10. El atestado
La primera carpeta del caso Elena Requena tenía una cubierta nueva y documentos viejos dentro. Alguien había impreso actuaciones digitalizadas, añadido copias de páginas conservadas en papel y colocado separadores para indicar los anexos que seguían pendientes.
Mara agradeció a la persona de archivo que hubiera distinguido cada procedencia. Un expediente recompuesto podía parecer completo con demasiada facilidad.
Rubén había pasado parte de la mañana siguiendo referencias que no llevaban al mismo armario.
Una diligencia citaba un anexo conservado en otra unidad; una copia digital terminaba antes de la última hoja; un índice antiguo utilizaba una numeración que cambió al incorporarse actuaciones posteriores.
Nada indicaba que alguien hubiera retirado deliberadamente documentos.
Sí quedaba claro que abrir una carpeta en una pantalla no equivalía a tener delante el expediente entero.
La persona que los ayudaba colocó sobre la mesa dos relaciones de contenido y marcó las correspondencias.
—Esto es lo recibido —explicó—. Esto está pedido. Y esto es una referencia a un soporte, no el soporte.
Rubén anotó cada diferencia. Necesitaba saber qué podían consultar ya y qué seguía pendiente, para no pedir a Mara que extrajera una conclusión de una ausencia administrativa.
En el índice había una mención a grabaciones de avisos y otra a material de imagen.
La segunda correspondía a fotografías policiales, no a las tomas de Elena que aún estaban localizando.
La primera remitía a copias incorporadas durante la investigación inicial.
Habría que comprobar qué se había conservado y en qué estado.
—No sabemos todavía si se podrá leer todo —advirtió la persona de archivo.
—Deje constancia de lo que falta y de lo que llegue dañado —pidió Rubén—. Prefiero saberlo a dar por completo un archivo que no lo está.
Al volver con Mara, el subinspector le contó también una conversación breve con alguien que había trabajado en aquellas diligencias.
No le había preguntado quién creía que era culpable después de tantos años.
Le pidió información sobre cómo se organizó la documentación y quién podía ayudar a localizar lo pendiente.
El antiguo compañero recordaba el caso por la ausencia de un cuerpo y por la presión de una familia que seguía llamando cuando ya no había novedades.
No recordaba cada frase de las declaraciones.
Le molestó descubrir que su memoria conservaba mejor una discusión con un superior que algunos de los datos de Elena.
—Dijo que nadie debería fiarse de lo que él recuerde sin comprobarlo —explicó Rubén.
Mara asintió. Era una respuesta útil, aunque no ofreciera una pista inmediata.
La inspectora separó las hojas en tres grupos: lo que había ocurrido y estaba documentado, las interpretaciones de entonces y las preguntas nuevas.
No pretendía demostrar que quienes investigaron antes habían sido incompetentes.
Quería saber dónde una interpretación había adquirido la apariencia de un hecho y qué información no habían tenido disponible para discutirla.
En una nota marginal, alguien había subrayado que la hora de llegada de Andrés no estaba fijada. Aquella duda había existido desde el principio. Mara la copió sin sentir decepción por no haber sido la primera en verla.
—No empezamos de cero —dijo a Rubén.
—Tampoco podemos seguir desde donde lo dejaron sin saber por qué pararon.
La inspectora señaló las referencias pendientes. La respuesta requeriría más que una mañana, pero ya tenían un modo de distinguir un obstáculo real de una laguna creada por la forma de consultar los papeles.
Antes de abrir la primera declaración, Mara buscó la fotografía de Elena que acompañaba la denuncia. Era distinta de las imágenes del hotel: una joven mirando a la cámara desde una terraza, con el pelo movido por el viento. Su madre había elegido esa foto para que la encontraran.
Mara la dejó visible junto al índice. No como un adorno ni como una promesa. Para recordar de quién era la ausencia que todos aquellos folios intentaban describir.
La denuncia la había presentado la madre de Elena el quince de noviembre de dos mil ocho.
Su hija no había regresado a casa ni respondía a las llamadas.
Tenía veintidós años y alternaba noches en la vivienda familiar con estancias en el piso de Lucía.
La primera búsqueda había seguido esos lugares conocidos.
Después apareció el hotel.
Mara leyó dos veces el resumen de la inspección ocular.
Un acceso lateral abierto, sangre en una escalera de servicio, un fragmento de barandilla desprendido.
No había equipaje, despedida ni un billete que indicara un viaje previsto.
Tampoco un testigo que hubiera visto a Elena abandonar el edificio.
El nombre Mar de Plata figuraba en un folleto de promoción, no en una licencia de actividad. El hotel nunca había llegado a abrir. Las obras se detuvieron antes de que Lucía y Elena lo utilizaran para su proyecto de fotografías.
Rubén colocó a su lado una hoja con la relación de empresas vinculadas a la construcción que habían podido documentar por el momento.
—La sociedad promotora ya no existe —dijo—. Hay cambios de titularidad posteriores. Estoy separando lo que corresponde a la obra original de lo que llegó después.
—¿Héctor Molina?
—Su empresa ejecutó una parte. El padre de Andrés. Murió hace cuatro años.
Mara lo anotó sin poner un círculo alrededor. Los muertos no podían aclarar lo que habían hecho; eso no convertía todo lo que hubieran tocado en una explicación.
