18. El archivo de Elena
Lucía dejó a Celia en casa de Teresa esa tarde.
Lo decidió con su hija, no a escondidas de Andrés.
La muchacha necesitaba dormir lejos del movimiento de coches policiales y podía recuperar las clases perdidas con los materiales que le enviaran.
Avisarían al instituto y organizarían el regreso según evolucionara la situación.
Andrés no discutió por teléfono. Preguntó quién había propuesto la estancia y cuánto tiempo duraría.
—Lo hemos hablado nosotras —respondió Lucía—. Por ahora, dos noches.
—¿Y tú?
—Voy a volver. Tengo una cita con una profesora de Elena.
Hubo una pausa.
—Otra persona a la que removerle todo.
—Me ha contestado ella. Quiere hablar.
Lucía terminó la llamada antes de empezar a defender cada parte del viaje. Teresa la acompañó hasta el coche y le preguntó si prefería quedarse también. Lucía dijo que volvería al día siguiente si lo necesitaba. Le costó añadir aquello: dejar una decisión abierta sin prometer firmeza.
La profesora se llamaba Amalia Vela y estaba jubilada.
Había recibido el correo de Lucía a través de una antigua dirección universitaria que aún consultaba.
Conservaba parte de sus archivos docentes en casa y parte se había transferido al departamento.
No sabía si encontrarían algo útil, pero recordaba a Elena.
Quedaron en una sala del centro donde Amalia participaba en un taller de fotografía.
Lucía informó antes a Mara y le preguntó si debía esperar.
La inspectora le pidió que no tratara de obtener declaraciones para la policía ni manipular soportes delicados.
Podía hablar con una persona que había conocido a su amiga; si aparecían materiales relevantes, acordarían cómo preservarlos y recogerlos.
Amalia llegó con una carpeta rígida y una bolsa de tela.
Tenía setenta años y un modo de mirar que le devolvió a Lucía la vergüenza de no haber terminado una lectura a tiempo. Lo primero que hizo fue preguntar por Celia, de quien sabía solo lo que Lucía había mencionado al concertar la cita.
—Está con mi madre.
—Bien. Sentémonos.
La sala olía a papel y a pintura de paredes recién dada. Había fotografías de flores junto a retratos de familiares. En una esquina, un estudiante había dejado una ampliadora tapada con una funda.
Amalia abrió la carpeta. No contenía un diario secreto ni una carta dirigida a Lucía. Había una memoria de proyecto, varias hojas de contacto y comentarios docentes.
Elena había titulado el trabajo «Lugares que esperan».
Lucía sonrió al leerlo. Había olvidado cuánto le gustaba a su amiga poner nombres solemnes a cosas que después describía con humor brutal.
—Decía que un hotel vacío era un sitio que aún no había aprendido a mentir —recordó.
Amalia hizo un gesto de reconocimiento.
—Eso lo puso en la introducción. Le pedí que explicara qué quería decir en vez de dejar una frase bonita.
Lucía la buscó. Debajo, Elena había añadido a mano una explicación sobre habitaciones idénticas que acabarían conteniendo vidas distintas. La corrección no había eliminado su voz; la había obligado a ir un poco más lejos.
—Yo leía sus trabajos —dijo Lucía—. A veces le cambiaba una palabra.
—Se nota que hablaba con alguien que atendía al lenguaje.
El cumplido la incomodó. Durante años había reducido a Elena a la última noche y a sí misma a lo que no pudo explicar de ella. Había olvidado que habían compartido trabajos mal pagados, exámenes y desayunos en los que ninguna era una víctima futura.
Miraron las hojas de contacto sin separarlas de sus fundas. Cada tira pertenecía a una sesión distinta. Las anotaciones de Elena distinguían las imágenes previstas para el proyecto y las descartadas por problemas técnicos.
En una se repetía la escalera este. En otra aparecía un trabajador con mono claro, de perfil, junto a unos sacos. Lucía no lo reconoció.
—¿Sabes quién es? —preguntó Amalia.
—No. Prefiero no adivinar.
El nombre Mar de Plata figuraba en la memoria.
También constaba que Elena había incorporado pequeñas secuencias de vídeo para estudiar cómo cambiaba la luz al desplazarse por el edificio.
La cámara era prestada. El trabajo entregado incluía unas imágenes fijas extraídas de las pruebas, no la película completa de la última noche.
Lucía leyó la fecha de entrega. Era anterior a la desaparición.
Le produjo un alivio extraño que las hojas no prometieran resolverlo todo.
Amalia se levantó para buscar agua. Lucía permaneció frente a una fotografía del vestíbulo.
Andrés aparecía al fondo, apenas reconocible, con la puerta abierta.
Ella misma estaba fuera del encuadre. Recordó la impaciencia de Elena al pedir que se movieran: no quería un retrato de pareja, quería que se entendiera el tamaño de la sala.
Había una anotación docente en la hoja contigua: «No elimines las personas que contradicen la idea inicial». Lucía la leyó varias veces hasta que Amalia volvió.
—¿Por qué le escribiste esto?
