11. Las cajas de Teresa
Teresa llegó con dos cajas de cartón y una bolsa de croquetas congeladas. Antonio las ayudó a descargar, rechazó el café y se marchó prometiendo volver a buscarla a las siete. Lucía observó cómo su madre comprobaba que el hombre se había llevado el paraguas antes de cerrar la puerta.
La normalidad de aquel gesto casi la hizo llorar.
—No sabía si habrías cocinado —dijo Teresa, levantando la bolsa.
—Andrés ha dejado comida.
Su madre no respondió. Guardó las croquetas en el congelador y luego se quitó el abrigo.
Era una mujer menuda, con el pelo blanco desde hacía varios años y las manos anchas de quien había trabajado mucho sin considerarlo una característica personal.
A Lucía le costaba aceptar que se cansara al subir dos tramos de escalera.
No porque creyera que Teresa podía con todo, sino porque necesitaba seguir creyéndolo.
Andrés había avisado de que comería fuera después de hacer deporte. Celia permanecía en su cuarto. La casa les pertenecía durante unas horas sin que ninguna lo hubiera pedido en voz alta.
Llevaron las cajas al despacho.
En una, Teresa había escrito «LUCÍA. PISO» con rotulador negro. La otra no tenía nombre, solo el dibujo de una marca de aceite. Ambas conservaban una cinta de embalaje reseca, cortada en algún momento y vuelta a pegar por encima.
—Las abrí cuando cambiamos de armario —explicó su madre—. Para ver si eran mantas. No saqué nada.
Lucía fotografió las cajas antes de abrirlas. Teresa la miró, incómoda.
—¿Tengo que hacer algo?
—No. Es para recordar cómo estaban.
Dentro había libros, una bufanda gris, apuntes sujetos con gomas que se rompían al tocarlas. Lucía encontró una factura de electricidad, un diccionario con el lomo partido y una cucharilla envuelta en una servilleta.
—Esta no era mía.
Teresa se inclinó.
—La meterían al recoger.
No preguntó quién. Ninguna necesitaba añadir el nombre de Andrés a cada objeto.
En el fondo de la primera caja apareció una carpeta azul. Lucía la sacó despacio. Tenía las esquinas ablandadas y una pegatina de una exposición que había visto en Granada.
Dentro había fotografías y hojas impresas con anotaciones. Elena había escrito algunas en el reverso de copias que no quería utilizar. Lucía reconoció su letra de inmediato, mucho antes que los lugares.
Si vuelves a traer esa chaqueta, al menos quédate quieta.
La imagen mostraba a Lucía en un vestíbulo. La chaqueta verde destacaba contra el cemento. Tenía veintitrés años y estaba mirando fuera de campo con una expresión impaciente.
Se quedó inmóvil.
No recordó una escena olvidada. Reconoció una que había conservado siempre, pequeña y sin utilidad aparente. La fotografía no le devolvía la noche de la desaparición, pero probaba que una tarde común había ocurrido como ella la recordaba.
—Es esta —dijo.
Teresa se sentó.
—¿La que buscabas?
Lucía asintió y la dejó sobre un folio limpio. Buscó en el resto sin sacar conclusiones a partir de lo que todavía no había visto.
Había ventanas sin cristales, una escalera tomada desde abajo, un espejo de baño apoyado contra una columna. En dos copias se veía a Andrés. En una aparecía de espaldas, sosteniendo abierta una puerta. En la otra señalaba algo hacia arriba mientras Elena, al borde del encuadre, giraba la cabeza.
Esa foto no podía haberla hecho Elena. Lucía recordó haberle pedido la cámara y haber recibido instrucciones para no tocar un botón concreto.
—Yo hice esta.
—Siempre se te ha dado bien fijarte —dijo Teresa.
La frase le hizo daño de una manera inesperada.
—Entonces, ¿por qué dejamos de hablar de lo que había visto?
Su madre bajó los ojos hacia la carpeta.
Lucía observó las manos de Teresa sobre las fotografías. Una uña tenía una grieta cubierta con una tirita fina. De pequeña habría corrido a buscarle otra sin preguntar. Ahora sentía un enfado incómodo al ver un signo de fragilidad en la persona a la que quería exigir respuestas.
—No estoy diciendo que no hicieras nada por mí —añadió.
Teresa levantó la cabeza.
—Ya lo sé.
—No quiero acabar consolándote antes de poder preguntarte.
Su madre retiró las manos de la carpeta. La frase le había dolido, pero no respondió con una lista de sacrificios.
Se levantó para cerrar la puerta del despacho. Desde el pasillo llegaba el sonido de un vídeo que Celia veía en su habitación. Teresa volvió a sentarse y colocó la tirita desprendida dentro de un pañuelo.
—Pregunta —dijo.
