La ventana de las once 15. La piscina vacía
31%

15. La piscina vacía

El jardinero encontró el teléfono al retirar una rejilla del desagüe exterior de los aseos.

No lo había tocado cuando Rubén llegó al cuarto de mantenimiento; estaba esperando para abrir el armario de riego en presencia de los agentes.

El aparato apareció después, durante la comprobación del recorrido acordado, encajado entre hojas y un envoltorio de plástico.

Mara acudió desde comisaría. Al bajar del coche vio a Lucía al otro lado de la calle con una bolsa de compra. La mujer miraba hacia el paso lateral. La inspectora le hizo un gesto breve de saludo, sin llamarla.

No quería que una curiosidad comprensible la convirtiera en testigo de procedimientos que después podría confundir con cosas vistas la noche de la desaparición.

El teléfono era pequeño, con teclas físicas y una carcasa gris. No se parecía al móvil de pantalla rota recogido en el garaje. La rejilla estaba junto a un banco de obra, debajo del alero; la lluvia había mojado la zona, aunque no todo el hueco.

El técnico fotografió el hallazgo antes de extraerlo. Cerca había un cordón corto y una envoltura de gasa. Cada objeto se recogió por separado. No podían afirmar que pertenecieran a la misma persona porque compartieran un desagüe.

—¿Cuándo se limpió por última vez? —preguntó Mara.

El jardinero consultó los partes de trabajo en su móvil.

—El martes. Saqué hojas, no desmonté todo. Podría llevar más tiempo.

Mara documentó el límite. Un aparato no adquiría fecha de llegada por el simple hecho de que alguien lo encontrara un lunes.

La piscina estaba cubierta con una malla hundida por agua de lluvia. Se comprobaron los bordes, los accesos y los lugares donde pudiera haber quedado una pertenencia. El equipo revisó después el tramo entre los aseos y la salida peatonal.

Rubén le mostró la posición del banco en el esquema. Desde allí se podía ver la puerta de mantenimiento y la salida peatonal. El muro ocultaba a una persona sentada de la cámara del paso.

En el borde del banco había un rastro tenue, pardo. La científica lo señaló y tomó muestra. Una de las juntas conservaba un hilo atrapado, de color oscuro.

—¿Sangre? —preguntó Rubén.

—Hay que analizarlo —respondió la técnica.

No dijo más. Mara agradeció que nadie tratara aquella palabra como un veredicto.

El jardinero se había quedado junto a la puerta con la llave del riego en la mano. Parecía esperar que alguien lo acusara por no haber visto antes el teléfono.

—Hizo bien en avisar —le dijo Mara—. Necesitamos ahora saber si vio a alguien en este tramo los días anteriores.

Había visto vecinos paseando perros, a Beatriz llevando productos de limpieza y a una mujer que no reconocía sentada una tarde en el banco.

Al mostrarle la fotografía de Irene dijo que podía ser ella, pero no estaba seguro.

Llevaba una capucha. No conservaron aquella respuesta como una identificación.

Sí recordó otra cosa: la puerta peatonal se había quedado sin cerrar dos mañanas seguidas. El muelle iba mal y él lo había comunicado por escrito. Rubén pidió los mensajes.

El recorrido hacia el exterior no requería saltar ningún muro.

Mientras terminaban, una vecina se acercó por el otro lado de la cinta y preguntó si habían encontrado «el cadáver». La palabra viajó hasta donde estaba Lucía antes de que el agente la corrigiera.

Mara vio el cambio en su cara y fue hacia ella.

—No hemos encontrado ningún cuerpo —le dijo—. Estamos examinando unos objetos.

Lucía cerró los ojos un instante.

—He oído…

—Lo sé.

—¿Son de Irene?

—Todavía tenemos que comprobarlo.

Teresa apareció en el porche del trece. Lucía miró hacia su madre y luego de nuevo a Mara.

—Celia llegará en media hora.

—Intentaré hablar con ella mañana, con las condiciones adecuadas. No es necesario que le enseñe fotografías de lo que circula por aquí.

Lucía asintió. Ya había un teléfono levantado detrás de otra ventana, alguien intentando convertir la escena en un vídeo.

Por la tarde, el examen inicial del aparato gris permitió establecer un identificador que se contrastaría con los datos obtenidos por los cauces correspondientes.

El número facilitado por Nicolás resultó compatible con el segundo teléfono utilizado por Irene, pendiente de completar las comprobaciones.

No era el que había quedado en el garaje ni una supuesta devolución policial que nadie recordara haber autorizado.

Mara pidió que mantuvieran separados los dos recorridos de los dispositivos. Uno había estado en la casa; el otro, cerca de la salida peatonal. Si Irene llevaba el pequeño cuando abandonó el catorce, alguien tendría que explicar por qué terminó en aquel desagüe.

No podían dar por hecho que lo hubiera perdido accidentalmente. Tampoco que otra persona lo hubiese arrojado.

Rubén recibió una respuesta del cerrajero sobre las llaves y la incorporó a la relación de comprobaciones. Entre los datos que no daban un giro espectacular se iba formando una casa real: puertas que abrían, copias olvidadas, un muelle averiado, una persona que conocía su salida más discreta.

Mara pensó en la palabra MIRA, escrita para que pudiera leerse desde enfrente. Si Irene necesitaba salir por detrás, ¿por qué llamar la atención desde delante?

Anotó la pregunta sin contestarla.

En Las Jaras, Celia dejó la mochila en el recibidor y preguntó por qué había más policías. Lucía le explicó solo lo que sabía: habían recogido objetos junto a la piscina, no habían encontrado a Irene.

La muchacha fue hasta la cocina. Su abuela preparaba una merienda y le ofreció pan con chocolate. Celia dijo que no tenía hambre, pero se sentó.

Lucía advirtió que tenía las manos dentro de las mangas.

—¿Quieres hablar de algo?

Celia negó con la cabeza.

El teléfono de Lucía vibró. Un mensaje de Andrés avisaba de que cenaría fuera también. Preguntaba si «lo de la piscina» había sido una falsa alarma.

Ella escribió que no sabía más que por la mañana. Borró la frase porque no era cierta: por la mañana no sabía que habían encontrado objetos. Al final respondió que la investigación seguía.

Celia miraba el móvil de su madre.

—No le digas que he preguntado —murmuró.

—¿Preguntado qué?

La adolescente se metió las manos aún más dentro de la sudadera.

—Si había otro teléfono.

No lo había preguntado esa tarde. Lucía recordó el recibidor, el regreso de comisaría, la primera vez que su hija quiso saber cómo era el aparato hallado en la casa.

La pregunta llevaba dos días esperando una respuesta.