La ventana de las once 19. El hombre que cobraba
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19. El hombre que cobraba

Nicolás llamó a Rubén a las seis y veinte. La conversación quedó documentada en una nota que el subinspector llevó enseguida a Mara.

El antiguo vigilante quería modificar una parte de lo que había contado en su casa. Recordaba quién le devolvió la cámara: Héctor Molina. También recordaba haber recibido dinero después del cierre de la obra, por trabajos de vigilancia que no figuraban en los documentos que conservaba.

—Dice que tiene recibos —explicó Rubén—. Quiere traerlos mañana por la mañana.

—¿Por qué no hoy?

—Tiene que buscar una caja en un trastero de su hermano. Le he ofrecido que nos indique dónde está, pero insiste en traerla él.

Mara llamó directamente a Nicolás. Le preguntó si alguien lo había amenazado o presionado desde la visita.

El hombre respondió que no.

—¿Ha hablado con Andrés Molina?

Un ruido de tráfico ocupó el silencio.

—Me llamó para preguntar por ustedes.

—¿Cuándo?

—El domingo.

—¿Antes o después de que nos marcháramos?

—Después.

Mara anotó la respuesta. Encajaba con el mensaje de Lucía sobre las cintas, pero tendría que comprobarse, no bastaba la coincidencia temporal.

—¿Le contó lo que habíamos preguntado?

—Lo de la cámara. Sí. No pensé que fuera secreto.

—No le estamos acusando por hablar. Necesito saber qué ocurrió en esa conversación.

Nicolás respiró con ruido junto al micrófono.

Andrés le había dicho que remover la desaparición solo conseguiría hacer daño a Lucía.

Nicolás respondió que él no había buscado a nadie, que primero fue Irene y después la policía.

Hubo una discusión por dinero. Según el vigilante, eran cantidades que la empresa de Héctor le debía desde hacía años.

—¿Cuánto dinero? —preguntó Mara.

La cifra llegó después de otra pausa. Era demasiado alta para unas pocas rondas de vigilancia, aunque quizá incluía trabajos que aún no habían identificado.

—¿Lo había reclamado antes?

—De palabra.

—¿Tiene facturas o recibos que correspondan a esa deuda?

—Por eso quiero buscar la caja.

Mara le propuso que acudiera esa misma tarde aunque no la encontrara todavía. Podían tomarle declaración y recoger los documentos después. Nicolás dijo que estaba cansado, que no había dormido y que al día siguiente lo contaría todo bien.

—No espere a mañana si se siente en peligro —insistió ella—. Puede acudir a comisaría o llamar a emergencias si sucede algo. ¿Dónde está ahora?

El hombre dio el nombre de una calle y dijo que iba a coger un autobús. Mara le pidió que no concertara encuentros por su cuenta con personas relacionadas con el asunto y que conservara los mensajes.

Él respondió con impaciencia.

—No soy tonto.

La frase no significaba que fuera a seguir el consejo.

Mara organizó la comprobación de lo que acababa de relatar y dejó constancia de la preocupación.

No podía detener ni custodiar contra su voluntad a un testigo que negaba estar amenazado.

Tampoco quería convertir aquella limitación en una excusa para no hacer nada.

Se acordó volver a contactar con él esa noche y verificar la cita de la mañana.

Rubén localizó el trastero mediante la dirección que Nicolás facilitó después por mensaje. Su hermano estaba de viaje y confirmó por teléfono que el vigilante tenía llave y guardaba allí cajas antiguas. Aceptó coordinarse si necesitaban revisar los materiales por la vía correspondiente.

La investigación del hotel produjo mientras tanto un nombre completo para la firma de la factura: Esteban Lobo Márquez. Había trabajado por temporadas para la empresa de Héctor. Seguía viviendo en la provincia y ya no se dedicaba a la construcción.

Mara pidió concertar una entrevista. No le adelantaron la hipótesis del cuarto cerrado. Querían conocer sus trabajos de entonces sin enseñarle antes la respuesta que temían encontrar.

Sobre la mesa empezaban a convivir fechas de tres épocas: el proyecto y la desaparición en 2008, las fotos de la visita técnica de 2017 y las comunicaciones de Irene en el presente. Mara utilizó hojas separadas para no fingir una continuidad documental que todavía tenía huecos.

El cobro de Nicolás podía ser una deuda legítima. También podía ser el precio de callar. La diferencia no se resolvía por lo desagradable que resultara el hombre.

Rubén recibió a las ocho una captura aportada por el propio Nicolás. Era un mensaje dirigido a Andrés, enviado antes de llamar a la policía: «Lo tuyo no es una deuda de tu padre. Sabes por qué me has pagado otras veces».

Debajo había una respuesta: «No vuelvas a escribir a este número».

La captura no bastaba para autenticar una conversación. Sí justificaba pedirle que conservara el aparato y aportara los originales cuando compareciera. También hacía menos creíble que solo reclamara unas horas de trabajo impagadas.

Mara lo llamó de nuevo. Nicolás contestó desde un lugar más silencioso.

—¿Le ha pedido dinero a cambio de no contar algo? —preguntó.

—Le he pedido lo que me debe.

—No es la misma pregunta.

—Mañana hablamos.

—Podemos hablar ahora.

El hombre soltó una risa seca.

—Ustedes llegan y quieren que uno arregle dieciocho años en una tarde.

Mara sintió el golpe de la frase sin aceptar su conclusión.

—No tiene que arreglarlos. Tiene que decirnos qué sabe.

Nicolás prometió estar a las nueve. Confirmó que no había quedado con Andrés ni pensaba hacerlo. Luego colgó.

Mara dejó el teléfono encima de las hojas. No confiaba en él. Esa desconfianza no le permitía adivinar cuál de sus afirmaciones iba a resultar la más peligrosa.

Antes de marcharse de comisaría llamó a Joaquín para confirmar que había ido bien la cita del audífono. Su padre dijo que le habían cambiado una pieza y que Antonio lo había llevado y recogido.

—Te guardo lentejas —añadió.

—No sé a qué hora llegaré.

—Se pueden guardar sin que tú sepas la hora.

Mara sonrió por primera vez en varias horas.

Comió de pie en la cocina de su padre. Joaquín no le pidió detalles del caso. Le enseñó una factura y preguntó si le parecía que habían cobrado dos veces el mismo concepto del aparato. Ella la leyó y descubrió que uno era una pieza y otro la mano de obra.

—No todo lo que se parece está repetido —dijo él.

Mara levantó la vista. Joaquín esperaba todavía que le devolviera la factura.

Le devolvió el papel y se sentó para terminar de comer.

A las diez y media, el intento de contacto acordado con Nicolás no obtuvo respuesta. Rubén dejó un mensaje y comprobó si había acudido por su cuenta a alguna dependencia. No constaba.

Mara miró la hora de la última conversación.

La cita seguía fijada para las nueve de la mañana.

Dejó el teléfono con sonido y no se quitó la ropa hasta mucho después de llegar a casa.