La ventana de las once 14. La segunda llave
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14. La segunda llave

Lucía encontró a Beatriz en el acceso de la urbanización, discutiendo con un repartidor que no quería dejarle un paquete destinado a otra vivienda. Llevaba una bolsa de pan y el teléfono sujeto entre la mejilla y el hombro.

—Pues que pongan bien el número —dijo al final.

El repartidor se marchó. Beatriz vio a Lucía y cortó la llamada sin despedirse.

—Quería hablar contigo.

Lucía había salido a comprar fruta. Teresa se había ofrecido a ir, pero ella necesitaba hacer una cosa que no estuviera relacionada con la policía ni con una caja.

—Dime.

—Lo de la otra noche. No quise decir que te hubieras inventado nada.

El pan sobresalía de la bolsa. La punta se había mojado y dejaba una mancha oscura en el papel.

—Dijiste que la casa no estaba alquilada.

—Y no lo estaba. Pero ya sé que había alguien. He hablado con los Verhaegen.

Lucía miró hacia el catorce. Desde allí solo se veía el tejado.

—¿Qué te han dicho?

—Que Sergio se excede con los favores. Pero que no van a denunciar a esa chica por estar allí. Su prima les ha explicado quién era.

Aquella era una cuestión menos, aunque Irene seguía desaparecida.

Beatriz se acercó un paso.

—No sabía que era la hermana de tu amiga.

Lucía volvió la cabeza.

—¿Quién te lo ha contado?

—Andrés. Esta mañana. Pensó que ya me lo habrías dicho tú.

Lucía sintió un cansancio que no tenía que ver con las horas de sueño. Su marido seguía decidiendo qué parte de su vida necesitaban saber los demás y en qué momento.

—La policía está investigando. Prefiero no hablar de eso.

Beatriz asintió, demasiado rápido.

—Claro. Lo decía porque si necesitas algo…

La frase quedó sin final. Durante años Beatriz había sido la persona a la que Lucía pedía que recogiera un paquete o vigilara la casa cuando se marchaban.

Habían compartido cenas y críticas al presupuesto de la piscina.

Lucía no sabía en qué momento aquella familiaridad se había convertido en una conversación que ninguna conseguía terminar.

—Necesito que, si recuerdas algo de Irene, se lo cuentes a Mara —dijo.

—Ya he hablado con ella.

—Entonces está bien.

Beatriz volvió a colocarse el teléfono entre los dedos.

—No todo tiene que ver con tu casa, Lucía.

Lo dijo sin enfado, casi con tristeza. Después se fue hacia el cuarto de la comunidad.

Lucía la observó hasta que dobló la esquina. No supo si acababa de recibir una queja o una advertencia.

En comisaría, Mara hablaba con uno de los propietarios del catorce a través de una videollamada acordada.

Rubén tomaba notas. El hombre se expresó en español con alguna ayuda de su esposa, sentada a su lado.

Su preocupación inmediata era entender qué había ocurrido dentro de una vivienda a la que pensaban volver en primavera.

Habían autorizado a Sergio a gestionar las humedades y a permanecer ocasionalmente allí.

La estancia de Irene les había sorprendido, pero Alicia les había mostrado los mensajes.

Confirmaron por escrito su conformidad con que se hubiera alojado esas semanas.

Aquello no aclaraba quién la había herido ni dónde estaba; sí impedía seguir tratando su presencia como la intrusión de una desconocida sin relación con la casa.

Mara les preguntó por las llaves.

La original del acceso principal se la habían dado a Beatriz hacía varios años. Sergio tenía otra copia. A mediados de octubre él les había comunicado que el bombín se atascaba y que lo cambiaría. La administradora debía recibir el nuevo duplicado, pero nadie había comprobado que sucediera.

—¿Quién hizo el cambio? —preguntó Rubén.

Sergio había contratado a un cerrajero. Facilitaría la factura. Según recordaba el propietario, la mujer que se alojaba en la casa estuvo presente durante el trabajo.

Mara añadió la comprobación a la lista. No había razón para atribuir la cerradura a Andrés solo porque fuera arquitecto o conociera proveedores.

Después les mostró una fotografía del nombre escrito detrás del espejo. No la imagen de toda la escena, solo el detalle que necesitaban identificar.

La esposa negó con la cabeza. No conocían a ninguna Lucía salvo a su vecina. El espejo procedía de la propia vivienda y había estado en ese rellano desde que la compraron. Ninguno recordaba haberlo descolgado.

La palabra siguió sin explicación, pero ya podían descartar algunas posibilidades sencillas.

Al finalizar, Mara llamó a Sergio para cerrar la cuestión del cambio de bombín.

El cerrajero confirmó después la instalación y la entrega de tres llaves.

Una había quedado en poder de Irene; dos, en un sobre para Sergio.

No conservaba imágenes de la cliente ni recordaba una conversación significativa con ella.

Sergio localizó el sobre en una carpeta de su furgoneta.

Seguía cerrado.

La llave incorrecta de Beatriz dejaba de ser una rareza: nadie le había dado la nueva. La segunda copia podía documentarse sin convertirla en la herramienta de un asesino. Mara experimentó un alivio breve al eliminar una sospecha que había consumido tiempo y atención.

El acceso trasero era otra cuestión. La cancela utilizaba una llave de zonas comunes, compartida por residentes y personal autorizado. Su existencia explicaba por qué Irene había podido salir hacia la piscina sin atravesar la calle. No explicaba quién más había pasado aquella noche.

Rubén extendió sobre la mesa un esquema de recorridos: puerta principal, patio, cancela, paso trasero, cuarto de mantenimiento y salida peatonal junto a la piscina. Lo habían hecho con observaciones y medidas actuales, no con el plano comercial de la urbanización.

La cámara con el hueco de grabación cubría parte de ese paso. Había un ángulo ciego junto al muro de los aseos.

—Mantenimiento va a abrir el armario de riego esta tarde —dijo Rubén—. Vamos a comprobar también ese tramo y las personas que tuvieron acceso.

Mara miró la distancia entre el patio de Irene y la piscina. Era corta. Una persona herida podría haberla recorrido sin que la vieran desde las fachadas delanteras.

No era todavía el recorrido de Irene. Era un lugar que no habían terminado de examinar.

Lucía regresó del supermercado con una bolsa demasiado pesada. Había comprado más fruta de la que necesitaban, como si alimentar a su familia durante varios días fuera una forma de asegurar que los días existirían.

Teresa la recibió en la puerta.

—Ha llamado tu marido. Dice que volverá tarde.

Lucía dejó la bolsa en el suelo.

—¿Te ha preguntado por las cajas?

—Le he dicho que ya las había recogido la policía.

—¿Y qué ha contestado?

Teresa se inclinó para coger una manzana que había rodado hasta el felpudo.

—Que deberíamos haberle avisado antes de entregar cosas de la familia.

Lucía recogió la manzana de la mano de su madre.

Las fotografías eran suyas. También recordaba haberlo dicho.

Por primera vez se preguntó cuántas discusiones de su vida habían consistido en repetir una frase hasta que, agotada, terminaba aceptando la contraria.