La ventana de las once 13. El plano original
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13. El plano original

El lunes, Lucía se conectó a la llamada de la editorial con ocho minutos de antelación.

Había apartado del escritorio las fotografías de Elena y colocado debajo del portátil un libro para que la cámara no la enfocara desde abajo.

El encuadre mostraba una pared blanca, una estantería y una mujer que parecía haber dormido.

La editora no mencionó el correo de Andrés.

Hablaron de una expresión difícil, del tono de una madre en el capítulo séptimo y de la fecha de entrega. Lucía tomó notas. Al terminar, su interlocutora le preguntó si prefería repartir la parte pendiente con otra traductora.

—No —respondió demasiado deprisa.

La editora aguardó.

Lucía miró el calendario. Tenía tres días para corregir un trabajo que, en circunstancias normales, requería dos.

Su madre estaba en casa de nuevo aquella mañana porque había decidido prolongar la visita.

Celia había ido al instituto. Andrés había salido hacia su estudio profesional, el que alquilaba cerca del centro, después de preguntar por tercera vez si Teresa necesitaba que la llevara a alguna parte.

—Déjame revisar cuánto queda —dijo Lucía—. Te contesto a mediodía.

No era rendirse. Era hacer una estimación antes de prometer algo. Cuando cerró la llamada, sintió una satisfacción pequeña y desproporcionada.

En el comedor, Teresa ordenaba las fotografías siguiendo la numeración que habían acordado con Rubén para entregarlas sin mezclarlas. No había escrito sobre las copias; utilizaba papeles separados.

—Esta está pegada a otra —dijo.

Lucía se acercó. Dos imágenes habían quedado unidas por una esquina. No intentaron separarlas. Una mostraba una pared del hotel, la otra apenas dejaba ver un borde de ventana.

—Que lo hagan ellos si lo necesitan.

Su madre asintió, aliviada por no tener que decidir.

Rubén llegó a recoger la carpeta poco después. Documentó lo que entregaban y escuchó a Teresa explicar dónde habían estado las cajas. Lucía le contó que Andrés había preguntado por las cintas. Él no especuló delante de ellas sobre cómo lo sabía.

—¿Hay algo más que conserve en otro lugar?

—Las cajas que se llevó Andrés. No sé dónde están.

—¿Se lo ha preguntado?

—Todavía no.

Rubén le pidió que les avisara si localizaba materiales, sin ponerse en riesgo por recuperarlos. La precaución le sonó excesiva hasta que recordó lo incómoda que se había sentido al cambiar una contraseña en su propia casa.

Cuando se marchó, Teresa la ayudó a preparar algo de comer.

En la televisión del salón anunciaban lluvia para el resto de la semana.

Lucía bajó el volumen al oír un nombre que no tenía relación con ellas, el de otra mujer desaparecida en otra provincia.

El mundo estaba lleno de familias mirando puertas.

Mara recibió la carpeta al mismo tiempo que las primeras reproducciones de planos del Mar de Plata.

La documentación había llegado por dos vías: el archivo municipal y el representante de la sociedad que poseía actualmente el inmueble.

Aún faltaban modificaciones y certificados.

Lo que tenían bastaba para orientarse, no para afirmar que el edificio se había ejecutado exactamente así.

Un técnico les señaló la escalera este en una copia de planta baja. A su lado había un cuarto rectangular, rotulado como almacén de lencería, y una franja estrecha prevista para instalaciones.

—Esta puerta aparece en las fotos de la inspección de dos mil ocho —dijo Rubén.

Colocó la reproducción junto al plano. El vano era reconocible por una columna y por el arranque de la escalera. Mara pidió que no superpusieran aún líneas a ojo: necesitaban escala, orientación y la versión correcta del proyecto.

En otra carpeta había imágenes de una visita técnica de 2017, realizada cuando la propiedad estudió reanudar las obras. Mostraban escombros retirados, humedades y accesos cerrados para evitar entradas. La puerta del almacén ya no estaba.

No estaba oculta por muebles. En su lugar había una pared revocada.

—Puede ser una de las clausuras de seguridad —dijo el técnico—. Habría que comprobar hasta dónde llega y si se dejó acceso por otro lado.

Mara miró la franja del plano.

—¿En la visita de dos mil ocho se entró en ese cuarto?

Rubén buscó en el índice del reportaje. Había fotografías del pasillo y de la escalera, pero ninguna identificada como interior del almacén. La ausencia de una foto no demostraba que no hubieran entrado. Necesitaban el acta, y quizá hablar con alguien que hubiese participado.

Mara anotó ambas tareas.

La carpeta de Lucía añadió un detalle distinto. En una de las fotografías universitarias, Andrés sujetaba precisamente esa puerta. A través de ella se veía una columna que, por la posición de la luz, parecía estar más al fondo de lo que indicaba el rectángulo del plano disponible.

El técnico explicó varias posibilidades: perspectiva, una hoja de proyecto que no correspondía a la construcción final, un tabique no ejecutado. Mara le pidió que las mantuviera abiertas hasta medir.

—Quiero saber cómo era, no que encaje con lo que buscamos.

Él asintió y separó las imágenes por fecha.

En la parte interior de la carpeta azul, la nota de Elena repetía «escalera este». Mara examinó la letra y la palabra «Nico». Nicolás había admitido el préstamo de la cámara, de modo que ya no dependían de resolver un apodo para justificar la búsqueda de la cinta.

La inspectora pidió a Rubén que comprobara quién había ejecutado la clausura del almacén y cuándo.

También solicitó la preparación de una visita al inmueble con acceso autorizado, apoyo técnico y condiciones de seguridad.

No quería mandar a nadie a una obra abandonada con el entusiasmo de quien cree haber encontrado un atajo.

Rubén hizo una llamada desde el pasillo. Al volver traía una factura facilitada por la propiedad actual, entre los documentos de trabajos anteriores que conservaban por el mantenimiento.

La fecha era de diciembre de 2008. El concepto decía «cierre de accesos interiores y saneado de paramentos». Había una referencia manuscrita a la zona este. La empresa era la de Héctor Molina.

—No concreta qué cerraron —advirtió Rubén.

Mara leyó el importe. No era una cantidad enorme. Bastaba para que una obra pequeña pasara desapercibida entre las deudas de un hotel que nunca abrió.

—Busquemos a quien hizo el trabajo.

En el reverso figuraba un nombre abreviado, junto a una firma que parecía trazada con prisa: E. Lobo.

Mara lo copió en su libreta.

El cuarto podía estar vacío. El tabique podía tener una explicación práctica. Después de dieciocho años, una pared nueva ya era vieja para cualquiera que entrara sin fotografías anteriores.

Pero Elena había fotografiado aquella puerta antes de desaparecer.

Y alguien había decidido cerrarla unas semanas después.