17. Lo que no fotografió
Celia llegó a comisaría con el sobre de las seis fotografías dentro de una carpeta escolar.
Lucía la acompañaba. Andrés había llamado antes para preguntar si debía acudir también; Mara le había explicado la cita sin entrar en lo que la adolescente pudiera contar.
No iban a reunir a toda la familia alrededor de una misma respuesta.
La entrevista se organizó teniendo en cuenta su edad y su condición de testigo.
Lucía recibió las explicaciones necesarias y esperó donde le indicaron durante la parte en que hablarían con su hija sin interferencias.
Celia supo quién iba a escucharla, para qué necesitaban la información y que podía pedir una pausa. Mara no le prometió secretos absolutos.
Antes de entrar, Celia había preguntado si tendría que dejar el móvil fuera. La persona que las recibió le explicó cómo se utilizarían los mensajes que ella aportara y cuándo no necesitarían el aparato. La muchacha lo guardó en el bolsillo, con la pantalla hacia dentro.
Lucía estaba a punto de recordarle que hablara despacio cuando comprendió que su hija ya estaba pendiente de demasiadas cosas: lo que debía decir, lo que no sabía, la cara que pondría su madre al escucharla. Se limitó a preguntarle si quería agua.
Celia dijo que no y luego aceptó la botella.
Mientras esperaba, Lucía leyó un cartel de la pared tres veces sin retenerlo.
Había una mancha oscura en el suelo junto a la pata de una silla.
Se quedó mirándola porque no le pedía ninguna respuesta.
Recordó las reuniones del instituto a las que acudía con Andrés y cómo él solía empezar explicando que Celia era muy sensible a las críticas.
La niña terminaba escuchando una conversación sobre su carácter antes de poder hablar de un examen.
No quería hacer eso allí.
Cuando una profesional salió para aclarar un dato de la autorización y de la organización de la entrevista, Lucía respondió solo a lo que le preguntaban.
No añadió que Celia era buena, que nunca se metía en problemas ni que todo debía de ser un malentendido.
Su hija podía ser buena y haber hecho algo que todavía no entendían.
La espera le permitió reconocer otra cosa menos cómoda. Una parte de ella quería entrar no solo para proteger a Celia, sino para saber antes que nadie qué iba a contar. Quería evitar el golpe de descubrirlo después. No era lo mismo.
Se levantó para estirar las piernas y volvió a sentarse. Andrés le había enviado un mensaje preguntando si habían empezado. Lucía respondió que estaban atendidas y que hablarían después sobre la organización. No describió los gestos de su hija ni lo que creía que significaban.
En la sala, Mara observó que Celia miraba la puerta cada vez que oía pasos. Le preguntó si esperaba que entrara alguien. La adolescente negó con la cabeza, pero su mano se cerró sobre la cremallera de la carpeta.
—Aquí no tienes que adivinar qué quieren contestar tus padres —le dijo—. Si algo no lo sabes, lo dejamos así.
Celia aflojó los dedos. La inspectora había visto ese movimiento en adultos muchas veces: el pequeño esfuerzo de dejar de preparar una respuesta antes de entender la pregunta. No lo tomó como señal de que la adolescente fuera a contar enseguida todo lo que sabía.
El sobre seguía cerrado sobre la mesa.
La muchacha se sentó sin quitarse la chaqueta.
—Mi madre dice que no va a preguntarme después.
—Eso lo habéis hablado vosotras —respondió Mara—. Aquí me interesa saber lo que tú recuerdas. Si no estás segura de algo, puedes decirlo.
Celia puso la carpeta sobre la mesa. Una esquina tenía un dibujo hecho con corrector blanco.
—Son fotos normales.
—Vamos a empezar por ellas.
Mara le pidió que las describiera en el orden que pudiera establecer. No por el orden en que habían quedado dentro del sobre, sino por cuándo las hizo. Celia separó tres de la silla y dos del vaso. La de la mano con la bombilla pertenecía a otra tarde.
Consultó los mensajes conservados en su móvil para concretar las visitas.
La primera había sido el veintiocho de octubre.
La segunda, el tres de noviembre. En ambos casos estuvo en el catorce menos de una hora, según calculaba.
Los mensajes permitían establecer que habían concertado los encuentros, no la duración exacta.
—¿Quién propuso las visitas? —preguntó Mara.
—La primera, ella. La segunda, yo.
Irene la había visto con la cámara al recoger el paquete equivocado de Lucía, pero no hablaron entonces.
Días después coincidieron en la salida peatonal.
Celia intentaba fotografiar una tela de araña y se enfadó porque el fondo salía demasiado claro.
Irene le indicó que cambiara de posición antes de tocar la cámara.
—No me dijo que comprara otro objetivo —añadió la muchacha—. Todo el mundo te dice que compres cosas.
Mara le preguntó si Irene había utilizado su cámara.
—Un momento. Para mirar por el visor. No hizo fotos.
—¿Tuvo los carretes?
—Los de prueba no. Los llevé al laboratorio.
El plural quedó en la libreta. Mara no había preguntado aún por otros rollos y no lo hizo inmediatamente. Quería conservar la diferencia entre una respuesta espontánea y una que apareciera porque ella hubiese señalado dónde buscar.
Celia explicó cómo conseguía las copias.
