Rubén se quedó mirando las dos fotografías disponibles: la del documento y la de la barbacoa. En una, Nicolás parecía irritado con el mundo. En la otra, orgulloso de haber preparado comida para varias personas.

—No se parecen —dijo.

—Es el mismo hombre.

Mara guardó ambas. Había pasado suficiente tiempo investigando muertes para desconfiar de los retratos que volvían coherente a una persona solo después de que desapareciera.

El hermano regresó y preguntó si podía esperar allí un rato. No tenía una tarea útil y tampoco quería volver al coche.

Le indicaron un lugar. Mara le explicó quién lo mantendría informado y volvió a las comprobaciones en marcha.

El día se llenó de llamadas que no daban respuesta. Centros sanitarios, conocidos, lugares a los que acudía. Una mujer dijo que le debía dinero. Un antiguo compañero se rio al oír que Nicolás pretendía cobrar una deuda vieja y se puso serio cuando comprendió que no lo localizaban.

Mara pidió que esas informaciones se registraran sin convertir una personalidad desagradable en la explicación de lo ocurrido.

Pasado el mediodía, hablaron con Andrés.

No negó haber recibido mensajes del vigilante. Dijo que reclamaba cantidades absurdas de la empresa de su padre y que ya se había cansado de responderle. Afirmó no haberlo visto desde hacía meses.

—Anoche estuve trabajando —explicó.

—¿Dónde?

—Primero en el estudio. Después fui a revisar una incidencia en un inmueble. Puedo darles la dirección.

Mara le pidió horas, personas con las que hubiera coincidido y cualquier documentación que permitiera contrastarlo. Andrés se mostró ofendido durante un segundo y luego adoptó el tono eficiente de quien quiere resolver un malentendido cuanto antes.

—Esto se está convirtiendo en una persecución.

—Estamos intentando localizar a un hombre que iba a declarar esta mañana.

—Yo no soy responsable de que falte a sus citas.

La inspectora no discutió aquella frase. Todavía no tenía pruebas para atribuirle la ausencia.

Cuando terminó, Andrés preguntó si Lucía sabía algo. Mara le indicó que no utilizara a su mujer como intermediaria para aclarar cuestiones de la investigación.

Rubén esperó a que saliera.

—Volvió a casa después de medianoche, según Lucía. Tenemos que comprobar el resto.

Mara miró la franja de la noche anterior. Un hombre reclamando dinero. Un coche visto en una carretera. Otro hombre que decía trabajar solo.

No era suficiente para una conclusión. Era suficiente para acelerar.

A las cuatro y dieciocho llegó el aviso.

Un trabajador que revisaba una compuerta había visto un coche detenido junto a un camino de servicio. No sabía si había alguien dentro. La matrícula coincidía con la difundida en las gestiones de búsqueda.

Mara cogió la chaqueta y pidió que nadie se acercara al vehículo más de lo necesario para comprobar una posible emergencia.

En el trayecto, Rubén condujo sin hablar. La lluvia convertía la carretera en una superficie gris, sin fondo. Mara intentó recordar la última frase de Nicolás y la dejó a un lado. Tendría que volver a ella después, con los hechos delante.

Todavía podían encontrarlo vivo.

No permitió que esa posibilidad se convirtiera en una promesa.