La ventana de las once 16. Un corte reciente
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16. Un corte reciente

Mara terminó de leer el parte de urgencias con una sensación incómoda de cercanía. Una mujer había sido atendida la madrugada posterior a la desaparición en un centro de otra localidad. Herida cortante en antebrazo, contusiones y ropa mojada. La identidad registrada era la de Irene Requena.

La búsqueda no había sido instantánea ni exhaustiva desde el primer minuto.

El apellido utilizado por Lucía y el desplazamiento fuera del entorno inmediato habían retrasado la conexión.

Tras corregir la identidad y ampliar las comprobaciones, el contacto con el centro permitió localizar la asistencia.

Mara anotó las horas y pidió que las contrastaran con el registro de admisión. Irene había llegado por sus propios medios. Fue atendida, recibió indicaciones y se marchó. No estaba ingresada allí.

Estaba viva después de las once.

La frase tenía una importancia enorme y un alcance limitado: no decía dónde estaba ahora ni por qué no había buscado a la policía que llevaba días intentando encontrarla.

El profesional que la atendió explicó, en la entrevista correspondiente, que Irene había referido una caída. No había descrito una agresión. Le resultó llamativo que preguntara varias veces cuánto tardaría, pero no podía saber si tenía miedo o si simplemente quería irse.

—¿Estaba orientada? —preguntó Mara.

—Podía explicar quién era y lo ocurrido según su versión. No observé una confusión que impidiera atenderla con normalidad.

La inspectora no convirtió la respuesta en un juicio sobre todas las decisiones que Irene tomó aquella noche.

El corte necesitó tratamiento. Las contusiones, por sí solas, no permitían distinguir entre una caída y una sujeción violenta.

Se conservaría la documentación y se valoraría junto con el resto de los indicios.

Lo que tenía delante no era todavía el relato de un ataque, sino una lesión real que encajaba temporalmente con los rastros investigados.

Rubén localizó un vehículo de transporte que podía haberla llevado hasta las proximidades del centro.

El conductor recordaba a una mujer con el brazo envuelto y una bolsa pequeña.

La recogió en una parada fuera de Las Jaras, no en la urbanización.

Aportó el servicio registrado y aceptó ampliar la declaración.

Había que comprobar que su pasajera era Irene, no pedirle que lo confirmara por el entusiasmo de reconocer una fotografía.

Mara marcó en el mapa la parada y el centro sanitario. Entre ambos puntos existía por fin un movimiento posible después de la salida de la casa.

Faltaba la mitad más urgente: lo que había ocurrido desde el alta.

La noticia requería hablar con Lucía. Antes, Mara concertó la comunicación con el familiar localizado de Irene, un tío materno con quien había mantenido contacto esporádico.

Su madre había fallecido dos años antes; no había otro progenitor disponible que estuviera esperándola en la vivienda de aquella fotografía antigua.

El tío facilitó información de la familia y se ofreció a colaborar en las comprobaciones que fueran necesarias.

Mara evitó decirle que «todo iba bien». Solo podían asegurar que Irene había recibido asistencia y había salido del centro con vida. El hombre agradeció incluso esa porción de certeza.

Después llamó a Lucía y le preguntó si podía hablar en privado.

La mujer tardó en responder. Se oyó una puerta, luego pasos sobre grava.

—Estoy fuera.

—Hemos comprobado que Irene fue atendida por una lesión después de abandonar la casa. Salió del centro sanitario. Seguimos intentando localizarla.

Lucía hizo una pregunta que la inspectora había esperado: si estaba viva.

—Lo estaba en ese momento. No quiero que entienda otra cosa distinta de lo que hemos podido comprobar.

—Claro. Sí.

Hubo un silencio largo.

—¿Y por qué no vuelve?

—No lo sabemos.

Lucía se apoyó en la pared del patio. Una maceta tenía el plato lleno de agua. La vació con una mano, por hacer algo mientras escuchaba.

No había imaginado cuánto alivio podía producirle saber que Irene había hablado con una persona después de las once.

Tampoco cuánto miedo vendría inmediatamente detrás.

Una mujer herida había salido de su casa, había llegado a un centro sanitario y había elegido no volver a un lugar donde ahora la buscaban.

Lucía había seguido viviendo en ese lugar.

Mara le preguntó si Andrés estaba allí. Había salido hacía una hora. Teresa se había marchado de vuelta a casa esa mañana, aunque había insistido en que podían ir con ella. Celia seguía en el instituto.

—¿Se siente segura? —preguntó la inspectora.

Lucía miró la puerta del garaje. Estaba cerrada. Su coche de gasolina ocupaba la plaza interior; el de Andrés, la delantera cuando regresaba. En la pared colgaban herramientas y una bicicleta de Celia que ya le quedaba pequeña. Todo parecía exactamente igual que antes.

—No sé cómo contestarte.

Mara no le pidió que tradujera aquella incertidumbre en una acusación.

Habló de opciones concretas: permanecer acompañada, recurrir a su madre, llamar si se sentía amenazada, evitar discutir sobre pruebas o intentar recuperar objetos a solas.

Si necesitaba denunciar hechos o solicitar ayuda específica, podían orientarla por los cauces adecuados.

Lucía anotó un teléfono además del de Mara. No quería que pedir ayuda dependiera de que una sola persona atendiera en ese momento.

Al volver al despacho encontró sobre la mesa un folio de Andrés. Era una lista de tareas para la semana: compra, recibo del seguro, revisión de la caldera, tutoría de Celia. En el margen había escrito «no cargar a tu madre con esto».

No sabía cuándo lo había dejado.

Lucía giró el papel y escribió al dorso las horas de las llamadas y lo que acababan de comunicarle. La superficie seguía sirviendo, aunque no para la función que Andrés había elegido.

Por la tarde, Mara recibió un resultado preliminar relativo a las muestras de la casa: se confirmaba la presencia de sangre humana en el material analizado. La atribución individual requería las comparaciones correspondientes y no se resolvería por reconocer visualmente un corte.

También llegó la primera revisión del teléfono pequeño. Entre los datos preservados había intentos de comunicación en la franja previa a que desapareciera de la vista de sus contactos. No bastaba con leer números para saber quién estaba al otro extremo en cada momento.

Uno de ellos correspondía al estudio profesional de Andrés Molina.

Mara lo colocó junto al número que Nicolás había facilitado. La relación entre las personas ya no dependía solo de una amistad universitaria ni de un apellido cambiado.

Todavía no sabía quién había llamado a quién para pedir ayuda y quién para impedir que la pidieran.

Pero empezaba a poder preguntar por conversaciones concretas.