La ventana de las once 21. La llamada muda
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21. La llamada muda

El miércoles, a las ocho y cuarenta, sonó el fijo.

Lucía estaba guardando los platos del desayuno.

Andrés había salido unos minutos antes, con una mochila de trabajo en vez del maletín.

Había dicho que tenía que revisar una obra y que quizá se quedara sin cobertura.

Ella no le pidió una dirección. Esperaba a Rubén para la recogida de la cámara de Celia y no quería abrir otra discusión antes de que llegara.

Cogió el inalámbrico al tercer tono.

—¿Sí?

No obtuvo respuesta. Se oía un ruido intermitente, como ruedas sobre un suelo de baldosas. Lucía miró la pantalla: número oculto.

—¿Quién es?

Una mujer aspiró aire al otro lado.

—¿Está él?

Lucía se quedó quieta junto al fregadero.

—¿Irene?

El ruido cesó de pronto, como si alguien hubiera cubierto el micrófono.

—No le digas…

La frase se cortó.

Lucía escuchó un golpe, voces demasiado lejanas para distinguir palabras y después el tono de llamada terminada.

No devolvió el aparato a la base. Miró la duración de la conversación y la apuntó en el reverso de una factura. Anotó las tres frases que recordaba, separando la suya de las que había oído. No añadió «era Irene».

Llamó a Mara.

La inspectora preguntó si reconocía la voz o si había utilizado el nombre porque esperaba que fuera ella. Lucía cerró los ojos un instante. El miedo quería convertir una semejanza en certeza.

—Se parecía. No puedo asegurarlo.

—De acuerdo. Conserve el registro tal como está. No borre nada ni intente resolverlo llamando a otros números.

Mara le preguntó si se sentía segura en la casa. Lucía dijo que sí en ese momento, pero quería que alguien supiera que Andrés había salido con la mochila y había mencionado la falta de cobertura.

No tenía pruebas de que aquello fuera importante. Lo dijo así.

La inspectora lo anotó. Rubén llegaría en poco tiempo. Si la llamada se repetía, debía escuchar sin prometer encuentros ni salir a buscar a quien estuviese al otro lado.

Lucía se quedó en la cocina hasta que oyó el coche.

La cámara estaba en el armario de Celia, dentro de una funda de tela.

Lucía abrió la puerta del dormitorio en presencia de Rubén y señaló dónde le había dicho su hija.

No revisó el resto de los cajones. La adolescente había acordado la aportación del aparato y el rollo, pero eso no significaba que su habitación entera dejara de pertenecerle.

Rubén documentó la recogida. No abrió la cámara. El contador mostraba que el carrete no se había terminado; sería necesario tratarlo sin exponerlo a la luz.

—¿Podré devolverle la cámara? —preguntó Lucía.

—Cuando se pueda, siguiendo el procedimiento. Dejaremos constancia de lo que se examine y se conserve.

La respuesta era menos cómoda que una fecha. Lucía telefoneó a Celia para confirmarle la entrega y no describió movimientos que su hija pudiera interpretar como un registro de su cuarto.

—Estaba donde dijiste. No hemos tocado lo demás.

La muchacha tardó un momento en responder.

—Vale.

Rubén recogió también los datos de la llamada al fijo. La base del inalámbrico conservaba el intento entrante con la indicación de número oculto. La identidad del origen requeriría comprobaciones, no pulsar una opción secreta del aparato.

Antes de marcharse, el subinspector le preguntó si tenía previsto salir. Lucía le dijo que iría a casa de su madre después de comer. Había terminado una parte del trabajo y podía llevarse el resto en el portátil.

—No hace falta que espere aquí por si vuelve a llamar —le recordó.

Lucía no se había dado cuenta de que eso era exactamente lo que estaba pensando.

Preparó una bolsa. Dos mudas, el cargador, un cuaderno. Dejó la taza azul en la cocina. Le pareció ridículo considerar llevársela y al mismo tiempo no quiso que acabara en la basura durante su ausencia.

La guardó en el armario alto, detrás de una fuente, y enseguida la volvió a sacar. No quería empezar a esconder objetos cotidianos para defender la realidad de una visita.

Se quedó sobre la mesa.

A las diez llamó Andrés.

—¿Han venido a por la cámara?

—Sí.

—Celia podría haber esperado a que yo la revisara. Es antigua. Si la manipulan mal, la estropean.

Lucía miró la puerta abierta del dormitorio de su hija.

—La ha recogido la policía. No necesitan que la revises antes.

—No he dicho que necesiten nada. Estoy preocupado por ella.

—Yo también.

Andrés cambió de tema. Preguntó si había hablado con su madre, si se quedaría allí, si tenía que llevarle algo.

Lucía le dijo que se marcharía esa tarde. No le contó la llamada de voz incierta. Antes habría sentido aquella omisión como una mentira; ahora la entendía como una información de la investigación que no estaba obligada a repartir.

—Pues avísame cuando llegues —dijo él.

Ella respondió que avisaría a alguien. No especificó a quién.

Al terminar la conversación, fue a cerrar el patio. En el paso común vio a Beatriz hablando con un agente. La vecina sujetaba el llavero con la funda naranja y gesticulaba hacia el cuarto de mantenimiento.

Lucía no se acercó. Ya había contado lo que sabía de la vivienda vacía. No quería escuchar a escondidas para fabricar una segunda versión de aquella conversación.

Volvió al despacho y trabajó durante cuarenta minutos. El personaje de su traducción seguía con la carta escondida en el cajón. Lucía corrigió un verbo que llevaba dos días molestándole y terminó el capítulo.

Después llamó de nuevo a Mara para añadir una precisión a la llamada de la mañana: no había oído su nombre. La mujer había preguntado por «él», pero no había dicho Lucía.

—Gracias por aclararlo —respondió la inspectora.

No era una forma de restar importancia al aviso. Era una forma de impedir que creciera al repetirse.

Antes de colgar, Mara le dijo que volverían a ponerse en contacto si necesitaban algo más. Su tono había cambiado respecto a la primera conversación del día. No estaba pensando solo en el teléfono de Lucía.

En su mesa había una cita incumplida.

Y Nicolás Barral no respondía desde la noche anterior.