Lucía necesitó unos segundos para hacerlo. Había imaginado resistencia y no sabía qué hacer con una invitación tan sencilla.
Preguntó quién la acompañó a las consultas, quién guardó los papeles, quién decidió que no volviera al piso.
Teresa distinguió cada cosa. Algunas veces fue ella.
Otras, Andrés. La decisión de quedarse temporalmente con su madre la tomó la propia Lucía, que no quería dormir sola.
No todo había sido impuesto desde fuera.
Había un sobre de informes que Teresa entregó a Andrés porque él se ofreció a ordenarlos para la siguiente cita. Después pidió verlo y él dijo que lo llevaría él mismo, para que no se extraviara. Teresa lo aceptó. Recordaba ese momento con una claridad que le daba vergüenza.
—Me parecía competente —dijo—. Yo estaba asustada y él no parecía estarlo.
Lucía miró el borde de la mesa. La misma explicación había funcionado en las dos.
—¿Te pidió que no me dejara hablar de Elena?
—Me dijo que cada vez que lo hacíamos dormías peor. Yo veía que dormías peor. Pensé que las dos cosas eran lo mismo.
Teresa no tenía una frase secreta de Héctor ni un papel que demostrara el encubrimiento. Tenía decisiones pequeñas tomadas con miedo y una confianza que ahora podía examinar sin sentirse obligada a defenderla hasta el final.
Lucía no dejó de estar enfadada. Descubrió que podía estarlo sin retirar la mano que su madre había apoyado cerca de la suya.
Volvieron a las cajas. Las preguntas más difíciles no habían traído un objeto nuevo, pero habían cambiado quién podía decidir qué hacer con los que ya estaban sobre la mesa.
—Porque no sabías qué habías visto, cariño.
—Pero podía haber seguido intentando entenderlo.
Teresa se frotó una mano con la otra. Lucía reconoció el gesto; ella lo había hecho delante de Mara el día anterior.
—Te despertabas llorando. No querías salir. Cada llamada te ponía mala. Cuando empezaste a comer y a dormir, tuve miedo de que volviéramos al principio.
—¿Quién dijo que hablar era volver al principio?
Teresa abrió la boca y no respondió.
Lucía no insistió enseguida. Había imaginado una conversación en la que su madre confirmaría lo que necesitaba saber. En cambio tenía delante a una mujer que había tenido miedo y que aún lo tenía, dieciocho años después.
—Ayer dijiste que esta vez no tirara nada.
—Sí.
—¿Qué tiramos entonces?
—Tú me pediste que quitara las cosas de la bolsa del hospital. Ropa. Un neceser. Dijiste que no querías volver a verlas.
—¿Lo hice yo?
—Me lo dijiste tú. No recuerdo las palabras. Sí recuerdo que me cogiste del brazo cuando fui a lavarlas.
Lucía miró sus propias manos. No había forma de decidir, sentada allí, qué había significado aquella petición. Podía haber sido vergüenza, miedo, dolor o una indicación recibida de otra persona. No quería convertir la incertidumbre en una prueba a su favor solo porque ahora desconfiaba de Andrés.
—¿Sabes qué había en las otras cajas?
Teresa negó con la cabeza.
—Andrés dijo que eran libros y cosas suyas. Por entonces ya pasaba mucho tiempo en tu piso.
—No vivía conmigo.
—Lo sé. Eso dijo él.
Celia apareció en la puerta mientras separaban las fotografías. Se quedó mirando a su madre con la chaqueta verde.
—Eras muy joven.
—Más que tú, según me sentía entonces. Mayor, según lo que pone en los papeles.
Celia sonrió apenas.
Teresa se levantó para abrazarla. La niña aceptó el abrazo y después preguntó si podía ver las imágenes. Lucía le indicó que mirara sin cogerlas por ahora, hasta que supieran si Mara necesitaba examinarlas.
Al llegar a la fotografía de Andrés sujetando la puerta, Celia dejó de sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
—Nada. No lo había visto con tanto pelo.
Teresa rio. Lucía no. Había visto dónde miraba su hija: no a la cabeza de Andrés, sino a la mano que se apoyaba en el metal.
Antes de que pudiera preguntarle algo más, Celia dijo que tenía que terminar un trabajo y se fue.
Lucía fotografió el conjunto de lo que habían encontrado y escribió a Mara, describiendo las copias sin enviar interpretaciones. Después volvió a colocarlas en la carpeta, manteniendo el orden que había documentado.
Al levantar el último folio vio unas palabras escritas en la parte interior de la cubierta.
M. de P. / escalera este / devolver cámara a Nico.
No conocía a ningún Nico. Se lo dijo a su madre, que negó también con la cabeza.
Lucía añadió la anotación al mensaje para la inspectora.
Por primera vez desde que había visto la palabra en la ventana, algo del pasado le ofrecía una dirección que no empezaba por preguntar a Andrés.