12. El vigilante
Nicolás Barral vivía en un bloque con portero automático averiado y nombres escritos a mano sobre el aluminio.
Rubén consiguió que le abriera una vecina después de identificarse y explicar a quién buscaban.
Mara subió detrás, contando los peldaños por costumbre.
En el tercero había una bolsa de basura que obligaba a pasar de lado.
Barral abrió antes de que llamaran por segunda vez.
Era un hombre grande, de hombros caídos y pelo blanco cortado casi al ras. Llevaba zapatillas de fieltro y una camiseta con el nombre descolorido de una empresa de seguridad. Mara se presentó y le dijo que querían hablar sobre el hotel Mar de Plata.
La mano de Nicolás se quedó en el canto de la puerta.
—¿Todavía?
—¿Podemos pasar?
Miró hacia el interior y se apartó.
El salón tenía un sofá cubierto con una manta, una mesa baja y un televisor encendido sin sonido. Había una taza con posos de café sobre una pila de publicidad. Nicolás la retiró para dejar espacio, aunque ninguno había intentado sentarse aún.
—Trabajé allí poco tiempo —dijo.
Mara aceptó la silla que le ofreció. Rubén se quedó junto a una butaca hasta que el hombre señaló también ese asiento.
—Queremos concretar ese tiempo. Sobre todo noviembre de dos mil ocho.
Nicolás soltó una risa breve, sin alegría.
—He trabajado en tantos sitios que no recuerdo qué hacía el año pasado.
—¿Recuerda a Elena Requena?
Dejó de reír.
—La chica. Sí.
Mara le explicó que la hermana de Elena estaba desaparecida. No le mostró una fotografía hasta preguntarle si conocía a Irene. Nicolás dijo que no recordaba haber tratado con ninguna hermana.
Al ver la imagen reciente, entrecerró los ojos.
—Puede que haya venido.
—¿Aquí?
—Hace unas semanas. Preguntó por lo mismo que ustedes. No me dijo que fuera su hermana.
—¿Qué le dijo?
Nicolás se levantó para bajar aún más el volumen del televisor, aunque estaba mudo. Mara observó el gesto y esperó a que volviera.
—Que estaba buscando fotos de la obra. Un trabajo sobre edificios abandonados. De esos que hacen ahora para colgarlos en internet.
—¿Le dio fotografías?
—No tengo.
—¿Otros materiales?
—Tampoco.
Mara apuntó las respuestas. Le preguntó cómo había conseguido Irene su dirección. Nicolás se encogió de hombros: conocía gente de las empresas, quizá había preguntado a alguien. Él no se escondía.
Al decirlo miró hacia la puerta del pasillo.
Hablaron de las tareas que había realizado en el hotel.
Controlaba materiales, abría a los proveedores y cerraba al terminar la jornada.
Cuando se suspendieron los trabajos mantuvo algunas visitas para comprobar que no entraran a robar.
Le pagaban por horas, según recordaba; tendría que mirar si conservaba documentos.
—¿Quién le pagaba? —preguntó Rubén.
—La constructora. Después el señor Molina me daba algo por pasar.
—¿Héctor o Andrés?
—El padre. El hijo era un crío.
Tenía veintisiete años entonces. Mara dejó que la palabra crío permaneciera como una forma de hablar de Nicolás, no como un dato.
—¿Andrés iba a la obra?
—Claro. Estaba con el padre. Aprendiendo el negocio.
—¿Conocía a Elena?
—Eso tendrán que preguntárselo a él.
La respuesta había cambiado de tono. Mara retrocedió a una pregunta que Nicolás podía contestar sin adivinar relaciones.
—¿Los vio juntos allí?
—A estudiantes vi muchos. No apuntaba quién era novio de quién.
—No le he preguntado eso.
Nicolás se frotó la nuca.
—Puede que sí. Después de tanto tiempo, puede que sí.