La primera declaración de Lucía ocupaba tres páginas.
Había sido tomada al día siguiente de la desaparición.
En ella decía que había estado con Elena durante la tarde y que se separaron antes de cenar.
No podía establecer una hora exacta. La siguiente comparecencia añadía que había acudido al hotel más tarde y que recordaba haber visto a Elena junto a la escalera.
La contradicción estaba recogida en el propio expediente.
No era una pista que los investigadores de entonces hubieran ignorado.
Habían vuelto a preguntarle. Habían intentado reconstruir su recorrido.
Mara sintió una irritación breve consigo misma por haber esperado encontrar un error sencillo que la hiciera más competente que quienes estuvieron allí dieciocho años antes.
Lucía tenía lagunas sobre la noche y algunos recuerdos habían cambiado entre declaraciones. Había una referencia a asistencia sanitaria, pero el informe completo no estaba entre las páginas recibidas. Mara no rellenó el hueco con lo que Andrés había contado en el porche.
En la comparecencia posterior, una frase llamó su atención.
«Cree haber regresado acompañada de Andrés Molina, quien la encontró fuera del edificio».
El verbo cree importaba. También que el nombre completo de Andrés apareciera en una declaración y no implicara que Lucía hubiera utilizado esas mismas palabras al hablar.
Rubén se sentó enfrente con la versión de Andrés.
—Dice que llegó cuando Lucía ya estaba fuera. La llevó a casa de su madre.
—¿Hora?
—Sitúa la llegada al hotel sobre las dos. No la concreta más.
Mara buscó la referencia temporal de Lucía. Ella había dicho que recordaba salir antes de medianoche, pero no conservaba certeza del trayecto posterior.
—La diferencia ya la advirtieron —dijo Rubén, señalando otra diligencia—. No pudieron cerrarla.
Mara leyó la página. Se habían consultado los contactos identificados, comprobado varias llamadas y entrevistado a quienes estuvieron con Elena aquel día. Algunas actuaciones constaban por referencia a anexos que aún no tenían.
—Pide estos tres —indicó—. Y que nos digan si existe copia del soporte de este aviso. No solo la transcripción.
Rubén anotó los números.
Mara continuó con las fotografías. La escalera tenía un descansillo estrecho, una pared manchada de humedad y una puerta metálica al fondo.
El pie de foto identificaba el lugar y la fecha de la inspección.
En una imagen tomada desde arriba se veía una llave con una pieza de plástico azul entre el polvo del peldaño inferior.
No la relacionó con el fragmento encontrado por Lucía en Las Jaras. Uno era un trozo de material transparente con adhesivo; el otro, una cubierta opaca de llave. El color azul no bastaba para convertirlos en un mismo objeto.
—¿La llave se identificó? —preguntó.
Rubén buscó en el inventario.
—Acceso lateral del hotel. La entregó después el representante de la constructora para comparar. Coincidía el modelo, no sé todavía si comprobaron funcionamiento.
—Anótalo como pendiente. No como que abría esa puerta.
En el expediente figuraban varios testimonios sobre el acceso de estudiantes al edificio. Unos habían ido con permiso y otros aprovechaban que el cierre trasero no siempre quedaba asegurado. Elena no era la única persona capaz de entrar. Andrés tampoco.
A mediodía, Mara tenía una cronología con más espacios en blanco de los que había esperado. Le pareció un resultado útil. Había momentos en los que una investigación mejoraba al perder certezas heredadas.
El mensaje de Lucía sobre las fotos de Celia llegó mientras comparaban las declaraciones.
Mara respondió que organizarían una entrevista y que conservaran las copias, los negativos y los mensajes sin modificarlos.
No hacía falta que la madre obligara a la adolescente a reconstruir el relato antes de hablar con ellos.
Después llamó para aclarar el alcance de aquel contacto.
Lucía explicó que habían sido dos visitas, según su hija, y que Irene le enseñaba cosas de iluminación.
La inspectora no preguntó si Celia había revelado sola un carrete la noche de la desaparición.
No tenía aún ningún dato que justificara esa pregunta.
Al colgar, Rubén le mostró una hoja que había quedado pegada a la parte posterior de una declaración.
Era la relación de trabajadores identificados en la obra. Cinco nombres y varias anotaciones a mano. Junto a uno figuraba «control acceso noche».
Nicolás Barral.
—Lo entrevistaron —dijo Rubén—. Declaró que no estaba de turno esa noche.
—¿Quién estaba?
—Según esto, no habían contratado vigilancia nocturna aquel mes. Él hacía rondas por la tarde y cerraba.
—Busquemos dónde está ahora. Y quién le pagaba entonces.
Mara volvió a la declaración de Andrés. Había una frase que no encajaba del todo con aquel último dato: afirmó que había encontrado cerrado el acceso principal y que por eso rodeó el edificio para buscar a Lucía.
No era una contradicción. Podía haberlo cerrado Nicolás a última hora de la tarde. Podía haberlo cerrado otra persona. Lo interesante era la precisión: Andrés recordaba por dónde había entrado y por qué, pero no podía situar su llegada dentro de una franja de casi dos horas.
Mara dibujó esa franja en una hoja y dejó de escribir.
No necesitaba decidir aún si había mentido.
Necesitaba averiguar qué había pasado mientras él decía que no estaba allí.