La ventana de las once 20. Las otras llaves
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20. Las otras llaves

Lucía regresó de ver a Amalia cuando ya era de noche. Había avisado a Teresa de que había llegado y acordado que se llamarían de nuevo antes de dormir. No entró por el garaje: dejó el coche fuera y utilizó la puerta principal.

Andrés no estaba. Había un mensaje suyo en el móvil: «No me esperes despierta».

La casa tenía una amplitud desconocida sin Celia arriba y sin el ruido de la ducha de su marido. Lucía dejó el bolso en el despacho, calentó un plato y se sentó a comer con la luz de la cocina encendida.

Se preguntó si Irene habría sentido lo mismo en el catorce. La libertad de no dar explicaciones podía parecerse al abandono si una llevaba demasiado tiempo confundiendo compañía con vigilancia.

El timbre sonó cuando estaba lavando el plato.

Beatriz esperaba fuera con una botella de vino sin abrir.

—No sabía si estabas sola.

Lucía miró la botella.

—No voy a beber.

—Yo tampoco tengo por qué.

La vecina la llevaba como una excusa antigua, un objeto que había permitido otras veces sentarse juntas sin tener que explicar por qué necesitaban hablar.

Lucía la dejó entrar.

Se quedaron en la cocina. Beatriz puso la botella sobre la encimera y aceptó un vaso de agua. No preguntó por Irene enseguida. Dijo que había visto salir a Celia con una bolsa y que esperaba que no fuera por lo que se comentaba en el grupo de vecinos.

—Está con mi madre un par de días.

—Mejor.

—¿Por qué mejor?

Beatriz levantó las manos.

—Por descansar. Solo por eso.

Lucía se sentó al otro lado de la mesa. Tenía pocas fuerzas para una conversación en la que cada frase necesitara retirarse después.

—Esta mañana me has dicho que no todo tenía que ver con mi casa.

Beatriz observó el agua del vaso.

—Fui injusta.

—No sé si lo fuiste. No entendí qué querías decir.

La administradora apartó la botella para apoyar los codos. Había envejecido en los últimos días de una manera que Lucía no había visto mientras estaba ocupada observándose a sí misma.

—Hay gente que viene aquí y no quiere que se sepa —dijo.

—¿A la urbanización?

—Sí.

Lucía pensó en parejas de fin de semana, alquileres no comunicados, amigos que utilizaban casas prestadas. No necesitaba llegar a un crimen para entenderlo.

—¿Te refieres a Irene?

—No.

Beatriz levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, pero no parecía haber bebido.

—Yo también tengo una vida que no cuento en las reuniones de comunidad.

Lucía no preguntó un nombre. La frase de la mañana se había vuelto comprensible sin hacerse más cómoda.

—¿Tiene relación con lo que busca la policía?

—No con Irene.

—No te he preguntado solo por Irene.

Beatriz sonrió de lado.

—Hablas como la inspectora.

Lucía no lo tomó como un cumplido. Le molestó descubrir que, para hacer una pregunta hasta el final, parecía necesitar la voz de otra persona.

La vecina explicó que disponía de una llave de una vivienda vacía, el número veintidós. Su propietaria, una tía de su marido, le había pedido que ventilara y revisara el correo. Beatriz la utilizaba en ocasiones para encontrarse con alguien. No iba a dar detalles de esa persona a Lucía.

—No tienes que dármelos a mí —respondió ella.

—Pero van a preguntar.

—Entonces tendrás que decirles lo que sepas.

Beatriz giró el vaso entre las manos.

—Es fácil decirlo cuando el secreto es de otro.

Lucía sintió que la frase buscaba un lugar concreto de su cuerpo. Pensó en Elena, en lo que no recordaba y en las preguntas que seguía evitando hacer a Andrés. La tentación de responder con algo cruel apareció y pasó.

—No —dijo—. No es fácil.

El silencio siguiente fue distinto. Beatriz dejó de defenderse durante unos segundos.

—Me da miedo que todo lo que he hecho se convierta en otra cosa.

Lucía miró la puerta que daba al patio.

—A mí me da miedo que siga pareciendo lo mismo que siempre.

Beatriz empezó a llorar sin cubrirse la cara. Lucía le acercó un pañuelo. No le prometió discreción sobre algo que pudiera importar para encontrar a Irene. Tampoco la obligó a contarle el resto delante de una botella que ninguna había abierto.

Cuando se calmó, la vecina preguntó por Andrés. Lucía dijo que no sabía a qué hora volvería.

—¿Te ayuda con todo esto?

Lucía observó el vaso de agua.

—Estamos hablando de cosas que no habíamos hablado antes.

Era una respuesta que no lo acusaba ni lo defendía. Beatriz pareció entender que no habría otra esa noche.

Se marchó dejando la botella. Lucía la llamó desde la puerta para devolvérsela. La vecina la cogió con una expresión de vergüenza, como si acabaran de descubrir que nunca había sido un regalo.

Después Lucía escribió a Mara. No relató una infidelidad con detalles que no tenía. Explicó que Beatriz había mencionado el uso de una vivienda vacía y que parecía preocupada por las preguntas sobre accesos. La inspectora acusó recibo y dijo que hablarían con ella.

Lucía llamó a Teresa. Su madre le contó que Celia había cenado y estaba haciendo deberes. La adolescente se puso un momento al teléfono.

—¿Has hablado con papá?

—Por mensajes.

—Ha preguntado si me llevé la cámara.

Lucía miró hacia la escalera.

—¿Te la llevaste?

—No. Está en mi armario. La inspectora dijo que la recogeríais sin tocar el carrete.

—Lo sé.

—No la busques ahora si él llega.

Lucía sostuvo el teléfono con más fuerza.

—¿Por qué dices eso?

Celia respiró al otro lado.

—Porque se enfada cuando cogemos cosas antes de preguntarle.

La cámara era de Celia. Lucía había pagado la mitad y la niña había ahorrado la otra mitad durante meses. No necesitaban pedir permiso para conservar un objeto suyo.

Lo pensó con claridad. No subió a buscarla a escondidas: avisó a Mara de dónde estaba y acordó mantenerla sin manipular hasta la recogida. Después cerró con llave la puerta de su despacho, donde no había ninguna prueba decisiva, solo su trabajo y un lugar en el que quería poder estar sola.

Andrés llegó pasada la medianoche. Lucía lo oyó dejar las llaves, abrir la nevera y subir. Permaneció en la cama con los ojos abiertos.

Él entró sin encender la luz.

—¿Duermes?

—No.

—He tenido un día horrible.

Lucía esperó que continuara. Andrés se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos. Olía a humedad, como si hubiese permanecido un rato bajo la lluvia.

No explicó dónde había estado.

Ella no le ofreció una explicación posible para ayudarlo a empezar.