Rubén le pidió que describiera el acceso lateral. El hombre lo hizo con exactitud: la puerta pequeña, el peldaño roto, el pasillo que salía junto al cuarto previsto para ropa de cama. Se corrigió al hablar de una verja que habían colocado más tarde.
Mara esperó a que terminara y le preguntó por una cámara.
Había recibido el mensaje de Lucía sobre la carpeta pocos minutos antes de llegar, cuando ya estaban buscando a Nicolás por su nombre en el expediente. La coincidencia no probaba que el Nico de la nota fuera él. Era una pregunta razonable.
—¿Una cámara de seguridad? —dijo Barral.
—Una cámara de vídeo que pudiera haberse prestado a los estudiantes.
El hombre apoyó los codos sobre las rodillas.
—Tenía una. De mi hijo. Grabábamos cosas cuando venía a pasar el verano.
—¿Se la prestó a Elena?
—Sí. A la chica sí. Me dijo que sabía usarla.
—¿Se la devolvió?
Nicolás miró el televisor antes de responder.
—Me la devolvieron.
—¿Quién?
—No me acuerdo.
Mara dejó de escribir.
—Ha dicho que Irene le pidió fotografías hace unas semanas. ¿Le habló de esa cámara?
—No sé. Puede ser.
—Necesito que distinga lo que recuerda de lo que supone.
Nicolás apretó los labios. La inspectora no alzó la voz ni repitió la pregunta. El silencio acabó resultándole más incómodo al hombre que a ellos.
—Le di una cinta —dijo por fin—. Una sola. No la cámara.
Rubén anotó la corrección.
—¿Por qué nos ha dicho antes que no le había entregado materiales?
—Porque no quiero líos. Aquello ya pasó. Yo no hice nada.
Mara le preguntó qué contenía la cinta. Nicolás dijo que no había podido verla, que la cámara llevaba años estropeada. La tenía guardada en una caja con cables. Irene se ofreció a intentar recuperarla y a devolverle cualquier grabación familiar que hubiese dentro.
—¿Le dejó un teléfono?
El hombre fue a buscar una agenda al mueble del pasillo.
La abrió por una página con varias anotaciones recientes y señaló un número.
Rubén documentó el dato y la fecha que Nicolás decía recordar.
No coincidía con el teléfono que Lucía había aportado, por lo que tendrían que comprobar si Irene utilizaba otro.
Antes de marcharse, Mara le pidió que conservara la cámara, las cajas y cualquier documento relacionado con la obra, y que no intentara arreglar ni reproducir soportes por su cuenta. Concertarían una declaración formal y, si aportaba objetos, documentarían su entrega.
Nicolás asintió con exceso de rapidez.
—¿Van a volver a abrir el hotel?
—Estamos buscando a Irene.
—Ya.
Los acompañó hasta la puerta. Mara le dejó un contacto y le indicó que llamase si recordaba algo más o si alguien se ponía en comunicación con él por aquel asunto.
En la escalera, Rubén esperó a que se cerrara la puerta del piso.
—Ha cambiado tres respuestas.
—Sí.
—Podemos volver con preguntas más concretas cuando comprobemos el número.
Mara asintió. No tenía motivo para detenerlo ni para registrar su vivienda por una impresión. Tenía una cinta que había existido, una entrega que primero había negado y un hombre preocupado por la posibilidad de que alguien entrara de nuevo en el Mar de Plata.
Abajo, la vecina que les había abierto barría el portal. Les preguntó si todo iba bien. Mara le dio las gracias sin explicarle la visita.
Al salir a la calle, recibió un mensaje de Lucía.
Andrés ha vuelto y me ha preguntado si en las cajas había cintas de vídeo. Yo solo le había dicho que iba a buscar fotos.
Mara leyó el texto una segunda vez.
Le respondió que no discutiera con él sobre el contenido de las cajas y que la llamara cuando pudiera hablar. Después enseñó el mensaje a Rubén.
En el tercer piso se cerró una persiana.
Nicolás había dicho que no quería líos. Todavía no sabían a quién consideraba la causa de ellos.