La profesora dejó el agua sobre la mesa y buscó la serie a la que se refería. Mostró tres imágenes del mismo pasillo. En una, un trabajador cruzaba cargando un cubo. En otra solo quedaban las marcas de sus botas. La tercera estaba vacía.
Elena había elegido la última porque se parecía más a lo que quería contar sobre un edificio detenido. Amalia le señaló que el lugar no estaba completamente muerto si aún había personas entrando para trabajar, vigilar o llevarse cosas.
—Tendía a enamorarse de una idea —dijo—. No era la única. A todos nos cuesta conservar lo que nos obliga a cambiarla.
Lucía acercó la silla. Durante los últimos días había empezado a imaginar a Elena como alguien que había visto todo con claridad desde el principio. Las correcciones de la carpeta la devolvían a una estudiante capaz de equivocarse, impacientarse y mejorar un trabajo.
—¿Cambió la selección?
—Sí. No como yo se lo había propuesto. Encontró otra manera.
En la versión final, el trabajador aparecía en la primera hoja y el espacio vacío en la última.
Elena había escrito que no sabía quién seguiría entrando allí cuando ella dejara de fotografiarlo.
La frase no predecía nada. Formaba parte de un trabajo que pretendía ser honesto con sus propios límites.
Lucía pensó en Celia, en las imágenes del vaso y la silla, en lo orgullosa que estaba cuando alguien la trataba como a una persona que podía aprender en vez de como a una niña con un entretenimiento caro. Comprendió por qué Irene había encontrado tan deprisa una entrada a su vida.
No la había convencido con una gran mentira. Primero le había ofrecido una atención que Celia necesitaba.
Amalia volvió a colocar la funda en su sitio.
—¿Quieres descansar?
—Quiero preguntarte algo que no es sobre el hotel.
La profesora esperó.
—¿Elena te parecía enfadada conmigo?
Amalia no respondió de inmediato.
—Me parecía preocupada algunas veces. No conozco vuestra amistad desde dentro. Si te dijera que sé exactamente qué pensaba, te estaría dando algo que no tengo.
Lucía asintió. La decepción le duró poco. Había venido buscando materiales, no otra persona que le explicara lo que alguien ausente sentía por ella.
En el margen de una hoja había un dibujo pequeño, un ojo con pestañas enormes. Debajo, Elena había escrito «L. dice que esto suena pretencioso». Lucía recordó haberlo dicho y recordó también la respuesta de su amiga: si quería criticarla, tendría que proponer una frase mejor.
No había perdido solo a una persona que la defendía. Había perdido a alguien con quien podía estar en desacuerdo sin que el desacuerdo amenazara toda la relación.
Esa diferencia le pareció importante de una forma que todavía no sabía explicar a la policía.
—¿Tuvo problemas con alguien por entrar allí? —preguntó cuando la profesora volvió.
Amalia pensó antes de responder.
—Comentó que uno de los responsables de la obra no quería que fotografiara unas zonas. No recuerdo el nombre. Le dije que respetara las condiciones del permiso o trabajara en otro sitio.
—¿Te contó por qué?
—Decía que había cosas mal hechas. No sé si hablaba de construcción o de cómo la trataban. Sería fácil darle ahora un significado que entonces no tenía para mí.
Lucía agradeció la cautela, aunque una parte de ella habría preferido una acusación clara. Estaba aprendiendo a reconocer ese deseo antes de obedecerlo.
La profesora sacó de la bolsa una carta de Irene fechada pocos meses antes. No se la entregó para que la leyera de principio a fin; le mostró el párrafo en que preguntaba por materiales de Elena y explicó que había contestado remitiéndola al departamento para consultar las condiciones de acceso.
—Hablamos una vez —dijo—. Quería saber si existía otra copia de sus vídeos.
—¿Existía?
—Yo no tenía ninguna. Le expliqué lo mismo que a ti. Estas hojas son anteriores. Los soportes originales, si se conservaron, no estaban conmigo.
Lucía tomó nota de qué materiales podían ofrecer a los investigadores y del contacto para gestionar su reproducción. No se llevó la carpeta bajo el brazo. Amalia quería colaborar y conservar a la vez un archivo que contenía trabajos de muchas personas; ambas cosas eran compatibles.
Al salir, la profesora la acompañó hasta la puerta.
—Elena se enfadaba conmigo cuando le devolvía un trabajo lleno de comentarios —dijo—. Pero volvía. Preguntaba qué no se entendía.
Lucía tuvo que mirar hacia el aparcamiento para contener las lágrimas.
—A veces pienso que estoy intentando recordarla para salvarme yo.
Amalia no le dijo que no. Tampoco que fuera una mala razón.
—Puedes empezar por dejar que vuelva a ser una persona entera.
Lucía se quedó un momento dentro del coche sin arrancar.
Escribió a Mara un resumen de lo encontrado y la forma de contactar con Amalia.
Después guardó el teléfono y recordó un día de lluvia en el que Elena había perdido un zapato al saltar un charco.
Se enfadó durante diez segundos y pasó el resto de la tarde riéndose de su propio calcetín mojado.
Ese recuerdo no era una prueba.
No necesitaba serlo para que mereciera conservarlo.