Compraba película cuando ahorraba, disparaba despacio y llevaba los rollos a un laboratorio de Huelva.
A veces pedía escaneados; otras, solo revelado y una hoja de contactos.
En casa experimentaba con papel fotográfico y ampliaciones cuando conseguía material, con resultados irregulares.
—Mi cuarto de baño no es un laboratorio de verdad —dijo—. Mi padre lo llama así para reírse.
No se rio al repetirlo.
Mara le preguntó por las conversaciones con Irene. Hablaron de su trabajo, de música y de estudiar fuera. La vecina no le había dicho que fuera hermana de Elena durante aquellos ejercicios de iluminación.
—¿Cuándo lo supiste?
Celia miró la carpeta escolar.
—Mi madre se lo dijo a mi padre. Los oí.
—¿Fue la primera vez que supiste su apellido verdadero?
La muchacha tardó en contestar.
—Lo había visto escrito en una cosa. Requena. Pensé que era del trabajo.
—¿Qué cosa?
—Una etiqueta de una maleta.
Mara anotó la respuesta. No sabía si era verdad. La demora no bastaba para decidirlo.
Pasaron a la noche del viernes. Celia dijo que había estado en su habitación, que oyó a su madre salir y que se asomó al ver encenderse luces en la calle. Después utilizó la cámara.
—¿Qué fotografiaste?
—La calle. A la policía cuando llegó.
—¿Antes de que llegara también?
La adolescente se quitó por fin la chaqueta. La dobló sobre las rodillas, con las mangas hacia dentro.
—Creo que sí. No sé cuántas.
—¿Dónde está ese carrete?
—Todavía en la cámara.
—¿Y la cámara?
—En casa.
Mara no la había citado para que llevara todos sus objetos personales; no podía tratar el hecho de no traerla como una negativa.
Le explicó por qué esas imágenes podían importar y cómo podían aportar la película conservando el estado en que estaba.
No le pidió que la sacara allí de una cámara ausente ni que intentara revelarla deprisa.
—¿Salió Irene en alguna? —preguntó.
—No lo sé.
—¿La viste tú después de que tu madre cruzara la calle?
Celia apretó la mandíbula.
—No estoy segura.
Mara dejó transcurrir unos segundos. La respuesta podía esconder algo o ser exactamente lo que acababa de pedirle: que no transformara una duda en un hecho.
Le preguntó por el segundo teléfono. Celia dijo que Irene lo llevaba en el bolsillo de una chaqueta, junto al móvil grande. Una vez hizo una llamada desde él mientras estaban con las pruebas de luz.
—¿A quién?
—No lo sé. Se fue a otra habitación.
—¿Volvió preocupada?
Mara corrigió su propia pregunta antes de que la niña contestara.
—Perdona. ¿Qué viste al volver?
—Guardó las cosas. Dijo que seguiríamos otro día.
Aquello era más útil que una emoción prestada.
Celia pidió agua. La persona que asistía a la entrevista le acercó un vaso. Bebió poco y lo sujetó con ambas manos.
—¿Está viva ahora? —preguntó.
Mara le contó lo comprobado sobre la asistencia sanitaria, sin añadir una garantía sobre el presente. La muchacha bajó la cabeza. Sus hombros se movieron una vez, como si hubiera recibido un empujón suave por la espalda.
—No sabía que estaba herida.
La frase salió antes de que la inspectora preguntara por ello.
Mara la anotó literalmente.
—¿Qué pensabas que había ocurrido?
—Que se había ido.
—¿Por qué?
—Porque quería irse.
El vaso crujió entre sus dedos. Mara le propuso una pausa. Celia aceptó enseguida.
No intentaron forzar una confesión durante el descanso.
Al reanudar, la adolescente respondió sobre el patio, las llaves y el lugar desde el que había hecho fotos.
Negó haber entrado en el catorce la noche de la desaparición.
Dijo que Irene conocía la salida por la piscina porque habían vuelto por allí después de un ejercicio al aire libre.
La entrevista terminó con cuestiones pendientes, no con una escena de triunfo. Había un carrete que debía recuperarse y una frase —«porque quería irse»— que necesitaba contexto. Mara organizó la aportación del material con Lucía y dejó claro que no debían borrar mensajes ni manipular los negativos.
En el pasillo, madre e hija se miraron sin abrazarse. Celia parecía esperar una pregunta. Lucía le ofreció la chaqueta que había olvidado en la silla.
—¿Quieres comer algo antes de volver?
La adolescente negó con la cabeza. Después cambió de idea.
—Un bocadillo.
Mara las vio alejarse hacia la salida. Tenía la impresión de que la muchacha acababa de contar suficiente para que pudieran ayudarla y demasiado poco para que se sintiera a salvo de las consecuencias.
Rubén revisó las notas al volver.
—El carrete puede aclarar el orden.
—Puede —dijo Mara—. Primero hay que tenerlo.
La fotografía de la mano con la bombilla quedó sobre la mesa. En el dorso, Celia había escrito a lápiz «sin flash». No había fecha de captura impresa, ni una hora digital que pudiera resolverles la noche.
Mara la guardó con las otras cinco.
No pensaba permitir que el deseo de saber convirtiera una imagen en algo que no era capaz de decir.